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El ejército de Brobdingnag observaba la escena conmocionado. Como dije anteriormente, y tengo la seguridad de que nadie debe haberlo olvidado, había varios tipos de guerra en Nueva Éter. Se trataba de naciones de hombres y seres diferentes, y así como las filosofías y las artes, las manifestaciones de guerra también varían de acuerdo con las geografías y la manera de percibir el mundo. Sin embargo, por más que para eso hubiera que pagar con sangre, resultaba fascinante para un hombre entrenado para la batalla conocer otros horizontes bélicos en el campo de muerte y sobrevivir para contar la historia y mejorar sus estrategias.
Fascinante y aterrador.
Lord Bradamante, la comandante de las tropas humanas de Arzallum, estaba otra vez al frente, pero en esta ocasión no iba sola. A su lado había otros dos, y si eso fue capaz de asombrar a un ejército de miles de gigantes fue porque era un detalle digno de notarse.
Porque a su lado estaban un bardo y una bruja.
El bardo y la bruja dieron pasos al frente, pero los ojos de los gigantes, o de cualquier otro presente en ese campo de batalla, eran sólo para la bizarra mujer. Se trataba de una mujer horrenda, sucia, con ropas harapientas, arrugadas y cubiertas de manchas y excrementos. Había piojos e insectos en sus cabellos, pendientes de diseños psicodélicos en partes de su cuerpo, brazaletes bizarros en sus brazos y sus tobillos, y tenía una postura inclinada que acompañaba un andar taimado y vacilante. Sujetaba un cayado con las dos manos, formado por una lanza con la cabeza de Polifemo en la punta, y el peso de aquella cabeza debía ser grande, pues se notaba la fuerza que tenía que invertir para mantenerlo derecho.
La lanza fue pasada al bardo, que se sintió satisfecho ante tal exhibición.
Los gigantes incluso pensaron en comenzar el avance sobre el ejército humano, pero entonces la maldita bruja tomó dos maracas, comenzó a saltar en un pie y a alternar entre una y otra piernas como una criatura debilitada mentalmente que intentara llamar la atención. Que una criatura hiciera algo así habría sido ridículo, pero que aquella bruja lo hiciera después de una exhibición de magia antigua resultaba macabro.
Bradamante sentía los fuertes, rápidos y vivos latidos de su corazón. Lo que la capitana militar hacía en aquel campo de batalla era invocar un estilo de guerrear que ninguna nación estilaba ya, al menos en ese continente. Traía de vuelta a brujas y a hechiceros al campo de batalla para escupir maldiciones y maledicencias al enemigo, excecrando a tantas generaciones como fuera preciso para hacer que un ser vivo temiera quitarle la vida a otro. Una forma de guerra casi prohibida ya.
Una forma de guerra de la era antigua.
Los ejércitos habían dejado de hacerlo cuando Primo Branford inició la Cacería de Brujas, cuando quemó a hechiceras en las plazas públicas y condenó a cualquiera que apoyara tales prácticas sucias. Para ser coherentes con ese discurso, los reyes dejaron de llevar misticismos y brujerías a los campos de batalla, que se convirtieron en zonas de guerra sólo para los guerreros acostumbrados al acero, el hierro, la madera y nada más. Surgió así una nueva generación de soldados y líderes militares, y sólo los más antiguos habían visto cómo eran las guerras de aquella época, pues los más jóvenes sólo oían hablar de ellas por medio de los bardos.
Hasta ese día.
—¡Que la lengua de cada niño gigante nacido después de este día se transforme en gusanos que lo sofocarán incluso durante el parto! —comenzó a gritar la «bruja», agitando las maracas y contoneándose desgarbada como una bailarina ebria y surrealista.
El bardo Hamelín comenzó a gritar en ögr lo que la bruja decía. Había una sonrisa inevitable en sus labios, de quien disfrutaba la función.
