Samuel
Las dos noticias llegaron casi al mismo tiempo, por la tarde, unos minutos antes de la visita del cirujano. En primer lugar un telegrama de Argelia:
«Doctor Rivaud desconocido en los Hospitales. Recuerdos. Martin».
Maigret acababa de abrirlo cuando entró Leduc, que no se atrevió a hacerle ninguna pregunta.
—¡Mira esto!
Leduc leyó el telegrama, movió la cabeza y suspiró:
—¡Evidentemente!
Y su gesto significaba:
«Evidentemente no debemos esperar encontrar cosas sencillas en ese asunto. Por el contrario, a cada paso encontraremos obstáculos nuevos, y tengo toda la razón cuando afirmo que lo mejor que podemos hacer es instalarnos confortablemente en La Ribaudière».
La señora Maigret había salido. A pesar del crepúsculo, Maigret no pensaba encender la luz. Las flores de la plaza estaban iluminadas y le gustaba contemplarlas a esa hora. Sabía que la primera casa en la que se veía luz era la segunda a la derecha del garaje, donde bajo la lámpara, se divisaba la silueta de una costurera siempre inclinada sobre su trabajo.
—¡La Policía también tiene noticias! —gruñó Leduc.
Estaba violento. No quería que se le notase que venía a poner a Maigret al corriente. Quizá incluso le habían pedido que no le comunicase los resultados de la investigación oficial.
—¿Noticias sobre Samuel?
—¡Exactamente! Se ha recibido su ficha. Y a continuación Lucas, que tuvo que ocuparse de él en otra época, telefoneó desde París para dar más detalles.
—¡Cuéntame!
—No se sabe exactamente de dónde es. Pero se tienen buenas razones para creer que nació en Polonia, o en Yugoslavia. ¡En uno de esos países, en todo caso! Era un hombre taciturno, al que no le gustaba que la gente estuviese al corriente de sus asuntos. En Argelia tenía un despacho. ¿Adivinas de qué?
—¡Una especialidad delicada, estoy seguro!
—¡Comercio de sellos!
Y Maigret quedó encantado, porque aquello encajaba de maravilla con el individuo del tren.
—¡Un comercio de sellos que escondía otra cosa, naturalmente! Lo más fuerte es que estaba tan bien llevado que la Policía no se dio cuenta de nada, y fue necesario un doble crimen para… Te estoy repitiendo en pocas palabras lo que Lucas ha comunicado por teléfono. El despacho en cuestión era una de las más grandes fábricas de pasaportes falsos, y sobre todo de falsos contratos de trabajo. Samuel tenía delegados en Varsovia, en Viena, en Silesia, en Constantinopla.
La noche ahora era azul, y las casas se recortaban en un blanco nacarado. Abajo se oía el murmullo habitual del aperitivo.
—¡Muy curioso! —articuló Maigret.
Pero lo que encontraba curioso no era la profesión de Samuel, sino el ver que hilos tendidos en otro tiempo entre Varsovia y Argelia se unían ahora en Bergerac.
Y sobre todo el caer sobre la mafia internacional partiendo de un asunto puramente local, de un crimen de pueblo.
En París había tenido ocasión de estudiar a centenares de tipos como Samuel, y lo había hecho siempre con una curiosidad especial, desprovista de repulsión, como si se tratase de una especie diferente de la especie humana ordinaria.
Individuos que uno encuentra como barmans en Escandinavia, como gángsteres en América, como dueños de casas de juego en Holanda, como directores de teatro en Alemania, como hombres de negocios en África.
Allá, en la plaza deliciosamente tranquila de Bergerac, aquello representaba la evocación de un mundo que aterrorizaba por su fuerza, por su multitud y por su trágico destino.
El centro y el este de Europa, desde Budapest hasta Odessa, desde Tallin hasta Belgrado, repleto de una humanidad demasiado densa.
Cientos de miles de judíos hambrientos partían cada año en todas direcciones: compartimientos de emigrantes a bordo de los paquebotes, trenes de noche, niños en brazos, viejos a los que se arrastra, rostros resignados, trágicos, desfilando cerca de los puestos fronterizos.
