Unidad, movilización y morfina
A veces, en las gélidas e interminables noches de Leningrado, Javier se abandonaba a sus propios pensamientos. En aquellas solitarias y eternas guardias el asustado centinela recordaba la cadena de desgraciados sucesos que le habían llevado a encontrarse en tan apurada situación, porque ¿qué hacía un excombatiente republicano atrincherado a las afueras de Leningrado luchando al lado de aquellos camisas viejas que integraban la División Azul? ¿Acaso se había vuelto loco este maldito mundo? Su vida parecía una suerte de opereta surrealista. ¿Cómo iba a hacerse con aquella macabra reliquia que tanto estimaba Franco y que se hallaba oculta tras las líneas enemigas? ¿Encontraría al hombre que la robó?
La nostalgia que sentía por una tierra soleada, cálida y fértil hacía que se dejara llevar por el recuerdo. Aquélla era una forma como otra cualquiera de combatir el miedo a las incursiones de los rusos. Irrupciones misteriosas, nocturnas y veladas, que culminaban invariablemente con la desaparición del desgraciado centinela de turno. Nada más se volvía a saber del infortunado. Los rumores que circulaban entre la tropa apuntaban a que los capturados («lenguas», como los llamaban los rusos) eran llevados a la presencia de la NKVD para ser interrogados sobre la procedencia, número de hombres y ubicación de sus respectivas unidades. A esas alturas era seguro que el enemigo debía de disponer de un mapa bastante aproximado de la localización de regimientos, trincheras, defensas y emplazamientos artilleros que rodeaban la ciudad del Neva.
Aunque Javier se sobrecogía ante la sola idea de caer en manos de los rusos, sobre todo temía caer prisionero de la NKVD, la policía política del régimen comunista. Lo decía por experiencia. El aterrorizado y helado centinela intentaba que los recuerdos de casa lo transportaran de nuevo a la sensación de seguridad, a la felicidad, a la tranquilidad de aquellos tiempos lejanos junto al Mediterráneo, pero, por desgracia, siempre terminaba recordando aquellos fatídicos días de marzo en los que se forjó su desgraciado destino.
Javier se mortificaba pensando en que su sino se había visto sellado por causa de la movilización, por el artículo publicado en Unidad y sobre todo, por la morfina, la maldita morfina.
* * *
Algo imaginó Javier cuando su padre, Eusebio, apareció de improviso en su despacho del hospital para miembros de las Brigadas Internacionales situado junto al paseo del Malecón. Corrían los últimos días de marzo y el joven intendente se disponía a dar por cerrado su turno de trabajo matinal. Deseaba acercarse a casa a comer antes de la reanudación de sus deberes en el hospital aquella misma tarde pues estaba cansado. Apenas faltaban unos minutos para la una y media de la tarde cuando Eusebio entró en tromba en el cuarto que habían asignado a Javier en la primera planta de aquel mastodóntico Colegio de los Hermanos Maristas reconvertido a Hospital para Heridos de Guerra.
—Padre —dijo Javier poniéndose de pie al ver entrar a su progenitor.
—Hola, hijo —contestó Eusebio con cara de pocos amigos—. ¿Has terminado ya?
—Sí, ya me iba —dijo el intendente del hospital.
—Mejor, te acompaño a casa y hablamos. Aquí hasta las paredes oyen. Ya sabes.
Los dos hombres salieron al primer piso del claustro forrado de azulejos de intrincados motivos geométricos. Sorteando varias camas ocupadas por heridos de aspecto nórdico que tomaban el cálido sol del mediodía levantino, Javier y Eusebio bajaron por la escalera de piedra a la planta baja y salieron al exterior por la puerta principal del edificio.
Allí, junto al seto de cipreses que rodeaba el recinto del hospital, un chófer del Partido esperaba a Eusebio apoyado en el capó del Buick que hacía las veces de coche oficial. El conductor estaba leyendo Unidad, el periódico oficial del Partido Comunista en la región de Murcia.
Eusebio hizo un inequívoco gesto a su subordinado haciéndole ver que volvería a la ciudad dando un paseo con su hijo. Una vez que subieron la escalera que daba acceso al paseo del Malecón, un sólido dique de contención diseñado para resistir las crecidas otoñales del río, Eusebio se sintió más tranquilo y entró en materia directamente diciendo:
—Pero ¿te has vuelto loco?
—¿Yo, por qué? —contestó Javier con cara de no saber de qué estaban hablando.
—¿Por qué? ¿Por qué? —gritó colérico Eusebio llevándose las manos a la cabeza a la par que caminaba—. ¿Cómo puedes preguntarme «por qué»?
