Versos 1-4: Yo era la sombra del picotero asesinado, etc.

En esos primeros versos la imagen se refiere evidentemente a un pájaro que se estrella, en pleno vuelo, contra la superficie externa de un vidrio donde un cielo reflejado, con su color apenas más oscuro y una nube apenas más lenta, da la ilusión del espacio continuo. Podemos imaginarnos a John Shade al comienzo de su adolescencia, un muchachito de un físico sin atractivo pero por otra parte admirablemente desarrollado, que experimenta el primer choque escatológico cuando con dedos incrédulos recoge del césped el cuerpo ovoide y compacto y contempla las rayas rojo cera que adornan esas alas gris marrón y las graciosas plumas de la cola con la punta amarillo brillante como pintura fresca. Cuando tuve la suerte de ser vecino de Shade, durante el último año de su vida, en las idílicas colinas de New Wye (véase Prólogo), solía ver esos pájaros particulares alimentándose alegremente de las bayas azul pastel de los enebros que crecían en la esquina de su casa. (Véanse también versos 181-182).

Mi conocimiento de las aves de jardín se había limitado a las del norte de Europa, pero un joven jardinero de New Wye en quien yo estaba interesado (véase nota al verso 998), me ayudó a identificar los perfiles de no pocos de esos pequeños extranjeros de aspecto tropical y sus cómicos llamados; y naturalmente, cada cima de árbol dirigía su línea punteada hacia el tratado de ornitología que estaba sobre mi escritorio al cual me lanzaba yo desde el césped en nomenclatúrica agitación. ¡Qué difícil me resultaba aplicar el nombre de «petirrojo' al impostor suburbano, el ave grosera, con su librea descuidada de un rojo opaco y esa fruición repugnante con que consumía largos, tristes, pasivos gusanos!

Dicho sea de paso, es curioso observar que un pájaro con cresta, llamado en zemblano sampel («cola de seda»), muy parecido al picotero por su forma y su color, es el modelo de una de las tres criaturas heráldicas (las otras dos son un reno natural y un tritón azur con crin de oro) del escudo de armas del rey zemblano Charles el Bienamado (nacido en 1915), cuyos gloriosos infortunios comenté tantas veces con mi amigo.

El poema fue empezado en el centro justo del verano, pocos minutos después de la medianoche del 1o de julio, mientras yo jugaba al ajedrez con un joven iranio matriculado en nuestros cursos estivales; y no me cabe duda de que nuestro poeta hubiera comprendido la tentación de sincronizar cierto hecho fatídico, la partida de Zembla del pretendido regicida Gradus, y esa fecha. En realidad Gradus salió de Onhava en el avión de Copenhague el 5 de julio.

Verso 12: la tierra de cristal.

Quizá una alusión a Zembla, mi querida patria. Después de esto, no estoy del todo seguro de haber descifrado correctamente el borrador descosido, medio borrado:

Ah, no debo olvidar de decir algo

que mi amigo me contó de cierto rey.

¡Ay, hubiera dicho mucho más si cierta anticarlista de su medio familiar no hubiera controlado cada línea que él le comunicaba! Más de una vez lo reprendí en tono de broma:

—¡Debería prometerme de veras que usará todo ese material maravilloso, mal poeta con canas! —Y los dos nos moríamos de risa como chicos. Pero luego, después de la inspiradora caminata vespertina, teníamos que separarnos y la noche amenazadora levantaba el puente levadizo entre su fortaleza inexpugnable y mi humilde morada.

El reinado de ese Rey (1936-1958) será recordado al menos por algunos historiadores sagaces por pacífico y elegante. Gracias a un fluido sistema de sensatas alianzas, Marte nunca ensombreció los anales de su tiempo. En el plano interno, mientras la corrupción, la traición y el Extremismo no penetraron en él, la Plaza del Pueblo (parlamento) funcionó en perfecta armonía con el Consejo Real. En efecto, la armonía era la contraseña del reino. Florecían las bellas artes y la ciencia pura. Se permitía el desarrollo de la tecnología, la física aplicada, la química industrial, etc. Un pequeño rascacielos de vidrio ultramarino se levantaba lentamente en Onhava. El clima parecía mejorar. Los impuestos se habían convertido en una obra de arte. Los pobres se enriquecían un poco y los ricos se empobrecían un poco (con arreglo a lo que algún día se llamará quizá la ley de Kinbote). La asistencia médica se iba extendiendo a los confines del Estado; cada otoño, en su viaje por el país, cuando los fresnos alpestres se cargaban de frutos coral y los charcos tintineaban como mica, era cada vez menos frecuente que el cordial y elocuente monarca fuera interrumpido por un acceso de tos ferina en medio de una multitud de escolares. El paracaidismo había llegado a ser un deporte popular. Todo el mundo, en una palabra, estaba contento, incluidos los agitadores políticos que provocaban alegremente una agitación pagada por un Sosed contento (el gigantesco vecino de Zembla). Pero no sigamos con este tema fastidioso. Para volver al Rey: tomemos por ejemplo el problema de la cultura personal. ¿Cuántas veces se han dedicado los reyes a alguna investigación especial? Entre ellos, los conquiliologistas se pueden contar con los dedos de una mano mutilada. El último rey de Zembla —en parte por influencia de su tío Conmal, el gran traductor de Shakespeare (véanse notas a los versos 39-40 y 962»)—, a pesar de sus frecuentes jaquecas se entregó apasionadamente al estudio de la literatura. A los cuarenta años, no mucho antes de la caída de su trono, había alcanzado tal grado de erudición que se atrevió a acceder al ronco pedido de su venerable tío moribundo: —¡Enseña, Karlik! —Desde luego, hubiera sido indecoroso que un monarca apareciera con la toga profesoral en una cátedra universitaria para presentar a rosados jóvenes el Finnegans Wake como una monstruosa extensión de las «incoherentes transacciones» de Angus MacDiarmid y del Lingo-Grande de Southey («Querido Stumparumper», etc.), o discutir las variantes zemblanas, compiladas en 1978 por Hodinski, del Kongs-skugg-sio (El espejo real), obra maestra anónima del siglo XII. Dio, pues, sus clases bajo un nombre supuesto y con un pesado maquillaje, peluca y barba postiza. Todos los zemblanos de barba castaña, mejillas coloradas y ojos azules se parecen, y yo que hace ya un año que no me afeito, me parezco a mi rey disfrazado (véase también la nota al verso 894).

Durante esos períodos de enseñanza, Charles Xavier se impuso la costumbre de dormir en un pied-à-terre que había alquilado, como lo hubiera hecho cualquier ciudadano erudito, en la calle Coriolanus: un estudio encantador, con calefacción central, cuarto de baño y cocinita. Uno recuerda con nostálgico placer su alfombra gris claro y las paredes gris perla (una de ellas ornada por una copia solitaria del Chandelier, pot et casserole émaillée, de Picasso), un anaquel de poetas encuadernado en cuero de becerro, y un diván de apariencia virginal bajo su manta de imitación piel de panda. ¡Qué lejos de esta límpida simplicidad parecían el palacio y la odiosa Sala del Consejo con sus problemas insolubles y sus consejeros aterrados!

Verso 17: Y después el doble azul gradual; Verso 29: gris.

Por una extraordinaria coincidencia (inherente quizá a la índole contrapuntística del arte de Shade) nuestro poeta parece nombrar aquí (gradual, gris) a un hombre a quien vería durante un instante fatal tres semanas más tarde, pero cuya existencia no podía haber conocido en ese momento (2 de julio). Jakob Gradus utilizaba varios nombres: Jack Degree o Jacques de Grey, o James de Gray, y aparece también en los prontuarios policiales como Ravus, Ravenstone y d'Argus. En su morbosa preferencia por la Rusia rubicunda de la era soviética, sostenía que el verdadero origen de su nombre debía buscarse en la palabra rusa que significa uva, vinograd, convertida, gracias al añadido de un sufijo latino, en Vinogradus. Su padre, Martin Gradus, había sido pastor protestante en Riga, pero aparte de él y de un tío materno (Roman Tselovalnikov, oficial de policía y miembro a tiempo parcial del partido social-revolucionario), el resto del clan parece haberse dedicado al comercio de bebidas alcohólicas. Martin Gradus murió en 1920 y su viuda se trasladó a Estrasburgo donde murió también en seguida. Otro Gradus, comerciante alsaciano que, cosa extraña, no tenía ningún parentesco con nuestro asesino pero había mantenido una relación comercial bastante estrecha con sus padres durante años, adoptó al muchacho y lo crio con sus propios hijos. Parecería que en cierto momento el joven Gradus estudió farmacología en Zurich, y en otro viajó por brumosos viñedos como degustador ambulante de vinos. Lo encontramos después metido en actividades subversivas: imprimiendo panfletos atrabiliarios, haciendo de mensajero para oscuros grupos sindicalistas, organizando huelgas en fábricas de vidrio, y esa clase de cosas. En los años cuarenta vino a Zembla como vendedor de aguardiente. Allí se casó con la hija de un tabernero. Sus relaciones con el partido extremista datan de los primeros y feos manejos de este, y cuando estalló la revolución, sus modestos dones de organizador fueron un tanto apreciados en diversos servicios. Su partida a Europa occidental, con un sórdido propósito en el corazón y una pistola cargada en el bolsillo, ocurrió el mismo día en que un inocente poeta en un inocente país comenzaba el Canto Segundo de Pálido fuego. Acompañaremos constantemente a Gradus en pensamiento, mientras se abre camino desde la distante y triste Zembla hasta la verde Appalachia, todo a lo largo del poema, siguiendo el camino de su ritmo, desfilando en una rima, deslizándose alrededor de un encabalgamiento, respirando con la cesura, balanceándose hasta el pie de la página de verso en verso como de rama en rama, escondiéndose entre dos palabras (véase la nota al verso 596), reapareciendo en el horizonte de un nuevo canto, acercándose regularmente con paso yámbico, cruzando calles, subiendo con la valija la escalera mecánica del pentámetro, bajando, abordando un nuevo tren de pensamiento, entrando en el vestíbulo de un hotel, apagando la lámpara de la mesa de luz, mientras Shade borra una palabra, y durmiéndose mientras el poeta deja la pluma por la noche.

Verso 27: Sherlock Holmes

Detective privado aguileno, largirucho, más bien simpático, personaje principal de varios cuentos de Conan Doyle. No tengo en este momento manera de verificar a cuál de ellos se alude aquí, pero sospecho que nuestro poeta inventó simplemente el Caso de las Huellas Invertidas.

Versos 34-35: estiletes de una helada estalactita de hielo (frozen stillicide)

¡Con qué persistencia nuestro poeta evoca las imágenes del invierno en el comienzo de un poema que empezó a componer en una balsámica noche de verano! El mecanismo de las asociaciones es fácil de desmontar (vidrio lleva a cristal y cristal a hielo), pero detrás el instigador conserva el incógnito. Uno es demasiado modesto para suponer que el hecho de que el poeta y su futuro comentador se encontraran por primera vez un día de invierno invada en cierto modo la estación real. En el precioso verso que encabeza este comentario el lector debería reparar en la última palabra. Mi diccionario define stillicide como «una sucesión de gotas que caen del alero, carámbano, estalactita». Recuerdo que la encontré por primera vez en un poema de Thomas Hardy. La brillante helada ha eternizado la gota en el brillante carámbano. Deberíamos también reparar en la alusión de estilo de capa y espada que aparece en los «esbeltos estiletes» y la sombra del regicida en la rima en stillicide.

Versos 39-40: cerrar los ojos, etc.

En el borrador estos versos están representados por las variantes siguientes:

39:… y a sus casas se apresuraban a volver los ladrones,

40: el sol con hielo robado, la luna con hojas.

Es imposible no recordar un pasaje de Timón de Atenas (Acto IV, escena 3) en que el misántropo habla con los tres rateros. A falta de biblioteca en la desolada cabaña de madera en que vivo como Timón en su cueva, para hacer una rápida cita debo retraducir este pasaje de una versión poética en zemblano de Timón que se acercará lo suficiente, espero, al texto, o por lo menos será fiel a su espíritu:

El sol es un ladrón: atrae al mar

y le roba. La luna es una ladrona:

hurta su luz plateada al sol.

El mar es un ladrón: disuelve la luna.

Para una prudente apreciación de las traducciones de Shakespeare por Conmal, véase la nota al verso 962.

Versos 41-42: podía… distinguir

A fines de mayo yo alcanzaba a distinguir los contornos de algunas de mis imágenes en la forma que el genio de Shade podría darles; a mediados de junio estaba seguro al fin de que recrearía en un poema la deslumbrante Zembla que ardía en mi cabeza. Yo lo hipnotizaba con ella, lo saturaba de mi visión, le imponía, con la loca generosidad del borracho, todo lo que por mi parte era incapaz de poner en verso. Seguramente no sería fácil encontrar en la historia de la poesía un caso similar: el de dos hombres, diferentes por su origen, su educación, sus asociaciones de ideas, su tono espiritual y su modalidad intelectual, uno, erudito cosmopolita, el otro, poeta sedentario, unidos por un pacto secreto de este tipo. Al fin tuve la certeza de que mi Zembla había madurado en él, estallaba en rimas adecuadas, que estaba dispuesto a proyectar al menor roce. A cada momento lo apremiaba para que venciera su habitual pereza y empezara a escribir. Mi pequeña agenda de bolsillo contiene notas tales como: «Sugerí el metro decasílabo»; «volví a contar la evasión»; «le ofrecí un cuarto tranquilo en mi casa»; «discutí sobre grabaciones de mi voz para que las usara»; y finalmente, con fecha del 3 de julio: «¡poema empezado!».

Aunque comprendo demasiado, ay, que el resultado, en su pálida y diáfana fase final, no puede ser considerado como un eco directo de mi relato (del cual, de paso, sólo se dan algunos fragmentos en mis notas, sobre todo en las del Canto Primero), es difícil dudar de que el resplandor crepuscular de la historia haya actuado como agente catalítico en el proceso mismo de la sostenida efervescencia creadora que permitió a Shade producir un poema de mil versos en tres semanas. Además hay un aire de familia sintomático entre el colorido del poema y el de la historia. He releído, no sin placer, mis comentarios a sus versos y en muchos casos me he descubierto tomando en préstamo una especie de luz opalescente del astro inflamado de mi poeta, y remedando inconscientemente el estilo de la prosa de sus propios ensayos críticos. Pero su viuda y sus colegas pueden dejar de preocuparse y gozar plenamente del fruto de los consejos que hayan dado al bueno de mi poeta. Oh, sí, el texto definitivo del poema es enteramente suyo.

