Rosaria tenía razón en una cosa: desde su pequeño rincón tras la máquina de café, Maria Domenica oía los chismes de todo el pueblo. La gente hablaba y ella escuchaba.
—¿Te has enterado de la noticia? —Gina Rossi se sentó con cuidado en uno de los taburetes de cuero rojo alineados junto a la barra de acero inoxidable—. Marco Manzoni ha desaparecido. Se marchó el domingo temprano y no ha vuelto desde entonces.
Más tarde su tía Lucia le diría:
—He oído que su ropa ha desaparecido. Y también sus discos. Su madre, Elena, no sabe una palabra de él desde hace días.
Al día siguiente:
—Pobre Elena, le han robado. —Esta vez era Gloria Ferrero, la mujer del carnicero—. ¿Te acuerdas de las medallas de oro que llevaba a todas partes en el bolso para tenerlas a buen recaudo? ¡Pues han desaparecido! Se niega a creer que haya sido Marco. Pero, la verdad, ¿quién más ha podido hacerlo?
Y una semana más tarde:
—¿Te has enterado de que Elena Manzoni ha recibido una carta del inútil de su hijo? Por lo visto está en Roma. Viviendo con su primo; seguro que se ha metido en un montón de líos.
Finalmente fue la propia Elena quien anunció en voz alta y con la barbilla temblorosa a todos los reunidos en los taburetes y las mesas:
—Qué chico tan trabajador, mi Marco. Solo lleva un par de semanas en Roma y ya ha encontrado trabajo en una carnicería con su primo. Mi chico llegará lejos. —Y a continuación, dando una palmadita a Maria Domenica en la mano, dijo—: No te preocupes, cara. Sé que tenías las esperanzas puestas en él. Pero encontrarás a otro buen chico que te quiera.
Mientras servía tacitas blancas de espresso negro y cargado a los habituales del establecimiento, Maria Domenica notaba sus miradas de compasión. Se imaginó que Elena, o su madre, había estado hablando. Bueno, podían pensar que Marco le había partido el corazón. A ella le daba igual. La única persona que Maria Domenica no soportaba que creyera aquella falacia de su amor por Marco era Franco Angeli.
—Así que tu novio se ha largado del pueblo —bromeó él una tarde ajetreada, durante un momento de calma en medio del interminable ir y venir de los clientes.
—No es mi novio. Nuestras madres intentaron juntarnos. Pero le prometo que yo nunca mostré el menor interés por él. No quiero un novio, me siento bien tal como estoy.
—Todas las chicas quieren tener novio. —Franco se estaba riendo de ella—. Tú quieres casarte y tener hijos, ¿verdad?
—¿Sería tan amable de decirme dónde está escrito que todas las chicas tengan que casarse, tener niños y pasarse el resto de la vida trabajando como esclavas en la cocina como hace mi madre?
Un par de clientes habituales que estaban en una esquina alzaron la vista de sus vasos de Campari con soda, sorprendidos ante la vehemencia de la joven.
—No está escrito en ninguna parte —dijo Franco—. Simplemente la mayoría de las chicas quieren casarse, eso es todo. Y también los chicos, aunque a menudo fingen lo contrario. El día de mi boda fue el más feliz de mi vida. Y el día que nació mi Giovanni, el que más orgulloso me he sentido.
Maria Domenica se irritó con Franco e inmediatamente después se sintió culpable. Él no tenía la culpa de no entenderla; ella misma solo era capaz de entenderse a medias. Se quedó mirando la Venus pintada detrás de la máquina de discos.
—Bueno, no todo el mundo es igual, ¿verdad? —respondió ella—. Hay gente que espera otras cosas de la vida.
Franco dejó de limpiar la máquina Gaggia y centró toda su atención en la muchacha.
—¿Y qué es lo que esperas de la vida, Maria Domenica, si no es casarte y tener hijos?
Ella frunció el entrecejo. ¿Cómo podía explicárselo? Desde hacía mucho tiempo sabía que la granja donde se había criado era demasiado pequeña para ella. Incluso de niña, tras acabar sus tareas diarias, le gustaba quitarse el delantal y tumbarse debajo de los melocotoneros, contemplar los trozos de cielo azul que se veían entre las ramas y fingir que era otra persona.
El deseo que sentía de escapar era cada vez más fuerte, sobre todo después de ver la facilidad con la que Marco parecía haberlo logrado. Quería vivir durante un tiempo en un lugar donde nadie supiera quién era ella, donde nadie conociera a su familia o la recordara de niña, donde nadie se hubiera sentado a su lado en el colegio o hubiera jugado con ella en La Sabbia D’Oro. Entonces podría ser quien quería ser. Podría ser alguien totalmente diferente. Pero ¿cómo podía explicar aquello a Franco?
