El centro comercial Green Moon está en Green Moon Road, entre la ciudad vieja de Pico Mundo y sus modestos barrios del oeste. La inmensa estructura de muros de color ocre, de una altura media de doce metros, está concebida para recordar una humilde construcción de adobe, como si fuese el hogar levantado por una familia de amerindios gigantes.
Este curioso invento arquitectónico, a pesar de su profunda falta de lógica, pretende ser armonioso desde el punto de vista ecológico, pero así y todo, quienes hagan sus compras allí pueden tomar café en Starbucks, vestirse en Gap o en Donna Karan, o amueblar su casa con piezas de Crate & Barrel, con la misma facilidad con que lo harían en Los Ángeles, Chicago, Nueva York o Miami.
En una esquina del vasto aparcamiento, lejos del centro comercial, se encuentra El Mundo del Neumático. Allí la arquitectura es más juguetona.
Sobre el edificio, de una sola planta, se eleva una torre coronada por un gigantesco globo terráqueo. Esta representación de la Tierra, que gira perezosamente, parece simbolizar un mundo de paz e inocencia, antes de que la serpiente irrumpiera en el Edén.
Como Saturno, el planeta en cuestión tiene un anillo, no de cristales de hielo, rocas y polvo, sino de caucho. Lo que rodea el globo terráqueo es un neumático que gira y oscila armoniosamente.
Una gran explanada de servicios asegura que los clientes no deban esperar mucho para que les instalen neumáticos nuevos. Los empleados llevan uniformes inmaculados. Son amables. Sonríen con facilidad. Parecen contentos.
También se pueden comprar baterías, y se ofrecen cambios de aceite. Pero los neumáticos son el alma del negocio.
El salón de ventas está impregnado del aroma hechizante de los neumáticos listos para rodar.
Aquella mañana de martes vagué por las naves durante diez o quince minutos, sin que nadie me incomodara. Algunos empleados me saludaban, pero nadie trató de venderme nada.
De tarde en tarde, voy de visita allí, y saben que me interesa todo lo relacionado con el negocio.
El propietario de El Mundo del Neumático es el señor Joseph Mangione. Es el padre de Anthony Mangione, que fue amigo mío en el instituto.
Anthony va a la Universidad de California, en Los Ángeles. Estudia la carrera de medicina.
El señor Mangione está orgulloso de que su muchacho vaya a ser médico, pero también le decepciona que Anthony no se interese por el negocio familiar. A mí me recibiría con los brazos abiertos en la empresa y, sin duda, me trataría como a un segundo hijo.
Aquí hay neumáticos para coches de lujo, todoterrenos, camiones y motocicletas. Los tamaños y grados de calidad son muchos, pero en cuanto memorizara el inventario, podría hacer cualquier trabajo en El Mundo del Neumático sin riesgo de sufrir estrés. Es fácil.
Aquel martes yo no tenía intención de renunciar a mi espátula de Pico Mundo Grille en un futuro inmediato, aunque lo de la comida rápida sí puede producir estrés cuando todas las mesas están ocupadas, las notas de pedido se acumulan en las pinzas y te zumba la cabeza con la jerga de restaurante. En los días en que, además de estar muy atareado preparando desayunos y almuerzos, tengo una cantidad inusual de encuentros con los muertos, siento una acidez estomacal que me lleva a pensar que no sólo me arriesgo al desgaste por exceso de trabajo, sino a una temprana dolencia de índole intestinal.
En momentos como ése, el negocio de los neumáticos parece un refugio tan sereno como un monasterio.
Pero incluso esa esquina del paraíso perfumada de caucho, propiedad del señor Mangione, está encantada. Un fantasma se empeña en habitar el salón de ventas.
Tom Jedd, un cantero local bien considerado, había muerto ocho meses antes. Al volante de su coche, se despistó en Panorama Koad pasada la medianoche, y atravesó los desgastados quitamiedos antes de despeñarse por un barranco rocoso de treinta metros de altura y caer finalmente en el lago Mala Suerte.