Si descontamos, como creo apropiado, tres alusiones casuales a la realeza (605, 822 y 894) y la «Zembla» a la manera de Pope en el verso 937, podemos concluir que el texto definitivo de Pálido Fuego ha sido deliberada y drásticamente limpiado de toda huella de los materiales que yo aporté; pero descubrimos también que a pesar del control ejercido sobre mi poeta por un censor doméstico y Dios sabe quién más, Shade dio refugio al fugitivo real en las bóvedas de las variantes que conservó pues en su borrador no menos de trece versos, magníficos versos cantantes (que doy en mis notas a los versos 70, 79 y 130, todos del Canto Primero, en el que el poeta evidentemente trabajó con mayor libertad creadora de la que gozó después), llevan el sello particular de mi tema, un menudo pero auténtico fantasma estelar de mis conversaciones sobre Zembla y su infortunado rey.

Versos 47-48: la casa de madera entre Goldsworth y Wordsmith

El primer nombre se refiere a la casa de Dulwich Road que le alquilé a Hugh Warren Goldsworth, autoridad en derecho romano y juez distinguido. Nunca tuve el gusto de encontrar a mi propietario pero llegué a conocer su letra tan bien como la de Shade. El segundo nombre se aplica, desde luego, a la Universidad Wordsmith. Mientras aparenta sugerir una situación intermedia entre esos dos lugares, nuestro poeta está menos preocupado por la exactitud espacial que por un ingenioso cambio de sílabas que evoca a los dos maestros del decasílabo pareado, entre los cuales abriga su propia musa. En realidad, la «casa de madera en su cuadrado de verde» estaba a cinco millas al oeste del campus de Wordsmith, pero sólo a unos cincuenta metros de mis ventanas del lado este.

En el prefacio de esta obra he tenido ocasión de decir algo de los encantos de mi casa. La encantadora, encantadoramente vaga señora (véase la nota al verso 691) que me la consiguió sin haberla visto, estaba llena de buenas intenciones, sin duda, especialmente porque esta casa era muy admirada en la vecindad por su «espaciosidad y gracia del viejo mundo». En realidad era una vieja casa triste, blanca y negra, en parte de madera, del tipo llamado wodnaggen en mi país, con gabletes esculpidos, ventanas salientes llenas de corrientes de aire y un pórtico de entrada presuntamente «seminoble», coronado por una horrible galería. El juez Goldsworth tenía una mujer y cuatro hijas. Las fotos de familia me acogieron en el vestíbulo y me persiguieron de cuarto en cuarto, y aunque estoy seguro de que Alphina (9 años), Betty (10), Cándida (12) y Dee (14) pronto dejarán de ser un horror de lindas y pequeñas escolares para transformarse en elegantes jóvenes y madres incomparables, debo confesar que sus retratos burlones me irritaron hasta tal punto que al fin los recogí uno por uno y los metí todos en un armario bajo la hilera patibularia de sus ropas de invierno cubiertas por fundas de celofán. En el escritorio encontré un gran retrato de los padres, con los sexos invertidos, pues la Sra. G. se parece a Malenkov, y el Sr. G. a una bruja con cabellera de Medusa, y lo sustituí por la reproducción de un Picasso de la primera época que me gusta mucho: un muchacho color tierra que lleva un caballo color lluvia. Pero no me preocupé mucho por los libros de la familia que estaban también desparramados en toda la casa: cuatro juegos diferentes de Enciclopedias para Niños y una, impávida, para adultos que subía de estante en estante a lo largo de una escalera para estallar en su apéndice en el desván. A juzgar por las novelas que había en el boudoir de la Sra. Goldsworth, sus intereses intelectuales eran muy amplios, pues iban del Ámbar al Zen. El jefe de esta familia alfabética tenía también una biblioteca, pero consistía sobre todo en obras de derecho y en un montón de legajos de títulos muy visibles. Todo lo que el profano podía encontrar de instructivo y entretenido era un álbum encuadernado en cuero marroquí donde el juez había pegado con amor las historias de la vida y las fotos de las gentes que había enviado a la cárcel o condenado a muerte: caras inolvidables de pillos imbéciles, últimos cigarrillos y últimas muecas, las manos de apariencia bastante común de un estrangulador, una mujer que se había hecho viuda por sus propios medios, los ojos juntos e implacables de un maníaco homicida (un poco parecido, lo admito, al finado Jacques d'Argus), un brillante parricida de siete años («Ahora, hijito, queremos que nos cuentes…») y un viejo pederasta triste y regordete que había bajado de un tiro a su extorsionador. Lo que más me sorprendió es que fuera él, mi erudito propietario, y no su «patrona», quien dirigiese la casa. No sólo me había dejado un inventario detallado de todos esos objetos que se apiñan alrededor de un nuevo inquilino como un tropel de indígenas amenazadores, sino que se había tomado un trabajo prodigioso para escribir en pedacitos de papel recomendaciones, explicaciones, requerimientos y listas complementarias. Todo lo que toqué el día de mi llegada me proporcionó un ejemplo de goldsworthianismo. Abrí el botiquín del segundo cuarto de baño y se escapó un mensaje anunciándome que el depósito de las hojas de afeitar usadas estaba demasiado lleno para utilizarlo. Abrí la refrigeradora y me advirtió con un ladrido que «ninguna especialidad nacional con olor difícil de suprimir» debía ser guardada en ella. Abrí el cajón del escritorio y descubrí un catalogue raisonné de su magro contenido, que incluía una colección de ceniceros, un cortapapel damasquinado (descripto como «una daga antigua traída de Oriente por el padre de la Sra. Goldsworth»), y una vieja agenda de bolsillo sin usar, que maduraba con optimismo a la espera de que volvieran las correspondencias de su calendario. Entre otras notas detalladas sujetas en un tablero especial en la despensa, tales como instrucciones sobre las cañerías, disertaciones sobre electricidad, discursos sobre cactos, etc., etc., encontré el régimen del gato negro que venía con la casa:

Lun., mier., vier.: Hígado

Mar., juev., sáb.: Pescado

Dom.: Carne picada

(Todo lo que consiguió de mí fue leche y sardinas; era una criaturita agradable pero al cabo de un rato sus movimientos empezaron a atacarme los nervios y lo confié a la Sra. Finley, la asistenta). Pero la más divertida de las notas fue quizá la relativa a la manipulación de las cortinas de las ventanas que había que correr de diferentes maneras y a distintas horas para impedir que el sol llegara al tapizado de los muebles. Había una descripción de la posición del sol, diaria y estacional, con respecto a las diversas ventanas y de haber tenido en cuenta todo eso, hubiera estado tan ocupado como un participante en una regata. No obstante, una nota al pie sugería generosamente que en lugar de manejar las cortinas, quizá prefiriera correr los muebles más preciosos para que no quedaran expuestos al sol (dos sillones bordados y una pesada «consola real»), devolviéndolos luego a su sitio, pero que debía hacerlo con cuidado para no rayar las molduras de las paredes. Me es imposible, ay, reproducir el meticuloso horario de esas transposiciones, pero creo recordar que debía enrocar haciendo el gran desvío a la izquierda antes de acostarme, y el pequeño a la derecha apenas me levantaba. Mi querido Shade se moría de risa cuando le hice dar una vuelta de inspección y encontró él mismo alguno de esos huevos de Pascua. Gracias a Dios, su robusta hilaridad disipó la atmósfera de damnum infectum en la que se suponía que yo debía vivir. Por su parte, me regaló con varias anécdotas relacionadas con el ingenio cáustico y los manierismos tribunalicios del juez; la mayoría de esas anécdotas eran sin duda exageraciones folklóricas, algunas evidentemente inventadas y todas inofensivas. No aludió —mi amable y viejo amigo nunca lo hacía— a las ridículas historias acerca de las sombras aterradoras que la toga del juez Goldsworth proyectaba sobre el mundo del hampa, o acerca de esta o aquella bestia enterrada en la cárcel y muriéndose positivamente de raghdirst (sed de venganza) —groseras trivialidades difundidas por seres viles y sin corazón—, obra de todos aquellos para quienes lo novelesco, lo remoto, los cielos escarlata forrados de piel de lutre, las dunas anochecidas de un reino fabuloso simplemente no existen. Pero basta. Volvámonos hacia las ventanas del poeta. No tengo ningún deseo de retorcer y maltratar un apparatus críticus sin ambigüedad para convertirlo en el monstruoso simulacro de una novela.

Hoy me sería imposible describir la casa de Shade en términos arquitectónicos o en otros que no sean los vistazos furtivos, los atisbos y las oportunidades limitadas por las ventanas. Como dije antes (véase Prólogo), la llegada del verano planteaba un problema de óptica: el follaje usurpador no siempre estaba de acuerdo conmigo: confundía un monóculo verde con un obturador opaco, y la idea de protección con la de obstrucción. Entretanto (el 3 de julio según mi agenda) supe —no por John sino por Sybil— que mi amigo había empezado a trabajar en un largo poema. Como hacía un par de días que no lo veía, me aprestaba a llevarle algunos folletos de su buzón de correspondencia situado en el camino, contiguo al de Goldsworth (que yo solía ignorar, atiborrado como estaba de volantes, propaganda local, catálogos comerciales y esa clase de porquerías), cuando me topé con Sybil a quien un arbusto había ocultado de mi ojo de águila. Con sombrero de paja y guantes de jardinería, estaba en cuclillas delante de un cantero de flores podando o atando algo, y sus estrechos pantalones castaños me recordaron los calzones mandolina (como yo los llamaba en broma) que solía usar mi mujer. Me dijo que no molestara a Shade con esas propagandas y añadió el dato de que acababa de «empezar un poema realmente grande». Sentí que la sangre me subía a la cara y murmuré algo acerca de que aún no me había mostrado nada, y ella se incorporó y se retiró el pelo entrecano de la frente y me miró fijo y dijo: «¿Qué quiere decir con eso de no mostrar nada? Nunca muestra nada sin terminar. Nunca, nunca. Ni siquiera lo comenta mientras no está totalmente terminado totalmente». Yo no podía creerlo, pero pronto descubrí hablando con mi amigo, extrañamente reticente, que había sido bien aleccionado. Cuando traté de sondearlo por medio de bromas joviales, como: «la gente que vive en casa de vidrio no debería escribir poemas», se limitó a bostezar y a sacudir la cabeza y replicó que «los extranjeros deberían evitar los viejos dichos». Sin embargo, el apremio por descubrir lo que él hacía con todo el material viviente, fascinante, palpitante, resplandeciente que yo le había prodigado, el deseo agudo de verlo en el trabajo (aunque el fruto de ese trabajo me fuera negado) resultaron absolutamente angustiosos e incontrolables y me hicieron incurrir en una orgía de espionaje que ninguna consideración de orgullo podía detener.

Las ventanas, como es bien sabido, han sido el consuelo de la literatura en primera persona a través de las edades. Pero este observador nunca ha podido emular en materia de pura suerte al Héroe de nuestro tiempo en eso de escuchar detrás de las puertas, ni al omnipresente del Tiempo perdido. Pero de vez en cuando me fueron acordadas unas migajas de buena caza. Cuando mi puerta ventana dejó de funcionar debido al crecimiento exuberante de un olmo, descubrí, al final de la galería, un rincón cubierto de hiedra desde el cual tenía una vista bastante amplia de la fachada de la casa del poeta. Si quería ver el lado sur podía bajar a la parte trasera de mi garaje y mirar, desde detrás de un tulipero más allá del camino sinuoso que flanqueaba la colina, varias preciosas ventanas iluminadas, porque él nunca bajaba los visillos (lo hacía ella). Si deseaba ver el lado opuesto, todo lo que tenía que hacer era subir la pendiente hasta el punto más alto de mi jardín donde los enebros de mi guardia de corps vigilaban las estrellas, y los presagios, y la mancha de luz pálida bajo el farol solitario del camino de abajo. Al comienzo de la estación aquí evocada, yo había superado los temores muy especiales y muy privados de los que se habla en otra parte (véase nota al verso 62) y más bien me complacía en seguir en la oscuridad una prolongación de mi terreno al este, llena de malas hierbas y pedregosa, terminada en un bosquecito de acacias a un nivel un poco más alto que el lado norte de la casa del poeta.

Una vez, hace tres decenios, en mi tierna y terrible infancia, tuve la oportunidad de ver a un hombre en el acto de ponerse en contacto con Dios. Yo había vagabundeado por el llamado Patio de las Rosas, detrás de la Capilla Ducal, en mi Onhava natal, durante un intervalo en el ensayo de los himnos. Mientras deambulaba por allí, levantando y refrescando alternadamente mis pantorrillas desnudas contra una pulida columna, escuchaba las agradables voces distantes mezcladas en discreta alegría pueril y a las que una casual animosidad, un disgusto por celos con cierto muchacho, me impedía unirme. Un ruido de pasos rápidos me hizo alzar los ojos malhumorados del mosaico sectil del patio: rosas realistas recortadas en piedra roja y espinas grandes, casi palpables, talladas en mármol verde. Una sombra negra caminó por esas rosas y esas espinas: un joven pastor alto, pálido, de nariz larga y pelo negro, a quien yo había visto una o dos veces en los alrededores, salió a largos pasos de la sacristía y sin verme se detuvo en medio del patio. Un disgusto culpable torcía sus labios delgados. Usaba lentes. Sus ruanos apretadas parecían agarrar los invisibles barrotes de una prisión. Pero no hay límite para la gracia que un hombre puede recibir. De pronto su apariencia se transformó en la del éxtasis y la veneración. Yo nunca había visto hasta entonces semejante llamarada de beatitud, pero percibiría algo de ese esplendor, de esa energía espiritual y de esa visión divina, ahora, en otro país, reflejado en el rostro rudo y feo del viejo John Shade. ¡Qué contento estaba de que la vigilancia ejercida durante toda la primavera me hubiera permitido observarlo en su milagrosa tarea de mediados del verano! Había aprendido exactamente cuándo y dónde encontrar los mejores lugares de observación desde los cuales podría seguir los contornos de su inspiración. Mis binóculos iban a buscarlo y lo enfocaban desde lejos en los diversos lugares de su labor: de noche, en el resplandor violeta de su estudio, en el piso alto, donde un espejo benévolo reflejaba para mí sus hombros encorvados y el lápiz con el que se hurgaba constantemente la oreja (inspeccionando de vez en cuando la mina, e incluso chupándola); durante la mañana, escondido entre las sombras quebradas de su estudio del primer piso donde un vasito de alcohol viajaba silenciosamente desde el fichero hasta el atril y desde el atril hasta el anaquel de libros, para ocultarse allí en caso necesario detrás de un busto del Dante; los días calurosos, entre las plantas trepadoras de una pequeña galería en forma de glorieta, a través de cuyas guirnaldas yo entreveía un pedazo de hule donde descansaba el codo de Shade, y su puño regordete de querubín sosteniendo y frotando la sien. Variaciones de perspectiva y de luz, la interferencia del maderamen o de las hojas, me impedían habitualmente una visión clara de su rostro; y quizá la naturaleza lo disponía todo de manera de ocultar a un posible depredador los misterios de la creación; pero a veces cuando el poeta iba y venía por el césped, o se sentaba un momento en el banco del fondo, o se detenía debajo de su nogal favorito, yo podía discernir la expresión de apasionado interés, éxtasis y veneración con que seguía las imágenes que se expresaban con palabras en su espíritu, y yo sabía que por mucho que mi agnóstico amigo lo negara, en ese momento Nuestro Señor estaba con él.

