5
–Los que estamos aquí sabemos bien por qué. Y puedo decir que nadie en esta sala siente más este momento que yo, que viví y me preparé para él, temeroso del día en que llegaría. Y lo temía porque sabía, sin rodeos, que en el momento que llegara, como de hecho ocurrió, significaría que habría perdido, como perdí, el mayor de todos los momentos de mi vida. Pues ningún momento de mi vida será más grande que aquellos que pasé con mi padre, el rey Primo Branford.
Así comenzó Anisio su discurso. Sus palabras tocaron los corazones de todos aquellos nobles que tenían un corazón, de los sirvientes que, aunque en las últimas filas, gozaban el privilegio de escuchar tales palabras, y de los monarcas que veían en Primo Branford a un aliado. Blanca Corazón de Nieve mantenía una expresión inamovible: sin sonrisas ni lágrimas, atenta a cada palabra y nada más.
Axel Branford sentía que se le erizaba la piel.
—Me honra profundamente la presencia de los monarcas y los representantes reales del continente en este palacio. Me honra y me ayuda. No piensen que es fácil ser hijo del más grande de todos los reyes. No piensen que es fácil sentarse aquí y dar inicio a la mayor de todas las cargas, pues quien es rey y merece serlo, o quien acompaña de cerca la vida de un monarca merecedor de tal título, conoce bien la responsabilidad que cargamos desde la cuna, por encima de nuestro propio ego, en el moldeo de nuestra propia vida —una pausa—. En este momento sublime, delante de mi familia, de mis aliados y mis opositores, y de mi futura esposa y reina, juro por la sangre de un Branford que no daré paso a la debilidad y que seré un canal de toda lección aprendida. Juro que seré enérgico cuando sea preciso y flexible cuando resulte necesario. Por último juro que separaré lo justo de lo injusto cuando sea inevitable.
Algunos en el salón se miraron con el mismo gesto intranquilo con que se miran los desconfiados. Se preguntaban, en profundo silencio, el significado de aquellas palabras. La mayoría había sacado su propia conclusión y sonreía independientemente de esta, menos uno, pues él comprendía, si bien no le gustaban los rumbos que iban tomando los acontecimientos. Ferrabrás. Victon Ferrabrás. El rey que renunció a su corona, extinguió la monarquía de Minotaurus y se consagró como emperador, según los dichos más por la fuerza que por la ley, observaba a Anisio con los ojos entrecerrados, como si una ventisca de granos de arena le cortara la cara, y mantenía una expresión inusual en aquel rostro sin vellos.
En su interior sólo había una certeza: en el futuro chocaría de frente con Anisio Branford.
—Pues ahora yo, Anisio Terra Branford, renuncio ante el Consejo Real y ante todos ustedes al puesto de primer príncipe real para convertirme en el legítimo rey de Arzallum. Y juro cumplir con honor mis promesas y ser, hoy y todos los días que me resten por vivir, el mejor monarca que pueda —hubo una fuerte inspiración—. Pues, señores, jamás olviden que yo no soy el mayor rey que ha existido sobre las tierras de Nueva Éter.
«Pero soy su hijo».
Aplausos. Genuinos, arrebatados, apasionados. Y un hecho: el ser humano se siente bien cuando resulta deslumbrado. Otorga una credibilidad mayor y mira en forma distinta una situación cuando eso ocurre. Pero un contenido débil puede ser disfrazado con facilidad y vendido bien mediante una buena presentación. Conversa con los vendedores de las calles, aquellos que ofrecen bagatelas en carretas jaladas por burros de ciudad en ciudad, y te contarán historias similares a montones.
Allí, en aquel palacio, el escenario era perfecto. Existía la situación, la audiencia, la oportunidad. Sobre todo existía el instrumento perfecto para el espectáculo. Anisio sabía hablar, elegir las palabras, las pausas, el timbre, el silencio entre determinadas frases. Igual que su padre, cuando se expresaba era como si una orquesta invisible e inaudita tocara sus instrumentos intangibles para ratificar la emoción propuesta por las palabras. Créeme: podrías detestar a Anisio, podría no importarte ni un poco la política, podrías incluso no pertenecer a este plano existencial y, por lo tanto, no tener nada que ver con los asuntos reales de ninguna región de Nueva Éter. Aun así tú, en ese momento, sin sombra alguna de duda, habrías aplaudido de pie y con gusto el nacimiento del nuevo rey de Arzallum. A la postre, vendrías preparado para eso.
Mas no para lo que vendría a continuación.