Hacían una extraña pareja: rechoncho y rebosante de humanidad, el padre; alto y espigado, el hijo. Eusebio, de rostro coloradote, cabeza grande, cuadrada y negro pelo. Javier, de tez blanca y bucles dorados, como su madre.
—¿Por qué? —continuó Eusebio—. Por esa mierda de artículo que has escrito —dijo arrojando a su hijo un periódico que había sacado de no se sabe dónde.
—Pero, padre…
—Ni pero ni hostias. ¿Cómo cojones se te ocurre publicar algo así?: «De cómo y por qué perderemos la guerra». ¡Esto es derrotismo! ¡Hemos fusilado a gente por menos de esto!
—Reconozco que el título puede resultar algo equívoco, pero el contenido del artículo…
—¡Y una mierda! ¡El contenido es peor aún que el título! Pero ¿es que no sabes cómo están las cosas con los anarquistas?
Las venas del cuello de Eusebio se marcaban de pura indignación. Javier supo que aquello era una mala señal e intentó defenderse diciendo:
—Por eso lo escribí, padre. Es la consigna del partido, primero ganar la guerra y luego, la revolución.
—Sí, hijo, sí. Pero cada cosa a su tiempo. ¿No ves que escribiendo ese artículo te has colocado en el punto de mira?
—¿En el punto de mira de quién?
—De los mismos anarquistas, por ejemplo. Pero ésos no son los que más me preocupan, son unos pobres desgraciados. Hay otros que no dan la cara y que aun estando de acuerdo con lo que tú has escrito son capaces de aprovecharlo para hacernos daño. Incluso en nuestro propio partido.
—¿Quién?
—Mira, así de pronto, me preocupan los socialistas. Hay gente en la UGT que comparte nuestra opinión de ganar la guerra primero y hacer más tarde la revolución, pero saben que tarde o temprano habrá que luchar por el poder y aliarse con nuestros enemigos es una buena manera de sacarnos del juego.
—¿Y los anarquistas y el POUM?
—Nadie cuenta con ellos para repartir el pastel. Los anarquistas son unos necios, carne de cañón de la peor calaña. La CNT/FAI está perdiendo influencia por momentos. Por otra parte, todos los miembros del POUM están muertos, presos o huidos. Aunque me preocupan algo más los anarquistas que los troskistas, la verdad. Los del POUM son menos y los anarquistas son más primitivos, de reacciones imprevisibles. Unos delincuentes.
—Pues eso, padre, ¿tienes una idea del número de expresidiarios que hay en la CNT? Y no me refiero a presos políticos precisamente, ¡delincuentes comunes!… se toman la justicia por su mano. Van por ahí en los coches de los ricos comportándose como pistoleros, extorsionan a la gente y viven en las mansiones de los burgueses, pero eso sí, al frente ni se acercan. ¡Así no podemos ganar la guerra! Todo este desorden, este caos, este maremágnum de comités…
—He leído tu artículo, hijo. No hace falta que me lo repitas todo —dijo Eusebio con retintín—. Pero desde que se produjo la militarización las cosas han ido mejorando…
—¿Acaso he hecho mal denunciando la irresponsabilidad de nuestros enemigos? ¡Ellos hacen más daño a la causa de la libertad que los propios fascistas! —dijo el joven aligerando el paso. Eusebio se puso a su lado y continuó diciendo:
—Hijo, hijo… el destino del POUM ha sido decidido, y el de los anarquistas también. Pero eso los hace más peligrosos aún. Las bestias malheridas son muy atrevidas. Estás en peligro. Mira —dijo el padre tomando el periódico del aparato del Partido y leyendo textualmente—: «… mientras el enemigo permanece unido y sigue las directrices de un mando militar único, nosotros nos encontramos permanentemente bloqueados por la burocracia que hemos generado al multiplicar por doquier el número de comités. Es imposible circular por un camino sin que los matones del lugar te corten el paso chantajeándote y exigiendo un pago como vulgares bandoleros». —Eusebio hizo una pausa y casi susurró—. Pero, rediós. ¿Cómo has escrito algo así? Y por si esto fuera poco… escucha: «… es un hecho más que probado que de continuar en esta línea, la derrota del Frente Popular se perfila como segura». ¡La hostia, Javier!
El indignado padre hizo una pausa y añadió:
—¿Es que quieres que te maten? Una cosa es aseverar que hace falta cierto orden para defender la República y ganar la guerra, y otra muy distinta vaticinar nuestra propia derrota. ¿Qué coño te ha inducido a escribir barbaridad semejante?