Cuando Tom se fue a nadar en su PT Cruiser, había tres pescadores en un bote, a unos sesenta metros de la orilla. Llamaron a la policía con un teléfono móvil, pero el servicio de rescates de emergencia llegó demasiado tarde para salvarlo.
El brazo izquierdo de Tom resultó amputado en el choque. El forense del condado declaró que no podía determinar si Tom había muerto desangrado o ahogado.
A partir de entonces, el pobre infeliz vaga por El Mundo del Neumático. No sé por qué. Su accidente no fue causado por una rueda defectuosa.
Había estado bebiendo en un bar de carretera llamado El Primo del Campo. La autopsia estableció un nivel de alcohol en sangre de 1,18, bien por encima del límite legal. O perdió el control del vehículo porque estaba borracho o se durmió al volante.
Cada vez que yo visitaba el salón de ventas para cavilar sobre un posible cambio de oficio y paseaba por las naves, Tom se daba cuenta de que lo veía y me saludaba con una mirada o una inclinación de cabeza. Una vez llegó a guiñarme un ojo con aire de complicidad.
Sin embargo, no hacía intento alguno de comunicarme sus intenciones y necesidades. Era un fantasma reticente.
A veces me gustaría que hubiera más como él.
Cuando murió, llevaba una camisa hawaiana con estampado de loros y zapatillas de tenis blancas, sin calcetines. Siempre iba ataviado así cuando vagaba por El Mundo del Neumático.
A veces estaba seco; otras, parecía empapado, como si acabara de salir del lago Mala Suerte. Por lo general tenía los dos brazos, pero a veces le faltaba el izquierdo.
Se puede saber mucho sobre el ánimo de un muerto según cómo se manifieste. Cuando Tom Jedd aparecía seco, se diría que se resignaba a su destino, por más que no estuviese plenamente conforme con él. Si aparecía mojado, su aire era de enfado o preocupación, o ambas cosas a la vez.
En aquella ocasión, estaba seco. Se había peinado. Su aire era relajado. Tenía los dos brazos, pero el izquierdo no estaba adosado a su hombro. Lo llevaba en la mano derecha, como si fuese un palo de golf. Lo sujetaba por el bíceps.
Este grotesco comportamiento no era sangriento. Por fortuna, nunca lo vi ensangrentado, tal vez porque era remilgado, tal vez porque seguía negándose a sí mismo que se había desangrado hasta morir.
En dos ocasiones, consciente de que yo lo miraba, usó el brazo cortado para rascarse la espalda. Se pasó entre los omóplatos las uñas de los rígidos dedos del miembro amputado.
Por lo general, los fantasmas se toman su propio estado con seriedad y mantienen un porte solemne. Pertenecen al otro lado, pero se encuentran bloqueados aquí por una u otra razón y están impacientes por partir.
Sin embargo, de vez en cuando me encuentro con algún espíritu que ha conservado intacto su sentido del humor. Tom, con intención de divertirme, llegó incluso a hurgarse la nariz con el índice de su brazo cortado.
Prefiero que los fantasmas sean sombríos. Hay algo que me espanta en un muerto ambulante que trata de hacer reír, tal vez porque ello sugiere que, aun después de fallecidos, tenemos una patética necesidad de agradar, y también una triste propensión a humillarnos a nosotros mismos.
Si Tom Jedd no hubiese tenido ganas de bromear, me habría quedado un rato más en El Mundo del Neumático. Sus chanzas me perturbaban, como la sonrisa que le centelleaba en los ojos.
Cuando me dirigí al Mustang de Terri, Tom me despidió desde una de las ventanas del salón de ventas agitando su brazo amputado de forma burlesca.
Conduje por la vasta superficie del aparcamiento, torturada por el sol, hasta encontrar un lugar para el Mustang cerca de la entrada principal del centro comercial, donde unos empleados colgaban un anuncio de la gran liquidación anual de verano, que tendría lugar desde el miércoles al domingo.
