23

Se despertó de nuevo en la ambulancia. Atado con cintas elásticas grises, las manos encadenadas a las barras de la camilla con pesadas esposas metálicas.

Le habían vendado mínimamente el hombro, sin embargo no parecían querer malgastar analgésicos en un pirado como él. Ya que, a pesar de que estaba exhausto, casi en trance, los dolores punzantes lo mantenían despierto. Además estaba mareado. Temía vomitar si levantaba la cabeza para ver quién estaba hablando a los pies de su camilla.

—¡No puedo hacer eso! —dijo un hombre joven con acento italiano.

—Por favor, solo un minuto.

Noah reconoció inmediatamente la sonora voz y por un momento se preguntó si estaba soñando, pero entonces sintió que una mano fría le daba palmaditas en la pantorrilla.

—Solo está confuso.

—Y es peligroso —dijo la voz, ahora algo más cerca.

—Por favor, si ni siquiera está armado.

—Aun así no puedo dejarlo solo con él. Va contra las normas.

—¿Tiene hijos?

—Sé que es su hijo…

—Y está esposado. —Zaphire tosió.

¿Sonaba su voz más tomada ya que hacía una hora larga? ¿Presentaba ya los primeros síntomas?

—Incluso aunque quisiera, no podría hacerme nada. ¿Y cómo se va a escapar con las esposas, sobre todo si usted se mantiene alerta junto al vehículo?

Noah oyó que el hombre, que solo podía ser policía o guardia suizo, suspiraba indeciso.

—Por favor, no será mucho tiempo. Justo después de mi audiencia regreso a Estados Unidos. Esta es mi última oportunidad de despedirme de mi hijo para una larga temporada.

—¿Un minuto?

—Se lo agradezco.

Se oyó un clac. El ruido del tráfico y la maraña de voces se colaron en el interior de la ambulancia y se interrumpieron cuando la puerta se cerró de nuevo.

Noah notó que alguien se inclinaba sobre él. Abrió los ojos y parpadeó. Los rasgos borrosos formaron poco a poco el rostro de Zaphire.

—¿Qué te propones? —fue directo al grano su padre. Seguro que había visto a Celine. Como Amber había actuado por orden de Zaphire, y había secuestrado a la reportera y se la había llevado a Europa por encargo suyo, era de suponer que conocía el aspecto de Celine y que al verla allí había deducido que Noah había escapado con su ayuda.

—Si querías avisar al Papa, habría sido mejor no acabar con tu credibilidad antes de hacerlo, John.

—No quería ver al Papa. Quería verte a ti.

«Para ser más exactos, quería que salieras del Vaticano. Porque en el caso de que me hubieran dejado pasar, me habrían registrado en la entrada».

—¿Por qué? —preguntó Zaphire.

—Tengo el vídeo.

Su padre rio incrédulo.

—Mientes.

—¿Recuerdas los pasaportes de la maleta de David?

—Identidades falsas con las que esperaba poder borrar sus huellas. Sí. Por eso tuve que encargarle a un profesional como tú que lo encontrara.

—Pues son la solución.

Zaphire se llevó la mano al arrugado cuello. Se pasó la lengua nervioso por los torcidos dientes delanteros.

—Imposible. Examinamos el papel. Los pasaportes no contienen ningún microchip.

Noah se echó a reír, y por un momento el dolor se desvaneció.

—No los pasaportes en sí. Solo son una pista.

«Roma. Ámsterdam. Mombasa».

—¿De qué?

—David estuvo primero en Kenia para verse contigo. Para ello utilizó su propio pasaporte.

Zaphire le dio la razón.

—Me visitó en Dadaab. Quería que viera con sus propios ojos la miseria del campo de refugiados. Pero solo me entregó una carta en la que me explicaba sus motivos y me pedía que pusiera fin al proyecto Noah.

»Le dio una copia de esa carta al anciano en la cabaña del bosque de Oosterbeek. Su mentor. Desarrolló el ZetFlu con él, ¿me equivoco?

Zaphire miraba disgustado su reloj.

—Aunque así fuera, ¿qué pasa con el vídeo?

Noah levantó la cabeza tanto como se lo permitió el dolor.

—Para que no lo encontraras con tanta facilidad, David viajó a Ámsterdam con un nombre falso. En el vuelo a Roma para verse con Kilian Brahms también utilizó un pasaporte diferente. De ahí los tres sellos distintos: Roma, Ámsterdam, Mombasa…

—¿Y qué se supone que significa eso?

—Italia. Países Bajos. Kenia.

—Sé cómo se llaman los países en los que… —comenzó a decir Zaphire, pero entonces su cabeza se puso en marcha.