—¡Que la virilidad de sus machos se marchite como muertas flores de árbol!
En otra situación Bradamante también se habría reído de todo aquello. El hecho era que la enfermera Clarabela representaba bien ese personaje que habían creado, pero parecía que lo hacía demasiado bien. En poco tiempo sus hombres la habían escupido, ensuciado con insectos, humillado y lanzado pedazos de cosas en el cuerpo, además de todo lo que la mente de un hombre perturbado siente ganas de hacer con una persona que se deje molestar gratuitamente tan sólo por su fealdad o por la diferencia en su concepto de normalidad. En esta ocasión, con todo, y por más que las humillaciones fueran aún más abusivas de lo que solían ser, Clarabela por primera vez se sintió en la cima del mundo. Pues esta vez ya no era la Pata Fea que no encajaba entre los gansos.
Esta vez ella era la que salvaría la vida de toda la laguna.
Mientras la atención de todos se desviaba hacia la supuesta bruja que danzaba en un solo pie, exhibiendo de vez en cuando el trasero como una perra preñada y agitando las maracas entre imprecaciones sin sentido, pero aterradoras, la capitana comenzó a dibujar círculos en el suelo de tierra muerta. La punta de la espada iba formando varios largos e inmensos círculos que se entrecruzaban como decenas de símbolos del infinito. Runas desconocidas eran trazadas en determinados puntos, y por más silenciosa que estuviera durante la tarea, resultaba posible decir que parecía rezar durante el acto.
Siguiendo sus instrucciones, al menos cinco decenas de soldados hacían lo mismo y copiaban los círculos entrecruzados y las runas dibujadas en sus centros, a modo de crear círculos de tierras muertas a lo largo de una gran extensión.
—¡Y que el toque de la lluvia queme sus pieles como agua hirviendo! —gritó con énfasis la bruja maldita mientras el bardo repetía una vez más sus gritos en ögr.
Después de la traducción, el bardo sonrió.
—¿De qué te ríes? ¿No está bien? —le susurró Clarabela a Hamelín entre fingimientos y simulaciones.
—Sí. Lo que pasa es que en Brobdingnag no llueve. ¡No por casualidad lo llaman el reino encima de los cielos!
Clarabela chasqueó la lengua, irritada, como si eso no tuviera importancia.
—¡Ay, al diablo! Hoy lloverá.
Entonces lord Bradamante terminó de trazar sus círculos y escuchó una corneta de guerra.
La atención de hombres y gigantes se volvió para otro lado de aquel campo extenso y erosivo de donde se aproximaba la marcha de un ejército disciplinado. Se trataba de un punto más elevado, formado por crestas volcánicas que culminaban en salientes de roca pura. Así era el escenario de batalla de una guerra seca. El corazón arzallino se aceleró al buscar la esperanza de ver surgir, en aquel extenso y oscuro horizonte sedimentario, la figura del rey Branford comandando el ejército de un reino aliado, con la esperanza de que los gigantes, al fin, serían vencidos, y de que no sería aquel día cuando la Banshee los viera llorar.
Y cuando el nuevo estandarte que se aproximaba se acercó lo bastante para ser identificado, el sentimiento de esperanza dio lugar a la desesperación que oprime la garganta y sofoca la respiración. Miles de sueños arzallinos se despedazaron cuando avistaron a los cinco mil nuevos hombres que llegaban para pelear en aquel campo de batalla para decidir la guerra incluso antes del combate. Los gigantes comenzaron a gritar hurras y a golpearse el pecho como gorilas monstruosos, mientras los arzallinos lloraban por ambos lados de la cara, en la creencia de que ya lo hacían por uno solo. Y no había forma de culpar a un solo hombre por eso. El estandarte del inmenso toro temblaba en las Tierras Muertas. La esperanza de una victoria milagrosa se volvió, de pronto, de una hora para otra, en el delirio de un ejército moribundo.
Minotaurus había llegado.