En la cavernosa meca de las ventas, casi todas las tiendas parecían sólo moderadamente concurridas, pero la heladería Burke & Bailey’s atraía a la multitud.
Stormy Llewellyn trabaja en Burke & Bailey’s desde los dieciséis años. Ahora tiene veinte y es la encargada del local. Tiene la intención de ser propietaria de un negocio propio cuando cumpla veinticuatro.
Si después de la enseñanza secundaria se hubiese preparado para ser astronauta, en este momento tendría un puesto de limonada en la luna.
Ella dice que no es ambiciosa, sino que se aburre con facilidad y necesita estímulos. Muchas veces me he ofrecido a estimularla.
Me aclara que habla de estimulación mental.
Yo le respondo que, en caso de que no lo haya notado, también yo tengo cerebro.
Me dice que mi culebra de un solo ojo, sin duda, no tiene cerebro, y que lo que yo pueda tener en mi cabeza —la grande, no la otra— es discutible.
—¿Por qué te crees que te llamo osito?
—¿Porque sientes deseos de abrazarme?
—Porque la cabeza de los ositos de felpa está rellena de trapos.
Nuestra vida no siempre consiste en una festiva rutina a lo Abbott y Costello. A veces ella es Rocky y yo Bullwinkle.
Fui al mostrador de Burke & Bailey’s y me dirigí a ella.
—Necesito algo dulce y caliente.
—Nuestra especialidad son las cosas frías —dijo Stormy—. Ve a sentarte al paseo y pórtate bien. Te llevaré algo.
Aunque la heladería estaba en plena efervescencia, quedaban algunas mesas libres; pero a Stormy no le gusta charlar en su lugar de trabajo. Es objeto de fascinación para algunos de los empleados y prefiere no darles motivo para que cotilleen.
Entiendo muy bien lo que sienten por ella. También para mí es objeto de fascinación.
De modo que salí de Burke & Bailey’s y me dirigí al paseo público, donde me senté a contemplar los peces.
Las ventas al por menor y las salas de cine han unido fuerzas en Estados Unidos: las películas están llenas de publicidad subliminal, y los centros comerciales están diseñados como si allí se representara algún espectáculo. En un extremo del centro comercial Green Moon, una catarata de doce metros de altura caía por un acantilado de rocas artificiales. El salto de agua daba origen a un arroyo que recorría todo el edificio, convirtiéndose en una serie de rápidos cada vez más pequeños.
Si al finalizar una sesión de compras compulsivas uno notaba que se había quedado en bancarrota por lo que había gastado en Nordstrom, podía arrojarse a ese decorado acuático y ahogarse.
El arroyo terminaba en un estanque tropical rodeado de palmeras y lozanos helechos junto a Burke & Bailey’s. Se habían tomado mucho trabajo para que la escena pareciese real. Misteriosos y suaves cantos de aves resonaban entre el follaje. La grabación era perfecta.
Uno habría jurado que se encontraba en la selva del Amazonas, de no haber sido porque faltaban los insectos enormes, la humedad sofocante, las víctimas de la malaria gimiendo entre los espasmos de la agonía y los rabiosos felinos de la jungla devorándose sus propias patas.
En el estanque nadaban carpas japonesas de vivos colores. Muchas tenían el tamaño suficiente como para proporcionar una sustanciosa cena. Según la publicidad del centro comercial, algunos de estos exóticos peces valían cuatro mil dólares cada uno. Sabrosos o no, no estaban al alcance de todos los bolsillos.
Me senté en un banco, de espaldas a las carpas. Sus espectaculares aletas y preciosas escamas no me impresionan.
Al cabo de cinco minutos, Stormy salió de Burke & Bailey’s con dos cucuruchos de helado. Disfruté viéndola venir hacia mí.
Su uniforme consistía en zapatos de color rosa, una camisa también rosa pero fosforito, una chaquetilla rosa y blanca y una alegre gorra rosada. Con su cutis mediterráneo, su cabello negro como el azabache y sus misteriosos ojos oscuros, parecía una enfurruñada espía que se ha visto obligada a disfrazarse con ropas de colorines que le disgustan.
