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La vidente de espíritus

E Escupefuego estaba dormido, y en la apretujada bodega de Snorri había un hueco donde se solía colocar uno de los barriles de pescado en salazón. El Alfrún estaba amarrado a un gran sauce que sobresalía de la ribera de los Labrantíos, pues la capitana pensaba que era demasiado peligroso continuar el viaje con un dragón impredecible a bordo.

Snorri y Jenna estaban sentadas en la cabina de proa de la barcaza, intentando hacer caso omiso de los ronquidos y resoplidos de Escupefuego. El Chico Lobo, que se había mareado un poco después del vuelo en dragón, y quería sentir tierra firme bajo sus pies, exploraba los huertos de manzanos plantados a lo largo de la orilla del río. Snorri no esperaba encontrarse con la princesa por segunda vez, y mucho menos que aterrizase en su barco a lomos de un dragón. Se sentía un poco intimidada. Había obsequiado a Jenna y al Chico Lobo con un desayuno de bienvenida compuesto de pan, pastel, pescado encurtido y manzanas, que habían devorado con ganas. El Chico Lobo se arrepintió de haberle dado todo el beicon a Escupefuego, sobre todo porque apenas había saciado el apetito del dragón, y luego Snorri tuvo que darle un barril entero de pescado en salazón.

—Lo siento de veras, Snorri —dijo Jenna, y después, cuando se hubo ido el Chico Lobo, añadió—: Íbamos en busca de Septimus, y Escupefuego decidió aterrizar. No le detuve porque pensé que Septimus estaba aquí… pero no está.

Jenna se quedó en silencio. No podía evitar preguntarse si el busca iba a funcionar con Escupefuego. Era un dragón tan joven y tan impetuoso… y si podía distraerle el olor a beicon frito, ¿qué otra cosa no lo desviaría del rastro correcto?

—Tu hermano Septimus. Él… ¿desapareció a través de un cristal? —preguntó Snorri.

Jenna asintió.

—Entonces… seguramente lo encontrarás en el hospital.

Jenna negó con la cabeza.

—Era un espejo… ¿sabes?, no un cristal —le explicó.

—¡Ah…! —dijo Snorri—. Un espejo antiguo. Ahora lo entiendo.

—¿Sí? —preguntó Jenna, sorprendida.

—Mi abuela tenía uno. Pero a nosotros… a nosotros nunca nos dejaba tocarlo. Su hermana, Ells, desapareció a través de él cuando era joven.

—¿Y…? —Jenna apenas se atrevía a preguntar—. ¿Y la encontraron?

—No —dijo Snorri.

Jenna guardó silencio. De repente, Snorri se levantó de un salto y corrió a un costado de la barcaza, mirando río arriba. Jenna siguió su mirada, pero no pudo ver nada. El río estaba vacío y silencioso. Había dejado de llover hacía un rato y ahora el agua estaba plana y mansa, y reflejaba las densas nubes grises del cielo. Nada, ni siquiera un aventurado pez que saltara a la superficie para comerse una mosca la perturbaba.

Snorri sacó el catalejo de espíritus de un bolsillo de los pliegues de la túnica y se lo acercó al ojo derecho. Murmuró algo entre dientes.

—¿Qué ocurre? —preguntó Jenna.

—No me gusta este barco —susurró Snorri.

—Pero si es un barco precioso… —dijo Jenna—. A mí me gusta de veras, sobre todo tu pequeño camarote. Además, es muy acogedor.

—No, no me refiero a este barco —explicó Snorri—. Me refiero a ese barco.

Snorri bajó el catalejo y señaló río arriba. Jenna siguió la mirada de Snorri y notó que sus ojos se quedaban fijos en algo que avanzaba lentamente río abajo hacia ellos.

Snorri miró a Jenna.

—¡Ah! —dijo—. ¿Tú no puedes ver el barco fantasma?

Jenna sacudió la cabeza.

—Viene hacia aquí —susurró Snorri.

De repente, el aire era más frío y el río parecía amenazador.

—¿Qué es lo que viene hacia aquí? —preguntó Jenna.

Snorri no respondió. Estaba absorta, mirando a través del catalejo cómo se acercaba la barcaza real de la reina Etheldredda. Aunque la barcaza estaba en la orilla opuesta del río cuando doblaron la curva, ahora cruzaba el río y se dirigía directamente hacia el Alfrún. Snorri se estremeció.

—¿Qué? ¿Qué es lo que ves? —susurró Jenna.

—Veo una barcaza. Tiene una alta proa y está construida tal y como solían construirlas hace muchos años. Veo cuatro remeros fantasmas a babor y cuatro a estribor; se mueven pero no causan ninguna perturbación en el agua. Veo un dosel real rojo que cubre la barcaza tendido sobre postes dorados, y debajo de él veo a la reina sentada.

—¿Lleva… la reina una alta gorguera alrededor del cuello y unas trenzas enroscadas alrededor de las orejas? —susurró Jenna, que de repente tuvo la horrible sensación de saber de qué reina se trataba—. ¿Parece como si acabara de oler algo asqueroso?

