9

El rapto de la cantante de variedades

Maigret sonreía ante el aire de desconcierto de Leduc, que murmuró:

—¿A qué le llamas tú «confiarme una misión delicada»?

—Se trata de una misión que sólo tú puedes llevar a cabo. ¡Vamos, no pongas esa cara! No se trata de asaltar la casa del procurador, ni de entrar a escondidas en la del médico.

Y Maigret, tomando un periódico de Burdeos, le señaló con el dedo un pequeño anuncio.

Se busca a la señora Beausoleil, que antiguamente vivía en Argel, para una cuestión de herencia. Dirigirse al notario Maigret, Hotel de Inglaterra, en Bergerac. Urgente.

Leduc no sonreía. Contemplaba a su compañero con aire de mártir.

—¿Pretendes que haga el papel de falso notario?

Y lo dijo en un tono de resignación tal, que la señora Maigret, que estaba al fondo de la habitación, no pudo evitar la risa.

—¡No, no te preocupes! El anuncio ha aparecido en una docena de periódicos de la región bordelesa, y en los principales diarios de París.

—¿Qué tiene que ver Burdeos?

—No te inquietes. ¿Cuántos trenes llegan por día a Bergerac?

—¡Tres o cuatro!

—No hace demasiado frío ni demasiado calor. No llueve. ¿Acaso no hay una cantina en la estación? Sí. He aquí la misión: salir al andén a la llegada de cada tren, hasta que veas a la señora Beausoleil.

—¡Pero si no la conozco!

—¡Yo tampoco! Ni siquiera sé si es gorda o delgada. Debe tener de cuarenta a cincuenta años y me inclino a creer que está gorda.

—No obstante, puesto que el anuncio dice que se presente aquí, no veo por qué…

—¡Muy sutil! Lo malo es que yo preveo que en la estación habrá una tercera persona que le impedirá a la dama que venga aquí. ¿Comprendida la misión? ¡Traerla aquí de todos modos!

Era realmente sabroso imaginar al pobre Leduc, con su sombrero de paja, paseando por la estación en espera de cada tren, examinando a los viajeros, siguiendo a todas las señoras maduras y preguntándoles si por casualidad se llamaban Beausoleil.

—¿Cuento contigo?

—¡Puesto que es necesario!

Se fue con aire triste. Un poco más tarde entró en la habitación el asistente del doctor Rivaud, dirigiendo grandes saludos a la señora Maigret y después al comisario.

Era un joven pelirrojo, tímido, huesudo, que tropezaba con todos los muebles y luego se deshacía en perdones.

—Perdón, señora. ¿Puede decirme dónde hay agua caliente?

Estuvo a punto de volcar la mesita de noche y exclamó:

—¡Perdón! ¡Oh, perdón!

Mientras curaba a Maigret se inquietaba:

—No le hago daño, ¿verdad? Perdón. ¿Podría ponerse un poco más derecho? ¡Perdón!

Maigret sonreía pensando en Leduc, que debía aparcar el viejo Ford delante de la estación.

—¿El doctor Rivaud tiene mucho trabajo?

—Sí, está muy ocupado. Siempre está muy ocupado.

—Es un hombre activo, ¿verdad?

—¡Muy activo! Le aseguro que es extraordinario. Perdón. Por la mañana, a las siete, empieza con la consulta gratuita, luego su clínica, luego el Hospital. Tenga en cuenta que no se fía de sus ayudantes, como tantos otros, y que siempre quiere comprobar por sí mismo.

—¿No se le ha ocurrido nunca pensar que quizá no sea médico?

El otro, asombradísimo, optó por reír.

—¡Usted bromea! El doctor Rivaud no es un médico: ¡es un gran médico! Y si quisiese vivir en París tendría pronto una reputación única.

La opinión era sincera y el entusiasmo del joven era real, exento de segundas intenciones.

—¿Sabe usted en qué Universidad hizo sus estudios?

—En Montpellier, me parece. ¡Sí, exactamente! Me habló de los que fueron sus profesores allá. Después fue ayudante del doctor Martel en París.

—¿Está usted seguro?

—He visto en su laboratorio una fotografía que representa al doctor Martel rodeado de todos sus alumnos.

—Es curioso.

—¡Perdón! ¿Acaso ha pensado realmente que el doctor Rivaud no es médico?

—No especialmente.