Chicago cuenta con más polacos que americanos. Francia ha absorbido trenes y trenes, y en los pueblos los secretarios de Ayuntamiento tienen que hacerse deletrear los nombres que los habitantes pronuncian en ocasión de nacimientos y defunciones.
Existen los que se exilian oficialmente, con los papeles en regla.
¡Y entonces son los hombres como Samuel los que intervienen! Hombres que conocen todas las reservas y todos los destinos, todas las estaciones fronterizas, todos los sellos de los consulados, todas las firmas de los funcionarios.
Hombres que hablan diez lenguas y otros tantos dialectos.
Y que esconden sus actividades tras un comercio próspero, a ser posible internacional.
¡Buena idea lo de los sellos!
«Señor Levy, de Chicago.
Le envío en el próximo paquebote doscientos sellos raros, viñeta naranja, de Checoslovaquia.»
¡Y, naturalmente, Samuel, como la mayor parte de sus secuaces, sólo debía comerciar en hombres!
En las casas especializadas de América del Sur son las francesas las más apreciadas. Sus remitentes trabajan en París, en las grandes Avenidas. Pero el grueso de la tropa, la mercancía a buen precio, la proporciona el este de Europa. Campesinas que parten hacia allá a los quince o dieciséis años y no vuelven hasta los veinte —¡o no vuelven nunca más!— después de haberse ganado la dote.
Lo que desconcertaba a Maigret era la brusca irrupción de aquel Samuel en el asunto de Bergerac, en el que no había habido hasta entonces más que el procurador Duhourceau, el médico y su mujer, Françoise, Leduc, el dueño del Hotel.
La intrusión de un mundo nuevo, de una atmósfera violentamente distinta.
¡Todo el asunto, en suma, cambiaba de tono! Frente a él, Maigret veía un pequeño colmado, y un poco más lejos el puesto de gasolina del garaje, que no debía estar allí más que para adorno, pues la gasolina se servía siempre en bidones.
Leduc seguía contando:
—Es raro que instalase el negocio en Argelia. Por otra parte, Samuel tenía mucha clientela entre los árabes, e incluso entre los negros venidos del interior.
—¿Cuál fue el crimen?
—¡Dos crímenes! Dos hombres de su raza, desconocidos en Argel, que fueron encontrados muertos en las afueras. Eran los dos de Berlín. Se abrió una investigación y atando cabos se averiguó que trabajaban para Samuel desde hacía tiempo. La investigación duró muchos meses. No se encontraban pruebas. Samuel cayó enfermo y desde la enfermería de la prisión tuvo que ser trasladado al Hospital. Poco a poco fueron reconstruyendo el drama: los dos asociados de Berlín habían ido a Argel para quejarse por ciertas irregularidades. Samuel debía ser un pillo que robaba a todo el mundo. De ahí a las amenazas.
—¡Y nuestro hombre los suprimió!
—Samuel fue condenado a muerte. Pero no hubo necesidad de ejecutarlo porque murió en el Hospital pocos días después del veredicto. ¡Eso es todo lo que se sabe!
El doctor quedó asombrado al encontrar a los dos hombres en la oscuridad, y fue él quien, con un gesto brusco, le dio la vuelta al conmutador. Después de un saludo breve se quitó el impermeable y dejó correr el agua caliente en el lavabo.
—Te dejo —dijo Leduc poniéndose en pie—. Vendré a verte mañana.
Parecía disgustado de haber sido sorprendido por Rivaud en la habitación de Maigret. Vivía en la comarca y tenía interés en quedar bien con los dos campos, puesto que ahora existían dos campos.
—Cuídate mucho. ¡Hasta la vista, doctor!
El doctor, que estaba enjabonándose las manos, le contestó con un gruñido.
—¿Cómo va la temperatura? —preguntó dirigiéndose al enfermo.
—Regular —repuso Maigret, que se hallaba de excelente humor, como al principio del asunto, cuando se sentía tan feliz de hallarse todavía vivo.
—¿Y el dolor?
