Norwich, mayo de 1147

Alan había prometido que se pondría en manos de Josua sin condiciones, pero poco a poco empezaba a arrepentirse de su decisión. La mayor parte del tiempo estaba encerrado. La estancia que ocupaba, donde habitualmente se guardaban las reservas de hierbas de Josua, era muy confortable y tenía una puerta que daba a la sala de tratamiento y otra que conducía a un jardín minúsculo, donde el médico cultivaba plantas medicinales de tierras lejanas. El sol había vuelto a aparecer, y Josua apremiaba a su paciente a que pasara tanto tiempo como pudiera al aire libre, lo que Alan hacía gustosamente. Pero la sensación de falta de libertad le mortificaba y le desasosegaba.

—¿Cuándo empezamos? —le preguntó al médico.

—Calculo que dentro de tres días.

—¿Dentro de tres días? —Al observar la mirada severa de Josua, Alan levantó las manos en un gesto apaciguador—. Está bien. Lo haremos todo tal como queréis. No hablaremos sobre vuestra hija, y para que os sintáis seguro, me moveré desarmado en vuestra prisión. Prometo tragarme todo lo que me deis y soportar cualquier dolor que queráis infligirme sin vengarme de vos ni de los vuestros. Y sea cual sea el resultado de todo esto, al final sufragaré un hospital en Norwich para el tratamiento de los enfermos mentales que estará bajo vuestra dirección. ¿He olvidado alguna de vuestras condiciones?

—Creo que no, no.

—Entre vuestras condiciones no está la de que no haga preguntas. De modo que ¿por qué tenemos que esperar tres días?

—Porque tengo que leer un par de cosas para no envenenaros o mataros de alguna otra forma. Y mañana es Sabbat, así que…

—… no hacéis nada, lo sé.

—Oh, no, sí que hacemos cosas. Vamos a la sinagoga, rezamos y nos consagramos a nuestra familia. Durante estos tres días reflexionaréis, concretamente sobre vos mismo. Debéis liberaros de todo lo que oprime vuestro corazón. Para conseguirlo, cada día tomaréis un baño. Y me temo que deberéis mantener una dieta estricta, constituida solo por verduras y agua.

—¿Para qué esta dieta?

—Para restaurar el equilibrio de vuestros humores corporales. Todas las enfermedades de la mente, y entre estas se cuenta vuestra pérdida de memoria, son causadas por un exceso de bilis negra. «Melancolía», llamamos a ese trastorno del equilibrio de los humores corporales. La bilis negra sube del bazo al estómago, y sus vapores atacan el cerebro. La dieta reduce la afluencia de bilis negra y es el primer paso para vuestra curación. Aparte de eso, deberíais dormir y descansar tanto como podáis.

No solo los días eran difíciles de soportar. Las noches eran peores. El sueño de su cabalgada por el desierto, que había dejado de atormentarle en Helmsby, volvió, y cuando se despertaba de él jadeando, no podía volver a dormirse. Entonces permanecía tumbado, desvelado, tratando de ahuyentar las imágenes que se precipitaban sobre él: Henry y Susanna. El rostro de Oswald mientras el rey Edmund trataba de explicarle que «Losian» lo había dejado en la estacada…

Hasta que en la segunda noche oyó unos golpes suaves en la puerta.

—Entrad, si es que tenéis la llave —dijo a media voz.

—Por desgracia no.

Se levantó de un salto de su jergón y se precipitó hacia la puerta.

—¡Miriam!

—Chsss. ¿Quieres hablar más bajo? —siseó ella apurada.

Alan apoyó la frente contra la puerta.

—Miriam —susurró.

—Moses me ha explicado que habías vuelto.

Un estremecimiento de felicidad recorrió su cuerpo. La sensación fue tan intensa que casi le dio miedo.

—Sí.

—Y has descubierto tu nombre. Esto es maravilloso.

—No estoy seguro —confesó él en un susurro—. Tal vez hubiera sido mejor para mí y también para mi familia que no hubiera vuelto nunca a Helmsby y en cambio me hubiera encontrado a mí mismo, como tú dijiste. Entonces todos nos hubiéramos ahorrado muchas preocupaciones.

—¿Por qué?

