Varios años después, unos muchachos de la Escuela de Montaña de la Centuria Montolar repitieron la nueva ruta.
Alberto Rabadá superó el muro clave en escalada libre —allí sus predecesores habían clavado veinte pitonisas— y tras colocar una buena clavija como reunión, aseguró a sus compañeros Ángel López Cintero y Manuel Bescós.
Corría el mes de abril de 1953 y en el pueblo ya nadie dejaba las faenas del campo para ocuparse de los escaladores. Cintero fue el último en recorrer la travesía que llegaba a la reunión sobre agarres pequeños y escurridizos. Le recriminó a Alberto no haber colocado otra clavija más y Alberto le dijo que se diese prisa. Cintero anunció entonces que se iba a caer y en el pueblo un chiquillo entró corriendo a casa mientras anunciaba: «¡Padre, padre, que el Tintero se va a matar!».
Les costó dos días llegar a la cumbre. Tenían 16, 19 y 22 años. Una nueva generación hacía con facilidad lo que para la anterior había sido la antesala de lo imposible. Poco después, el 14 de julio de 1953, Rabadá, Cintero y Manuel Bescós realizaron la primera ascensión del Puro, en los cercanos Mallos de Riglos. Un torreón coronado por una cumbre diminuta donde apenas se sujetaban los buitres y en el que había que ascender muros desplomados, chimeneas verticales y un aéreo espolón de 60 metros de roca lisa y empanzada.
Dibujo a plumilla del Libro de Riglos, depositado en casa Pisón en el pueblo de Riglos.
Durante la primera ascensión al Puro, en junio de 1953.
Desde 1947 en que se realizó la primera tentativa de esta aguja adosada al Mallo Pisón, varios equipos se disputaban su primera ascensión. Era la última cumbre virgen del macizo.
Jordi Panyella capitaneaba un grupo de catalanes que durante aquellos años realizaron algunas de las mejores escaladas del país y el Puro estaba entre sus objetivos inmediatos.
Otros escaladores de Huesca también intentaron el Puro, hasta que Mariano Cored encontró la muerte en una caída al desprendérsele el agarre al que se sujetaba. El resto renunciaron cuando también falleció Víctor Carilla al partirse su cuerda, y desde entonces la última cumbre virgen se convirtió en un auspicio de muerte.
Panyella era probablemente el escalador más experimentado de la década de los cincuenta y seguía soñando cada noche con las paredes del Puro. Era un tipo peculiar, de naturaleza bohemia, obstinado, con los rasgos marcados por un espeso bigote y con un mal genio contundente, pues no pudo contenerse cuando unos imberbes le quitaron la primera ascensión de la cumbre más prestigiosa de los Mallos y prorrumpió en insultos contra los muchachos cuando llegó a Riglos y se enteró de que su obsesión había sido conquistada por otros.
Cintero, Rabadá y Bescós pasaron dos noches en la pared, la segunda en la estrecha cumbre. La noticia se corrió rápidamente hasta llegar a Huesca y las primeras autoridades enviadas por el gobernador llegaron al día siguiente, poco después de salir el sol, cuando los alpinistas extendían una gran bandera nacional alrededor de la cima. Luego entonaron el cara al sol y rebautizaron la aguja con el nombre de Francisco Franco.