Ciertas noches, cuando la casa quedaba oscura por tres lados, mucho antes de la hora habitual en que sus habitantes iban a acostarse, yo podía montar guardia desde mis tres puestos de observación, y esa misma oscuridad me decía que estaban en casa. El coche quedaba cerca del garaje, pero yo no podía creer que hubiesen salido a pie, pues en ese caso habrían dejado encendida la luz de la galería. Consideraciones y deducciones posteriores me han convencido de que la noche de la gran necesidad en que decidí verificar la cuestión fue la del 11 de julio, fecha en que Shade completó su Canto Segundo. Era una noche ventosa, calurosa, negra. Me deslicé furtivamente por entre los arbustos hasta la parte posterior de la casa. Al principio pensé que ese cuarto lado también estaba a oscuras, cerrando así la cuestión, y tuve tiempo de experimentar una extraña sensación de alivio antes de descubrir un débil cuadrado de luz debajo de la ventana de un saloncito trasero donde nunca había estado. Se hallaba abierta de par en par. Una lámpara alta con pantalla de imitación pergamino iluminaba el fondo de la habitación donde yo podía ver a Sybil y a John, ella a horcajadas sobre el borde de un diván, dándome la espalda, y él sentado en un cojín cerca del diván donde parecía recoger lentamente y apilar unos naipes esparcidos después de un solitario. Sybil se estremecía y se sonaba la nariz alternativamente; la cara de John estaba manchada y húmeda. No sabiendo en aquel momento el tipo exacto de papel que mi amigo usaba para escribir, no pude menos de preguntarme qué era lo que podía provocar tantas lágrimas al final de una partida de naipes. Como me esforzara por ver mejor, metido hasta las rodillas en un seto de boj horriblemente elástico, hice caer la sonora tapa de un recipiente de basuras. Desde luego, se podía haber pensado erróneamente que esto era obra del viento, y Sybil odiaba el viento. De inmediato abandonó su pértiga, cerró la ventana con un gran golpe y bajó la persiana estridente.

Volví furtivamente a mi triste domicilio con el corazón oprimido y el espíritu desconcertado. Mi corazón siguió oprimido pero el desconcierto desapareció pocos días después, probablemente el día de San Swithin, pues encontré en mi pequeña agenda, debajo de la fecha, la nota anticipatoria en zemblano «promnad vespert mid J. S.» tachada con una petulancia que rompió la mina del lápiz en mitad del trazo. Después de esperar y esperar a mi amigo en el camino hasta que el rojo de la puesta del sol se convirtió en ceniza crepuscular, fui hasta su puerta, vacilé, sopesé las tinieblas y el silencio y eché a andar alrededor de la casa. Esta vez no me llegó el menor reflejo desde el salón de atrás, pero a la brillante y prosaica luz de la cocina percibí el extremo de una mesa pintada de blanco y a Sybil sentada a ella con una expresión de encantamiento en la cara como si acabase de inventar una nueva receta. La puerta trasera estaba entrecerrada, la abrí anunciándome y mientras iniciaba alguna frase desenvuelta, me di cuenta de que Shade, sentado al otro extremo de la mesa, estaba leyéndole algo que supuse era una parte del poema. Los dos se sobresaltaron. Una maldición impublicable se le escapó y lanzó sobre la mesa la pila de fichas que tenía en la mano. Después atribuiría este estallido de cólera al hecho de haber confundido, con sus lentes de leer, a un amigo siempre bienvenido con un vendedor inoportuno; pero debo decir que la cosa me chocó, me chocó enormemente, y me dispuso en ese momento a descubrir un feo sentido en todo lo que siguió. —Bueno, siéntese —dijo Sybil— y tome una taza de café —(los vencedores son generosos). Acepté porque quería ver si el recitado proseguía en mi presencia. No fue así. —Pensé —dije a mi amigo—, que usted vendría a hacer una caminata conmigo. —Se disculpó diciendo que no se sentía muy bien y siguió limpiando el hornillo de la pipa con la misma ferocidad que si estuviera escarbando en mi corazón.

¡No sólo comprendí entonces que Shade leía regularmente a Sybil las partes que se acumulaban de su poema, sino que ahora me doy cuenta de que, con la misma regularidad, ella lo obligaba a atenuar o a suprimir de la copia en limpio todo lo relacionado con el magnífico tema zemblano que yo seguía proporcionándole y que, por no saber gran cosa de la obra en curso, creía ingenuamente que se convertiría en el rico hilo conductor de su trama!

Más arriba, en la misma colina boscosa, se encontraba y se encuentra» todavía, creo, la vieja casa de madera del Dr. Sutton y, justo en la cima, la eternidad no desalojará la villa ultramoderna del Profesor C. desde cuya terraza se podía distinguir, al sur, el más grande y más triste de los tres lagos reunidos que recibían el nombre de Omega, Ozero y Zero (nombres indios mutilados por los primeros colonos a fin de acomodar especiosas derivaciones y alusiones triviales). Del lado norte de la colina, Dulwich Road se une con el camino principal que lleva a la Universidad Wordsmith a la que dedicaré aquí sólo unas pocas palabras, en parte porque debería haber toda clase de folletos explicativos para el lector que escriba a la Oficina de Publicidad de la Universidad, pero sobre todo porque, al hacer esta referencia a Wordsmith más breve que las notas sobre las casas de Shade y Goldsworth, deseo subrayar el hecho de que el College está mucho más lejos de ellas que una de la otra. Probablemente es la primera vez que el sordo dolor de la distancia se expresa a través de un esfuerzo del estilo y que una idea topográfica encuentra su expresión verbal en una serie de frases abreviadas.

Después de serpentear durante unas cuatro millas en dirección general al este, a través de un barrio residencial magníficamente fumigado y regado, con extensiones de césped de diversa inclinación que descienden por ambos lados, el camino se bifurca: una rama dobla a la izquierda en dirección a New Wye y su ansiado aeropuerto; la otra continúa al campus. Ahí están las grandes mansiones de la locura, los dormitorios impecablemente planeados —loqueros de música salvaje—, el magnífico palacio de la Administración, las paredes de ladrillo, las arcadas, los patios de honor contorneados de terciopelo verde y crisopracio, Spencer House y su estanque de nenúfares, la Capilla, la nueva Sala de Conferencias, la Biblioteca, el edificio como una cárcel donde están nuestras aulas y oficinas (en adelante llamado Shade Hall), la famosa avenida con todos los árboles mencionados por Shakespeare, un zumbido lejano, un atisbo de bruma, la cúpula turquesa del Observatorio, jirones y pálidos plumajes de cirrus, y la cancha de fútbol en forma de anfiteatro romano rodeado por una cortina de álamos, desierta los días de verano, salvo que un muchachito soñador vaya a remontar —en el extremo de una larga cuerda en un círculo zumbante— un avión de modelo reducido propulsado por un motor. Jesús mío, haz algo.

Verso 49: nogal

Un nogal americano. Nuestro poeta compartía con los maestros ingleses el noble don de transplantar a sus versos árboles con su savia y su sombra. Hace muchos años Disa, la Reina de nuestro Rey, cuyos árboles favoritos eran el Jacaranda y ginkgo, copió en su álbum una cuarteta de una compilación de poemas cortos de John Shade, Copa de Hebe, que no puedo dejar de citar aquí (de una carta que recibí el 6 de abril de 1959, desde el sur de Francia):

EL ÁRBOL SAGRADO

La hoja de ginkgo, de dorado matiz, al caer,

uva moscatel,

parece una mariposa anticuada,

mal abierta.

Cuando se construyó la nueva iglesia episcopal de New Wye (véase nota al verso 549), los bulldozers respetaron un semicírculo de esos árboles sagrados plantados por un paisajista de genio (Repburg) al final de la llamada Avenida Shakespeare, en el campus. No sé si la cuestión es pertinente o no, pero en el segundo verso, juega el gato con el ratón y «árbol» es grados en zemblano.

Verso 37: el fantasma del columpio de mi hijita

Después de este verso, Shade tachó ligeramente en el borrador los siguientes:

La luz es buena; las lámparas de lectura de largo cuello;

todas las puertas tienen llave. Tu moderno arquitecto

está en connivencia con los psicoanalistas:

al planear el dormitorio de los padres, insiste

en las puertas sin cerradura para que, al mirar hacia atrás,

el futuro paciente del futuro charlatán,

pueda encontrar, toda preparada para él, la Escena Primaria.

Verso 61: el enorme sujetapapeles de la televisión

En la noticia necrológica, por lo demás hueca y bastante necia, mencionada en mis notas a los versos 71-72, se cita un poema manuscrito (enviado por Sybil Shade) del que se dice que fue «compuesto por nuestro poeta al parecer a fines de junio, es decir, menos de un mes antes de la muerte de nuestro poeta, siendo por lo tanto el último poema breve que nuestro poeta escribió».

Es este:

EL COLUMPIO

El sol poniente que ilumina las puntas

de los gigantescos sujetapapeles de la TV

sobre el tejado;

la sombra del puño del pestillo que

al ponerse el sol es un bate de béisbol

en la puerta;

el cardenal que gusta de posarse

y hacer chip-wit, chip-wit, chip-wit

en el árbol;

el columpio vacío que se mece

debajo del árbol: estas son las cosas

que me traspasan el corazón.

Dejo al lector de mi poeta el cuidado de decidir si es probable que hubiera escrito esto sólo unos pocos días antes de repetir sus temas en miniatura en esta parte del poema. Sospecho que se trata de una tentativa muy anterior (el año no figura, pero debería fecharse poco después de la muerte de su hija) que Shade desenterró de entre sus viejos papeles para ver si podía utilizarla para Pálido fuego (el poema que nuestro necrólogo no conoce).

Verso 62: tantas veces

Tantas veces, casi todas las noches, durante la primavera de 1959, he temido por mi vida. La soledad es el campo de juego de Satanás. No puedo describir los abismos de mi soledad y de mi aflicción. Estaba, naturalmente, mi famoso vecino del otro lado del camino, y durante un tiempo tuve un joven y disipado inquilino (que por lo general volvía a casa después de medianoche). Sin embargo, deseo insistir en ese duro y frío núcleo de soledad que no es bueno para un alma desplazada. Todo el mundo sabe cuán dados al regicidio son los zemblanos: dos reinas, tres reyes y catorce pretendientes murieron de muerte violenta, estrangulados, apuñalados, envenenados y ahogados en el curso de un solo siglo (1700-1800). El castillo de Goldsworth se volvía particularmente solitario después de ese punto en que la bruma empieza a parecerse tanto al crepúsculo de la mente. Roces furtivos, el ruido de pasos de las hojas del año anterior, un perro que recorría los recipientes de desperdicios, todo me evocaba a un merodeador sediento de sangre. Yo iba de una ventana a otra, con el gorro de dormir de seda empapado en sudor, el pecho desnudo como un estanque durante el deshielo, y a veces, armado con el fusil de caza del juez, me atrevía a afrontar los terrores de la terraza. Supongo que entonces, durante aquellas noches primaverales de mascarada en que el rumor de la nueva vida en los árboles remedaba cruelmente el crujido de la vieja muerte en mi cerebro, supongo que entonces, en esas noches terribles, me acostumbré a consultar las ventanas de la casa de mi vecino en la esperanza de hallar una luz de consuelo (véanse las notas a los versos 47-48). ¡Qué no hubiera dado yo por que el poeta tuviese otra crisis cardíaca (véase verso 691 y nota) de modo que me llamaran a la casa, todas las ventanas iluminadas, en medio de la noche, en un grande y cálido estallido de simpatía, de café, de llamadas telefónicas, de recetas de hierbas medicinales zemblanas (¡hacen milagros!), y un Shade resucitado llorando en mis brazos! («Bueno, bueno, John»). Pero aquellas noches de marzo la casa estaba negra como la tumba. Y cuando el agotamiento físico y el frío sepulcral me llevaban finalmente a mi solitaria cama camera, en el piso alto, yacía despierto y jadeando como si sólo ahora viviera conscientemente aquellas peligrosas noches de mi país donde en cualquier momento una banda de revolucionarios excitados podía entrar y arrastrarme a un muro iluminado por la luna. El ruido de un auto veloz o de un camión gemebundo me llegaban como una extraña mezcla: alivio de una vida amiga y sombra aterradora de la muerte; ¿la sombra se detendría a mi puerta? ¿Venían por mí esos matones espectrales? ¿Me despacharían en seguida, o llevarían clandestinamente de vuelta a Zembla al erudito anestesiado, Rodnaya Zembla, para enfrentarlo con una jarra enceguecedora y una hilera de jueces exultantes en sus sillones inquisitoriales?

A veces yo pensaba que sólo la autodestrucción podía darme la esperanza de escapar al implacable avance de los asesinos que estaban en mí, en mis tímpanos, en mi pulso, en mi cráneo, más que en esa interminable autorruta que subía y rodeaba mi corazón con sus caracoles en el momento en que dormitaba sólo para que mi sueño se hiciera añicos por obra de ese borracho, imposible, inolvidable Bob que volvía a lo que había sido el lecho de Cándida o de Dee. Como mencioné brevemente en el prólogo, por fin lo eché, después de lo cual, durante varias noches, ni el vino, ni la música, ni la plegaria pudieron apaciguar mis temores. Por otra parte esos tiernos días primaverales eran muy tolerables, mis clases gustaban a todo el mundo y yo me obligué a asistir a todas las reuniones sociales que se me presentaban. Pero después de la alegre velada volvían otra vez el acercamiento insidioso, el movimiento oblicuo y rastrero, ese furtivo arrastrarse y esa pausa, y de nuevo la crepitación.

El castillo Goldsworth tenía numerosas puertas exteriores y por mucho que las inspeccionara, así como los postigos de las ventanas de la planta baja, antes de irme a dormir, nunca dejé de descubrir a la mañana siguiente un cerrojo abierto, suelto, un poco separado, un poco entornado, algo solapado y de aspecto sospechoso. Una noche el gato negro que había visto pocos minutos antes escabullándose al subsuelo donde le había dispuesto instalaciones sanitarias en un marco agradable, reapareció de pronto en el umbral de la sala de música, en medio de mi insomnio y de un disco de Wagner, arqueado el lomo y con una cinta de seda blanca que seguramente no se había atado él mismo al pescuezo. Telefoneé al 11111 y pocos minutos después estaba refiriéndome a los presuntos culpables con un policía que apreció muchísimo mi aguardiente; pero quienquiera que fuese el intruso, no había dejado huellas. Es tan fácil para una persona cruel hacer creer a la víctima de su ingeniosidad que tiene manía de persecución, o que es acosada por un asesino o que padece de alucinaciones. ¡Alucinaciones! Yo bien sabía que entre los jóvenes profesores cuyos avances rechazara, había por lo menos uno que gustaba de las bromas pesadas; lo supe desde la vez en que, al volver a casa después de una reunión muy agradable y muy exitosa de profesores y discípulos (en la que me quité impetuosamente la chaqueta para mostrar a varios alumnos interesados algunas de las tomas divertidas que practican los luchadores zemblanos) encontré en el bolsillo de la chaqueta un brutal anónimo que decía: «Su al… huele realmente mal, compadre», significando evidentemente «alucinación», aunque un crítico malévolo hubiera podido deducir del número insuficiente de puntos que el pequeño Sr. Anón, a pesar de ser profesor de inglés de primer curso, apenas conocía la ortografía.