—Porque yo ya no soy el que fui. Y eso decepciona a las personas que me conocieron antes.

—He oído hablar de Alan de Helmsby —le reveló Miriam.

—¿De verdad? —dijo Alan asustado—. Seguro que no habrá sido nada bueno.

—Al contrario —le contradijo ella—. Protegió a los judíos de Worcester del saqueo. Es un amigo del pueblo judío.

Alan respiró.

—Por fin he descubierto algo que tengo en común con ese Alan de Helmsby. ¿Cómo es tu cuñada?

—Es… es muy inteligente y bondadosa. Sobre todo con Moses. Mi hermano echa tanto en falta a nuestra madre. Esther hace todo lo que puede para suplir su ausencia.

—Supongo que eso significa que es dulce como la miel con él y que te hace notar cada día que ahora es ella la mujer de la casa y que tú solo eres una gansa sin marido.

—Es muy poco correcto decir esas cosas de ella.

—¿Pero cierto? —insistió él impertérrito.

En el otro lado hubo un momento de silencio. Luego Miriam dijo:

—Ahora tengo que irme.

Pero no sonaba malhumorado.

—¿Volverás mañana por la noche?

—Si puedo.

La noche siguiente le reconoció que tenía razón, y se desahogó explicándole todo lo que había tenido que soportar. Miriam no lloró, y tampoco habló con odio de su cuñada, pero sus explicaciones le proporcionaron una imagen vívida de las pequeñas ofensas y pullas, de la pérdida de su posición, de su soledad, de la sensación de ser una prisionera.

—Todo esto pasará cuando te cases —se forzó a decir—. Es la única salida. Habla con tu padre.

—No es tan fácil. Está muy frío conmigo. Por tu causa.

—Lo siento, Miriam…

—Oh, no te pongas tan mohíno. —Alan apenas podía creer que le estuviera tomando el pelo—. Mi padre me quiere, pero no me entiende —continuó—. Sencillamente es incapaz de comprender que no me puedo casar con los hombres que él toma en consideración. No después de lo que pasó con Gerschom, mi prometido. Para él solo hay judíos y no judíos. Pero que alguien pueda estar unido, también como judío, a una tierra y a su gente, es algo que no quiere admitir. Dice que es peligroso. Mi tío Ruben es completamente distinto. Él piensa como yo. A veces se pelean por eso.

—¿Y qué dirías en mi caso? —murmuró él—. ¿Te casarías conmigo?

Miriam calló un momento. Y luego, con voz ahogada, preguntó:

—¿Qué?

—¿Te casarías conmigo?

—Mi padre mencionó que tenías una esposa.

—Suponiendo que no la hubiera. Suponiendo que recuperara mi memoria y pudiera ser un hombre normal. ¿Te casarías conmigo aunque no sea judío?

—¿Para qué quieres saberlo?

—Si te digo esto y tu respuesta es «no», quedaré como un tonto.

—Y si yo digo «sí» pero tú te aprovechas de mi inexperiencia para precipitarme en la desgracia, como mi padre supone, entonces sería yo la tonta.

—No podremos avanzar en esta conversación si uno de los dos no confía en el otro.

—Muy bien, pues, intrépido Alan de Helmsby: ¿por qué me haces esta pregunta disparatada cuando sabes que eso nunca sería posible?

—Porque movería cielo y tierra para hacerlo posible si dijeras «sí».

Alan esperó mucho rato.

—¿Miriam? —susurró finalmente.

Nada. Miriam se había ido.

Josua llegó tarde a la mañana siguiente.

—Lamento haberos hecho esperar; pero la atención a mis pacientes debe continuar, y raramente admite aplazamientos.

—¿Y bien? —preguntó Alan—. ¿Qué pasará ahora?

—Desnudaos de cintura para arriba y sacaos los zapatos.

Alan se quitó la ropa y los zapatos.

Josua le tendió un vaso.

—Debéis beber esto.

—¿Puedo saber qué es? —preguntó Alan.

—Mejor que no. He leído con todo detalle las explicaciones sobre la composición, pero por desgracia los eruditos no están totalmente de acuerdo. Por eso debemos probar cuál es la dosificación correcta para vos.

Alan tomó un trago e hizo una mueca.

