LA TORRE DEL RELOJ

—No vamos a hacerle ningún daño, señor —dijo Pam, cariñosamente—. Cliff, pregúntale por qué está temblando.

Pero el hombre se negó a contestar a aquello. Luego, dominando un poco su nerviosismo, empezó a hablar con Cliff que fue traduciendo sus palabras.

El señor Schmidt dijo a los niños que el reloj con el mensaje misterioso había sido enviado a América por equivocación y que la nota… El pobre señor Schmidt dejó de hablar de repente, al ver a un hombre bajo y ancho que avanzaba por la calle y que tema espesas cejas negras y una enorme nariz.

—¡Schmidt! —llamó el hombre con voz agria.

Schmidt parecía más asustado que nunca, pero se acercó al desconocido. Los dos hablaron en voz baja.

Cuando el hombre bajo se marchó, Schmidt no dijo ni una palabra más a los chicos. Por el contrario, se despidió de ellos sacudiendo una mano y corrió calle abajo. Pero los jóvenes detectives fueron tras él.

—Díganos algo más, por favor —suplicó Pam—. Es muy importante.

Al fin, el pobre hombre se detuvo y miró hacia atrás. El desconocido que le había llamado no debía de estar por allí… Mientras Cliff se encargaba de ir traduciendo a toda prisa, «Herr» Schmidt dijo:

—Está bien. Os diré algo más, pero os ruego que os marchéis cuando yo lo haga.

Explicó que había sido él quien puso el mensaje en el reloj de cuco.

—Encontré la nota en la casa inmediata a la torre del reloj de Triberg. Ahora dejadme.

Antes de que los niños pudieran contestarle, el hombre se alejó a toda prisa.

—«Danke, Herr» Schmidt —dijo Pam, pero él ni siquiera se volvió a mirar.

—Y gracias también a ti, Cliff —dijo Pete—. Al menos ahora tenemos una pista sobre la que trabajar.

—¿Creéis que Schmidt puede haberse mezclado en algo ilegal? —preguntó Cliff, mientras volvían a casa de sus abuelos.

Casi habían llegado cuando el hombre de la enorme nariz les salió al paso desde un callejón.

—¡Sé bien quiénes sois! —dijo, señalando con dedo acusador a Pete y Pam—. Sois los Hollister. Y quiero advertiros esto: ¡Meteos en lo que os importa!

—Pero… —tartamudeó Pete, asombrado.

—Estáis en peligro —dijo el hombre de la nariz con voz temible.

—¿Quién es usted? —preguntó Peter asustado ante el extraño comportamiento del hombre.

Con una sonrisa burlona, el hombre hizo una ridícula inclinación, al tiempo que decía:

—Podéis llamarme señor X. Y transmitid mi advertencia a vuestros padres.

Cuando el hombre desapareció calle abajo, los tres niños echaron a correr para llegar lo antes posible a casa de los Jagger. Cuando contaron lo que les había ocurrido, la señora Hollister se sintió muy alarmada.

—Es terrible —murmuró.

—Debe de ser un hombre muy malo —dijo Pete.

Luego Cliff hizo preguntas sobre el señor Schmidt a sus abuelos. Ellos dijeron que siempre le habían considerado un hombre honrado. Estaban muy sorprendidos de que tuviera tratos con una persona tal mal educada como aquel señor X.

—Será mejor que volvamos a Triberg en seguida —dijo Pete—. Si Schmidt encontró la nota en la casa inmediata a la torre del reloj, tendremos que hacer averiguaciones inmediatamente.

Aunque Cliff habría querido que estuvieran más tiempo con él, los Hollister se disculparon y, tras volver a toda prisa a su coche, emprendieron el regreso a Triberg.

La señora Hollister aparcó delante del hotel. Al entrar les dijeron que Holly y Ricky habían salido a pasear con su padre.

—Será mejor no esperarles —decidió Pete—. Pam y yo tenemos que ir ahora mismo a la casa esa, inmediata a la torre del reloj.

—Sue y yo os acompañaremos —decidió la señora Hollister—. Después de lo que os ha dicho ese hombre, no sería sensato dejaros solos.

Los niños y su madre recorrieron las calles a buen paso, buscando la torre del reloj.

Junto al viejo edificio no había más que una casita alta y estrecha y, al lado de ésta, una tienda de una sola planta.

Los turistas y gentes del pueblo pasaban junto a los Hollister sin fijarse en ellos. Después de observar a la gente unos momentos, la señora Hollister y sus hijos se convencieron de que el temible señor X, o el señor Wetter, no les espiaban.

—Yo me quedaré aquí, haciendo guardia con Sue —dijo la madre—, mientras vosotros entráis en la casa.

Pete y Pam subieron un tramo de escaleras y llamaron a la puerta. Abrió una mujer de cabello canoso que llevaba un pañuelo a la cabeza para protegerse del polvo y tenía en la mano una escoba.

—¿Conoce usted a un señor que se llama Schmidt? —preguntó Pete, amablemente.

—No entiendo bien —contestó la mujer—. ¿No habláis alemán?