Leyéndome los pensamientos, como de costumbre, se sentó a mi lado.
—Cuando tenga mi propia tienda, los empleados no deberán ponerse uniformes estúpidos.
—Para mí estás adorable.
—Parezco un payaso.
Me dio uno de los cucuruchos y durante un minuto o dos nos quedamos en silencio, disfrutando de nuestros helados.
—Por debajo del olor a hamburguesa y a beicon aún se percibe el olor a champú de melocotón —dijo.
—Soy una gozada para el olfato.
—Tal vez algún día, cuando tenga mi propio negocio, podremos trabajar juntos, y oleremos igual.
—El mundo del helado no me motiva. Me encanta freír.
—Así que es cierto —comentó.
—¿Qué?
—Que los polos opuestos se atraen.
—¿Es el sabor nuevo que llegó la semana pasada? —pregunte señalando el cucurucho.
—Sí.
—¿Chocolate a la cereza con trozos de coco?
—Coco a la cereza con trozos de chocolate —corrigió—. Si te equivocas al decir de qué son los trozos estás perdido.
—No sabía que la gramática de la industria del helado fuera tan rígida.
—Si lo describes a tu manera, algunos clientes poco honestos se comerán todo el helado y después pedirán que les devuelvas el dinero por no tener trozos de coco. Y no vuelvas a decir que soy adorable. Adorables son los cachorrillos.
—Cuando te acercabas, me pareciste sensual.
—Lo mejor que podrías hacer es prescindir por completo de los calificativos.
—Buen helado —dije—. ¿Es la primera vez que lo pruebas?
—Todos hablan maravillas de él. Pero quería aplazar la grata experiencia de probarlo.
—Gratificación demorada.
—Sí, hace que todo sea más dulce.
—Si esperas demasiado, incluso lo dulce y cremoso se estropea.
—Aparta, Sócrates. Raro Thomas se encarama a la tribuna.
Sé distinguir el momento en el que el frágil suelo que tengo bajo los pies comienza a resquebrajarse. Cambié de tema.
—Darles la espalda a todas esas carpas me da miedo.
—¿Qué crees que pueden tramar?
—Me parecen demasiado llamativas para ser peces de verdad. No confío en ellas.
Se giró para echar un vistazo al estanque, antes de volver a prestar atención al helado.
—Sólo están fornicando.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo único que hacen los peces es comer, defecar y fornicar.
—Buena vida.
—Defecan en la misma agua en que comen, y comen en agua turbia por el semen de sus cópulas. Los peces son repugnantes.
—Nunca se me había ocurrido verlo de esa manera —comenté.
—¿Cómo has venido?
—En el coche de Terri.
—¿Me echabas de menos?
—Siempre. Pero estoy buscando a una persona. —Le hablé del hombre hongo—. Mi instinto me trajo aquí.
Cuando alguien no está donde espero encontrarlo, en su casa o su trabajo, a veces vago en mi bicicleta o en un coche prestado, metiéndome al azar en una u otra calle. Por lo general, en menos de media hora mis pasos se cruzan con los de quien busco. Necesito un rostro o un nombre para inspirarme, y con ello soy mejor que un sabueso. Se trata de un talento para el que no tengo nombre. Stormy lo llama magnetismo psíquico.
—Y aquí lo tenemos —dije, refiriéndome al hombre hongo, que paseaba por la explanada del centro comercial siguiendo el descenso de los rápidos, en dirección al estanque tropical de las carpas.
Stormy no necesitó que le señalase al individuo. El hombre hongo no podía ser otro. Entre los demás transeúntes, era tan obvia su identidad como la de un pato en un concurso canino.
Casi había dado cuenta de todo mi helado sin sentir especial frío, pero me estremecí al ver al extraño individuo. Pisaba el suelo de mármol, pero mis dientes castañetearon como si el hombre pasara por encima de mi tumba.