En el interior de la maleta había varias pelucas, un traje de mujer y un estuche de maquillaje de los que se usan para el teatro. Pero no se encontró nada que indicase el nombre o las señas del dueño de la maleta.
Tanto Pam como Gina tuvieron al momento la misma idea: ¿Podría tratarse de la misma persona que había estado siguiendo a los Blair en Nueva York, utilizando distintos disfraces?
—A lo mejor es el mismo hombre al que se le perdió la peluca delante de nuestra casa —sugirió Holly.
Pam declaró:
—Es el mismo hombre que nos persiguió, montado en un «appaloosa». Pero puede que no sea viejo. A lo mejor usó el maquillaje para aparentar que tenía arrugas.
—Y debió de ser la «mujer» que golpeó a Viejo Papá en la cabeza y volcó las galeras —dedujo Pam—. Y la figura que vio Pam entre los árboles.
Las dos niñas siguieron hablando, muy excitadas, de su descubrimiento, mientras Cindy decía a Tut Primrose:
—Muchas gracias por habernos dejado ver la maleta. Nos ha proporcionado una buena pista y creo que ahora podremos encontrar su caballo «appaloosa».
—Encantado de haber podido ayudaros —repuso el hombre—. En cuanto a las mulas, tengo dos muy resistentes que os podéis llevar. Entrad y las veréis.
Las mulas, que estaban muy pacíficas ante su pesebre, pusieron las orejas tiesas, y volvieron las testuces para mirar a las niñas. Cindy examinó a los animales y dijo:
—Nos servirán. ¿Podrá llevarlas al rancho ahora?
Tut repuso que metería a las mulas en su camioneta y saldría para el K Inclinada dentro de una hora. Los visitantes le dieron las gracias y se marcharon hacia el lugar en que habían dejado la furgoneta.
La pequeña Sue, que no había dicho hasta entonces ni palabra, cogió de la mano a Cindy, preguntando:
—¿Verdad que es muy «tirrible» lo que le pasa al señor Primrose? Ha debido de tragarse un chicle hinchable y se le ha quedado pegado en la garganta.
Las niñas se echaron a reír y mientras caminaban explicaron a la chiquitina que el bulto que tenía en el cuello el señor Primrose no era más que la nuez. Al llegar a la furgoneta, encontraron a Pete, Bunky, Ricky y Viejo Papá metiendo la última caja de provisiones en el vehículo.
—¿Todo arreglado? —preguntó el viejecito a las niñas.
—Ya tenemos las mulas —repuso Cindy.
—Y una pista estupendísima —añadió Gina.
Cuando contó lo del desaparecido caballo «appaloosa» y lo de la maleta con disfraces, Pete se puso tan nervioso que creía que nunca iban a llegar al K Inclinada.
—A ver si podemos salir mañana, muy temprano. Viejo Papá —dijo el muchachito, mientras Cindy conducía la furgoneta a través de la población para embocar luego la carretera.
—Muy bien. Podréis seleccionar los caballos después de comer.
Cuando Cindy frenó ante la casa del rancho, los niños, que sentían ya un gran apetito, notaron en seguida el delicioso olor de hamburguesas a la parrilla. Mientras los chicos ayudaban a descargar las cajas de provisiones, las niñas corrieron a la parte posterior de la casa, donde las dos madres preparaban bocadillos. Con gran sorpresa, vieron que Millie Simpson estaba ayudando.
—Llegáis a tiempo —dijo la señora Blair—. Millie vino a dar su lección de montar y le pedí que se quedase.
—Es una gran ayuda para nosotras —afirmó la señora Hollister, sonriendo a Millie.
Ricky, Pete y Bunky acabaron de descargar y fueron a reunirse con las niñas a la mesa.
—¡Canastos! ¡Millie va a servirnos! —comentó Ricky con su hermano, en voz baja—. ¿Por qué será?
—Yo creo que Millie está aprendiendo a tratar con la gente —dijo Pete.
En aquel momento, llegó Millie con una bandeja de cartulina llena de hamburguesas y patatas fritas que colocó en frente de Pete, sonriendo.
—Gracias —dijo el chico, sonriente también.
Después de acabar la comida, Millie llamó por señas a Pam y las dos niñas se encaminaron a un gran álamo.
—Estoy muy arrepentida de haber sido mala contigo, Pam —se disculpó Millie—. El refresco… lo tiré a propósito.
—No fue nada —repuso la buena de Pam—. Pero ahora somos amigas, ¿verdad?
—Me gustaría que lo fuéramos —repuso Millie—. No volveré a ser arisca y mal educada.
Aquella tarde los jóvenes jinetes seleccionaron los caballos para la aventura del día siguiente. Viendo que Millie les observaba desde el corral, Pam y Gina la invitaron a acompañarles.
—¿Va Sue también? —preguntó Millie.
—No. Es demasiado pequeña —contestó Pam—. Además, tiene que quedarse alguien a cuidar de «Estrella de la Pradera».
—Entonces yo me quedaré en casa y haré compañía a Sue… —propuso Millie.
La señora Blair se mostró encantada de hacer los preparativos para que Millie Simpson se quedase en el rancho y a Sue le entusiasmó la idea.
Aquella noche, poco antes de que los niños fuesen a acostarse, Viejo Papá apareció en el porche.
—Todo está listo. Las mulas y las provisiones las tengo preparadas. Nos pondremos en marcha a la salida del sol —dijo.