—Se lo repito, y puede creerme: es un maestro. Lo único que se le puede reprochar es que trabaja demasiado, y de ese modo se agotará pronto. Le he visto varias veces en un estado de nerviosismo que…

—¿Últimamente?

—Sí, sobre todo. Ya ha visto que no me ha permitido que le reemplace para hacerle a usted la cura hasta que la curación ha sido segura. ¡Y no se trata de un caso grave! Otro le hubiese encargado las curas a su ayudante desde el segundo día.

—¿Sus colaboradores lo estiman?

—¡Todos le admiran!

—Le pregunto si lo estiman.

—Sí. Creo que… No hay razón para que…

Pero había cierta restricción en el acento. Evidentemente, el asistente hacía una diferencia entre la admiración y el afecto.

—¿Va usted a menudo a su casa?

—¡Nunca! Lo veo cada día en el Hospital.

—Por tanto, no conoce usted a su familia. Tiene una cuñada muy guapa.

El joven no respondió, haciendo ver que no había oído.

—Va muy a menudo a Burdeos, ¿verdad?

—Lo llaman a menudo. Si quisiese lo llamarían de todas partes, operaría en París, en Niza, e incluso en el extranjero.

—¡A pesar de su juventud!

—Para un cirujano es una cualidad. Los cirujanos de cierta edad no inspiran confianza.

La cura había terminado. El asistente se lavó las manos, buscó una toalla, y murmuró dirigiéndose a la señora Maigret, que le traía una:

—¡Oh! Perdón.

Nuevos rasgos para añadir a la fisonomía del doctor Rivaud. Sus colegas hablaban de él como de un maestro ¡Y su actividad era extraordinaria!

¿Ambicioso? ¡Era probable! Y, sin embargo, no se instalaba en París, como hubiese sido lo lógico.

—¿Comprendes algo? —le preguntó la señora Maigret cuando se quedaron solos.

—¿Yo? Sube la persiana, ¿quieres? Es evidente que es médico. No hubiese podido engañar durante tanto tiempo a los que lo rodean, sobre todo trabajando en un Hospital.

—No obstante, en las Universidades…

—De momento espero a Leduc que no se hallará muy a gusto con su compañera. ¿No has oído llegar un tren? Si es el de Burdeos, hay muchas probabilidades de que…

—¿Qué es lo que esperas?

—¡Ya lo verás! Dame las cerillas.

Maigret se encontraba mejor.

Le había descendido la temperatura y la pesadez de su brazo derecho casi había desaparecido.

No podía estarse quieto en la cama, lo que era muy buena señal.

Cambiaba de posición sin cesar, arreglándose las almohadas, encogiéndose, extendiéndose.

—Deberías telefonear a unas cuantas personas.

—¿A quién?

—Quisiera conocer la posición de cada personaje que me interesa. Llama primero al procurador. Cuando oigas su voz, cuelga.

Mientras su mujer obedecía, Maigret contemplaba la plaza fumando su pipa.

—Está en su casa.

—Ahora telefonea al Hospital y pregunta por el doctor.

El doctor se encontraba en el Hospital.

—Ahora telefonea a su casa. Si te contesta su mujer, pregunta por Françoise. Si te contesta Françoise, pregunta por su mujer.

Contestó la señora Rivaud. Declaró que su hermana estaba ausente y preguntó si podía tomar el recado.

—¡Cuelga!

¡Debían haber quedado intrigados y se pasarían la mañana haciendo conjeturas sobre el autor de la llamada telefónica!

Cinco minutos más tarde llegó de la estación el autobús del Hotel con tres pasajeros, y el botones subió los equipajes. Luego llegó el cartero en bicicleta.

Por fin se oyó el ruido característico del viejo Ford, y unos minutos más tarde el coche se paraba en la plaza. Maigret vio que había alguien al lado de Leduc, y creyó vislumbrar a una tercera persona en la parte de atrás.

No se equivocaba. El pobre Leduc bajó el primero, mirando a su alrededor con aire ansioso, como si temiese el ridículo. Luego ayudó a bajar a una gruesa dama que casi se derrumbó en sus brazos.

Una joven había saltado ya del coche. Lo primero que hizo fue dirigir una mirada rabiosa a la ventana de Maigret.

Era Françoise, vestida con un elegante traje de chaqueta verde claro.

—¿Puedo quedarme? —preguntó la señora Maigret.

—¿Por qué no? Abre la puerta, ya llegan.

Se oía jaleo en la escalera. Se adivinaba la respiración jadeante de la gruesa dama, que entró esponjándose.

