El ayuntamiento era un edificio viejo, con techos altos en los que se acumulaba el calor, y suelos de gélido y duro mármol. El frío penetraba a través de la ventana de la oficina de Stride y dejaba cristales congelados en el vidrio. Se asomó a la ventana y miró con expresión ausente el tráfico de la calle Primera. Cruzó los brazos. Las arrugas de su frente eran profundas como cañones, y sentía la tensión en todos los músculos de su cuerpo.
Stride llevaba traje y corbata; estaba preparado para la previsible invasión de periodistas y políticos tan pronto se enteraran de lo de Maggie. Normalmente vestía de calle, su habitat natural. No hubiera podido soportar un trabajo que le mantuviera permanentemente atado a un escritorio, y liquidaba su papeleo a horas intempestivas, cuando la oficina estaba a oscuras. Prefería estar allí fuera, en la escena del crimen, haciendo el verdadero trabajo, que en su mayor parte era duro y amargo.
Había sido un idealista en su juventud; pero aquella época quedaba demasiado lejos como para pensar en ella. En el fondo era como Maggie: su único interés estribaba en solucionar todos los casos y meter entre rejas a los criminales. No le había llevado mucho tiempo darse cuenta de que siempre habría víctimas como la chica de Enger Park, sobre las que nadie les podría ofrecer una pista fiable que les diera alguna respuesta. Llevaba aquella carga sobre los hombros. Cada asesinato cometido en esa ciudad se llevaba un pedazo de su alma, e incluso cuando resolvían el caso y un jurado emitía un veredicto de culpabilidad, quedaba en él una cicatriz que nunca desaparecía.
Ésa era una de las razones por las que vivía en el lago. No le gustaba compartir aquella parte de su alma con mucha gente; había necesitado meses para compartirla con Serena. Stride era realista, con la cabeza bien amueblada y sin tiempo para asuntos místicos, pero el lago era diferente. Cuando se quedaba allí de pie por las noches, mirando el agua, a veces se sentía como si la muerte le rodeara, como si el lago fuera el lugar al que todos se dirigieran para convertirse en niebla y vapor. Allí podía percibir a su padre, que había muerto en el lago, y se sentía en comunión con toda la muerte de la ciudad.
Alguien llamó a la puerta de su despacho y vio una silueta tras el vidrio esmerilado.
—Entre —dijo sin separarse de la ventana. La puerta de roble se abrió y se cerró con un portazo. Se sorprendió al ver quién era—. Lauren.
—Hola, Jonathan.
La llegada de Lauren trajo consigo una ráfaga de aire frío al despacho.
—Tienes buen aspecto —manifestó Stride.
Lauren puso los ojos en blanco. La ropa, las joyas y el pelo teñido de rubio eran propios de su estatus, y su rostro era todo lo suave que el maquillaje y la cirugía habían podido conseguir. Era atractiva, pero no intentaba ocultar que el encanto de Stride no le afectaba. Ambos compartían una historia desagradable. Lauren era la única hija de un hombre que se había hecho millonario con el negocio inmobiliario en el norte de Minnesota. En sus primeros años como detective, Stride había puesto al descubierto una trama de sobornos en el ayuntamiento, en relación con un contrato para un gigantesco nuevo centro comercial. El padre de Lauren fue a prisión, y murió allí seis meses después, de un derrame cerebral. Lauren lo heredó todo, incluido el rencor hacia Stride.
Éste la acompañó hasta una silla. Ella cruzó las piernas y tamborileó con los dedos sobre el borde de su falda.
—Siento lo de Maggie —le dijo.
—Por supuesto.
—Acabo de encontrarme a Serena en la oficina de Dan —añadió ella, cortante—. ¿Dónde debía de estar mientras tú y yo íbamos a la escuela? ¿Jugando con pinturas?
Stride ignoró la provocación.
—Creía que no ibas a hablar nunca más conmigo, Lauren.
—El pasado es el pasado —replicó ella—. Necesitamos dar un paso adelante.
—¿De veras? No era precisamente ésa tu actitud hace un año.
Stride sabía que Lauren había promovido una campaña en el ayuntamiento para evitar que K-2 lo contratara de nuevo.
—Ahora tengo cosas más importantes de las que preocuparme.
—Ah, ¿sí?
—Es obvio que aún no has leído las noticias.
—¿Qué me he perdido?
—Dan y yo nos mudamos a Washington —anunció Lauren.
—¿Un traslado permanente?
Ella asintió.
—Han propuesto a Dan para el cargo de consejero especial de un bufete de abogados especializado en delitos de guante blanco. He estado los dos últimos días en Washington, buscando casa en Georgetown.