Tengo la satisfacción de informar que poco después de Pascua mis temores desaparecieron para no volver más. A la habitación de Alphina o Betti se mudó otro inquilino, Balthasar, Príncipe de Loam, como yo le decía, que se acostaba a las nueve con elemental regularidad y a las seis de la mañana estaba plantando heliotropos (Heliotropium turgenevi). Esta es la flor cuyo perfume evoca con intemporal intensidad el poniente y el banco del jardín y una casa de madera pintada en una lejana comarca nórdica.

Verso 70: la nueva TV

Después de esto, en el borrador (fechado el 3 de julio), vienen unos pocos versos no numerados destinados quizá a partes ulteriores del poema. En realidad no han sido suprimidos pero van acompañados de un signo de interrogación al margen y rodeados por una línea ondulante que se superpone a las letras:

Hay sucesos, casos extraños que llaman

la atención por emblemáticos. Son como

perdidas metáforas a la deriva, sin lazos,

a nada atadas. Así, ese rey nórdico

cuya desesperada evasión de la cárcel sólo

resultó afortunada porque unos cuarenta

de sus partidarios, aquella noche,

se hicieron pasar por él e imitaron su fuga…

Nunca hubiera llegado a la costa occidental si no se hubiera difundido entre sus partidarios secretos, románticos y locamente heroicos, la idea de hacerse pasar por el Rey evadido. Se ataviaron como él, poniéndose suéters colorados y gorras coloradas, y aparecieron por aquí y por allá desconcertando por completo a la policía revolucionaria. Algunos de los pillos eran mucho más jóvenes que el Rey, pero esto no tenía importancia pues los retratos suyos que había en las chozas de los montañeses y en las tiendas miopes de las aldeas, donde se podían comprar gusanos, pan de jengibre y hojas zhiletka, no habían envejecido desde su coronación. Se añadió una encantadora nota caricaturesca la famosa vez que desde la terraza del Hotel Kronblik, cuya telesilla lleva a los turistas al glaciar Kron, se vio a un alegre mimo flotando en el aire como una faleña roja, y a un desgraciado policía sin humor y sin gorra sentado dos sillas atrás y siguiéndolo lentamente como en un sueño. Es un placer añadir que antes de llegar al apeadero, el falso rey se las arregló para escapar trepando a uno de los pilones que sostenían el cable de tracción (véanse también las notas a los versos 149 y 171).

Verso 71: padres

El profesor Hurley produjo con loable presteza, un mes después de la muerte del poeta, una apreciación de las obras editas de John Shade. La publicó en una oscura revista literaria cuyo nombre se me escapa en este momento, y que me mostraron en Chicago donde interrumpí por un par de días mi viaje en automóvil de New Wye a Cedarn, por aquellas tristes montañas otoñales.

Un comentario donde debería reinar una plácida erudición no es el lugar adecuado para insistir en las ridículas insuficiencias de esa pequeña nota necrológica. La he mencionado solamente porque allí recogí unos pocos y magros detalles acerca de los progenitores del poeta. Su padre, Samuel Shade, que murió a los cincuenta años, en 1902, había estudiado medicina en su juventud y era vicepresidente de una firma de instrumentos quirúrgicos de Exton. Pero su gran pasión fue lo que nuestro elocuente necrólogo llama «el estudio de la raza emplumada», añadiendo que dio nombre a un pájaro: el Bombycilla Shadei (debería ser shade, naturalmente). La madre del poeta, de soltera Carolina Lukin, le ayudó en su trabajo y trazó los admirables dibujos de sus Pájaros de México, que recuerdo haber visto en casa de mi amigo. Lo que el autor de la nota necrológica no sabe es que Lukin viene de Luke, igual que Locock y Luxon y Lukashevich. Es uno de los muchos casos en que el patronímico hereditario, aparentemente amorfo pero viviente y personal, evoluciona adoptando a veces formas fantásticas, en torno al muy común guijarro de un nombre de pila. Los Lukin son una familia muy antigua de Essex. Otros nombres derivan de profesiones, como Rymer, Scrivener, Limner (iluminador de pergaminos), Botkin (el zapatero, el fabricante de calzado de fantasía) y muchos otros. Mi preceptor, un escocés, solía llamar «casa estruendo» a una casa que se cae a pedazos. Pero basta.

Algunos otros detalles sobre los estudios universitarios de John Shade y los años intermedios de su vida singularmente apacible, puede consultarlas el lector en el artículo del profesor. Hubiera sido en general un trabajo aburrido de no haberlo animado, es la palabra que corresponde, ciertos rasgos especiales. Así, hay una sola alusión a la obra maestra de mi amigo (cuyas pilas de fichas bien ordenadas, mientras escribo estas líneas, descansan al sol sobre mi mesa como otros tantos lingotes de un metal fabuloso) y la transcribo con morboso deleite: «Parece que, justo antes de su prematura muerte, nuestro poeta trabajaba en un poema autobiográfico». Las circunstancias de esta muerte son completamente deformadas por el profesor, fatídico seguidor de los señores de la prensa cotidiana quienes —quizá por razones políticas— falsificaron los motivos y las intenciones culpables sin esperar el proceso, que desgraciadamente no habría de ocurrir en este mundo (véase eventualmente mi última nota). Pero desde luego, la característica más notable del pequeño obituario es la de que no contiene ni una sola referencia a la maravillosa amistad que iluminó los últimos días de la vida de John.

Mi amigo no podía evocar la imagen de su padre. Al igual que el Rey (que tampoco llegaba a los tres años cuando murió su padre, el Rey Alfin), era incapaz de recordar su cara, aunque, cosa curiosa, recordaba perfectamente bien el pequeño monoplano de chocolate que tenía en sus manos de bebé mofletudo, en la última fotografía (Navidad de 1918) del melancólico aviador con pantalones de montar, en cuyo regazo estaba sentado, incómodo y a disgusto.

Alfin el Vago (1873-1918), que reinó de 1900 a 1918, aunque de 1900 a 1919 según la mayoría de los diccionarios biográficos, confusión debida al cambio de calendario del Viejo Estilo al Nuevo, debe su sobrenombre a Amphi-theatricus, autor bastante amable de poesía de circunstancias en las gacetas liberales (¡que fue también el que rebautizó a mi capital «Uranogrado»!). La distracción del Rey Alfin no conocía límites. Era un lamentable lingüista, que sólo disponía de unas pocas frases en francés y en danés, pero cada vez que tenía que pronunciar un discurso delante de sus súbditos —delante de un grupo de boquiabiertos patanes zemblanos en algún remoto valle donde había hecho un aterrizaje forzoso—, se ponía en marcha en su cabeza algún mecanismo incontrolable y volvía a esas frases, condimentándolas con un poco de latín adecuado a las circunstancias. La mayoría de las anécdotas relacionadas con sus ingenuos accesos de distracción son demasiado tontas e indecentes para manchar estas páginas; pero una de ellas que no me parece especialmente divertida arrancó a Shade tales risotadas (y me volvió vía sala de profesores, con tan obscenos añadidos) que me siento inclinado a darla aquí como ejemplo (y como rectificación). Un verano, antes de la primera guerra mundial, en que el emperador de un gran reino extranjero (comprendo cuán limitada es la elección) hacía una visita muy desusada y muy halagadora a nuestro rudo y pequeño país, mi padre lo llevó junto con un joven intérprete zemblano (cuyo sexo no he de precisar), en un coche fuera de serie, recién comprado, a dar un paseo por el campo. Como de costumbre, el Rey Alfin viajaba sin la menor escolta y esto, junto con su rápida manera de conducir, parecía inquietar a su invitado. En el camino de vuelta, a unas veinte millas de Onhava, el Rey Alfin decidió detenerse para hacer reparaciones. Mientras él frangollaba en el motor, el emperador y el intérprete buscaron la sombra de unos pinos que bordeaban el camino, y sólo cuando el Rey Alfin estuvo de vuelta en Onhava se dio cuenta, por la repetición de preguntas más bien frenéticas, que había dejado a alguien en el camino («¿Qué emperador?», se recuerda que fue su mot memorable). En general, en lo que concernía a todas mis contribuciones (o lo que yo consideraba contribuciones), ordenaba a mi poeta que las registrara por escrito, ¡y cómo!, en vez de difundirlas en charlas ociosas; pero incluso los poetas son humanos.

La distracción del Rey Alfin estaba extrañamente asociada a una pasión por las cosas mecánicas, especialmente por las máquinas voladoras. En 1912 consiguió elevarse en un «hidroplano» Fabre que parecía un paraguas, y estuvo a punto de ahogarse en el mar, entre Nitra e Indra. Estrelló dos Farmans, tres aparatos zemblanos y un Santos Dumont Demoiselle que amaba especialmente. En 1916 su fiel «ayudante aéreo», el Coronel Peter Gusev (más tarde pionero del paracaidismo y a los setenta años uno de los más grandes paracaidistas de todos los tiempos), construyó para él un monoplano muy especial, el Blenda IV, y este fue su pájaro fatal. La mañana de diciembre serena y no demasiado fría que los ángeles eligieron para atrapar con la red su alma dulce y pura, el Rey Alfin estaba ensayando solo un tirabuzón vertical que el Príncipe Andrey Kachurin, el famoso acróbata aéreo y héroe de la Primera Guerra Mundial, le había enseñado en Gatchina. Algo anduvo mal y se vio bajar en picada al pequeño Blenda, sin control. Detrás y por encima de él, en un biplano Caudron, el Coronel Gusev (entonces Duque de Rahl) y la Reina tomaron varias fotos de lo que parecía al principio una noble y graciosa evolución pero después resultó ser algo más. A último momento el Rey Alfin consiguió enderezar su aparato y era de nuevo dueño de la gravedad cuando, inmediatamente después, se estrelló en el andamiaje de un enorme hotel que se estaba construyendo en medio de un páramo costero como si su propósito preciso fuera ponerse en el camino de un rey. Este edificio inconcluso y desventrado fue arrasado por orden de la Reina Blenda que lo hizo sustituir por un monumento de granito coronado por un inverosímil avión de bronce. Las copias brillantes de las fotografías ampliadas que mostraban toda la catástrofe fueron descubiertas un día por Charles Xavier, entonces de ocho años, en el cajón de un escritorio-biblioteca. En algunas de esas espantosas fotografías se podían percibir los hombros y el casco de cuero del aviador extrañamente despreocupado, y en la penúltima de la serie, justo antes de hacerse añicos en una humareda blanca, se lo veía claramente alzando un brazo triunfante y tranquilizador. El niño tuvo malos sueños después de esto, pero su madre nunca descubrió que había visto esos documentos infernales.

De ella se acordaba… más o menos: una amazona alta, ancha, fuerte, de rostro rubicundo. Un primo real le había asegurado que su hijo estaría seguro y feliz bajo la tutela del admirable Sr. Campbell que había enseñado a varias princesitas obedientes a ordenar mariposas y a disfrutar de Lord Ronald's Coronach. Había inmolado su vida, por así decirlo, en los altares portátiles de gran número de pasatiempos, desde el estudio de las polillas de los libros hasta la caza del oso, y podía recitar Macbeth del principio al fin durante un paseo a pie; pero le importaba un bledo la moral de sus pupilos, prefería las damas a los zagales y no se metía en las complejidades de la pederastia zemblana. Después de una estada de 10 años partió rumbo a alguna corte exótica en 1932, cuando nuestro príncipe, que tenía diecisiete años, había empezado a dividir su tiempo entre la Universidad y su regimiento. Fue el período más agradable de su vida: estudiar poesía —sobre todo poesía inglesa—, o asistir a desfiles militares, o ir a bailes de disfraz con muchachos-muchachas o muchachas-muchachos. Su madre murió repentinamente el 21 de julio de 1936, de una oscura enfermedad de la sangre que también había afectado a la madre de ella y a su abuela. Se sentía mucho mejor el día antes, y Charles Xavier había ido a un baile de toda la noche, en el llamado Domo Ducal de Grindelwod, en esa oportunidad una reunión heterosexual formal, más bien refrescante después de algunos entretenimientos previos. A eso de las cuatro de la mañana, cuando el sol inflamaba las crestas de los árboles y el Monte Falk, convertido en un cono rosado, el Rey detuvo su poderoso coche ante una de las puertas del palacio. El aire era tan delicado, la luz tan lírica, que junto con los tres amigos que le acompañaban decidió hacer a pie, a través del bosquecillo de tilo, la distancia que faltaba hasta el Pabellón Pavoniano donde se alojaban los huéspedes. El Príncipe y Otar, un amigo platónico, iban de frac, pero habían perdido los sombreros de copa con el viento de la carretera. Algo extraño sorprendió a los cuatro cuando llegaron bajo los tilos jóvenes, en el minucioso paisaje de escarpas y contraescarpas subrayadas por sombras y contrasombras. Otar, un gentilhombre agradable y culto con una tremenda nariz y pelo ralo, iba acompañado de sus dos amantes, Fifalda, de dieciocho años (con quien se casó después) y Fleur, de diecisiete (a quien encontraremos en otras dos notas), hijas de la Condesa de Fyler, la dama de compañía favorita de la Reina. Uno se detiene involuntariamente en esa imagen como cuando se encuentra en un punto privilegiado del tiempo y sabe retrospectivamente que en un instante la propia vida sufrirá un cambio total. De modo que allí estaba Otar, mirando con aire desconcertado las distantes ventanas de los aposentos de la Reina, y estaban las dos muchachas, una junto a otra, con sus piernas delgadas, sus chales resplandecientes, sus rosadas narices de gatitas, sus ojos verdes y pesados de sueño, sus pendientes que atrapaban y devolvían el fulgor del sol. Había alrededor unas cuantas personas, como las había siempre, a cualquier hora, junto a esa puerta delante de la cual pasaba un camino que desembocaba en la autorruta del este. Una campesina con un bollo que ella misma había horneado, sin duda la madre del centinela que aún no había venido a relevar al joven nattdett (hijo de la noche), moreno y sin afeitar, a su lúgubre garita, estaba sentada en un guardacantón mirando con femenina fascinación las bujías que se desplazaban como luciérnagas de una ventana a la otra; dos obreros, de pie junto a sus bicicletas, observaban también esas extrañas luces, y un borracho con bigote de foca titubeaba tanteando los troncos de los tilos. Uno repara en esos detalles secundarios en los momentos en que el ritmo de la vida decrece. El Rey observó que un poco de barro colorado manchaba los hierros de las dos bicicletas y que sus ruedas delanteras, paralelas la una a la otra, apuntaban a la misma dirección. De pronto por un sendero empinado, entre los arbustos de lilas —un atajo desde los aposentos de la Reina—, la Condesa bajó corriendo y tropezando en el borde de su bata acolchada, y en el mismo momento, desde el otro lado del palacio, los seis consejeros, vestidos con sus trajes de ceremonia y llevando como plum cakes las réplicas de las diversas insignias reales, empezaron a bajar los peldaños de piedra, con majestuosa prisa, pero ella les ganó por un cuerpo y nos escupió las noticias. El borracho empezó a cantar una balada obscena acerca de «Karlie-Garlie» y se cayó en el foso de la demi-lune. No es fácil describir claramente en breves notas sobre un poema las diversas entradas a un castillo fortificado y por eso, consciente de este problema, preparé para John Shade, en algún momento de junio, mientras le refería los acontecimientos brevemente esbozados en algunos de mis comentarios (véase la nota al verso 130, por ejemplo), un plan trazado con bastante elegancia de los aposentos, las terrazas, los bastiones y los jardines de recreo del Palacio de Onhava. A menos que haya sido destruido o robado, ese cuidadoso dibujo en tintas de colores, hecho sobre un gran pedazo de cartón (treinta pulgadas por veinte) podría estar aún donde lo vi por última vez a mediados de julio, sobre la tapa del gran baúl negro, frente a la vieja máquina de planchar, en un nicho del pequeño corredor que lleva a la habitación llamada frutería. Si no estuviera allí, se podría buscar en el estudio del piso alto. He escrito acerca de esto a la Sra. Shade, pero no contesta a mis cartas. En caso de que todavía exista, le ruego, sin levantar la voz y muy humildemente, tan humildemente como el último de los súbditos del Rey puede solicitar la inmediata restitución de sus derechos (el plan es mío y está claramente firmado con una corona negra de rey de ajedrez después de «Kinbote»), que, bien embalado, indicando no doblar en el sobre y por correo certificado, lo envíe a mi editor para que lo reproduzca en ediciones posteriores de esta obra. La poca energía que me quedaba ha ido disminuyendo últimamente y estas torturadoras jaquecas me impiden ahora hacer el metódico esfuerzo visual que exigiría el trazado de otro plan parecido. El baúl negro está encima de otro marrón o pardusco todavía más grande y creo que cerca hay un zorro o un coyote embalsamado, en su rincón oscuro.