Pam contestó que sólo sabían hablar inglés y la señora contestó:

—Habladme lentamente y puede ser que os entienda.

Hizo pasar a los niños a una sala y les dijo que se sentasen en un sofá. Ella se quitó el delantal, dejó la escoba y se sentó.

—Soy «Frau» Gruber —dijo—. Ahora decidme qué deseáis.

Pete habría deseado que, tanto él como Pam, hubieran sabido hacerse comprender con más rapidez por la señora Gruber, pero su hermana se armó de paciencia para explicar a la señora quiénes eran y por qué la visitaban. No estaban muy seguros de que ella hubiera entendido todo, pero al menos sí comprendió el nombre de Schmidt.

—¿Os referís al hombre de Hornberg? —preguntó la señora.

—Sí. ¿Le conoce usted? —quiso saber Pete.

La señora quedó largo rato con la mirada fija en la pared como si estuviera contemplando algo del pasado. Al fin dijo:

—Sí, «Herr» Schmidt estuvo hospedado aquí. Pero de eso hace largo tiempo.

Los niños quedaron muy sorprendidos.

—¿Cuántos años? —preguntó Pete.

«Frau» Gruber suspiró.

—Me resulta difícil saberlo. Fue algo después de la guerra. Sí. Cuando él buscaba a Peter Freuling.

—¿Peter Freuling? ¿Quién era? —inquirió Pete.

La señora empezó a mostrarse impaciente. Se encogió de hombros y se puso en pie, diciendo:

—Tantas preguntas son malas para mi cerebro.

—No nos haga marchar todavía, por favor —rogó Pam—. Alguien, en esta casa, dio al señor Schmidt una nota muy importante. Nosotros tenemos que saber quién fue.

—Creo que, si pudiéramos ver la habitación del señor Schmidt… —sugirió Pete—, eso nos ayudaría.

«Frau» Gruber se dio cuenta de la preocupación de los niños y su expresión se hizo más dulce.

—Venid conmigo —dijo.

Pete y Pam subieron las alfombradas escaleras, detrás de la mujer. Ella les llevó a un pequeño vestíbulo y al fin al piso más alto de su casa.

—«Ja» —murmuró ella—. Los huéspedes me tienen muy ocupada, pero el hacer algo por unos niños siempre me gusta.

La señora fue hasta el fondo de un corto pasillo, introdujo la llave en una cerradura y abrió la puerta. La habitación en que entraron era pequeña y limpia, con una cama, una cómoda, una mesita y una silla.

—Aquí es donde dormía «Herr» Schmidt cuando vivió en mi casa.

Los niños miraron por todas partes, pero no pudieron ver nada que pareciese una pista.

—¿Y Peter Freuling? —dijo Pete—. ¿Vivió aquí?

—A Peter Freuling yo no le vi nunca.

—Pero ¿usted sabe dónde vive? —preguntó Pam, pensando que tal vez aquel desconocido podría ayudarles a descubrir el misterio.

—La última vez que oí hablar de ese hombre estaba en Berlín.

La señora parecía cansada de aquel interrogatorio, y empezó a arreglarse las horquillas de su moño, con expresión malhumorada. Pero los Hollister no estaban cansados. Por el contrario, sus caras demostraban el máximo interés, cuando Pam preguntó nerviosamente:

—¿Quién era Peter Freuling? ¿Qué hizo? ¿Tenía un reloj de cuco?

—Habéis venido a hacer preguntas sobre el señor Schmidt y ahora empezáis a hablar de Freuling. Bien. Os diré algo —añadió en tono más amable—. Peter Freuling era hermano de Andreas Freuling, que vivió en esta misma habitación y murió aquí.

—¡Oh, qué triste! —dijo Pam—. ¿Y cuándo sucedió eso?

—Un año después de terminar la guerra. El huésped siguiente fue Schmidt. Vivió en esta misma habitación después de la muerte de Andreas.

Pete estaba asombradísimo.

—¿Por qué Schmidt necesitaba encontrar a Peter Freuling?

—Tenía un mensaje para Peter —dijo la mujer.

Peter y Pam se miraron, muy nerviosos.

—¿Qué mensaje? —inquirió Pete.

—Todo lo que sé es que «Herr» Schmidt encontró un papelito en esta habitación. Estaba aquí.

«Frau» Gruber movió el escritorio y mostró a los Hollister un espacio entre el tablero de la mesa y la madera lateral.

—La nota pudo caer desde el escritorio a ese resquicio —dijo Pam. Y su hermano añadió, pensativo:

—Andreas pensaría enviar el mensaje a alguien. Puede que se pusiera enfermo antes de poder escribir la dirección y enviarlo por correo.

La señora movió afirmativamente la cabeza.

—«Herr» Schmidt dijo que la nota debía ser enviada a la familia de Andreas. Yo le hablé del hermano, Peter, y «Herr» Schmidt le buscó con mucho interés. Escribió cartas y preguntó a todo el mundo que pudo si sabían algo de él.

—¿Y encontró a Peter Freuling? —preguntó Pete.

La señora soltó una risilla rara y se encogió de hombros, diciendo:

—«Ich weiss nicht». No lo sé.