Muy cumplidor de su palabra, Viejo Papá despertó a todos temprano. Cuando el sol asomó por la cima de las montañas, la caravana ya estaba en fila y dispuesta a emprender la marcha.
Viejo Papá se volvió sobre su silla de montar para inspeccionar al resto de la columna. Inmediatamente detrás de él iba Holly, luego Ricky, Pam, Gina, Bunky, Pete y Cindy. Al final de todo iban las dos mulas con el equipo de camping.
Sacudiendo alegremente los sombreros y dando gritos de despedida, el grupo cruzó alegremente la verja del rancho con gran fragor de cascos de caballo.
Descendieron hacia el valle, lo cruzaron y empezaron a ascender por la orilla del Río Helado. La primera parada la hicieron junto al árbol marcado. Allí desmontaron todos para abrevar a los caballos y los niños buscaron si se encontraban pistas del jinete que les había perseguido.
—¡Montad! —ordenó Viejo Papá.
Todos obedecieron rápidamente. Pronto el ascenso empezó a resultar más difícil, pues la tierra era más abrupta. El río resultaba más estrecho y turbulento. Los caballos respiraban con más dificultad y avanzaban más despacio.
—Estamos a mucha altura —dijo Cindy, señalando los álamos, que por allí crecían en más abundancia que los pinos.
Al mediodía, los jinetes se detuvieron en un pequeño prado de la montaña. Comieron bocadillos y bebieron la leche helada con sabor a chocolate, que la señora Blair les había preparado en un termo.
—Tengo una buena sorpresa para vosotros —anunció Viejo Papá—. Acabad pronto que iremos a verla.
—¿Qué es? —preguntó Holly, muy interesada, mientras buscaba con la lengua una miguita que le había caído en la barbilla.
Viejo Papá se limitó a hacer un guiño, sin contestar. Pronto el grupo volvió a montar y por el estrecho barranco fueron ascendiendo todos hacia la cima de la montaña.
Cuando llegaron a la cúspide y empezaron a descender por el otro extremo de la ladera, Viejo Papá señaló al pie de un picacho. A poca distancia de allí, en la ladera norte, había una extensión que parecía una manta de color blanco grisáceo.
—¡Ahí tenéis la sorpresa! —anunció Viejo Papá.
—¿Qué es? —quiso saber Ricky.
—Ve tú mismo a verlo.
A buen paso condujo Ricky su caballo hasta la zona cubierta de aquella capa blanquecina. Después de desmontar y tocarlo, el pecoso gritó a los demás:
—¡Es nieve! ¡Nieve en el mes de junio! ¡Casi no lo creo!
Bunky, Gina y Cindy ya sabían cuál era la sorpresa, pero de todos modos desmontaron para unirse a los Hollister, que ya habían acudido, corriendo, al montículo nevado.
Viejo Papá les explicó que las noches eran muy frías en la cima de aquellas montañas. Las nieves que cayeron a finales de la primavera y quedaron lejos del sol, no se habían derretido.
—Este trecho nevado se conserva todo el verano igual.
Cuando se cansó de reír y arrojar muchas bolas de nieve, Ricky avanzó hasta el pie del montículo, donde la nieve le llegaba hasta las rodillas.
—¡Ven! —llamó Pam—. Ya nos vamos.
—¡Esperad! ¡Mirad esto! —gritó Ricky, señalando la nieve.
Todos volvieron junto al pecoso y Pete exclamó:
—¡Zambomba! ¡Huellas de un caballo!
—Fijaos en esto. Alguien ha estado hurgando en la nieve, igual que nosotros —observó Pam.
—A lo mejor han estado aquí Terry Bridger y sus amigos —opinó Holly.
—O los malos —apuntó el pecoso.
Cuando hubieron cabalgado durante otra hora Viejo Papá dijo:
—Los caballos se han cansado ya bastante. Ahora haremos un par de cobertizos para pasar la noche.
Muy animados, los excursionistas se pusieron a la tarea de cortar ramas y troncos pequeños. Ya estaba a punto de ponerse el sol cuando quedaron concluidos los dos cobertizos; uno era para las niñas y el otro para Viejo Papá y los chicos. Entonces, entre Pete y Bunky desempaquetaron la cocina de campaña, donde muy pronto se prepararon chuletas y patatas fritas.
—¡Es estupendo! —declaró Pete con un suspiro de satisfacción, al acabar la cena—. Me gusta salir de camping.
—¿Creéis que atraparemos a los malos mañana? —preguntó Holly, mientras preparaban los sacos para dormir.
—Mañana llegaremos a la profundidad del bosque —repuso Viejo Papá—. Puede que sea allí donde se esconden.
El viento fue resultando cada vez más frío, a medida que la oscuridad iba envolviendo las cumbres de las montañas. Las estrellas resplandecían en el cielo y Pete estuvo contemplándolas por los resquicios que quedaban entre la hojarasca que cubría el cobertizo. Pronto estuvieron todos dormidos.
Bunky, que dormía junto a Pete, despertó a medianoche y al momento se sentó, sobresaltado. Dando a Pete una sacudida, cuchicheó:
—He oído un ruido extraño.
También Pete se sentó, frotándose los ojos. Buscó con la vista entre las sombras, pero no pudo ver nada. Y de pronto… ¡sonó un crujido misterioso que puso a Pete los pelos de punta!