Verso 79: un preterista

Escrito en frente de esto, al margen del borrador, hay dos líneas de las cuales sólo se puede descifrar la primera. Dice:

La noche es el momento de alabar el día.

Estoy casi seguro de que mi amigo estaba tratando de incorporar aquí algo que él y la Sra. Shade me habían oído citar en mis momentos de euforia, especialmente una cuarteta encantadora sacada de la contraparte zemblana del Eider Edda, en una traducción inglesa anónima (¿la de Kirby?):

El sabio alaba el día a la caída de la noche,

a la esposa cuando ha muerto,

el hielo cuando ha sido franqueado, la novia

al tumbarla, y el caballo probado.

Verso 80: mi dormitorio

Nuestro Príncipe quería a Fleur como a una hermana pero sin la más ligera sombra de incesto o de complicaciones homosexuales secundarias. Fleur tenía una carita pálida, de pómulos salientes, ojos luminosos y pelo negro rizado. Se rumoreaba que después de haber andado rondando durante meses con una taza de porcelana y la pantufla de Cenicienta, el escultor y poeta mundano Arnor había encontrado en ella lo que buscaba y había usado sus pechos y sus pies para su Lilith llamando a Adán; pero seguramente no soy un experto en esas tiernas cuestiones. Otar, su amante, decía que cuando uno caminaba detrás de ella y ella sabía que uno caminaba detrás, el balanceo y el juego de aquellas esbeltas caderas era algo intensamente artístico, algo que, en escuelas especiales, les enseñaban a las niñas árabes unos alcahuetes parisienses que después eran estrangulados. Sus frágiles tobillos, decía, cuando los acercaba en su delicada y ondulante marcha, eran las «joyas preocupadas» de que habla el poema de Arnor sobre una miragarl («muchacha-espejismo»), por quien «un rey de sueño en los desiertos arenosos del tiempo hubiera dado trescientos camellos y tres fuentes».

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(He marcado los acentos).

El Príncipe no hacía caso de esta charla bastante vulgar (toda, probablemente, dirigida por la madre de Fleur) y, repitámoslo, la miraba simplemente como a una hermanastra, perfumada, elegante, con un hociquito pintado y una manera maussade, confusa, gala, de expresar lo poco que deseaba expresar. Su imperturbable rudeza con la nerviosa y gárrula Condesa divertía al Príncipe. Le gustaba bailar con ella… y sólo con ella. Apenas se crispaba cuando Fleur le acariciaba la mano o se pegaba silenciosamente, los labios entreabiertos, contra su mejilla que el alba macilenta después del baile ya había mancillado. A Fleur no parecía importarle que él la abandonara por placeres más viriles; lo encontraba de nuevo en la oscuridad de un coche o en el claroscuro de un cabaret con la contenida y ambigua sonrisa de una prima cariñosa.

Los cuarenta días transcurridos entre la muerte de la Reina Blenda y su coronación fueron quizá el período más penoso de su vida. No había amado a su madre y los desesperados e impotentes remordimientos que ahora sentía degeneraron en un enfermizo miedo físico a su fantasma. La Condesa, que parecía estar cerca de él, dando vueltas a su alrededor todo el tiempo, le había hecho asistir a sesiones de espiritismo con un experimentado médium norteamericano, sesiones en las cuales el espíritu de la Reina, utilizando el mismo tipo de tablita que había usado en vida para charlar con Thormodus Torfaeus y A. R. Wallace, escribía ahora vivazmente en inglés: «Charles toma toma quiere ama flor flor flor». Un viejo psiquiatra tan totalmente sobornado por la Condesa que parecía, aun por fuera, una pera podrida, le aseguró que sus vicios habían matado subconscientemente a su madre y seguirían «matándola en él» si no renunciaba a la sodomía. Una intriga de palacio es una araña espectral donde uno más se enreda cuantos más desesperados sacudones da por liberarse. Nuestro Príncipe era joven, inexperto y estaba medio loco de insomnio. Luchó apenas. La Condesa gastó una fortuna en comprar al Kamergrum (valet de cámara) del Príncipe, a su guardia de corps e incluso la mayor parte del Chambelán de la Corte. Instaló su dormitorio en una pequeña antecámara contigua a su habitación de soltero, un espléndido y espacioso apartamento circular en lo alto de la elevada y maciza Torre del Sudoeste. Ese había sido el retiro de su padre y todavía se comunicaba por un alegre resbaladero con una piscina redonda situada en la sala inferior, de modo que el joven Príncipe podía empezar el día como su padre solía hacerlo, abriendo un panel debajo de su catre de campaña y cayendo en el pozo que lo depositaba directamente en el agua brillante. Para otras necesidades que no fueran el sueño, Charles Xavier había instalado en medio del piso cubierto por una alfombra persa lo que se llama una patifolia, es decir, una inmensa almohada de plumón de cisne, ovalada, voluptuosamente adornada de volantes, del tamaño de una cama triple. En ese amplio nido dormía ahora Fleur, acurrucada en el hueco central, debajo de un cubrecama de auténtica piel de panda gigante que acababa de enviarle apresuradamente desde el Tibet un grupo de amigos asiáticos con motivo de su ascenso al trono. La antecámara donde estaba instalada la Condesa tenía su propia escalera interna y su cuarto de baño, pero se comunicaba también por medio de una puerta corrediza con la galería Oeste. No sé qué consejo o qué orden había recibido Fleur de su madre; pero la pobrecita resultó ser una seductora lamentable. Se pasaba el tiempo como una loca mansa, tratando de reparar una viola de amor rota o sentada en actitudes dolientes comparando dos flautas antiguas, las dos de sonido débil y triste. Entre tanto, vestido a la turca, el Príncipe se reclinaba en el amplio sillón de su padre, las piernas por encima del brazo del sillón, hojeando un volumen de Historia Zemblica, copiando algunos pasajes y sacando ocasionalmente de los escondrijos inferiores de su asiento un par de viejas gafas de automovilista, un anillo de ópalo negro, una bola de papel plateado de envolver chocolate, o la estrella de una orden extranjera.

Hacía calor al sol de la tarde. El segundo día de su ridícula cohabitación, ella no llevaba más que la blusa de una especie de pijama sin mangas ni botones. La vista de sus cuatro miembros desnudos y de las tres cuevas de ratones (anatomía zemblana) le irritaba, y mientras iba y venía meditando en su discurso de coronación, le arrojaba, sin mirarla, un par de pantalones cortos o una bata de esponja. A veces, al volver al viejo y confortable sillón, la encontraba contemplando pesarosa la figura de un bogtur (guerrero antiguo) en el libro de historia. Él la hacía salir del sillón con los ojos aún clavados en su bloc de notas, y Fleur, estirándose, se iba al asiento de la ventana y su polvoriento rayo de sol; pero después de un rato trataba de acurrucarse junto al Príncipe que debía rechazar su entrometida cabeza de pelo oscuro y rizado con una mano mientras con la otra escribía o separaba una por una las pequeñas y rosadas garras de ella de su manga o su faja.

De noche su presencia no eliminaba el insomnio, pero por lo menos mantenía en jaque al robusto fantasma de la Reina Blenda. Entre el agotamiento y la modorra, se entretenía con fantasías miserables, como la de levantarse y verter de una jarra un poco de agua fría sobre el hombro desnudo de Fleur como para apagar en él el débil fulgor de un rayo de luna. La Condesa roncaba estruendosamente en su guarida. Y más allá del vestíbulo de su vigilia (en ese momento, empezó a dormirse), en la fría y oscura galería, tendidos en el mármol pintado y amontonados de a tres o cuatro contra la puerta cerrada, unos dormitando, otros gimiendo, estaban sus nuevos pajes, toda una montaña de muchachos de Troth, de Toscana y de Albanolandia, que le habían regalado.

Al despertarse la vio de pie con un peine en la mano delante de su espejo de vestir —o más bien del de su abuelo—, un tríptico de luz insondable, un espejo realmente fantástico firmado con un diamante por su artesano, Sudarg de Bokay. Fleur daba vueltas delante: un secreto dispositivo de reflexión recogía en las profundidades un número infinito de desnudos, guirnaldas de muchachas en grupos tristes y graciosos que se empequeñecían en la límpida distancia o se dividían en ninfas individuales algunas de las cuales, murmuró Fleur, debían de parecerse a sus antepasadas cuando eran jóvenes, paisanitas garlien peinándose la cabellera en el agua poco profunda, tan lejos como el ojo podía alcanzar, y después la pensativa sirena surgida de un viejo cuento y después nada.

La tercera noche, un gran ruido de pasos y repique de armas se dejó oír en la escalera interna, y el Primer Consejero, tres Representantes del Pueblo y el jefe de una nueva guardia de corps irrumpieron en el recinto. Lo divertido es que la idea de tener por reina a la nieta de un violinista enfurecía sobre todo a los Representantes del Pueblo. Este fue el final del casto romance de Charles Xavier con Fleur, que era bonita sin ser por ello repelente (como algunos gatos son menos repugnantes que otros para el perro de buen natural a quien se le pide que soporte el amargo efluvio de una raza extranjera). Con sus valijas blancas y sus anticuados instrumentos musicales, las dos damas se volvieron al anexo del palacio. Hubo luego una dulce vibración de alivio y después la puerta de la antecámara se abrió con alegre estrépito y todo el montón de putti se precipitó adentro.

Habría de pasar por una prueba mucho más dramática trece años más tarde con Disa, Duquesa de Payn, con quien se casó en 1949, como lo cuento en las notas a los versos 275 y 433-434, al que el estudioso del poema de Shade llegará en su debido momento; no hay prisa. Después hubo una serie de veranos fríos. La pobre Fleur seguía dando vueltas por allí, aunque casi invisible. Se convirtió en la protegida de Disa después que la vieja Condesa murió en el vestíbulo atestado de la Exposición de Animales de Vidrio de 1950, en que el fuego destruyó parte del mismo y Gradus ayudó a los bomberos a despejar un espacio en el centro para linchar a los incendiarios no agremiados, o por lo menos a las personas (dos desconcertados turistas de Dinamarca) a quienes habían confundido con ellos. Nuestra joven Reina pudo haber sentido cierta sutil simpatía por su pálida dama de compañía a quien de vez en cuando el Rey veía iluminando un programa de concierto a la luz oblicua de una ventana ojival, o haciendo una música delicada en el gabinete B. El hermoso dormitorio de su época de soltero se menciona de nuevo en la nota al verso 130, como el lugar de su «lujoso cautiverio», al comienzo de la tediosa e innecesaria revolución zemblana.

Verso 85: que había visto al Papa

Pío X, Giuseppe Melchiorre Sarto, 1835-1914; Papa de 1903 a 1914.

Versos 86-90: tía Maud

Maud Shade, 1869-1950, hermana de Samuel Shade. A su muerte, Hazel (nacida en 1934) no era exactamente una recién nacida, como se dice en el verso 90. Sus pinturas me han parecido desagradables pero interesantes. La tía Maud no tenía nada de solterona y su humor extravagante y sardónico habría escandalizado a veces a las formales señoras de New Wye.

Versos 90-93: su cuarto, etc.

En el borrador, en el lugar del texto definitivo:

……………………………………………………………………………su cuarto

lo hemos conservado intacto. Para nosotros sus fruslerías

reconstruyen su estilo: la hoja sarcófago

(el capullo muerto y seco de una Luna).

Referencia a lo que mi diccionario define como «gran mariposa nocturna de color verde pálido, con cola, cuya oruga se alimenta del nogal». Sospecho que Shade modificó este pasaje porque el nombre de su mariposa chocaba con «Luna» en el verso siguiente.

Verso 91 sus fruslerías

Había entre ellas un álbum en el que durante cierto número de años (1937-1949) tía Maud fue pegando recortes de periódicos de un carácter ridículo o grotesco. John Shade me permitió un día que tomara nota del primero y el último de la serie; resultaron relacionados de la manera más graciosa, creo. Los dos salían de la misma revista familiar, Life, tan justamente célebre por su pudibundez con respecto a los misterios del sexo masculino; es de imaginar entonces cómo quedaron de asombradas o excitadas esas familias. El primero procede del número del 10 de mayo de 1937, p. 67, y es la publicidad de un Cierre de Garra para Pantalón (un nombre que, dicho sea de paso, agarra bastante y no se olvida). Se ve a un joven radiante de virilidad entre varias amigas extasiadas: Usted se quedará sorprendido de la manera espectacular en que puede mejorar la bragueta de su pantalón. El segundo es del número del 28 de marzo de 1949, p. 126, y la publicidad del Calzoncillo Hoja de Parra Hanes. Se ve a una Eva moderna espiando con veneración, desde detrás de un torpe árbol de la ciencia, a un joven y malicioso Adán, en ropa interior bastante ordinaria pero limpia, con la parte delantera del calzoncillo sombreado de una manera evidente y precisa y una leyenda que dice: Nada mejor que una hoja de parra.

