V

En la calle reinaba ya la oscuridad. El cielo, de un sucio color frambuesa, estaba nublado. Un tranvía me adelantó; a través de los cristales cubiertos de nieve brillaban las luces encendidas del vagón como naranjas aplastadas. En la parte trasera del tranvía, la rejilla caída rozaba el suelo y lanzaba hacia arriba un chorro blanco de nieve. Me imaginé que en el interior del vagón, que crepitaba sonoramente a causa del hielo, reinaría un olor ácido a paño mojado y los pasajeros irían apretujados, unos sentados, otros de pie, lanzándose mutuamente el vapor espeso de su putrefacto aliento matinal. Delante de mí iba un viejo con un bastón. Se detenía con frecuencia, apoyaba el vientre contra el bastón y durante largo rato carraspeaba ruidosamente. Sus ojos, cuando se detenía y tosía, miraban la nieve como si vieran en ella algo terrible. Cada vez que lanzaba un escupitajo verdoso, mi garganta tragaba y de mí se apoderaba la sensación de que estaba tragando lo que él acababa de expulsar. Nunca hubiera pensado que un hombre, que todos los hombres pudieran despertar una repugnancia tan inmensa como la que yo sentía esa mañana.

En la esquina el viento agitaba los carteles del teatro en un poste anunciador. Cuando entré en esa zona, una niña cruzaba corriendo la calle delante de un camión cuyas cadenas retumbaban. En la acera de enfrente la madre parecía petrificada por el miedo, pero cuando la pequeña llegó indemne hasta ella, la agarró con fuerza por el brazo y la pegó. La niña lloraba, con los ojos tan finos como hendiduras y la boca cuadrada. Todo estaba claro: la madre vengaba en su hija el miedo que ésta le había hecho pasar. ¡Pues si la madre es la persona de la que debemos sentirnos más orgullosos, qué podemos decir de los demás!

Cuando entré en nuestro patio, ya había amanecido y empezaba a clarear. En el camino habían echado una arena amarillenta y brillante, en la que alguien había dejado con sus chanclos nuevos unas huellas como de viruela. El jardín de los señores estaba desatendido y sucio. A causa de la nieve que habían arrojado desde el patio, su altura había aumentado y los árboles parecían más cortos. Sobre esa nieve había desparramadas sin ningún orden unas tablas negras y mojadas, en las que costaba reconocer los asientos de los bancos, cubiertos por montoneras de nieve.

Matvei limpiaba con tiza el picaporte de la puerta, haciendo con la mano libre los mismos movimientos que con la otra; cuando me acerqué, sonó el teléfono y él salió corriendo en dirección a la cabina. Subí por las escaleras y abrí la puerta. Arrojé la gorra sobre la repisa del espejo colgado, lo que hizo temblar la mesa del comedor, con el samovar sin recoger desde la víspera; tratando de no hacer ruido, atravesé el pasillo y entré en mi habitación.

En un primer momento me sorprendió que la lámpara próxima a la ventana aún estuviera encendida e incluso traté de recordar cuándo había olvidado apagarla. Pero en ese instante mi madre se levantó del sillón, apoyándose penosamente con las manos en los brazos del mueble, y vino hacia mí. Me miraba fijamente a los ojos y se acercaba con pasos lentos. Mientras contemplaba sus ojos, todo a mi alrededor quedó en un terrible silencio. En la cocina goteaba el grifo, levantando un rumor como de cuerdas que se rompen. «Ladrón», dijo mi madre, moviendo apenas los labios en su amarillenta cara. Pronunció esa terrible palabra con un susurro preciso y ni siquiera parpadeó cuando, obedeciendo a cierta necesidad exterior de actuar —aunque horrorizándome de mi acción al tiempo que la ejecutaba—, alcé la mano y le golpeé la cara. «Mi hijo es un ladrón», susurró mi madre, con voz serena y amarga, como si expresara un juicio para sí misma; sacudiendo horriblemente su cabellera cenicienta y ralentizando sus movimientos, como queriendo comprobar si iba a pegarla otra vez, se dirigió a la puerta lentamente, con los hombros y los brazos caídos en un gesto de desesperanza.

En los tubos de la calefacción, bajo el alféizar de piedra, algo susurraba, silbaba, fluía. De ese lugar emanaba un calor sofocante. Sobre la mesa, sin dar luz, el hilo de la bombilla se consumía con un resplandor amarillo. Mi nariz estaba hinchada y no dejaba pasar el aire. Detrás de la ventana la casa vecina empezó a cubrirse de arrugas; su chimenea se desprendía y trepaba húmedamente por los metálicos cielos. Me abstuve de contener las lágrimas que fluían de mis ojos.