La familia de Valeiras no había comparecido en noviembre, ni en diciembre, ni en enero…, por lo cual el indiano se daba a las nativas blasfemias, y a los modismos coprolálicos de su patria de adopción, y sudaba pez. Durante los últimos meses del invierno había estado en brazos de la más negra neurastenia, que le había traído ceñudo, quejándose de palpitaciones, asendereado por aquellos montes y campiñas y resoplando como el fuelle de una fragua. La pachorra criollaza de las cartas de su mujer, lejos de calmarle, le ponía fuera de sí.
—¡Si no puede ser, hombre, no puede ser…! ¡Con tanto mate en la sangre! ¡Allí, lo que hay que hacer es emprender una campaña para que desteten a los chicos de un par de generaciones con aguardiente! —no se le podía uno acercar.
Conmigo, sin embargo, se portó como no se portaron mis camaradas de largos años, ni los amigos de mi familia. Un día, en el tiempo en que más le arreciaba el mal humor, me pescó, como al vuelo, en un camino de montaña, por el que yo andaba también en soledad, descargándome de las mías, que eran muy tristes y sin remedio, y me dijo, poniéndome una mano en el hombro:
—No fui a esos «velorios», porque no me gustan, pero le mandé recados por Hervás.
—Gracias, Valeiras, los recibí.
—Ya sabe dónde me tiene, ¿eh? Absolutamente, para todo lo que haga falta. Y cuando digo para todo no es hablando como éstos de aquí, de la trompa para fuera, sino como hablamos allá, «derecho viejo…»
—Gracias, Valeiras, gracias… ¿Pero qué le pasa a usted? Parece que nos rehuye —dije, para cortar aquellas efusiones.
El indiano varió el tono hacia la hosquedad.
—¡Ah, sobre eso no quiero hablar ni palabra! Son rachas. Ando muy reconcentrado de la voluntad y no quiero ver a nadie. Cada uno sabe lo suyo. ¡Mi familia es un castigo! —aquí se le nublaron los ojos—. ¡Pero —añadió excitado— o salgo con la mía o van a ver aquéllos quien soy yo…! ¡No faltaría más! ¡Manga de desagradecidos…!
El ensañamiento de la prosodia criolla, que le venía muy excedido cuando se enfadaba, me hizo sonreír; pero había tanta sinceridad y tanto dolor en su preocupación que me sentía más ligado aún a aquel hombre simpático, bueno, de un fondo austero y noble. Era un tipo muy frecuente entre los aldeanos del país, quienes, en la emigración, se liberaban de sus cazurrerías lugareñas y retornaban, de su contacto con la tierra grande y dura de América, sólidamente centrados en sí, mucho más de lo que lo estábamos nosotros. Sin desfigurarse de su ser, racialmente profundo, muchos emigrantes traían consigo un aire amplio, un ancho ademán social, por veces hasta heroico, que tendía al desinterés, a lo impersonal, a las formas de la acción aparentemente superfluas —la política en sus riesgos más avanzados, la filantropía cultural o docente— que nos emocionaban por encima de las veniales diferencias de hablas y costumbres. Claro es que existían entre los indianos las contrafiguras del vanidoso, del mentecato, del «suficiente», del comparador, de aquéllos que, por haberse quedado a horcajadas entre dos mundos morales, no eran de un lado ni del otro; y que, además, nos humillaban con su fachendosa presencia, con sus palabras, con su «plata» y con las camelancias, grandezas y solemnidades del «por allá», y que se hacían odiosos a causa de las reacciones de su propia disconformidad; pues no dejaban de sentir vagamente que eran almas mostrencas, flotantes, ni de aquí ni de allí, cuya fundamental incultura no les dejaba libre ni el refugio de la humildad o de la ironía.
Valeiras era de otra condición; utilizaba el aprendizaje de un tono convivencial que, para la conducta, le había ido dando la tierra nueva y la vida en una gran ciudad, que le habían retemplado, pero sin dejar que entrase la dispersión en lo esencial de su carácter, al que articulara la experiencia americana, no para destruirse, sino para complementarse, para integrarse, en cierto modo.
—¿No estará usted un poco encaprichado en este asunto? ¡Déjelos, que se queden! Al fin es su tierra —exclamé, por decir algo.
—¡También ésta es la mía, qué embromar! Pero dígame, Torralba, ¿vivimos aquí en la bosta? ¿No es esta tierra tan linda y tan civilizada como la que más? ¿No somos gente digna de que se viva entre nosotros?