Creo que debe de haber un grupo subversivo especial de seudocupidos, diablillos rechonchos y calvos encargados por Satanás de hacer bromas repugnantes en lugares sacrosantos.

Verso 92: el pisapapeles

La imagen de esas horrorosas antiguallas obedecía extrañamente a nuestro poeta. He recortado de un periódico que volvió a publicarlo recientemente, un viejo poema suyo donde el almacén de recuerdos conserva también un paisaje admirado por el turista:

VISTA DE MONTAÑA

Entre la montaña y el ojo

el espíritu de la distancia traza

un velo de amorosa gasa azul,

la textura misma del cielo.

Una brisa llega a los pinos y yo

me uno al aplauso general.

Pero todos sabemos que eso no puede durar,

la montaña es demasiado débil para esperar,

aunque esté reproducida y bajo vidrio

en mí como en un pisapapeles.

Verso 98: sobre el Homero de Chapman

Referencia al título del famoso soneto de Keats (a menudo citado en América) que, por una distracción del impresor, fue traspuesto, de una manera cómica, de algún otro artículo a la reseña de un acontecimiento deportivo. Acerca de otros gazapos notables, véase la nota al verso 802.

Verso 101: Ningún hombre libre necesita un Dios

Cuando se piensa en los innumerables pensadores y poetas de la historia de la creación humana cuya libertad de espíritu era engrandecida, más que disminuida, por la Fe, uno se ve obligado a poner en duda la sabiduría de este fácil aforismo (véase también la nota al verso 509).

Verso 109: la irídula

Nubecita irisada, la muderperlwelk zemblana. La palabra «irídula» es, creo, invento de Shade. En la copia en limpio (ficha 9, del 4 de julio), Shade escribió en lápiz, encima de esta palabra, «peacock-herl». El «peacock-herl» es el cuerpo de cierto tipo de mosca artificial llamada también «alder». Es lo que me dice el propietario de este motel, un fanático de la pesca. (Véase también «extraños fulgores nacarados» en los versos 633-634).

Verso 119: el Dr. Sutton

Es esta una combinación de letras tomadas de dos nombres, uno que empieza con «Sut» y el otro que termina con «ton». Dos distinguidos médicos, retirados mucho tiempo atrás, vivían en nuestra colina. Ambos eran muy viejos amigos de Shade; uno tenía una hija, presidenta del club de Sybil, y este es el Dr. Sutton que yo evoco en mis notas a los versos 181 y 1000. También se lo menciona en el verso 986.

Versos 120-121: cinco minutos eran iguales a cuarenta onzas, etc.

En el margen izquierdo y paralelo a estos versos: «En la Edad Media una hora era igual a 480 onzas de arena fina o sea 22 560 átomos».

Me es imposible verificar esta afirmación o los cálculos del poeta para cinco minutos, es decir, trescientos segundos, porque no sé cómo se puede dividir 480 por 300 o lo contrario, pero quizá estoy simplemente cansado. El día (4 de julio) que John Shade escribió esto, Gradus el Matón se preparaba para salir de Zembla y empezar sus incesantes desatinos a través de los dos hemisferios (véase nota al verso 181).

Verso 130: nunca hice rebotar una pelota ni empuñé un bate

Francamente, yo tampoco me destaqué nunca en el fútbol ni en el cricket; soy un jinete pasable, un esquiador vigoroso aunque nada ortodoxo, un buen patinador, un luchador astuto y un alpinista entusiasta.

En el borrador el verso 130 va seguido de cuatro versos que Shade descartó en favor de los que han quedado en la Copia en limpio (verso 131, etc.). Este falso arranque dice:

Como niños jugando en un castillo encuentran

en algún viejo armario lleno de juguetes, detrás

de los animales y las máscaras, una puerta corrediza

(cuatro palabras fuertemente tachadas) un pasadizo secreto…

La comparación ha quedado en suspenso. Es posible que nuestro poeta planeara asociarla a alguna misteriosa verdad descubierta en los síncopes que sufrió en su infancia. No puedo decir cuánto siento que haya rechazado esos versos. Lo lamento no sólo por su belleza intrínseca, que es grande, sino también porque la imagen que contienen fue sugerida por algo que Shade había recibido de mí. Ya he aludido en el curso de estas notas a las aventuras de Charles Xavier, último rey de Zembla, y al vivo interés que manifestaba mi amigo por las muchas historias que le conté acerca de ese rey. La ficha en que se ha conservado la variante está fechada el 4 de julio y es un eco directo de nuestros paseos a la puesta del sol por los fragantes senderos de New Wye y Dulwich. —Siga contándome —me decía golpeando su pipa vacía contra el tronco de un haya, y mientras la coloreada nube pasaba lentamente, y más lejos, en la casa iluminada de la colina, la Sra. Shade gozaba tranquilamente de una pieza televisada, yo accedía gozoso al pedido de mi amigo.

Con palabras sencillas le describía la curiosa situación en que se encontró el Rey durante los primeros meses de la rebelión. Tenía la divertida impresión de que era la única pieza negra de lo que un inventor de problemas de ajedrez podría calificarse de rey bloqueado en el rincón, del tipo solus rex. Los realistas, o por lo menos los demmods (demócratas moderados), podían haber impedido que el Estado se convirtiera en una vulgar tiranía moderna, si hubiesen sido capaces de hacer frente al oro corrompido y a las tropas de robots que un poderoso Estado policíaco, desde su posición ventajosa, a unas pocas millas marinas, lanzaba en la Revolución Zemblana. A pesar de que la situación era desesperada, el Rey se negó a abdicar. Cautivo taciturno y altanero, estaba enjaulado en su palacio de piedra rosa desde una de cuyas torrecillas de ángulo podían verse con ayuda de un par de prismáticos a unos esbeltos jovencitos zambulléndose en la piscina de un club deportivo de cuento de hadas y al embajador inglés con traje de franela pasado de moda jugando al tenis con el entrenador vasco en un court de arcilla tan remoto como el paraíso. ¡Qué serenas eran las montañas, cuán tiernamente pintadas en la bóveda occidental del cielo!

En alguna parte de la bruma de la ciudad había todos los días desagradables estallidos de violencia, arrestos y ejecuciones, pero la gran ciudad seguía andando como sobre ruedas, como siempre, los cafés estaban llenos, en el Teatro Real se daban espléndidos espectáculos y era realmente en el palacio donde había la más fuerte concentración de tinieblas. Komizars de cara pétrea, de hombros cuadrados, imponían una estricta disciplina entre las tropas de guardia, adentro y afuera. Una prudencia puritana había sellado las bodegas y suprimido todas las criadas del ala sur. Las damas de compañía hacía mucho que se habían ido, naturalmente, en el momento en que el Rey exilió a su Reina en su villa de la Riviera francesa. ¡Gracias al cielo, le habían sido ahorrados esos días atroces en el palacio mancillado!

Las puertas de todas las habitaciones estaban vigiladas. La sala de banquetes tenía tres guardianes y había no menos de cuatro holgazaneando en la biblioteca cuyos oscuros rincones parecían abrigar todas las sombras de la traición. Los dormitorios de los pocos criados que quedaban en el palacio tenían cada uno su parásito armado que bebía con un viejo lacayo ron prohibido o se tomaba libertades con un joven paje. Y en la gran Sala de los Heraldos se podía estar seguro de encontrar siempre algún bromista obsceno tratando de deslizarse en la panoplia de acero de sus huecos caballeros. ¡Y qué olor de cuero y de carnero en los espaciosos aposentos que antes embalsamaban el clavel y la lila!

Esta espantosa compañía estaba formada por dos grupos principales: uno de conscriptos de Thulé, ignorantes, de aspecto feroz pero realmente inofensivos, y otro de extremistas muy corteses y taciturnos, de la famosa Fábrica de Vidrio donde habían temblado los primeros fuegos de la revolución. Ahora se puede revelar (puesto que está sano y salvo en París) que en este contingente había por lo menos un realista heroico disfrazado con tanto virtuosismo que a su lado sus camaradas de la guardia, confiados, parecían mediocres imitadores. En realidad Odón era uno de los actores más destacados de Zembla y se hacía aplaudir en el Teatro Real las noches que no estaba de servicio. Por su intermedio el Rey se mantenía en contacto con numerosos partidarios, jóvenes nobles, artistas, atletas de la Universidad, jugadores, Paladines de la Rosa Negra, miembros de clubes de esgrima y otros hombres de rango y audacia. Corrían rumores. Se decía que el cautivo pronto sería juzgado por un tribunal especial; pero también se decía que sería asesinado durante un aparente traslado a otro lugar de confinamiento. Aunque la fuga se discutía diariamente, los planes de los conspiradores tenían más valor estético que práctico. Una poderosa lancha a motor estaba preparada en una gruta costera de Blaick (Caleta Azul) en Zembla occidental, más allá de la cadena de altas montañas que separaba a la ciudad del mar; las imágenes del agua transparente y trémula reflejadas en la pared rocosa y en la lancha eran tentadoras, pero ninguno de los conjurados era capaz de indicar cómo podía el Rey escapar de su castillo y atravesar sano y salvo las fortificaciones.

Un día de agosto, al comienzo de su tercer mes de lujoso cautiverio en la Torre del Sudoeste, fue acusado de utilizar el espejo de mano de un petimetre y los rayos cooperativos del sol para emitir señales desde su alto ventanal. La vastedad de la vista que dominaba fue acusada no sólo de inducir a la traición sino de producir en el observador un altanero sentimiento de superioridad con respecto a sus carceleros instalados abajo. Por ese motivo una noche el Rey fue trasladado con sus bártulos a una lúgubre leonera situada en el mismo lado del palacio pero en el primer piso. Muchos años antes había sido el cuarto de tocador de su padre, Thurgus III. Después de la muerte de Thurgus (en 1900) su adornado dormitorio se transformó en una especie de capilla y la habitación adyacente, despojada de sus múltiples espejos de pie y de su sofá de seda verde, pronto degeneró en lo que siguió siendo durante medio siglo: un agujero con un baúl cerrado en un rincón y una máquina de coser anticuada en el otro. Se llegaba allí por una galería con piso de mármol, que pasaba por el lado norte y doblaba bruscamente hacia el oeste para formar un vestíbulo en el ángulo sudoeste del Palacio. La única ventana daba a un patio interior del lado sur. Esta ventana había sido alguna vez una aspillera con una maravillosa vidriera de colores donde había un pájaro de fuego y un cazador deslumbrado, pero una pelota había hecho añicos poco antes la fabulosa escena del bosque y ahora el nuevo vidrio ordinario tenía una reja por fuera. En la pared oeste, sobre una alacena blanqueada con cal, colgaba una gran fotografía en un marco de terciopelo negro. La acción débil y fugitiva pero mil veces repetida del sol acusado de transmitir mensajes desde la torre, había patinado gradualmente esa fotografía que mostraba el perfil romántico y los anchos hombros desnudos de Iris Acht, actriz olvidada de quien se decía que había sido varios años, hasta su súbita muerte en 1888, la amante de Thurgus. En la pared opuesta, al este, una puerta de aspecto frívolo, análoga por su coloración turquesa a la única otra puerta de la habitación (que daba a la galería), pero con un candado seguro, comunicaba en un tiempo con el dormitorio del viejo calavera; ahora había perdido su falleba de cristal, y estaba flanqueada en la pared este por dos grabados allí desterrados en la época de decadencia de la habitación. Eran de los que se supone que no son para mirar, imágenes que existen simplemente como idea general de lo que se destina a satisfacer las humildes necesidades ornamentales de algún corredor o sala de espera: uno era una fea y lúgubre Fête Flamande, según Teniers; el otro había estado colgado alguna vez en la nursery, cuyos habitantes somnolientos la habían tomado siempre por la representación de unas olas espumosas en primer plano, en lugar de las formas borrosas de ovejas melancólicas que ahora revelaba.

El Rey suspiró y empezó a desvestirse. Su catre de campaña y una mesita de luz se situaban frente a la ventana, en el ángulo nordeste. Al este estaba la puerta turquesa; al norte, la puerta de la galería; al oeste, la puerta de la alacena; al sur, la ventana. El ayudante de su antiguo ayuda de cámara le quitó el blazer negro y los pantalones blancos. El Rey se sentó en pijama en el borde de la cama. El hombre volvió con un par de pantuflas de cuero marroquí, las calzó en los pies indiferentes de su amo y salió con los escarpines que le había quitado. La mirada errante del Rey se detuvo en la ventana entreabierta. Se podía ver parte del patio débilmente iluminado donde, bajo un álamo rodeado por una verja, dos soldados jugaban al lansquenete sobre un banco de piedra. La noche de verano era sin estrellas e inmóvil, con distantes espasmos de relámpagos silenciosos. Alrededor de la linterna apoyada en el banco, una falena como un murciélago revoloteaba ciegamente, hasta que un jugador la bajó de un gorrazo. El Rey bostezó y los iluminados jugadores de naipes temblaron y se disolvieron en el prisma de sus lágrimas. Su mirada aburrida se paseaba de una pared a otra. La puerta de la galería estaba ligeramente entreabierta y podían oírse los pasos del guardia que iban y venían. Sobre la alacena, Iris Acht cuadraba los hombros y miraba a otra parte. Cantó un grillo. La luz de la mesa de noche era lo bastante fuerte como para poner un fulgor brillante en la llave dorada de la cerradura de la puerta de la alacena. Y de pronto esa chispa en aquella llave hizo que una maravillosa conflagración se difundiera en la mente del prisionero.

Remontémonos desde ahora, mediados de agosto de 1958, a una cierta tarde de mayo, tres decenios atrás, en que era un joven y oscuro muchacho de trece años con un anillo de plata en el índice de la bronceada mano. La Reina Blenda, su madre, acababa de partir a Viena y a Roma. Tenía varios compañeros de juegos favoritos, pero ninguno podía competir con Oleg, Duque de Rahl. En aquellos tiempos los adolescentes de familias distinguidas usaban los días de fiesta —había tantos durante nuestra larga primavera septentrional— suéters sin mangas, calcetines blancos, zapatos negros con hebilla y shorts muy ceñidos y muy cortos llamados hotinguens. Me gustaría poder proporcionar al lector figuras para recortar y prendas de vestir como en los libros de muñecas de papel para niños armados de tijeras. Iluminarían un poco estas oscuras noches que están destruyendo mi mente. Los dos muchachos eran especímenes bellos, piernilargos, de la adolescencia varangiana. A los doce años Oleg era el mejor centro delantero de la Escuela Ducal. Cuando estaba desvestido y reluciente en la niebla del establecimiento de baños, sus osados atributos viriles contrastaban violentamente con su gracia de niña. Era un verdadero faunito. Aquella tarde especial un chaparrón abundante laqueaba el follaje primaveral del jardín del palacio, y ¡oh, cómo se empujaban y balanceaban en tumultuoso florecimiento las lilas persas detrás de los vidrios empapados de verde, salpicados de amatista! Habría que jugar adentro. Oleg estaba retrasado. ¿Vendría?

