45
Salzburgo, agosto de 1775
Sufriendo por el calor, Miss Pimperl pasaba el día durmiendo en el gran apartamento de la familia Mozart. Wolfgang paseaba al fox-terrier por la mañana, muy pronto, y muy avanzada la tarde, sin olvidar jugar con una pelota de trapo que la perra siempre acababa quitándole.
Anton Stadler iba tras algunas faldas, Wolfgang componía. Un segundo concierto para violín[115] compuesto el 14 de junio, al gusto francés, superficial y refinado, pues. Luego una sonata para iglesia[116], una serenata[117] y un divertimento[118] destinado a alegrar una comida del príncipe-arzobispo organizada en el castillo de Mirabell, su pequeño Versalles.
Dicho de otro modo, nada profundo. Deprimido, el músico retomó su cantata fúnebre de 1767 y le añadió un coro final. Ese diálogo entre el Alma y el Ángel, esa evocación de la muerte y del más allá le permitieron escapar unas horas a la galantería y la sosería que Colloredo imponía.
Y Thamos reapareció, durante el paseo vespertino. Miss Pimperl lo festejó.
—¡Me creía abandonado!
—Te abandonas tú mismo.
—Me confían un trabajo concreto, y lo llevo a cabo. El príncipe-arzobispo sólo aprecia un tipo de música, al que ninguno de sus lacayos músicos puede escapar.
—¿Ni siquiera tú?
—¡Los barrotes de su prisión son en exceso sólidos!
—¿Olvidas componer para ti mismo, fuera del cepo de tus encargos?
—Casi… De todos modos, he completado una vieja cantata que nada tenía de ligera.
—Así nos encontramos de nuevo. ¿Por qué iba a interesarme por un mediocre incapaz de luchar contra la adversidad?
—¿Mediocre, yo? ¡Creo que ya he dado buenas pruebas de que no lo soy!
—¿Estás seguro?
Wolfgang vaciló, pero resistió.
—He dado lo mejor de mí mismo, he…
—Todavía no. Y no sigues el buen camino al dejarte atrapar por tus propias facilidades.
—El príncipe-arzobispo exige…
—Tú compones. Sobre todo, no te duermas.
—Si la ópera sobre los misterios egipcios hubiera tenido éxito, yo no estaría aquí.
—Olvida los «si», forja tu voluntad y tu arte. Sólo ellos te abrirán la puerta del conocimiento.
Salzburgo, 12 de septiembre de 1775
Al leer la partitura del tercer concierto para violín[119] de su hijo, Leopold se sintió sorprendido e inquieto. Ciertamente, respetaba poco más o menos el estilo galante, y el rondó final, a la francesa, sin duda alegraría al príncipe-arzobispo. El movimiento lento, un adagio, tenía un aspecto algo melancólico pero que no aburriría al auditorio. En cambio, el alegro inicial chirriaba. Poderoso, desenvolviendo temas en menor, ofrecía al solista sorprendentes diálogos con la orquesta.
—¿No es demasiado imponente este comienzo? Podrías atenuar…
—¿Acaso el movimiento no progresa con naturalidad?
—Los oídos de Colloredo no están acostumbrados a tanta complejidad. Parece una especie de… explosión.
—¡Tal vez despierte el alma del gran muftí!
Contrariamente a los temores de Leopold, la obra no escandalizó a nadie.
Distraídamente, el príncipe-arzobispo sólo se preocupaba por su nuevo programa de economía.
¿Pagarían el pato los criados músicos?
Lyon, septiembre de 1775
A los cuarenta y cinco años de edad, el comerciante en tejidos Jean-Baptiste Willermoth tenía cara de vividor, unas espesas cejas, unos labios sensuales y unos grandes ojos, algo ingenuos. Cordial y simpático, caritativo, se encargaba de obras de beneficencia y parecía llevar la tranquila existencia de un gran burgués de Lyon.
Sin embargo, su ideal no consistía en amasar una inmensa fortuna. Francmasón desde los veinte años y Venerable Maestro inamovible de la logia que había creado[120], demostraba desarrollar una desbordante actividad para propagar el ideal masónico.
Willermoth se había convertido en uno de los jefes de la rama francesa de la Estricta Observancia templaria. ¿Acaso no representaba el porvenir de la francmasonería, siempre que desarrollase una auténtica espiritualidad, lo que hacía mucha falta en la mayoría de las logias?
No contento con presidir y animar las logias lionesas, Jean-Baptiste Willermoth mantenía una voluminosa correspondencia con numerosos místicos y francmasones, con el fin de propagar sus ideas. La Estricta Observancia sin duda le permitiría apresurar el movimiento y conquistar toda Francia.
Se imponía la mayor prudencia. Willermoth no debía desvelar demasiado pronto sus verdaderas intenciones, pues no conocía al nuevo Gran Maestre, el duque de Brunswick. ¿Sería intransigente y cerrado, o abierto a las visiones místicas? Otra iniciativa: el arraigo alemán de la orden templaria disgustaba a algunos patriotas franceses. Willermoth debía proceder, pues, a dar pequeños brochazos y esperar circunstancias favorables antes de imponerse como un incontestable jefe de filas, primero al modo de una eminencia gris, luego a plena luz.
Salzburgo, 15 de noviembre de 1775
Leopold no se calmaba. El 30 de septiembre, Colloredo había cerrado el teatro principesco como medida de ahorro. Una mala noticia para los músicos de la corte, privados ahora de un valioso instrumento de trabajo.
Frente a numerosas presiones, más o menos solapadas, el príncipe-arzobispo aceptó abrir un nuevo teatro en el parque Mirabell, cerca de su palacio. Pero le correspondería a un empresario acoger allí a las compañías ambulantes, sin conceder plaza privilegiada alguna a los músicos salzburgueses.
El espacio de creación disminuía, pues, sensiblemente.
Respetados, los Mozart, padre e hijo, mantenían su puesto. En el rondó final de su cuarto concierto para violín[121], inspirado en Boccherini, Wolfgang se había divertido incluyendo un tema folclórico alsaciano útil para la obra, agradable para los oídos del gran muftí, el nombre de «concierto de Estrasburgo». Satisfecho al ver que su hijo entraba de nuevo en razón, a Leopold le gustó menos, el 20 de diciembre, el quinto concierto en la mayor[122], a causa de un movimiento lento, de inquietante profundidad y de la intensidad rítmica del final.
—Demasiado henchido y denso —juzgó—. Deberías reemplazar este adagio.
—Como queráis, padre. Sabed que no escribiré más conciertos para violín y orquesta. Choco con los límites de un género asfixiante.
Mientras paseaba a Miss Pimperl, que adoraba brincar en la nieve, Wolfgang se encontró con Thamos.
—Me ha gustado tu reacción, Wolfgang.
—¡No es ésa la opinión de mi padre! Sanciona cualquier exceso, para no disgustar a Colloredo…
—Al príncipe-arzobispo le gustará, tal vez, la próxima ópera que se monte en su nuevo teatro.
—¿Estilo italiano o francés, espero? De lo contrario, fracaso asegurado.
—Estilo mozartiano en formación.
—¿Qué queréis decir?
—¿No lo adivinas? Gracias a unas cuantas relaciones influyentes, he conseguido obtener una reposición de Thamos, rey de Egipto.