—Sí, evidentemente. Pero usted sabe que aquéllos son países absorbentes, patrias nuevas, orgullosas de sí, ricas de proyecto, de destino y, por lo tanto, necesitadas de humanidad. Y ya no tanto de humanidad importada, sino de la suya propia, de la nacida de su ser geográfico, cultural, político. El americano siente este deber de fidelidad, casi sagrada, hacia su tierra. Por eso el patriotismo es allí cosa que se parece a la actitud religiosa. Aquí no lo entendemos ya de ese modo, o ai menos no lo proclamamos, porque en nosotros ya no es voluntad, ni exigencia, ni consciente quehacer, sino módulo, forma, instinto. Para ellos, la patria es una tarea de cada instante; una incitación de contenido físico y espiritual a la vez. Yo recuerdo que Pepe Salgado, el marido de mi prima Consuelo, en los primeros años que pasó aquí, usaba la palabra nuestro, referida a la Argentina —«nuestra Pampa», «nuestros Andes», «nuestro Paraná»—, cual si llevase la patria en la boca, saboreándola, como una tierna golosina. ¡Y eso que sus padres eran de Freás de Eiras!
—Sí, pero Salgado, a pesar de ser argentino, se quedó aquí a vivir.
—Pero está tan inmune como el día que llegó, hace ahora quince años. Y lo curioso es que, en esa familia, la terquedad funciona al revés; son sus hijos y su mujer, aquí nacidos, los que quieren vivir allá, aunque él sigue diciendo lo nuestro y quedándose aquí. En todas partes cuecen habas. Se trata de países cuya estructura primaria…
Vale iras, que era muy listo, viendo volver de nuevo el chubasco de la interpretación intelectualera, paró el golpe con una vuelta a la realidad.
—¡Dígame si esto es para escribírselo a un hombre que nació aquí…! —y desplegó, con manos nerviosas, una carta: «¿Qué quieres que hagan los nenes ahí, entre animales y gente que ni habla la castilla, teniéndose que bañar en los arroyos, el médico sabe Dios dónde, sin profesora de piano para la Ñata ni nada?»
No quise leer más. Aquella visión idílica, desgraciadamente inexacta, sin duda propagada por alguna criada montañesa, más que indignarme me hizo reír.
—¡Qué disparates! Pero la cosa tiene gracia…
—¿Cómo gracia? ¡Pucha digo, con la gracia!
—Hombre, eso se arregla mandándole unas postales con vistas de estas ciudades.
Me cortó la palabra, indignado.
—¡No faltaría más! O me cree por lo que yo le digo o que reviente… Lo que pasa es que «mi señora» es una burra y una comodona… Eso es lo que pasa. ¡Pero yo la enderezaré, porque de esta vez no me voy aunque me caiga muerto aquí, en estas mismas montañas!
Se quedó un rato mascullando palabrotas, donde se mezclaban los repertorios de la patria adoptiva y de la natural. Luego cambió de tono hasta hacerlo íntimo. Sus ojos brillaron, enternecidos:
—En cambio, míreme esto… —y me dio otro papel con una letra perfilada, a través de cuya nivelación monjil se advertía un carácter muy personal y distinguido: «Querido papito mío: Te pongo estas dos letras a escondidas. Te extrañamos muchísimo. Saúl y yo queremos irnos. Yo no duermo noches enteras pensando en ese viaje… y en vos. Las de Dávila me dicen que todo eso es hermosísimo, y el tío Juan Carlos me trajo unos libros que se refieren a tu tierra. Estoy segura de que gozaríamos mucho. Insiste con mamá. Además, papito querido, yo no puedo pasar más tiempo sin verte…» Yo leía a media voz, embebecido, más que en las palabras, en aquella contención apasionada que fluía de la letra. Alcé los ojos del papel y vi al rudo Valeiras moqueando lágrimas en el pañuelo. Al sentirse observado, resopló la fluxión apresando la nariz con una crueldad que parecía querer echarle la culpa de todo. Y arrebatándome la carta de las manos, se metió por una corredoira lateral, a cuyas paredes asomaba la maraña de las zarzamoras floridas, inclinadas hacia el veril del camino ennoblecido de lirios silvestres. Lo único que le oí decir fue:
—¡Discúlpeme, che, discúlpeme!