—Es vuestro brebaje pagano. Hachís.

Josua hizo un gesto de asentimiento.

—Y amapolas, setas y algunas otras cosas… La mezcla es potente. Se trata de conduciros al olvido de lo que sois ahora, y a partir de ahí buscaremos al hombre que fuisteis. Vaciad el vaso. Y luego tendré que ataros, ya que es posible que os convirtáis en un hombre más peligroso aún que vuestro Reginald de Warenne.

Alan no las tenía todas consigo.

—¿Caeré… en una especie de trance? —preguntó con recelo.

—Oh, sí; pero no os preocupéis. Lo que ocurra aquí nunca saldrá de estas cuatro paredes, y nada de lo que digáis o hagáis va a impresionarme.

A no ser que te hable de la noche anterior, pensó Alan inquieto. Pero bebió el último trago, se sentó con las piernas cruzadas y la espalda apoyada contra el pilar de soporte y cruzó las manos por detrás de él. Josua le ató las muñecas con una correa de cuero y luego fue a la habitación de al lado y volvió con pergamino, pluma y tinta.

—Es posible que tenga que tomar algunas notas.

Cogió una manta, una jofaina con agua, paños, vino y dos jarras con remedios. Y luego cerró la puerta, dobló la manta para formar un cojín y se sentó frente a Alan.

Las manos atadas de Alan habían empezado a temblar perceptiblemente y de su pecho desnudo brotaban gotas de sudor.

—Si os sentís mal, hacédmelo saber —le pidió Josua.

—Todo va bien. Solo es un mareo. —Y estaba balbuceando, constató con incredulidad.

Josua le puso dos dedos en el cuello y le tomó el pulso. Luego le levantó un párpado y examinó el iris y la pupila.

—Cierra los ojos, Alan.

Los párpados bajaron.

—Ahora quiero que inspires tan profundamente como puedas, retengas el aire un momento y luego lo expulses. Así está bien. Otra vez. Inspirar. Contener el aliento. Espirar… ¿Qué ves?

—A Miriam.

—Por desgracia ella no puede sernos de utilidad ahora, ya que es el presente, no el pasado. Despídela. Pero cortésmente, si tienes la bondad.

«Vete, maravillosa Miriam. Pero espérame. Volveré…».

—¿Qué ves ahora?

El desierto.

—Bien.

Josua ben Isaac, no el enmascarado rey de Jerusalén, estaba de pie en la elevación arenosa, y bajó hacia el viajero sediento y le apoyó amistosamente la mano en el brazo. Lo llevó hasta un bosquecillo de palmeras, y un agradable frescor lo envolvió. No muy lejos se oía el murmullo del agua. Descendieron por un estrecho sendero hasta llegar a una pequeña depresión con una gruta que se abría en la roca. El agua golpeaba suavemente contra la orilla de un lago. Se sentaron junto al agua, sobre una roca calentada por el sol, y bebieron. El agua era dulce y sabía bien. Las libélulas zumbaban sobre la superficie azul.

—¿Te gusta este lugar?

Es hermosísimo. Tan cálido y tranquilo y escondido.

—Entonces quédate ahí un momento, hijo mío.

Y así Alan permaneció sentado en ese lugar encantado, hasta que Haimon salió de la sombra de los exóticos árboles. Era una versión pequeña de Haimon, de unos diez años tal vez. Bajo el brazo llevaba una pelota de cuero y sangraba por una herida abierta sobre la ceja. Lágrimas de ira corrían por sus mejillas.

Lo siento, Haimon. No lo he hecho a propósito.

¡Sí lo has hecho! ¡Siempre lo haces a propósito! Delante de la abuela te comportas como si fueras incapaz de matar a una mosca, pero en cuanto mira hacia otro lado, no dejas pasar ni una oportunidad de fastidiarme.

Eso no es verdad…

Es verdad. Te crees tan maravilloso porque Helmsby te pertenece a ti y no a mí. Crees que estás tan alto que te lo puedes permitir todo. Y en cambio tienes a tus padres sobre tu conciencia, a los dos. Mataste a tu madre en tu nacimiento y tu padre se ahogó porque no podía esperar a volver con ella ya que sabía que pronto vendrías al mundo. Eres un asesino, Alan. Y por eso irás al infierno… Ahí, ¿ves?