Al joven Príncipe se le ocurrió desenterrar una colección de juguetes preciosos (regalo de un potentado extranjero recientemente asesinado con que se habían divertido Oleg y él durante una Pascua anterior, y luego quedaron abandonados como sucede con esos juguetes artísticos especiales que producen su burbuja de placer y sueltan de golpe todo su sabor antes de desaparecer en un olvido de museo. Lo que deseaba especialmente encontrar ahora era un circo de juguete muy complicado, metido en una caja grande como el estuche de un juego de croquet. Se moría de ganas de verlo; sus ojos, su cerebro y dentro del cerebro esa parte que correspondía a la yema del pulgar, recordaba vívidamente los jóvenes acróbatas morenos con sus nalgas de lentejuelas, un elegante y melancólico payaso con una golilla y sobre todo tres elefantes de madera pulida, grandes como perritos, con coyunturas tan flexibles que se podía hacer parar sobre una pata delantera al jumbo elegantemente vestido o mantenerlo firme en la tapa de un barrilito blanco bordeado de rojo. Habían pasado apenas quince días desde la última visita de Oleg, cuando por primera vez les había sido permitido a los dos muchachos compartir el mismo lecho, y el acicate de su inconducta y la perspectiva de otra noche parecida se mezclaban ahora en nuestro joven Príncipe con una perturbación que sugería el refugio en juegos más antiguos y más inocentes.

Su preceptor inglés, que estaba en cama por haberse torcido un tobillo durante una merienda en el bosque de Mandevil, no sabía dónde podía estar ese circo; le aconsejó que lo buscara en el cuarto de trastos viejos que había al final de la Galería Oeste. Allí se dirigió el Príncipe. ¿Ese baúl negro y polvoriento? Parecía lúgubremente negativo. La lluvia era más perceptible aquí debido a la proximidad de una prolija gotera. ¿Y la alacena? Su llave dorada giró con dificultad. Los tres estantes y el espacio inferior estaban atiborrados de objetos dispares: una paleta con las heces de muchos atardeceres; una taza llena de cospeles; un rascaespaldas; una edición in-treinta y dos de Timón de Atenas traducida al zemblano por su tío Conmal, el hermano de la Reina; una sítala de playa (cubo de juguete); y un diamante azul de sesenta y cinco quilates, accidentalmente añadido durante su infancia a los guijarros y conchillas del cubo, y procedente de la colección de chucherías de su difunto padre; un trozo de tiza y un tablero cuadrado con un dibujo de figuras entrelazadas destinado a un juego olvidado hacía mucho tiempo. Estaba a punto de buscar en otra parte de la alacena cuando al tratar de soltar un pedazo de terciopelo negro, una de cuyas puntas se había enganchado de una manera inexplicable detrás del estante, algo cedió, el estante se movió, resultó desmontable y reveló justo debajo de su borde interno, en el fondo de la alacena, el agujero de una cerradura a la cual se adaptaba la misma llave dorada.

Con impaciencia despejó los otros dos estantes de todo lo que contenían (sobre todo ropas y zapatos viejos), lo retiró como había hecho con el del medio y abrió la puerta corrediza que había en el fondo de la alacena. Los elefantes habían sido olvidados, el Príncipe estaba de pie en el umbral de un pasadizo secreto. Las tinieblas eran totales, pero algo en la cavernosa acústica del pasadizo, que se aclaraba la garganta con un sonido hueco, le anunció grandes cosas y volvió corriendo a sus habitaciones en busca de un par de linternas y un pedómetro. Cuando volvía, llegó Oleg. Traía un tulipán. Desde la última visita al palacio se había cortado las suaves guedejas rubias, y el joven Príncipe pensó: Sí, yo sabía que iba a ser diferente. Pero cuando Oleg frunció las doradas cejas y se acercó inclinado para enterarse del descubrimiento, el joven Príncipe supo por el aterciopelado calor de aquella oreja carmesí y por el vivaz gesto con que asintió a la investigación propuesta, que no había habido ningún cambio en su querido compañero de lecho.

No bien Monsieur Beauchamp se hubo sentado para una partida de ajedrez a la cabecera de la cama del Sr. Campbell y hubo presentado sus puños cerrados para la elección, el joven Príncipe se llevó a Oleg a la alacena mágica. Los cautelosos y callados peldaños alfombrados de verde de un escalier dérobé conducían a un pasadizo subterráneo empedrado. A decir verdad, era «subterráneo» sólo en breves tramos cuando, después de excavarse paso debajo del vestíbulo sudoeste contiguo al cuarto de trastos viejos, pasaba debajo de una serie de terrazas, debajo de la avenida de abedules del parque real y luego debajo de las tres calles transversales, el bulevar de la Academia, la calle Coriolano y el pasaje Timón, que aún lo separaban de su destino final. Por lo demás, en su curso angular y críptico se ajustaba a las diversas estructuras que iba siguiendo, aquí aprovechando de un contrafuerte para adaptarse a él como un lápiz al estuche de una agenda de bolsillo, allá atravesando los sótanos de una gran casa demasiado abundante en pasillos oscuros como para notar la furtiva intrusión. Posiblemente en el curso de los años las ocasionales repercusiones de las obras de albañilería en los alrededores o las ciegas incursiones del tiempo mismo habían establecido ciertas arcanas conexiones entre el pasadizo abandonado y el mundo exterior, pues aquí y allá, de un charco de agua estancada dulce y fétida anunciadora de un foso, o de un oscuro olor a tierra y hierba que denotaba la proximidad de un glacis, podían deducirse aperturas y penetraciones mágicas, tan estrechas y profundas como para hacer perder la razón; y en un lugar donde el pasadizo se deslizaba a través del subsuelo de una inmensa villa ducal cuyos invernaderos eran famosos por sus colecciones de flora del desierto, una ligera capa de arena cambió por un momento el sonido de las pisadas. Oleg iba adelante; sus nalgas bien formadas, ceñidas por ajustado algodón índigo, se movían con vivacidad, y su propio resplandor erguido, más que su antorcha, parecía iluminar con chorro de luz el techo bajo las paredes muy juntas. Detrás de él la antorcha del joven Príncipe jugaba en el suelo y ponía una capa de harina en los muslos desnudos de Oleg. El aire estaba mohoso y frío. La fantástica madriguera seguía y seguía. Empezaba una ligera cuesta ascendente. El pedómetro marcaba 1800 metros cuando llegaron por fin al término. La mágica llave del cuarto de trastos viejos se introdujo con agradable facilidad en la cerradura de la puerta verde que tenían delante, y hubieran cumplido el acto prometido por su fácil introducción de no haber sido por la explosión de sonidos extraños que venían del otro lado de la puerta y que detuvieron a nuestros dos exploradores. Dos voces terribles, una de hombre y otra de mujer que de pronto subían a un tono apasionado, después se hundían en roncos murmullos, cambiaban insultos en gutnish tal como lo hablan los pescadores de Zembla occidental. Una abominable amenaza hizo chillar a la mujer de terror. Siguió un repentino silencio, roto ahora por la voz del hombre que murmuraba una frase breve de natural aprobación («Perfecto, querida», o «No podía ser mejor») más espeluznante aún que lo que había precedido.

Sin consultarse, el joven Príncipe y su amigo dieron media vuelta en un pánico absurdo y con el pedómetro girando enloquecido, volvieron a la carrera por el camino que habían recorrido. —¡Uf! —dijo Oleg, una vez restituido a su sitio el último estante—. Estás todo blanco por detrás —dijo el joven Príncipe mientras subían saltando las escaleras. Encontraron a Beauchamp y a Campbell que terminaban su partida en tablas. Era casi la hora de la cena. Los dos muchachos recibieron la orden de lavarse las manos. El estremecimiento reciente de la aventura había sido sustituido ya por otra clase de excitación. Se encerraron. El agua corría inútilmente por el grifo. Los dos se hallaban en un estado viril y gemían como palomas.

Este recuerdo detallado cuya estructura y mácula ha llevado cierto tiempo describir en esta nota, atravesó la memoria del Rey en un instante. Ciertas criaturas del pasado, y era una de ellas, pueden permanecer latentes durante treinta años como esta, mientras su hábitat natural sufre calamitosos cambios. Poco después del descubrimiento del pasaje secreto, el joven Príncipe estuvo a punto de morir de neumonía. En su delirio luchaba un momento por seguir un disco luminoso que escudriñaba un túnel interminable, y al siguiente trataba de abrazar las caderas fundentes de su bello camarada. Para reponerse lo enviaron un par de temporadas al sur de Europa. La muerte de Oleg a los quince años en un accidente de tobogán, contribuyó a obliterar la realidad de su aventura. Se necesitaba una revolución nacional para que aquel pasaje secreto volviera a ser real.

Después de comprobar que los pasos crujientes del guardia se alejaban a cierta distancia, el Rey abrió la alacena. Ahora estaba vacía, salvo el minúsculo volumen de Timon Afinsken que aún yacía en un rincón y algunas viejas ropas deportivas y zapatillas metidas en el compartimiento del fondo. Las pisadas se acercaban de vuelta. No se atrevió a continuar su exploración y volvió a cerrar con llave la puerta de la alacena.

Era evidente que necesitaría algunos instantes de perfecta seguridad para cumplir con un mínimo de ruido una serie de pequeños gestos: entrar en la alacena, cerrarla desde adentro, quitar los estantes, abrir la puerta secreta, volver a poner los estantes, deslizarse en la boca abierta de la oscuridad y cerrar con llave la puerta secreta. Digamos noventa segundos.

Salió a la galería y el guardia, un extremista bastante apuesto pero increíblemente estúpido, se le acercó en seguida. —Tengo cierto deseo urgente —dijo el Rey—. Quiero tocar el piano, Hal, antes de irme a dormir—. Hal (si es que se llamaba así) abrió la marcha hacia la sala de música donde, como el Rey sabía, Odón montaba guardia junto al arpa enfundada. Era un fornido irlandés de cejas rojizas, con una cabeza rosada cubierta ahora por una requintada gorra de obrero ruso. El Rey se sentó al Bechstein y en cuanto se quedaron solos, explicó en pocas palabras la situación, mientras sacaba unas notas tintineantes con una mano: —Nunca he oído hablar de ningún pasadizo —murmuró Odón con el fastidio de un jugador de ajedrez a quien se le muestra cómo hubiera podido salvar la partida que ha perdido. ¿Estaba Su Majestad absolutamente seguro? Su Majestad lo estaba. ¿Suponía que llevaba fuera del Palacio? Seguramente fuera del Palacio.

De todos modos, Odón tenía que irse pocos momentos después, porque actuaba esa noche en El Tritón, un viejo y buen melodrama que no se había representado, dijo, por lo menos durante tres décadas. —Estoy muy satisfecho con mi propio melodrama —señaló el Rey—. Ay —dijo Odón. Frunciendo el entrecejo, se puso lentamente la chaqueta de cuero. No se podía hacer nada esa noche. Si le pedía al comandante que lo dejara de guardia, sólo provocaría sospechas, y la menor de ellas podía ser fatal. Mañana encontraría alguna oportunidad de inspeccionar esa nueva vía de evasión, si es que lo era y no una vía muerta. ¿Prometería Charlie (Su Majestad) no intentar nada hasta entonces? —Pero se están acercando cada vez más —dijo el Rey, aludiendo el ruido de golpes y desgarraduras que venía de la Galería de Cuadros. —No tanto —dijo Odón— una pulgada por hora, quizá dos. Ahora tengo que irme —añadió indicando con un guiño al solemne y corpulento guardia que venía a relevarlo.

En la creencia inconmovible pero absolutamente errónea de que las joyas de la corona estaban escondidas en algún lugar del Palacio, la nueva administración había contratado a un par de expertos extranjeros (véase nota al verso 681) para que las ubicara. Durante un mes se había estado haciendo un buen trabajo. Los dos rusos, después de desmantelar prácticamente la Cámara del Consejo y varias otras habitaciones de recepción, habían trasladado sus actividades a aquella parte de la galería donde los enormes óleos de Eystein habían fascinado a varias generaciones de príncipes y princesas zemblanos. Incapaz de conseguir un parecido y limitándose por lo tanto a un estilo convencional de retrato de homenaje, Eystein demostró ser un prodigioso maestro del trompe l'oeil en la pintura de diversos objetos que rodeaban a sus dignos modelos difuntos, haciéndolos parecer aún más muertos por contraste con el pétalo caído o el pulido artesonado tratados con tanto amor y destreza. Pero en algunos de esos retratos Eystein había recurrido también a una forma extraña de la superchería: entre sus ornamentaciones de madera o lana, de oro o terciopelo, insertaba una realmente hecha del material que imitaba en otros lugares con la pintura. Esta estratagema cuyo objetivo aparente era realzar el efecto de sus valores táctiles y tonales tenía, sin embargo, algo de innoble y revelaba no sólo una falla esencial en el talento de Eystein, sino el hecho básico de que la «realidad» no es ni el sujeto ni el objeto del arte verdadero, el mal crea su propia realidad especial que nada tiene que ver con la «realidad» media percibida por el ojo del común de los mortales. Pero volvamos a nuestros técnicos cuyos golpes secos van acercándose por la galería hacia el codo donde están por separarse el Rey y Odón. En ese punto colgaba un retrato que representa a un antiguo Guardián del Tesoro, el decrépito Conde Kernel, pintado con los dedos ligeramente posados en un cofre repujado y blasonado cuya superficie externa, de frente al espectador, consistía en un medallón oblongo hecho de bronce verdadero, en tanto que sobre la tapa del cofre, en perspectiva, el artista había representado en un plato el interior de una nuez dividida en dos, bellamente pintada, con dos lóbulos, como un cerebro.

—Van a tener una sorpresa —murmuró Odón en su lengua materna, mientras en un rincón el guardián gordo, cumpliendo por deber algunas formalidades más bien solitarias, daba culatazos con el rifle.

Se podía disculpar que los dos profesionales soviéticos hubiesen supuesto que encontrarían un receptáculo real detrás del metal real. En ese preciso momento estaban por decidir si arrancarían la placa o bajarían el cuadro; pero podemos anticiparnos un poco y asegurar al lector que el receptáculo, un agujero redondo en la pared, estaba efectivamente allí, pero no contenía nada, salvo los pedazos de una cáscara de nuez.

Una cortina de hierro se había levantado en alguna parte, descubriendo otra pintada, con ninfas y nenúfares. —Mañana le traeré su flauta —exclamó Odón significativamente en la lengua vernácula y sonrió, agitó la mano desapareciendo ya, hundiéndose ya en su lejano mundo de Tespis.

