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—Seis meses —dijo Elizabeth.

Vi a Meredith alejarse en su coche. Después de visitarnos todas las semanas durante dos meses, por fin había decidido concertar otra cita en el juzgado. Al cabo de seis meses.

Elizabeth metió una tira de beicon más en un bocadillo y me lo colocó delante. Lo cogí, le di un mordisco y asentí con la cabeza. Elizabeth no había renunciado, como yo creía, pero estaba cambiada, nerviosa y arrepentida.

—Pasarán deprisa —aseguró—, con la vendimia, las vacaciones y demás.

Volví a asentir y tragué saliva. Me froté los ojos, negándome a llorar. Desde el día en que no habíamos acudido a la vista en el juzgado, yo no había parado de revivir mentalmente escenas del año anterior, buscando pistas que me revelaran qué había hecho mal. La lista era larga: cortar las ramas del cactus, atizar al conductor del autobús en la cabeza y más de una declaración de odio. Pero Elizabeth parecía haber perdonado mis arranques de ira. Parecía entenderlos. Yo había supuesto que su repentina ambivalencia se debía a mi creciente dependencia o a mis lágrimas. Noté que volvían a empañárseme los ojos; los cerré y me incliné para apoyar la frente en la mesa.

—Lo siento muchísimo —se disculpó Elizabeth en voz baja.

Lo había repetido infinidad de veces las últimas semanas y yo la creía. Parecía arrepentida. Sin embargo, no me creía que todavía quisiera ser mi madre. Sabía que la lástima no era lo mismo que el amor. A juzgar por lo que había oído de su conversación en el salón, Meredith le había dejado claras mis opciones. Si no la tenía a ella, no tenía a nadie. Deduje que si Elizabeth no había renunciado, era sólo por su sentido del deber. Me terminé el bocadillo y me limpié las manos en los vaqueros.

—Si has terminado —dijo Elizabeth—, espérame en el tractor. Recojo esto y salgo.

Fuera, me apoyé en la alta rueda del vehículo y me quedé contemplando las cepas. Al parecer iba a ser un buen año. Elizabeth y yo las habíamos podado y abonado sólo lo necesario; las uvas que quedaban estaban llenas y empezaban a endulzarse. Había pasado el otoño trabajando con Elizabeth en el viñedo, escribiendo redacciones de tres párrafos sobre temporadas, clases de suelo y crecimiento de las uvas; memorizando guías de campo y familias de plantas. Por las noches, como había hecho el otoño anterior, acompañaba a Elizabeth a tomar muestras de las uvas.

Miré la hora. Teníamos una larga noche por delante y yo estaba impaciente. No obstante, Elizabeth no salía, ni siquiera pasadas las diez. Decidí volver a entrar. Bebería un poco de leche y esperaría a que terminara de limpiar la cocina.

Cuando llegué al porche oí su voz, entre enojada y suplicante. Estaba hablando por teléfono. De pronto comprendí por qué me había hecho esperar junto al tractor, y también que mi adopción no había fracasado por culpa mía. La responsable era Catherine. Si ella hubiera aparecido, si hubiera respondido con palabras o con flores, si no hubiera dejado tan sola a Elizabeth, todo habría sido diferente. Elizabeth se habría levantado de la cama, me habría atado los lazos del vestido y habríamos ido al juzgado, y Grant y Catherine nos habrían acompañado. Irrumpí llena de rabia en la cocina.

—¡Odio a esa zorra! —grité.

Elizabeth me miró sorprendida y tapó el auricular con una mano. Fui hacia ella y se lo arrebaté de un tirón.

—¡Me has destrozado la vida, zorra! —chillé, y colgué bruscamente.

El auricular rebotó en la base, cayó al suelo y quedó colgando a un centímetro de las baldosas. Elizabeth se sujetó la cabeza con las manos y se apoyó en la encimera. No parecía ofendida por mi inesperado arrebato. Esperé a que hablara, pero guardó silencio.

—Ya sé que estás enfadada —dijo por fin—. Tienes todo el derecho a estarlo. Pero no te enfades con Catherine. Soy yo la que lo ha estropeado todo. Cúlpame a mí. Soy tu madre. ¿Es que no sabes para qué sirven las madres?

Curvó ligeramente las comisuras de los labios, componiendo una sonrisa cansada mientras me miraba.

Apreté los puños y me incliné hacia atrás, tratando de dominar mi ira. Pese a todo, era consciente de que, por encima de todas las cosas, quería quedarme con ella.

—No —negué cuando me hube calmado lo suficiente—, tú no eres mi madre. Lo habrías sido si Catherine no me hubiera destrozado la vida.

Furiosa, me encaminé hacia la escalera, y en ese momento percibí un movimiento al otro lado de la ventana. Un camión venía por el camino. Vi a Grant de perfil, inclinado sobre el volante. Los frenos chirriaron y las ruedas levantaron gravilla cuando aparcó delante de la casa.

Corrí escaleras arriba al mismo tiempo que Grant subía los escalones del porche. Llegué a lo alto y me apoyé en la pared, fuera del alcance de su vista. Grant no llamó a la puerta ni esperó a que Elizabeth fuera a abrirle.

—¡No sigas insistiendo! —exigió casi sin resuello.

Elizabeth se acercó a él. Me los imaginé a los dos frente a frente, separados sólo por la puerta mosquitera.

—No pienso cejar —contestó ella—. Al final aceptará mi perdón. Sé que lo hará.

—No lo aceptará. Tú ya no la conoces.

—¿Qué dices? ¿Qué insinúas?

—Sólo eso. Que ya no la conoces.

—No te entiendo —susurró Elizabeth con voz apenas audible.

Se oían unos golpecitos insistentes. Debía de ser Grant golpeando el suelo del porche con el pie o el marco de la puerta con los nudillos. Era un ruido nervioso, impaciente.

—Sólo he venido a pedirte que no insistas. No llames más, por favor.

Se produjo un silencio.

—No puedes pedirme que la olvide. Es mi hermana.

—Tal vez —repuso Grant.

—¿Cómo que «tal vez»?

De pronto, Elizabeth subió el tono de voz. Imaginé su cara enrojecida. ¿Acaso había estado acusando a la mujer equivocada? ¿Era verdad que Grant era su sobrino?

—Lo único que digo es que ella ya no es la hermana que tú conocías. Créeme, por favor.

—Las personas cambian —replicó Elizabeth—; el amor, no. Y tampoco la familia.

Otro silencio. Lamenté no poder verles las caras para saber si estaban enfadados o al borde del llanto.

—Sí —afirmó Grant por fin—, el amor también cambia.

Oí pasos y supe que se había marchado. Cuando volví a escuchar su voz, sonó a lo lejos:

—¿Sabes qué hace ahora? Llena frascos con líquido para encendedores y los coloca en el alféizar de la ventana de la cocina. Dice que te va a quemar el viñedo.

—No —Elizabeth no parecía conmocionada ni asustada, sólo incrédula—, no sería capaz de algo así. No me importa lo que haya podido cambiar en estos quince años. Ella jamás haría eso. Ama estas viñas tanto como yo. Siempre las ha amado.

Grant cerró la puerta del camión.

—Sólo quería que lo supieras —añadió.

Encendió el motor y se quedó un momento parado en el camino. Los imaginé mirándose, escudriñando sus rostros, tratando de descubrir la verdad.

—No te vayas, Grant —pidió por fin Elizabeth—. Ha sobrado mucha cena, puedes quedarte.

Los neumáticos chirriaron sobre la grava.

—No, gracias —alcanzó a decir—. No debí venir y no volveré. No quiero que ella se entere.