¡VAYA CHAPUZÓN!

Pete no acababa de comprender que Jack y Helen Moore tratasen de aquel modo a Willie Boot.

—Es muy raro —dijo a Diego—. Voy a averiguar qué pasa.

Cruzó la calle, seguido de Diego, y gritó:

—¡Hola, Jack! ¡Hola, Helen! ¿Cómo va todo en el rancho?

Los hermanos Moore se sorprendieron al ver a Pete, pero en seguida preguntaron cómo estaban Pam y los demás. Luego, Pete presentó a Diego y los Moore.

—Y éste es Willie Boot —añadió Helen.

—Ya conozco a Willie —contestó Diego sin ningún entusiasmo.

Pete preguntó si habían averiguado algo en el rancho Bishop sobre las ovejas robadas, pero Jack movió la cabeza en un gesto negativo. Pete miraba a Willie por el rabillo del ojo, pero el chico estaba tan tranquilo como si no supiera nada del asunto.

—Supongo que os preguntaréis por qué estamos con Willie —dijo Helen—. Es que lo hemos encontrado en el pueblo, esta mañana, y le preguntamos si él nos quitó el libro sobre Méjico.

—No lo robé. De verdad —aseguró Willie.

—Yo opino que debemos creer en su palabra —declaró Jack.

Entonces, Willie se decidió a alejarse, pero Pete le agarró por el hombro:

—Un momento, Willie. Si quieres que lo creamos, tendrás que decirnos una cosa.

—¿Qué?

—¿Dónde vive Mike Mezquite?

Willie bajó la vista al suelo, y con la punta del pie, se dedicó a hurgar en la gravilla. Luego preguntó para qué querían saberlo y Pete le contestó:

—Si no tienes nada que ocultar, ¿por qué no nos lo dices?

—Está bien —contestó Willie—. Mike me ha dicho que acaba de trasladarse a un lugar de la orilla del río. Está oculto entre los árboles. —Dicho esto, Willie se dispuso a marcharse, pero aún se detuvo un momento para pedir—: No le digáis a Mike que yo os lo he dicho… Me daría una paliza.

Pete prometió no hacerlo. Luego, cuando Willie se hubo marchado, insistió con los Moore para que le acompañasen a ver a Mike Mezquite.

—Puede que convenga ir con un policía —opinó Helen, un poco asustada.

—Es verdad —confirmaron todos los chicos.

Mientras Jack y Helen se dirigían al cuartel de policía, Pete y Diego corrieron al camión para decirle a «Truchas» a dónde iban.

—De acuerdo —repuso el complaciente anciano—. Arriba.

Condujo hasta la central de policía y allí recogieron a los Moore y a un afable y joven policía, a quien los dos hermanos habían explicado cuánto sucedía. Sonriendo, el agente dijo:

—Muchachos, os aseguro que sois unos grandes detectives. Hace más de un año que sospechamos de Mezquite y hemos estado intentando localizar su escondite. Si no conseguimos encontrar algunas de las cosas que sospechamos ha robado, no podemos detenerle. Pero ese hombre cambia continuamente de vivienda.

—¿Le han interrogado alguna vez? —preguntó Helen.

—Sí, sí —respondió el policía—. Mike insiste en afirmar que es un hombre honrado y que duerme al cielo raso. Pero nosotros suponemos que tiene un escondrijo en alguna parte.

—Pues ahora ya sabemos que es así —dijo Pete alegremente—. ¿Va usted a buscar algo?

—Claro —replicó el agente, sonriendo—. Voy a buscar una orden de registro, Esperadme fuera.

Cinco minutos más tarde, el grupo salía en busca del escondite de Mike Mezquite. Cómo sólo había dos zonas con árboles a orillas del río, en las afuera de Sunrise, la búsqueda no ofrecería muchos problemas.