—¡Exacto! —La sonrisa de Noah era cada vez más amplia. Giró la palma de la mano derecha. Las esposas tintinearon.

«Italy. Netherlands. Kenia.».

—David escribió su tesis doctoral en Princeton acerca de microchips fluidos.

Zaphire miró fijamente el torpe tatuaje en la palma de la mano de Noah. Su mirada ya no era de incredulidad.

Sino de horror.

«Italy. Netherlands. Kenia.».

—Fue pura casualidad —siguió explicando Noah—. Una ocurrencia mientras David hacía la maleta para huir del hotel, poco antes de que le dispararan. Se preguntaba cuál era el siguiente pasaporte que debía utilizar. Recordó los últimos países en los que había estado.

«I.N.K.»

¡Tinta!

—«Aquí está la salvación».

—Mientes —dijo Zaphire atónito.

—Él mismo me hizo el tatuaje.

«Con la pluma de la maleta».

O eso suponía Noah en cualquier caso. El recuerdo estaba lejos de ser tan completo como se lo presentaba a su padre. Mucho lo había deducido, como el hecho de que David, buscando un escondite seguro para el vídeo, había debido de conservarlo en forma de un microchip fluido.

—Creo que después lavó la pluma, pero puede que no la examinarais en busca de restos. Probablemente buscabais un objeto físico. ¡Y resulta que todo este tiempo la solución ha estado al alcance de la mano!

«¡De mi mano!».

Noah quiso girar de nuevo la muñeca, pero Zaphire la sujetó como con unas tenazas.

—Noah —dijo, y recorrió con el dedo índice las cicatrices en relieve del tatuaje.

—Llevo el vídeo incrustado en la piel. Se lo contaré a la policía. Se lo contaré a todos.

—No te creerán.

—Al principio. Pero analizarán la tinta.

—Tonterías.

—Y entonces el mundo entero sabrá la verdad.

—No.

—Claro que sí.

—Jamás. —Zaphire sonaba triste—. ¿Recuerdas lo que te he dicho antes al despedirme?

Noah sintió que le quitaban la delgada almohada de debajo de la cabeza.

«Quiero ser sincero contigo, John. Si hubieras sabido dónde estaba el vídeo, te habría matado».

Lo último que Noah vio de su padre fueron las lágrimas en sus ojos. Entonces la almohada le bloqueó la vista.

La almohada que Zaphire le había quitado a Noah de debajo de la cabeza y con la que ahora le tapaba la boca y la nariz.

Por segunda vez en pocos minutos, Noah creyó estar a punto de perder el conocimiento. Sacudió las esposas, pataleó con las piernas, levantó el torso y trató de girar la cabeza bajo la almohada, pero todos los intentos para liberarse fueron en vano. Atado y esposado estaba completamente a merced del anciano.

«Altmann estaría orgulloso».

Todo iba según el plan otra vez.

Aunque para gusto de Noah estaba durando demasiado. Sus pulmones ya suplicaban oxígeno cuando varias manos tiraron por fin de Zaphire.

De pronto Noah pudo mover el brazo de nuevo. Alguien lo había liberado, probablemente el médico que lo incorporaba y le colocaba una mascarilla de oxígeno.

Para entonces dos policías arrastraban ya a Zaphire fuera de la ambulancia y lo conducían directamente hacia un vehículo policial que esperaba justo delante de la Porta Sant’Anna con la luz azul encendida.

—Celine —graznó Noah, y buscó a tientas el bolsillo del pecho de su chándal.

«El bolígrafo sigue ahí».

Otros dos sanitarios, una mujer y un hombre, ambos con gesto preocupado, se apiñaron en el interior del vehículo con él. Noah inclinó la cabeza, miró por encima de ellos, y por fin distinguió a Celine en la calle. Estaba junto a un grupo de guardias suizos. Uno de ellos sostenía un móvil en la mano y asentía.

«¡Gracias a Dios!».

A Noah le habría gustado echarse a reír a carcajadas y quitarse de encima la mascarilla y las manos que querían sujetarlo a la camilla.

«Así que ha salido bien».

El «juguete» de Altmann, el HPX5, había funcionado y había transmitido la grabación del interior de la ambulancia al móvil de Celine.

Y Celine había logrado convencer a uno de los soldados de la Guardia Suiza de que viera la transmisión.

«El plan ha salido bien».

Noah no estaba seguro de que su teoría de los cristales fluidos del microchip en su mano fuera realmente cierta. Pero ya no importaba.

Ahora tenían otro vídeo concluyente que documentaba las verdaderas intenciones de Zaphire.

Noah cerró los ojos y se durmió antes incluso de terminar su oración muda de agradecimiento a Altmann.