—¡Bah! Empiezo a acostumbrarme.
Aquellos gestos cotidianos, siempre los mismos, se habían convertido en una especie de rito que se llevaba a cabo una vez más.
Durante aquellos momentos el rostro del doctor se halló demasiado cerca de Maigret, que comentó de repente:
—¡No tiene usted el tipo israelita muy pronunciado!
No hubo ninguna respuesta. Sólo la respiración regular, un poco silbante, del doctor, mientras examinaba la herida. Cuando hubo terminado de poner de nuevo la venda, declaró:
—Ahora ya es usted transportable.
—¿Qué quiere usted decir?
—Que ya puede moverse, que no se encuentra prisionero en este Hotel. ¿No pensaba usted ir a pasar unos días a casa de su amigo Leduc?
¡Un hombre dueño de sí mismo, sin duda alguna! Hacía más de un cuarto de hora que Maigret lo observaba estrechamente, pero no se había alterado, y seguía llevando a cabo los gestos delicados de su profesión sin un temblor de los dedos.
—De ahora en adelante no vendré más que cada dos días, y para las curas le enviaré a mi ayudante. Puede usted confiar en él.
—¿Tanto como en usted?
Había momentos en los que Maigret no podía evitar el soltar una frasecita de ese tipo, con un aire de bendito que la hacía todavía más graciosa.
—¡Buenas noches!
El doctor se marchó y Maigret quedó solo de nuevo con sus personajes en la cabeza, con Samuel, que había venido a añadirse a la colección tomando el primer lugar.
¡Un Samuel que, como última originalidad, había tenido aquella, tan poco corriente, de morir dos veces!
¡Y era él el asesino de dos mujeres, el maníaco de la aguja!
En aquel caso había muchos puntos oscuros. El primero, que hubiese elegido Bergerac como teatro de sus hazañas. Las gentes de ese tipo prefieren las ciudades, donde lógicamente tienen más probabilidades de pasar inadvertidos.
Pero Samuel no había sido visto ni en Bergerac ni en sus contornos, y no era hombre, con sus zapatos de charol, para vivir en los bosques como un bandido de opereta.
¿Había que suponer que encontraba refugio en casa de alguien? ¿En casa del doctor? ¿En casa de Leduc? ¿En casa de Duhourceau? ¿En el Hotel de Inglaterra?
El segundo punto oscuro era que los crímenes de Argel eran crímenes preparados, crímenes inteligentes, dirigidos a la supresión de cómplices que se habían vuelto peligrosos.
¡Los crímenes de Bergerac, por el contrario, eran los crímenes de un maníaco, de un obseso sexual, o de un sádico!
¿Acaso Samuel se había vuelto loco durante el tiempo transcurrido entre unos y otros? ¿O bien, por alguna razón sutil, había tenido que fingirse loco, y la historia de la aguja no era más que un siniestro detalle?
—Me gustaría saber si Duhourceau ha estado ya en Argelia —murmuró Maigret a media voz.
Su mujer acababa de entrar con aspecto cansado. Dejó el sombrero sobre la mesa y se dejó caer en el sillón.
—¡Qué oficio has elegido! —dijo suspirando—. Cuando pienso que te pasas la vida de esta manera.
—¿Alguna novedad?
—Nada interesante. He oído decir que se habían recibido de París informes sobre Samuel. Pero son secretos.
—Los conozco.
—¿Te lo dijo Leduc? Muy bien de su parte. Ya sabes que en el país no tienes muy buena prensa. La gente está irritada. Hay quien pretende que la historia de Samuel no tiene nada que ver con los crímenes del loco, que se trata simplemente de un hombre que vino a suicidarse a los bosques, y que de un momento a otro habrá otra mujer asesinada.
—¿Te has paseado por delante de la villa de Rivaud?
—Sí. No he visto nada. Pero me he enterado de un detalle que quizá no tenga importancia. En dos o tres ocasiones ha estado en la ciudad una mujer de cierta edad, bastante vulgar, que al parecer es la suegra del doctor. Pero nadie sabe dónde vive, ni si vive todavía. La última vez que vino fue hace dos años.