—¡Conque aquí está el notario que no es notario!

Una voz vulgar. ¡Y no solamente la voz! Quizá no tuviese más de cuarenta y cinco años.

En todo caso todavía se creía guapa, pues iba maquillada como una actriz de teatro.

Una rubia de carnes abundantes y fluidas y de labios carnosos.

Al contemplarla se tenía la impresión de haberla visto ya en alguna parte. Y de pronto uno se daba cuenta: ¡era el tipo mismo, ya raro, de la cantante ligera de los café-concerts de antaño! La boca en corazón. La cintura de avispa. La mirada provocativa. Y la lechosa espalda al aire. Y aquella manera especial de contonearse al andar, mirando a su interlocutor como se mira al público desde el escenario.

—¿La señora Beausoleil? —preguntó Maigret galantemente—. Siéntese, se lo ruego. Usted también, señorita.

Pero Françoise no se sentó. Estaba furiosa.

—¡Le prevengo que lo denunciaré! ¡Nunca se ha visto nada igual! —exclamó.

Leduc estaba cerca de la puerta, con un aire tan compungido que era fácil adivinar que las cosas no habían marchado por sí solas.

—Cálmese, señorita. Y excúseme por haber intentado ver a su madre.

—¿Quién le ha dicho que es mi madre?

La señora Beausoleil no comprendía nada. Miraba por turno a Maigret, muy sereno, y a Françoise, dominada por la ira.

—Lo supongo, ya que ha ido usted a esperarla a la estación.

—¡La señorita quería impedir que su madre viniese aquí! —murmuró Leduc contemplando la alfombra.

—Y entonces, ¿qué hiciste?

Fue Françoise quien respondió:

—Nos amenazó. Nos habló de una orden de arresto, como si fuésemos ladronas. Que enseñe esa orden de arresto, porque si no lo hace…

Y tendió la mano hacia el receptor telefónico. Era evidente que Leduc se había excedido en sus prerrogativas y que no estaba orgulloso de ello.

—¡Me temía que provocasen un escándalo en la sala de espera!

—Un momento, señorita, ¿a quién quiere usted llamar?

—Pues… al procurador.

—¡Siéntese! Tenga en cuenta que no le prohíbo que telefonee, al contrario. Pero quizá sea mejor para todo el mundo que no se precipite.

—¡Mamá, te prohíbo que le contestes!

—¡Pero si yo no entiendo nada! ¿Es usted notario o comisario de policía?

—¡Comisario!

Ella hizo un gesto que parecía significar: «En ese caso…». Se le notaba que ya había tenido que ver con la Policía, y que conservaba un respeto, o por lo menos un cierto temor, por esa institución.

—De todas formas no comprendo por qué yo…

—No tema nada, señora. Lo comprenderá enseguida. Sólo deseo hacerle algunas preguntas, y…

—¿No hay herencia?

—No sé todavía.

—¡Es odioso! —gritó Françoise—. Mamá, no contestes.

No podía estarse quieta y retorcía el pañuelo con los dedos. De vez en cuando lanzaba una mirada indignada a Leduc.

—¿Supongo que su profesión es la de artista lírica?

Sabía que con aquellas palabras se ganaba la simpatía de su interlocutora.

—Sí, señor. Canté en el Olimpia en la época en que…

—Creo recordar su nombre. Beausoleil. Ivonne, ¿verdad?

—¡Josephine Beausoleil! Pero los médicos me recomendaron los países cálidos, y entonces canté en Italia, en Turquía, en Siria, en Egipto.

¡En la época de los café-concerts! Maigret la veía perfectamente sobre el pequeño escenario de aquellos cafés tan de moda en París, frecuentados por juerguistas y oficiales. Después bajaba a la sala y paseaba entre las mesas, bebiendo con unos y con otros.

—¿Y acabó en Argelia?

—Sí. En El Cairo tuve una niña y…

Françoise estaba a punto de sufrir un ataque de nervios. ¡O de abalanzarse sobre Maigret!

—¿De padre desconocido?

—Perdón, lo conocía muy bien. Un oficial inglés agregado a…

—En Argelia tuvo a su segunda hija, a Françoise.

—Sí. Y aquello fue el fin de mi carrera teatral. Estuve mucho tiempo enferma. Cuando me restablecí había perdido la voz.

—¿Y?

