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Salzburgo, 5 de noviembre de 1780
El conde Jerónimo Colloredo no había cambiado nada. Gélido, cortante, no se anduvo con fórmulas de cortesía para anunciar su decisión a Mozart, su lacayo-músico.
—El príncipe-elector de Baviera, Karl Theodor, desea que compongáis una ópera, con ocasión del carnaval de Munich. El libreto es obra de mi capellán Varesco, que os entregará el texto. Partís hoy mismo y os concedo seis semanas de ausencia para que dirijáis los ensayos y ofrezcáis al príncipe-elector una música satisfactoria, al estilo de la música italiana. Intentad no decepcionarme.
Con un gesto seco, Colloredo despidió al criado.
Jean-Baptiste Varesco aguardaba a Wolfgang. El capellán, de espíritu más bien lento, había tenido la suerte de recibir un texto bien compuesto, retomando un libreto de Antoine Ganchet utilizado ya por Campra[32].
—¿Cuál es el tema? —se preocupó el compositor, temiendo una bobada.
—La trágica historia del rey de Creta, Idomeneo. De regreso de la guerra de Troya, debe asegurar la supervivencia de su pueblo sacrificando a su hijo.
—¿Heroínas?
—Dos, enamoradas igualmente del hijo condenado.
—¿Y los dioses?
—Todo descansa sobre la maldición y la clemencia de Neptuno.
—Dadme vuestro trabajo.
Por primera vez, Wolfgang iba a partir solo de viaje, pues su padre no estaba autorizado a acompañarlo.
Munich, 6 de noviembre de 1780
Con la música hirviéndole en la cabeza y la mano dispuesta a correr por el papel, Wolfgang echaba pestes contra el libreto de Varesco, que era preciso modificar a fondo suprimiendo tiempos muertos y errores de dramaturgia.
Fue recibido con los brazos abiertos por sus amigos de la orquesta de Mannheim, ahora instalados en Munich. A su cabeza estaba Christian Cannabich, que le condujo a un confortable alojamiento, en la Burggasse.
Aquella misma tarde, su habitación muniquesa se transformó en la isla de Creta y cantó la primera frase de la heroína Ilia: «¿Cuándo cesará, pues, mi cruel infortunio?». La hermosa muchacha, hija de Príamo y prisionera de los cretenses, se había enamorado de Idamante, hijo del rey Idomeneo y regente del país en ausencia de su padre.
¡Por fin, éste regresaba sano y salvo tras haber participado en la guerra de Troya! Pero sólo sobreviviría a la tempestad haciendo un solemne voto dirigido a Neptuno: sacrificar al dios a la primera persona con la que se encontrara al posar de nuevo el pie en el suelo de su patria.
Suerte cruel, la víctima expiatoria no era sino su propio hijo, Idamante. El rey ordena, pues, al infeliz, ignorando la promesa de su padre, que abandone para siempre Creta en compañía de la sombría y torturada Electra, enamorada del príncipe y celosa de Ilia.
¡Las fuerzas sobrenaturales se muestran superiores a las tretas de los humanos! Un monstruo que surge de las olas amenaza con aniquilar la isla de Creta. Frente a su aterrorizada población, el rey Idomeneo confiesa la verdad. Y todos exigen que mate a su hijo para apaciguar la cólera divina.
Dispuesto a morir, Idamante ataca al monstruo… ¡Y acaba con él! ¿Un final feliz? No, pues esa victoria no anula el voto. Entonces, la valerosa Ilia quiere ocupar el lugar del hombre al que ama. Esta vez, la tragedia parece inevitable.
«Un dios puede cambiar, por sí solo, la faz del mundo —afirmaba el libreto—, y el rigor se esfumará ante la clemencia». Admitiendo el triunfo del amor, Neptuno libera al rey Idomeneo de su promesa, pero pone una condición: que renuncie al trono en favor de su hijo Idamante, que se casa con Ilia, ante la desesperación de Electra, loca de dolor.
El amor puro, el sacrificio de uno mismo, el respeto a la palabra dada, el poder de lo divino… Todos estos aspectos entusiasmaban a Wolfgang. Y qué extraña conclusión: un padre digno, que ama a su hijo, se ve condenado a sacrificarlo; pero la voluntad divina modifica el destino y hace triunfar al hijo, obligando así a abdicar al padre. Por un instante, por un corto instante, Wolfgang pensó en Leopold, luego volvió al trabajo, encantado de poder expresar mil sentimientos a través de una ópera «seria», a cuyos personajes daría vida.
Munich, 7 de noviembre de 1780
Wolfgang fue recibido por el conde Seeau, confirmado en su puesto de intendente del teatro y de la música. Aquel perfecto hipócrita, que antaño lo había despedido como a un don nadie sin porvenir, se mostró sonriente y cortés.
—Encantado de volver a veros, Mozart. Por lo que se dice, dais plena satisfacción al príncipe-arzobispo Colloredo, cuyos excelentes gustos en materia de música todos conocen. No os ocultaré cierta inquietud: tenéis muy poco tiempo para componer ese Idomeneo que nuestra ciudad desea escuchar en el período del carnaval.
—¿Acaso los deseos del príncipe-elector no son órdenes? El tema me gusta, no me importan los plazos.
—¿Os comprometéis firmemente a respetarlo?
—¿Acaso lo dudáis? Cuando un Mozart da su palabra, no la retira.
—Perfecto, me tranquilizáis.
Era evidente que el conde Seeau sólo pensaba en su propia reputación. Si se producía un retraso, el príncipe-elector Karl Theodor no dejaría de reprochárselo.
Con ojos risueños, Wolfgang vio alejarse al cortesano, que se pasaría el resto del día haciendo correr chismes y sembrando otros. Por fortuna, técnicos y decoradores convertían la Ópera de Munich en una capital musical, donde la partitura de Idomeneo brillaría con todo su fulgor.
Wolfgang respiraba, lejos de Salzburgo. La víspera, se había encontrado con los cantantes, cuyo nivel le pareció satisfactorio, a excepción del viejo tenor Raaff, cuyo papel daba título a la obra. Además, había que modificar varios pasajes del libreto, que cojeaba aún.