—¡Pásame el teléfono!
Y Maigret se dispuso a hablar con la Comisaría:
—¿Es el secretario? No, no vale la pena que moleste a su jefe. Dígame simplemente el nombre de soltera de la señora Rivaud. Supongo que no hay ningún inconveniente.
Unos minutos más tarde Maigret sonreía. Con la mano sobre el aparato le dijo a su mujer:
—¡Han ido a avisar al comisario para saber si pueden darme el informe! Están molestos. Les gustaría contestarme con una negativa. ¡Oiga! Sí. ¿Beausoleil? Se lo agradezco mucho.
Después de haber colgado agregó:
—¡Un nombre magnífico! Y ahora voy a darte un trabajo de benedictino: tomarás el Registro y harás una lista de todas las Facultades de Medicina de Francia. Luego telefonearás a cada una de ellas preguntando si hace algunos años le otorgaron un diploma a un tal Rivaud.
—¿Acaso sospechas que no es? Pero entonces cómo fue él quien te ha curado.
—¡Date prisa!
—¿Te parece que telefonee desde la cabina de abajo? Me he dado cuenta de que desde la sala se oye lo que se habla aquí.
—Sí, telefonea desde abajo.
Al quedarse solo una vez más, Maigret se preparó la pipa y cerró la ventana, pues comenzaba a refrescar.
No necesitaba hacer ningún esfuerzo para imaginar la villa del médico, la mansión sombría del procurador.
La atmósfera de la villa debía ser curiosa. ¡Una decoración simple, de líneas rectas!
Una de esas casas que dan envidia a los que las contemplan, que suelen comentar:
—¡Qué felices deben ser ahí dentro!
Se ven habitaciones claras, cortinas alegres, flores en el jardín. Un coche llega ante el garaje, con una joven esbelta al volante, o bien con un cirujano de aspecto agradable.
¿Qué se dirían, al anochecer, los tres, cara a cara? ¿Acaso la señora Rivaud estaba al corriente de los amores de su hermana con su marido?
No era guapa y lo sabía. Su aspecto físico hacía pensar en una madre de familia resignada.
¡Y Françoise, que respiraba juventud!
¿Acaso se escondían de ella? ¿Acaso los besos se intercambiaban furtivamente, tras las puertas?
¿O se trataba, por el contrario, de una situación admitida de una vez por todas? Maigret se había encontrado con el mismo caso en otra casa, mucho más austera aparentemente. ¡Y también en provincias!
¿De dónde salían aquellos Beausoleil? ¿La historia del Hospital de Argel sería verdadera?
En todo caso la señora Rivaud debía ser, en aquella época, una chica muy sencilla. Se le notaba en pequeños detalles, en ciertos gestos, en el modo de vestirse.
Dos chiquillas de clase muy sencilla. La mayor, menos adaptable, traicionaba sus orígenes incluso al cabo de los años.
La pequeña, por el contrario, se había adaptado por completo y era mucho más atractiva.
¿Acaso se detestaban? ¿O bien se hacían confidencias? ¿Estarían celosas la una de la otra?
¿Y la vieja Beausoleil, que había estado dos veces en Bergerac? Sin saber por qué, Maigret imaginaba a una gruesa comadre encantada de haber casado a sus hijas y recomendándoles que fuesen muy amables con un señor tan importante y tan rico como el cirujano.
¡Seguramente le pasaban una pequeña renta! ¡La veía perfectamente en París, en el distrito dieciocho, o mejor todavía, en Niza!
¿Hablarían de los crímenes durante las comidas?
¡Si pudiese hacerles una visita, una sola, de algunos minutos solamente! ¡Contemplar las paredes, los adornos, los pequeños objetos que revelan la vida íntima de la familia!
También le gustaría ir a casa del Procurador. Porque había un lazo entre ellos, quizá muy tenue, pero real.
¡Formaban un clan! ¡Se sostenían mutuamente!