—El padre de Françoise se ocupó de mí hasta que lo llamaron a Francia. Porque trabajaba en Aduanas.

Todo lo que Maigret había pensado se confirmaba. Ahora podía reconstruir la vida de la madre y las dos hijas en Argel: Josephine Beausoleil, que se conservaba apetecible, tenía amigos serios. Las hijas crecían.

¿Acaso no era normal que siguiesen, con toda naturalidad, el mismo camino que su madre?

La mayor tenía dieciséis años.

—¡Yo quería que fuesen bailarinas! Lo de la danza es mucho menos ingrato que lo del canto. ¡Sobre todo en el extranjero! Germaine empezó a tomar lecciones con un viejo camarada establecido en Argel.

—¿Y cayó enferma?

—¿Quién se lo ha dicho? En efecto, nunca había sido muy fuerte. ¡Quizá por haber viajado tanto de pequeña! Porque yo no quería separarme de ella. Colocaba una especie de capazo entre las redes del compartimiento.

¡Una mujer valiente, en suma! ¡Y ahora se sentía satisfecha! ¡Ni siquiera parecía comprender la indignación de su hija! ¿Acaso Maigret no le hablaba amablemente, con toda clase de miramientos? ¡Y empleaba un lenguaje sencillo que ella comprendía muy bien!

Ella era una artista. Había viajado. Había tenido amantes y luego hijos. ¿Acaso aquello no entraba dentro de lo establecido?

—¿Germaine sufría de los pulmones?

—No, era la cabeza. Le dolía siempre. Hasta que un día le dio una meningitis y tuvo que ser transportada urgentemente al Hospital.

Hasta entonces las cosas, habían marchado por sí solas, pero ahora Josephine Beausoleil había llegado al punto crítico. No sabía qué debía decir e interrogaba a Françoise con la mirada.

—¡El comisario no tiene derecho a interrogarte, mamá! ¡No contestes ninguna pregunta más!

¡Aquello era fácil de decir! Lo malo es que ella sabía que era peligroso burlar a la Policía. Le hubiese gustado poder contentar a todo el mundo.

Leduc, que había recobrado su aplomo, le dirigía a Maigret miradas que significaban: «¡Esto avanza!».

—Escuche, señora. Puede usted hablar o callarse. Está usted en su derecho. Lo cual no significa que luego no se vea obligada a hablar en otro lugar. En el Juzgado, por ejemplo.

—¡Pero si no he hecho nada!

—¡Precisamente! Por eso, según mi opinión, lo más prudente es que hable. En cuanto a usted, señorita Françoise…

Pero ésta no le escuchaba. Acababa de descolgar el teléfono y hablaba con voz ansiosa, mirando a Leduc de reojo, como si temiese que éste le arrebatase el teléfono.

—¡Oiga! ¿Hablo con el Hospital? ¡No importa! ¡Es necesario que lo llame enseguida! O mejor, dígale usted mismo que venga sin perder un instante al Hotel de Inglaterra. Sí. Lo comprenderá. De parte de Françoise.

Escuchó aún unos instantes, colgó y contempló a Maigret con aire de desafío.

—Va a venir enseguida. No hables, mamá.

Temblaba de pies a cabeza. Gotas de sudor corrían por su frente, empapando los pelillos castaños de las sienes.

—Ya ve usted, señor comisario.

—Señorita Françoise, ya ha visto que no le he impedido que telefonee. ¡Al contrario! Incluso he dejado de interrogar a su madre… y ahora, ¿quiere usted un consejo? Llame también al señor Duhourceau, que está en su casa.

Ella intentó adivinar sus pensamientos. Luego vaciló y acabó por descolgar el teléfono con gesto nervioso.

—¡Oiga! ¡El 167, por favor!

—Ven aquí, Leduc.

Y Maigret le susurró algunas palabras en la oreja. Leduc pareció sorprendido, molesto.

—¿Tú crees que…?

Se decidió a marcharse y vieron cómo le daba vueltas a la manivela de su coche.

—Aquí Françoise. Sí. Telefoneo desde la habitación del comisario. Mi madre ha llegado. ¡Sí! El comisario desea que venga. ¡No! ¡No! ¡Le juro que no!

Y aquella cascada de «nos» había sido pronunciada con fuerza, con angustia.

—¡Le repito que no!

Y permaneció de pie junto a la mesa. Maigret, mientras encendía su pipa, la contemplaba sonriendo, en tanto que Josephine Beausoleil se empolvaba la cara.