—Así que Dan se va a convertir en abogado defensor —se burló Stride—. Supongo que para Dan siempre ha sido un juego; así es más fácil cambiar de bando.
—Sí, ya sé que a ti sólo te preocupa la justicia y la verdad, Jonathan: Déjame preguntarte cuándo las has encontrado.
Él sonrió, porque de algún modo Lauren tenía razón. Además, le gustaba la idea de que Dan abandonara su cargo como procurador jefe del estado. No le hacía gracia tener un enemigo en esa oficina.
—Felicidades; es un buen golpe —dijo.
—He estado moviendo algunos hilos —admitió Lauren—. A Dan no le gusta Duluth. Sólo vinimos aquí para facilitar su entrada en la fiscalía del estado, pero tú eliminaste esa posibilidad, ¿recuerdas?
—Creo que los votantes tuvieron algo que ver en eso —respondió Stride—. ¿Cuándo será el gran traslado?
—El mes próximo.
—¿Por eso has venido? ¿Para decirme adiós?
Lauren negó con la cabeza.
—No, sólo me estaba regodeando. En realidad, tengo que informar de un delito; o de lo que podría ser un delito, no lo sé.
Stride dejó a un lado la rivalidad.
—¿Qué ocurre?
—Ya sabes que soy la propietaria de Silk, la tienda de la calle Superior.
Stride asintió. La tienda era otra de sus muchas artimañas para evadir impuestos.
—Una de mis empleadas ha desaparecido.
—¿Cómo se llama?
Lauren sonrió con malicia.
—Oh, la conoces muy bien, Jonathan. Es Tanjy Powell.
Stride no quería decirlo en voz alta, pero escupió las palabras mientras exhalaba un suspiro de disgusto.
—Hija de puta.
—Sabía que te encantaría.
Stride no estaba en absoluto encantado.
—¿Por qué crees que ha desaparecido?
—Tanjy se fue de la tienda el lunes a primera hora de la tarde. Parecía preocupada. Según dice Sonia, la encargada, Tanjy no apareció ni el martes ni el miércoles, y no ha llamado. En su casa no contesta nadie.
—¿Por qué estaba preocupada cuando se marchó el lunes?
—No tengo ni idea.
—¿Lo había hecho antes alguna vez?
—Sonnie dice que no.
—¿Qué hay de su familia?
Lauren negó con la cabeza.
—Sus padres están muertos. Ella vive en el sótano de un edificio Victoriano en la zona de East Hillside. Pensé que querrías ir a comprobarlo, por si sale un olor nauseabundo de la casa. Eso es lo que te hace correr la sangre por las venas, ¿verdad?
—Corta el rollo, Lauren —le espetó Stride, y añadió—: Lo primero que se me ocurre es que Tanjy está jugando de nuevo con nosotros.
—¿Por qué? ¿Porque la última vez te hizo quedar como un tonto?
—Se inventó una acusación de violación. Hizo que cundiera el pánico por toda la ciudad.
Lauren suspiró.
—No pretendo entender lo que pasa por su pequeño y enfermo cerebro. Sólo soy el mensajero.
—Espero que no nos esté tomando el pelo de nuevo —insistió Stride—. La única razón por la que no presentamos cargos fue porque Dan y K-2 no querían que pareciera que nos cebábamos en una mujer con problemas psicológicos.
—Fue culpa mía —admitió Lauren—. Les pedí que no se propasasen con ella.
—¿Tú? Lo que me sorprende es que no la despidieras.
—Sólo voy a por las personas que se meten en mi camino, Jonathan. Precisamente tú deberías saberlo.
—Lo que significa que no querías verte implicada en un juicio desagradable.
—Lo que significa que me sentiría mal por ella.
Stride no creía que Lauren hubiera sentido nunca nada por nadie, pero en cualquier caso no importaba.
—Iré a echar un vistazo —dijo.
—Hay algo más —añadió Lauren.
—¿Qué?
—Tanjy llamó a mi casa el lunes por la noche.
—¿Después de irse de la tienda? ¿Por qué?
—Preguntó por Dan, pero él estaba en Saint Paul.
—¿Y qué quería? —preguntó Stride.
—No lo sé. Llamé a Dan desde Washington el martes por la noche, pero me dijo que ella no le había contestado cuando le devolvió la llamada. Ninguno de los dos hemos vuelto a pensar en ello hasta hoy. He cogido un vuelo a primera hora de la mañana, y Sonnie me ha contado que Tanjy había desaparecido.
—¿Te dejó Tanjy algún mensaje cuando hablaste con ella?
—Sí, me dio un mensaje para Dan, pero él no lo entendió.
—¿Cuál era?
Lauren se encogió de hombros.
—Simplemente me pidió que le dijera: «Sé quién es».