La primera zona boscosa que inspeccionaron era frecuentada por personas que iban a hacer allí sus comidas campestres. Tenía mesas y bancos rústicos y, en el suelo, algunos hoyos a propósito para encender fuego. Allí, el único lugar en donde podría vivir alguien era una casa construida en un árbol, que Diego descubrió.

—¿Puede ser que viva allí? —preguntó el chico del rancho Álamo.

—Iré a ver —respondió Pete.

El policía sonrió, viendo al ágil Pete trepar a las ramas más bajas y asomar la cabeza por la entrada de la casita.

—Aquí no vive nadie más que una urraca —anunció, mientras el animal, asustado, saltaba a una rama por encima de Pete.

Pero cuando se disponía a bajar, los ojos de Pete se fijaron en unas extrañas señales del suelo de la casita. Miró de nuevo y distinguió más señales de aquéllas.

—¿Qué? ¿Has encontrado algo? —preguntó el agente.

—Sí. Aquí ha estado alguien que llevaba espuelas.

A los pocos segundos, el agente había subido al lado de Pete.

—Tienes razón —afirmó.

—¡Apostaría a que Mike Mezquite emplea este lugar como puesto de observación! —reflexionó Pete—. Su escondite debe estar cerca. Tenemos que encontrarlo.

Después de bajar del árbol, Pete y el agente marcharon delante del grupo hacia la otra zona de árboles.

Allí los árboles tenían troncos nudosos y retorcidos y cubiertos por gruesas lianas y maleza.

—No hay cabañas por aquí —observó Jack con voz ronca—. Willie nos ha mentido.

—Un momento —dijo Diego, mirando atentamente la base de un viejo álamo—. Este agujero es demasiado grande para que lo haya hecho un animal.

—Parece más propio de un coyote humano —murmuró Pete.

El agente estuvo de acuerdo con los chicos.

—Voy a echar un vistazo —dijo—. Por supuesto, si éste es el escondite de Mezquite, no hace falta ninguna orden de registro, ya que esto no es una casa.

El policía encendió una cerilla y atisbo por el agujero.

—¡Tenéis razón! —exclamó—. Hay una cueva. No se ve a nadie dentro.

Cuando el oficial hubo entrado y encendido una vela que encontró en el suelo, los demás le siguieron. El lugar estaba lleno de cajas y periódicos. Sobre un catre, en un rincón, había un montón de revistas y unos cuantos libros viejos. Helen se inclinó para tomar el libro de encima.

—¡El que me robaron! —exclamó—. ¡No fue Willie, sino Mike Mezquite!

Helen preguntó al agente si podía quedarse con el libro.

—Claro que sí —repuso el policía—. Y cuando Mike Mezquite regrese, me lo llevaré también, acusado de hurto.

Helen ya había empezado a pasar las hojas. Quería ver el dibujo de la «Montaña Tenebrosa». Pero cuando llegó al capítulo en que se hablaba de los «Constructores de Muñecas», exclamó:

—¡Han arrancado el mapa!

—Mike Mezquite se ha ido a localizar la «Montaña Tenebrosa» —masculló Jack roncamente.

—Entonces debemos seguirle —dijo Pete, muy decidido.

—Sí, pero ¿cómo? —preguntó Helen.

—Puede que Mike Mezquite no se haya llevado esa hoja —sugirió el agente—. Busquemos bien.

Empezó la búsqueda. La página no aparecía, pero Pete encontró una hoja de papel arrugada en la que habían dibujado toscamente un mapa.

—Puede que sirva para indicar cómo se llega a la «Montaña Tenebrosa».

Después de mirarlo, el agente confesó que creía que aquel dibujo no servía para nada. De todos modos, Pete se lo guardó en el bolsillo.

Una vez que regresaron al pueblo y se despidieron del agente, Jack y. Helen dijeron que empezarían la búsqueda de la «Montaña Tenebrosa» a la mañana siguiente. ¿Por qué no formaban un grupo? ¿No podrían acompañarles Pete, Pam y Diego?