Maigret tocó el timbre de repente y le pidió al dueño que subiese. De buenas a primeras le preguntó:
—¿Sabe usted si el señor Duhourceau va a cenar a menudo a casa de los Rivaud?
—Todos los miércoles. Lo sé porque no va en su coche, y es mi sobrino quien lo lleva en taxi.
—¡Gracias!
El hotelero se fue, asombrado, y Maigret, alrededor del mantel blanco que imaginaba, sentó a un nuevo comensal: el procurador de la República, al que debían colocar a la derecha de la señora Rivaud.
—¡Y fue un miércoles, o mejor dicho, la noche del miércoles al jueves, cuando yo fui asaltado al bajar del tren, y cuando Samuel fue asesinado! —descubrió de repente.
¡De modo que habían cenado todos juntos! Maigret tenía la impresión de avanzar de pronto a pasos de gigante. Descolgó el teléfono:
—¿Oiga? ¿La Telefónica de Bergerac? Aquí la Policía, señorita.
Hablaba con voz autoritaria porque tenía miedo de que le preguntasen quién era.
—¿Quiere decirme si el miércoles pasado el señor Rivaud recibió una comunicación telefónica desde París?
—Voy a consultar su hoja.
No tardó ni un minuto.
—A las dos de la tarde recibió una conferencia del número 14-16.
—¿Tiene ahí la lista de los abonados de París clasificados por números?
—Me parece que sí. Aquí la tengo. A ver. Es el Restaurante Cuatro Sargentos, en la Plaza de la Bastilla.
—¿Una comunicación de tres minutos?
—¡No! ¡Tres unidades! ¡Es decir, nueve minutos!
¡Nueve minutos! ¡A las dos de la tarde! ¡Y el tren salía a las tres! Por la noche, mientras Maigret se encontraba en el tren, bajo la litera de un hombre atormentado por el insomnio, el procurador cenaba en casa de los Rivaud.
Maigret se hallaba preso de una impaciencia loca. ¡Estaba a punto de saltar de la cama! Notaba que se aproximaba a su objetivo y que ya no era momento de equivocarse.
La verdad estaba allá, en alguna parte, al alcance de la mano. No era más que una cuestión de reflexión, de interpretación de los elementos que poseía.
Pero era precisamente en aquellos momentos cuando se corría el riesgo de lanzarse de cabeza sobre una pista falsa.
—Veamos. Se sientan a la mesa. ¿Qué fue lo que Rosalía insinuó contra el señor Duhourceau? Sin duda sus ardores, incompatibles con su edad y sus funciones. En las ciudades pequeñas no se puede acariciar la barbilla de una chiquilla sin pasar por un viejo verde. ¿Acaso Françoise? Precisamente el tipo de mujer adecuado para inflamar a un hombre de cierta edad. Decíamos que se sientan a la mesa. En el tren, Samuel y yo. Y Samuel tenía miedo. Realmente tenía miedo. Temblaba. Respiraba entrecortadamente.
Maigret estaba en trance. Oía el ruido que hacían las sirvientas al colocar los platos en el comedor.
—¿Saltó del tren en marcha porque se creía perseguido, o porque se creía esperado?
¡Aquélla era la pregunta básica! Maigret se dio cuenta de ello. Acababa de tocar un punto sensible. Repitió en voz baja, como si alguien fuese a responderle:
—… porque se creía perseguido o porque se creía esperado.
Aquella llamada telefónica.
En aquel momento entró su mujer, tan agitada que no se fijó en la expresión de Maigret.
—¡Hay que hacer venir enseguida a un médico, a un verdadero médico! ¡Es inaudito! ¡Es un crimen! Cuando pienso que…
Y lo contempló como buscando sobre su rostro estigmas inquietantes.
—¡No tiene diploma! ¡No es médico! No se halla inscrito en ningún registro. Ahora comprendo por qué te dura tanto la fiebre, y por qué no se te cierra la herida.
—¡Ya lo tengo! —gritó Maigret triunfante—. Saltó porque se sabía esperado.
Sonó el teléfono. El dueño del Hotel estaba al aparato.
—El señor Duhourceau pregunta si puede subir.