Snorri se volvió hacia Jenna con una sonrisa, la primera sonrisa que Jenna había visto en la cara de Snorri.

—Entonces, hermana, ¿también eres vidente de espíritus? He deseado tanto tener una hermana vidente. ¡Bienvenida! —Snorri abrazó a Jenna, pero como no quería de ningún modo que la viera la reina Etheldredda, Jenna se zafó del abrazo y huyó al camarote de Snorri.

Snorri siguió a Jenna escaleras abajo.

—Lo siento si… te he ofendido.

Jenna estaba sentada en las escaleras, pálida, y se abrazaba las rodillas.

—No… no me has ofendido —susurró—. No debo dejar que la reina me vea. Es ella la que me obligó a enseñarle el espejo a mi hermano. Ella es horrible, realmente horrible.

—¡Ah! —suspiró Snorri, no le sorprendía demasiado, pues recordó el escalofrío que sintió la primera vez que vio la barcaza real—. Quédate aquí, Jenna. Iré a ver a esa reina. Te diré lo que está haciendo, pues creo que si ha decidido que no se te aparecería es por algún mal motivo. Tal vez tenga a tu hermano prisionero a bordo.

—Sep —dijo Jenna—. En un barco fantasma. Pero eso significaría que él también es un fantasma…

—No, no siempre. Es posible que te coja un espíritu y sigas estando vivo. A mi tío Ernold le pasó.

Y, dicho lo cual, Snorri desapareció y subió a cubierta, dejando a Jenna pensando en que la familia de Snorri era muy proclive a los accidentes, en lo que a espíritus se refiere.

La barcaza real se acercaba al Alfrún, y Snorri vio que en otro tiempo había sido un barco hermoso. Era una barcaza larga y estrecha, pintada con intrincadas espirales de oro y plata. Los mástiles de oro labrado sostenían un lujoso dosel rojo para proteger del sol y de la lluvia a la reina y a sus cortesanos, que debieron de apoltronarse en los grandes asientos llenos de almohadones sobre la tarima de popa de la barcaza. Pero ahora la reina Etheldredda se sentaba sola, como había hecho durante buena parte de su vida, pues sus cortesanos siempre encontraban todo tipo de excusas para evitar que los atraparan en la barcaza real sin la posibilidad de escapar de la reina. Bajo la cubierta, ocho remeros fantasma, en sus estrechos bancos de madera, movían sin cesar sus insustanciales remos, mientras las aguas del río permanecían imperturbables.

Cuando la barcaza real viró hacía el Alfrún, Snorri apartó el catalejo y se dedicó a recoger las cosas del desayuno. No tenía ninguna intención de que la reina se enterase de que era una vidente de espíritus, y también le había quedado claro que si Jenna no podía ver a la reina era porque el fantasma había preferido no aparecerse. La reina Etheldredda se levantó de los almohadones, caminó hacia un costado del barco y miró a Snorri por encima del agua. La reina hizo una mueca de desaprobación. Una criada, sin duda. La reina miró los restos del desayuno que la criada recogía muy despacio, vergonzosamente despacio. Los criados son tan perezosos en esta época; las cosas cambiarán cuando yo vuelva a ser reina, pensó. Los ojos de Etheldredda se volvieron a fijar en Snorri. Había algo raro en la chica, pensó. No le gustaba el modo en que los ojos de la chica se movían de un lado a otro, como un lagarto, evitaban mirar a ningún sitio. Muy ladina. Sin duda una noche su patrón se despertaría temprano para descubrir que había vendido toda su carga ante sus propias narices. Y lo tendría bien merecido.

Con una sonrisa en los labios, la reina Etheldredda dejó que la corriente arrastrara la barcaza real hacia el Alfrún mientras fisgaba el resto del barco en busca de Jenna. La reina iba rumbo a los marjales Marram, pero en cuanto dobló el recodo del río y vio el Alfrún amarrado a la orilla, tuvo una fuerte sensación de que su descarriada tataranieta andaba cerca, lo cual no comprendía, porque seguramente la chica estaba en la casa de la conservadora. Aquellos dos irritantes magos extraordinarios habían hablado demasiado, los había oído desde detrás de la puerta del dormitorio. La reina Etheldredda creía firmemente en la información que se obtiene escuchando a hurtadillas; en su vida había perfeccionado esta técnica hasta el punto de que nunca creía lo que alguien le decía a la cara a menos que lo oyera ella misma por la vía del espionaje.

En cuanto la barcaza real se puso al lado del Alfrún, la sensación de la reina Etheldredda de que Jenna estaba a bordo se hizo aún más fuerte, pero no vio ni rastro de ella. Con aire perplejo, la reina escrutó el barco. No parecía más que la típica barcaza mercante de un Mercader del Norte: ondeaba la bandera oficial de la Liga Hanseática, a pesar de la descuidada criada, el barco estaba limpio y ordenado y bien conservado. Todo estaba tan apacible y tranquilo como debiera. Los cabos estaban pulcramente enrollados, la vela plegada de modo experto y… había un dragón en la cubierta.