Eusebio y Javier se pararon en mitad del paseo y se miraron fijamente. El sol brillaba y las escasas nubes de algodón jalonaban el azulado cielo del sur.
—Estaba enfadado, padre. Muy enfadado… y frustrado. Quizá no fue correcto del todo afirmar lo de la posible derrota. Estaba algo alterado cuando escribí el artículo.
—¿Por el incidente del camión?
—Sí, por el incidente del camión. Padre, sabes perfectamente que ese camión era un envío que nos hacía don José Rosell para el hospital. Necesitábamos ese material.
—Ya lo sé, hijo, ya lo sé…
—¿Qué derecho tenía el comité para interceptar un envío a nuestro hospital y disponer del mismo como si fuera suyo?
—Lo enviaron a Cartagena.
—Pues eso. Era un pedido muy completo: gasas, material fungible, yodo y, sobre todo, morfina. ¿Sabes en qué condiciones trabajamos? ¿Sabes lo que sufren esos hombres venidos desde tan lejos a luchar por nosotros? ¿Has oído cómo grita un hombre cuando le amputan una pierna y no hay un solo opiáceo que darle? ¡Joder! Esto no puede continuar así. Esto es un auténtico caos. El frente es una juerga continua. Las milicianas causan más bajas por venéreas que el mismísimo enemigo, los milicianos de las provincias cercanas cuando llega el fin de semana se acercan de excursión a Toledo para disparar unos tiritos al Alcázar, ¡con la familia y todo! ¡Esto es el acabose! ¡Milicianos excursionistas! Con la tortilla de patatas, la parienta, la suegra, los críos y el fusil… ¡Y hala, a Toledo! En Madrid, vuelven a casa a dormir, ¡como oficinistas!, y dejan el frente desguarnecido. ¿Es esto una guerra o una comedia barata?
—Vamos a ver, Javier. Insisto en que no te falta razón. De hecho, el Partido ya está tomando medidas al respecto. La militarización se hace necesaria y es una realidad, pero tú te has comportado como un insensato. Pereulok quiere hablar contigo, esta tarde irá a verte al hospital. Escúchale por una vez. Tiene algo que decirte. Hazle caso.
* * *
La cuestión estaba zanjada o al menos eso decía el cariacontecido rostro de Eusebio. Padre e hijo bajaron del Malecón por una estrecha escalera que terminaba en el Huerto del Cura, lo atravesaron y se encaminaron hacia el humilde barrio de San Antolín. El olor a azahar impregnaba el aire que respiraban. Era una primavera demasiado hermosa como para estar en guerra.
—Esta noche te enviaré dos milicianos a casa. No temas, son de confianza —dijo Eusebio con aire protector.
—No quiero gente armada en mi casa.
—No seas idiota. ¡Necesitas gente armada en casa! Sobre todo esta noche. Sabemos que hay quien quiere darte el paseo. Existe gente en el Partido que no me quiere bien. Podrían vengarse de mí haciéndote daño. Tú les has dado la excusa perfecta.
—No podrás protegerme eternamente.
—No, claro. Vladimiro te dirá lo que tienes que hacer. Insisto, esta tarde irá a verte al hospital.
Llegaron al portal de Javier. El número 5 de la calle Almenara.
—¿Vas a subir a ver a la niña? —dijo el hijo.
—No, ahora tengo qué hacer en el local. Dale recuerdos a Julia de mi parte.
En ese momento Eusebio echó a andar. De pronto, se paró y volviéndose dijo:
—Ah, y no hagas ninguna tontería.
Javier subió los escalones de dos en dos. Ante toda aquella irracionalidad que le rodeaba, ante tanta locura, la compañía de su mujer y su hija constituían el único referente estable y tranquilo en su ahora atormentada y agitada vida. No le agradaba la guerra.
Llegó justo en el momento en que la pequeña Elena eructaba satisfecha tras haber comido su papilla. Javier no pudo evitar el pensar que la mayoría de los niños de la región no podían hacer tres comidas al día como su hija. «Privilegios del cargo», pensó con amargura. ¿Acaso no habían acabado con los burgueses para terminar con injusticias como aquélla? ¿No habrían sustituido a una élite por otra?
Comió rápido intentando ocultar su preocupación. Después de tomar un café —pensando que la mayoría de los ciudadanos habían de conformarse con un áspero extracto de malta— se sentó en su butacón con la niña en brazos.
No tardaron en caer en un reconfortante y apacible sueño.