—No es que no quiera tener un marido y una familia —consiguió decir al fin—. Simplemente no lo quiero todavía. Antes quiero llegar a ser alguien.
—¡Pero si ya eres alguien! —Franco volvió a reírse y le lanzó el trapo—. Toma, puedes ser alguien que acabe esto. Me voy a comprar el periódico al otro lado de la calle, y luego quiero cinco minutos de paz y tranquilidad para leerlo antes de volver a trabajar.
Algunos días, el hijo de Franco, Giovanni, dejaba los deberes del colegio y se acercaba a echar una mano durante un par de horas. Era un muchacho flaco y serio que la seguía por el café como un perrito fiel y se ruborizaba hasta las raíces de su pelo moreno cortado al rape cada vez que ella le decía algo. Aunque solo intentaba ayudar, siempre parecía encontrarse en el exacto lugar donde Maria Domenica quería ir. Se le caían las cosas de las manos y se hacía un lío con los pedidos, pero era el único hijo de Franco y ella era amable con él.
Algunos días, Rosaria se pasaba por el café y se sentaba en un taburete alto junto a la barra. Nunca hablaba mucho; parecía encantada de poder comer y observar cómo ellos trabajaban. Su avidez por los refrescos con burbujas y las tartas de crema sorprendía incluso a Franco.
—Me gustan las chicas que saben vaciar un plato —decía él, ofreciéndole a Rosaria un pastel crujiente con forma de caparazón lleno de ricotta, vainilla y cáscara de naranja rallada con azúcar, mientras la muchacha masticaba pausadamente—. Prueba ahora una de estas sfogliatelle, están deliciosas. Buon appetito.
Franco era tan bondadoso que la mitad de las veces no le cobraba sus festines. Pero Rosaria siempre llevaba algunas monedas en el bolsillo para ofrecer como pago. Maria Domenica había intentado un par de veces lanzarle a su hermana una mirada interrogativa cuando le daba el cambio, y había recibido en respuesta una mirada dura y hosca. Tal vez Rosaria revolvía la cómoda de Pepina cuando ella estaba de espaldas, o cogía una moneda olvidada sobre la mesa en cuanto se le presentaba la ocasión. Maria Domenica sabía que debía decir o hacer algo, pero temía el drama que podría desencadenar. Parecía más fácil guardar silencio y mirar cómo masticaba Rosaria.
Estaba convencida de que su hermana había aumentado una talla, tal vez dos, desde que Marco se había marchado. Si la miraba detenidamente parecía que podía ver cómo engordaba cada hora.
—Otra Coca-Cola, per favore. —La voz de Rosaria quedó amortiguada por el enorme pastel que se estaba metiendo en la boca.
—Dios mío, Franco, quítele el plato o se comerá otro.
—No seas tan repelente, Maria Domestica. Tengo hambre. Apenas he probado bocado en todo el día. Solo he tomado un poco de pan y un chocolate caliente esta mañana. Me paso las horas trabajando. No he parado desde hace semanas. ¿Sabes que no he ido a la playa desde aquel día que querías ir a buscar a Marco y luego cambiaste de opinión?
—Eras tú la que quería ir a buscar a Marco, no yo.
—De todos modos no lo vi. —Rosaria despachó el pastel y dio un largo sorbo de Coca-Cola—. ¿No te preguntas qué estará haciendo ahora?
—¿Quién sabe?
—Tal vez vaya a Roma y lo encuentre.
—Sí, claro. Tienes catorce años, Rosaria. La policía te cogería y te traería directamente a casa, y allí te estaría esperando mamma para darte un bofetón.
Rosaria respondió maliciosamente:
—Estás celosa. A él siempre le gusté más que tú.
—¡No, Marco se gustaba más a sí mismo de lo que le gustábamos ninguna de nosotras!
Franco intervino.
—Chicas, chicas, no os peleéis. Maria Domenica, ahí hay unas mesas que necesitan que se les pase un trapo. Y Rosaria, ¿puedo servirte algo más?
Mientras ella limpiaba y su hermana pequeña comía, Maria Domenica se sintió extrañamente contenta. Parecía como si los momentos más felices de esa época los pasara en aquel pequeño café lleno de vapor. Le encantaba la vista de la que gozaba desde detrás de la barra: los taburetes de cuero rojo y las sillas que limpiaba a diario, la máquina de discos que relucía en el rincón y el gran espejo con marco dorado situado en la pared del fondo, donde se reflejaba todo el local. Había ocasiones en que sentía que no quería dejar nunca aquel lugar. Pero no tenía más que alzar la vista hacia las pinturas que cubrían el resto de las paredes y el techo para recordar que había todo un mundo allí fuera. No era grave querer verlo un poco, ¿verdad?