—Me gustaría mucho, y a Pam también. ¿Tú qué dices, Diego? —preguntó Pete.

—Lo siento, pero mañana es el día que me corresponde revisar las cercas.

Pete prometió avisar a los hermanos Moore, si sus padres les daban permiso. Si el teléfono de los Vega seguía estropeado, iría personalmente a decírselo.

—¿A qué hora saldréis? —preguntó.

—A las nueve.

—Muy bien. Si nos dejan ir, Pam y yo estaremos con vosotros a esa hora.

—¿Llevaréis comida, Pete? —preguntó Helen—. Nosotros sí.

Pete dijo que llevarían bocadillos, y luego se despidieron.

—Me gustaría que pudieses venir con nosotros, Diego —comentó Pete, cuando, con «Truchas» al volante, regresaban al rancho en la camioneta.

—Lo siento, pero no puedo dejar mi trabajo —contestó Diego.

Al llegar ante los edificios del rancho, vieron que Ricky se aproximaba al ternero que se encontraba en el prado, con las patas trabadas.

«¿Qué andará tramando?», pensó Pete.

Ricky se acercó al animal y le acarició la cabeza. Luego, con gran prisa, desató al ternero y se sentó en su lomo. Al principio, el animal quedó tan sorprendido que no se movió.

—¡Arreeee! —ordenó Ricky.

Al momento, el ternero se lanzó hacia adelante. El chiquillo se aferró con fuerza al cuello. El ternero recorrió el patio, embistiendo y dando sacudidas, decidido a lanzar al suelo a su jinete. Pero Ricky, apretando las rodillas contra los flancos, se mantenía sujeto al animal.

De improviso, el ternero se detuvo en seco, como si hubiera tenido una brillante idea. Luego reanudó su veloz carrera, encaminándose en línea recta a un abrevadero lleno de agua.

Unos momentos después, el ternero se detenía en seco, patinando sobre sus cuatro patas. Ricky salió despedido por encima de la cabeza… y ¡fue a parar al abrevadero lleno de agua!

Pete se precipitó en ayuda de su hermano, pero no pudo hacer nada. Ricky salía ya chorreando y echando agua por la nariz y por la boca.

—Se me ocurre un buen nombre para ese ternero —dijo Pete, sin poder contener la risa.

—¿Cuál? ¿«Bronco»? —preguntó Diego.

—No. «Chapuzador». Puedes ver que ha dado a Ricky un buen chapuzón.

Mientras el chorreante y travieso chiquillo corría hacia la casa para cambiarse de ropa, Diego fue a capturar al ternero.

Entretanto, «Truchas» había llevado la camioneta al garaje y ya se aproximaba a los niños. Holly y Sue estaban en el grupo.

—¿No podríamos hacer el secreto ahora? —preguntó Sue al viejo pastor.

El hombre se quitó el sombrero y se rascó la cabeza, como si eso pudiera ayudarle a decidir la respuesta. Por fin dijo:

—Está bien, señorita. Pensaba esperar a que volviera el «jeep», pero creo que podremos utilizar la camioneta.

Sue empezó a dar saltitos y palmadas de alegría. Holly hizo que «Truchas» bajara la cabeza a la altura de su boca, para cuchichearle algo. Él sonrió y dijo en voz alta:

—Creo que no podemos guardar este secreto más tiempo. Bien, ¿quién quiere contarlo?

Cada una de las pequeñas deseaba ser ella quien lo dijera, pero comprendían que no era justo hacerlo, mientras Ricky no hubiera vuelto. Se les hicieron larguísimos los pocos minutos que su hermano tardó en cambiarse de ropa. Cuando el muchacho se unió al grupo, Sue le dijo:

—Ya podemos contar el secreto. Y quería decirlo yo…

—Está bien: dilo —accedió Ricky.

Y Holly también se conformó.