El oasis se difuminó, y cuando la imagen volvió a precisarse, había cambiado por completo. La gruta se había convertido en una cueva sombría. Una criatura gigantesca, medio dragón medio gusano, con la piel escamosa y tres cuernecillos en la cabeza, salió reptando por la abertura. Su boca se abrió descubriendo dos hileras de dientes que parecían espadas y escupió una repugnante sustancia negra. Bilis, supo enseguida. Aquello era bilis negra.

Quiso huir, pero no pudo, porque estaba atado, y por más que se contorsionaba no conseguía liberarse. Entonces el gusano infernal estiró el cuello, y la repugnante y viscosa bilis se vertió sobre la cabeza del prisionero. Empezó a ahogarse, y cuando los dientes como espadas bajaron hacia él, empezó a gritar. Las fauces del infierno lo engulleron y se ahogó en la negrura.

Cuando volvió en sí, estaba metido en la tina de madera, en el jardincito de las hierbas. Le temblaban los miembros y tenía náuseas.

Josua sumergió una esponja en la tina, la apretó contra la frente de Alan y dejó que el agua le corriera por la cara.

—¿Os duele la cabeza?

—Como si tuviera una resaca espantosa.

—Es que eso exactamente es lo que es. Mañana cambiaremos la dosis. Tal vez así los efectos secundarios no sean tan fuertes.

—No creo que… pueda volver a hacerlo.

—Sí, sí que podréis. Porque ha funcionado. Decidme, ¿qué recordáis ahora?

En lugar de responder, Alan se inclinó hacia el otro lado por encima del borde de la tina y expectoró un fluido claro.

—Perdón…

—Oh, no os preocupéis. Tampoco es la primera vez, muchacho.

—Fantástico… —dijo Alan, y luego le explicó lo que había oído y visto.

Josua estaba visiblemente decepcionado, pero solo lo dejó ver durante una fracción de segundo y luego dijo sonriendo:

—Bien, es un buen principio. ¡Un recuerdo!

—Sí, supongo que pasó. Que Haimon y yo nos peleamos mientras jugábamos a la pelota y él me dijo esas cosas. Pero no lo recuerdo. Lo sé porque lo vi durante mi embriaguez.

—Paciencia, mi fogoso joven normando. Ambos necesitamos un poco más de paciencia. Me parece que el gusano infernal podría ser una especie de imagen sustitutiva de lo que efectivamente visteis. En vuestra pérdida de memoria original, quiero decir, y hoy otra vez.

—¿He visto más de lo que sé ahora?

Josua asintió.

—¿Qué?

—No estoy muy seguro de que sea adecuado decíroslo, de momento.

—No me tengáis en el potro de tortura, Josua —protestó Alan.

—Está bien. Creísteis lo que Haimon dijo entonces. Teníais ocho años; las acusaciones, para vuestro entendimiento infantil, tenían sentido; de modo que naturalmente le creísteis. Y este convencimiento de que erais culpable de la muerte de vuestros padres os era insoportable. Por eso lo escondisteis en lo más profundo de vuestro interior, hasta que casi lo olvidasteis por completo. Pero cuando la guerra estalló, el recuerdo volvió, de una forma modificada. El pequeño Alan que seguís llevando dentro creía que era responsable de la muerte de su padre. Y si el príncipe no se hubiera ahogado, nunca se hubiera llegado a desencadenar esta guerra. A partir de ahí, para el Alan adulto se deducía que él, y solo él, era también el responsable de la guerra. Cargasteis sobre vuestra conciencia la responsabilidad por cada una de las víctimas de esta guerra. La carga se hizo demasiado pesada. De modo que vuestra mente la borró, y por eso lo habéis olvidado todo.

Alan lo miró sacudiendo la cabeza.

—Con todos los respetos, Josua, ¿qué hombre razonable podría creer que debe cargar con toda la responsabilidad de una guerra? La emperatriz Maud y Stephen y el rey de Escocia la empezaron. Los lores que rompieron su juramento de lealtad a Maud fueron los causantes de ella. No yo.

—Yo no he dicho que sea así, sino que eso es lo que Alan de Helmsby cree en lo más profundo de su corazón.