El guardián gordo llevó al Rey de vuelta a su cuarto y lo dejó en manos del bello Hal. Eran las nueve y media. El Rey se acostó. El ayuda de cámara, un bribón taciturno, le sirvió su vaso habitual de leche y coñac y se llevó las pantuflas y la bata. El hombre estaba prácticamente fuera de la habitación cuando el Rey le ordenó que apagara la luz; un brazo volvió a meterse y una mano enguantada buscó el conmutador y lo hizo girar. Relámpagos distantes aún latían de vez en cuando en la ventana. El Rey terminó de beber en la oscuridad y puso el vaso vacío en la mesa de luz donde chocó repicando sordamente contra una linterna de acero preparada por las solícitas autoridades para el caso de que hubiera un corte de electricidad como últimamente solía suceder.

No podía dormir. Volviendo la cabeza, observaba la línea de luz debajo de la puerta. En ese momento se abrió suavemente y apareció su apuesto y joven carcelero. Una idea extraña danzó en la cabeza del Rey; pero todo lo que el joven quería era avisar al prisionero que tenía intención de juntarse con su compañero en el patio de al lado y que la puerta quedaría cerrada con llave hasta que volviera. Pero si el ex Rey necesitaba algo, podía llamarlo por la ventana. —¿Cuánto tiempo estarás ausente? —preguntó el Rey. —Yeg ved ik (no sé) —respondió el guardia. —Buenas noches, picarón —dijo el Rey.

Esperó a que la silueta del guardián apareciera en la luz del patio donde otros thuleanos lo invitaron a su juego. Entonces, en la oscuridad tranquilizadora, el Rey revolvió el fondo de la alacena en busca de ropas y se puso sobre el pijama lo que tomó por unos pantalones de esquiar y algo que olía a suéter viejo. Tanteando otro poco consiguió un par de zapatillas y un gorro de lana con visera. Después ejecutó los gestos que mentalmente había ensayado antes. Cuando estaba quitando el segundo estante, un objeto cayó con un ruidito sordo; adivinó lo que era y lo tomó como talismán.

No se atrevió a apretar el botón de la linterna hasta haberse engolfado suficientemente en el pasadizo, ni podía permitirse un tropezón ruidoso y por lo tanto se las arregló con los dieciocho peldaños invisibles en posición más o menos sentada como un novicio tímido que baja arrastrando el trasero por las rocas musgosas del Monte Kron. La pálida luz que proyectó al fin era ahora su más caro compañero, el fantasma de Oleg, el fantasma de la libertad. Experimentaba una mezcla de angustia y exaltación, una especie de alegría amorosa, como no había vuelto a sentir desde el día de su coronación cuando, mientras avanzaba hacia el trono, unos pocos compases de una música increíblemente rica, profunda, abundante (cuyos autor y fuente física nunca había podido averiguar) habían sorprendido su oído, y aspiró la brillantina del lindo paje que se había inclinado para sacar un pétalo de rosa del taburete, y a la luz de su linterna el Rey vio ahora que estaba horriblemente vestido de colorado.

El pasaje secreto parecía haberse vuelto más sórdido. La intrusión de sus alrededores era aún más evidente que el día en que dos muchachos, temblando con sus delgados suéters y sus pantalones cortos, lo habían explorado. El charco opalescente de agua estancada se había agrandado; por su orilla caminaba un murciélago enfermo como un tullido con un paraguas roto. La capa de arena que recordaba tenía la marca impresa treinta años antes por el zapato de Oleg, tan inmortal como las huellas de la gacela domesticada de un niño egipcio grabadas treinta siglos antes en ladrillos azules del Nilo secos al sol. Y en el lugar donde el pasaje atravesaba los cimientos de un museo, extraviadas no se sabe cómo, en exilio y tiradas, había una estatua decapitada de Mercurio, conductor de las almas al Mundo Inferior, y una crátera rajada con dos figuras negras jugando a los dados bajo una palmera negra.

El último recodo del pasadizo que terminaba en la puerta verde, contenía una acumulación de tablas sueltas por encima de las cuales el fugitivo pasó no sin tropezar. Abrió el cerrojo y al empujar la puerta lo detuvo un pesado cortinaje negro. Cuando empezaba a tantear entre sus pliegues verticales en busca de alguna clase de entrada, la débil luz de su linterna agitó un ojo desesperado y se apagó. La dejó caer: la linterna se deslizó en una nada sorda. El Rey hundió los dos brazos en los profundos pliegues de la tela que olía a chocolate y a pesar de la incertidumbre y el peligro del momento, su propio movimiento le recordó físicamente, en cierto modo, las cómicas ondulaciones, primero controladas, después frenéticas, de un telón de teatro que un actor nervioso trata en vano de atravesar. Esta sensación grotesca en ese diabólico instante, resolvió el misterio del pasaje aun antes de que se escurriera a través del cortinado para encontrarse en la lumbarkamer débilmente iluminada, confusamente iluminada, confusamente desordenada que había sido alguna vez el camarín de Iris Acht en el Teatro Real. Todavía era lo que había llegado a ser después de su muerte: un agujero polvoriento que daba a una especie de sala donde los actores se paseaban durante los ensayos. Los elementos de un decorado mitológico apoyados contra la pared ocultaban a medias una gran fotografía polvorienta del Rey Thurgus con marco de terciopelo —bigote tupido, pince-nez, medallas— tal como era en la época en que el pasadizo de una milla de largo le proporcionaba un medio extravagante para acudir a sus citas con Iris.

El fugitivo vestido de escarlata parpadeó y se dirigió hacia la sala. Encontró una cantidad de camarines. En alguna parte, a lo lejos, una tempestad de aplausos se agrandó antes de desvanecerse. Otros sonidos distantes señalaron el comienzo del intervalo. Varios actores disfrazados pasaron delante del Rey y en uno de ellos reconoció a Odón. Llevaba una chaqueta de terciopelo con botones de bronce, calzones cortos y medias rayadas, el traje dominguero de los pescadores gutnish, apretando todavía en el puño el cuchillo de cartón con el que acababa de despachar a su bienamada. —Santo Dios —dijo al ver al Rey.

Tomando un par de capas de un montón de trajes fantásticos, Odón empujó al Rey hacia una escalera que conducía a la calle. Al mismo tiempo se produjo una conmoción en un grupo de personas que fumaban en el vestíbulo. Un viejo intrigante que había conseguido el cargo de director de escena a fuerza de adular a varios funcionarios extremistas, apuntó de pronto con un dedo vibrante al Rey, pero como padecía de un serio tartamudeo no pudo proferir las palabras de reconocimiento indignado que le hacían castañetear los dientes postizos. El Rey trató de bajar sobre su cara la visera de la gorra y estuvo a punto de perder pie al final de las estrechas escaleras. Afuera llovía. Un charco reflejó su silueta escarlata. Había varios vehículos en una calle transversal. Allí es donde Odón solía dejar su coche de carrera. Durante un minuto espantoso pensó que había desaparecido, pero luego recordó con delicioso alivio que lo había estacionado aquella noche en un pasaje contiguo. (Véase la interesante nota al verso 149).

Versos 131-132: Yo era la sombra del picotero asesinado por la ficticia lejanía del cristal de la ventana.

La exquisita melodía de los dos versos que abren el poema se reitera aquí. La repetición de esa nota prolongada se salva de la monotonía gracias a la sutil variante del verso 132 en que la asonancia entre la segunda palabra y la rima proporciona al oído una especie de lánguido placer como el eco de una canción triste semiolvidada cuyos acentos tienen más sentido que las palabras. Hoy, en que la «ficticia lejanía» ha cumplido en efecto su temible deber y el poema que tenemos es la única «sombra» que queda, no podemos menos que leer en esos versos algo más que un juego de espejos y el temblor de un espejismo. Sentimos un destino funesto en la imagen de Gradus devorando las millas y millas de «ficticia lejanía» que lo separan del pobre Shade. Él también ha de encontrar en su vuelo urgente y ciego un reflejo que lo hará polvo.

Aunque Gradus utilizara toda clase de medios de locomoción —coches alquilados, trenes locales, escaleras mecánicas, aviones— en cierto modo el ojo del espíritu lo ve, y los músculos del espíritu lo sienten atravesando el cielo con un bolso negro de viaje en una mano y un paraguas mal cerrado en la otra, en un vuelo sostenido por encima del mar y de la tierra. La fuerza que lo impulsa es la acción mágica del poema de Shade, el mecanismo y el movimiento del verso, el poderoso motor yámbico. Nunca hasta ahora el inexorable avance del destino había recibido una forma tan sensual (para otras imágenes del enfoque trascendental de este vagabundo, véase la nota al verso 17).

Verso 137: lemniscata

«Una curva única y bicircular de cuarto grado» dice mi viejo diccionario fatigado. No alcanzo a entender qué tiene que ver esto con una bicicleta y sospecho que la frase de Shade no tiene un verdadero significado. Como otros poetas antes que él, parece haber sido víctima aquí del embrujo de una eufonía falaz.

Para dar un ejemplo patente: ¿qué puede ser más resonante, más resplandeciente, qué puede sugerir más belleza plástica y coral que la palabra coramen? Sin embargo en realidad designa simplemente la ruda correa con que el pastor zemblano sujeta sus humildes provisiones y su raída manta al lomo de la más apacible de sus vacas cuando las lleva al vebodar (pastizales de montaña).

Verso 143: un juguete de cuerda

¡Por un golpe de fortuna lo he visto! Una noche de mayo o junio caí por casa de mi amigo para recordarle una colección de folletos escritos por su abuelo, un pastor excéntrico, que según me había dicho una vez estaban guardados en el sótano. Lo encontré esperando con aire sombrío a algunas personas (colegas de su sección, creo, y sus mujeres) que venían a una cena formal. Accedió de buen grado a llevarme al sótano pero después de revolver entre pilas de libros y revistas polvorientas, dijo que trataría de encontrarlos en algún otro momento. Fue entonces cuando lo vi en un estante, entre un candelero y un despertador sin agujas. Shade, pensando que yo podía creer que había pertenecido a su hija muerta, me explicó apresuradamente que era tan viejo como él. Se trataba de un negrito de plomo pintado, con un agujero de cerradura en el costado y sin espesor, por así decirlo, pues consistía apenas en dos perfiles más o menos fundidos y su carretilla estaba toda torcida y rota. Dijo, sacudiéndose el polvo de las mangas, que lo conservaba como una especie de memento mori: había tenido un extraño desmayo un día, en su infancia, mientras jugaba con ese juguete. Nos interrumpió la voz de Sybil que nos llamaba desde arriba; pero no importa, ahora la máquina oxidada funcionará de nuevo, porque tengo la llave.

Verso 149: un pie en la cima de una montaña

La Cadena de Bera, una serie de escarpadas montañas de doscientas millas de largo, que no llega al extremo norte de la península zemblana (cortada en su base del continente de la locura por un canal impracticable), la divide en dos partes: la floreciente región oriental de Onhava y otras comunas como Aros y Grindelwod, y la franja occidental mucho más estrecha con sus pintorescas aldeas de pescadores y sus agradables estaciones balnearias. Las dos costas están unidas por dos autorrutas asfaltadas: la más antigua esquiva las dificultades dirigiéndose primero hacia el norte, a lo largo de las laderas orientales, en dirección a Odevalle, Yeslove y Embla, y sólo en ese momento dobla hacia el oeste en la punta más septentrional de la península; la más nueva, una carretera maravillosamente planeada, complicada y sinuosa, atraviesa la cadena de montañas hacia el oeste, del norte de Onhava a Bregberg, y las guías turísticas la califican de «ruta panorámica». Varias pistas cruzan las montañas en diversos puntos y llevan a pasos, ninguno de los cuales tiene más de cinco mil pies de altura; algunas cimas se elevan unos dos mil pies más y conservan la nieve en el verano; y desde una de ellas, la más alta y ríspida, el Monte Glitterntin, se puede distinguir los días claros, a lo lejos, al este, más allá del Golfo de la Sorpresa, una vaga iridiscencia que según dicen algunos es Rusia.

Después de escapar del teatro, nuestros amigos se habían propuesto seguir la vieja autorruta veinte millas en dirección al norte, y luego tomar a la izquierda un pobre camino poco frecuentado que los hubiera llevado eventualmente al principal escondrijo de los carlistas, un castillo de barón en un bosque de pinos en la ladera oriental de la Cadena de Bera. Pero el vigilante tartamudo había estallado al fin en un discurso espasmódico; los teléfonos funcionaron frenéticamente, y los fugitivos habían recorrido apenas unas doce millas cuando un resplandor confuso, frente a ellos, en la oscuridad, en la intersección de la vieja autorruta y la nueva, reveló una barrera que por lo menos tenía el mérito de suprimir los dos caminos de un solo golpe.

Odón dio media vuelta con el coche y en la primera oportunidad se desvió hacia el oeste, rumbo a las montañas. El sendero estrecho y lleno de baches que los tragó pasó por una leñera, llegó a un torrente, lo cruzó con gran repiqueteo de tablas y en seguida degeneró en un claro lleno de ramas cortadas. Estaban en el linde del bosque de Mandevil. El trueno retumbaba en el terrible cielo pardo.

Durante algunos segundos los dos hombres permanecieron inmóviles mirando hacia arriba. La noche y los árboles disimulaban la cuesta. Desde ese punto, un buen escalador podía llegar al paso de Bregberg al alba, si se las arreglaba para encontrar una pista practicable después de atravesar el muro negro del bosque. Decidieron separarse. Charlie proseguiría hacia el remoto tesoro de la gruta marina y Odón permanecería atrás como señuelo. Les ofrecería, dijo, una alegre persecución, adoptaría disfraces sensacionales y se pondría en contacto con el resto de la banda. Su madre era una norteamericana de New Wye, Nueva Inglaterra. Se dice que fue la primera mujer en el mundo que mató lobos y otros animales, creo, desde un avión.

Un apretón de manos, el fulgor de un relámpago. Cuando el Rey se metió entre los sombríos y húmedos helechos, su olor, su elasticidad de encaje y la mezcla de vegetación suave y de suelo escarpado le recordaron las veces que había merendado en esos lugares, en otra parte del bosque pero en la misma ladera de la montaña, y más arriba, de niño, en el campo de peñascos donde el Sr. Campbell una vez se había torcido un tobillo y habían tenido que bajarlo, fumando su pipa, dos fornidos criados. Recuerdos bastante tristes, en conjunto. ¿No había por allí un pabellón de caza, justo más allá de la cascada de Silfhar? Buena caza de perdices y becadas, deporte que apreciaba mucho su difunta madre, la Reina Blenda, una reina de tweed y a caballo. Ahora como entonces, la lluvia crepitaba en los árboles negros y si uno se detenía escuchaba los golpes del corazón y el gruñido lejano del torrente. ¿Qué hora es, kot or? Apretó el botón de su reloj de repetición que, imperturbable, silbó y tintineó las diez y veintiuna.

Cualquiera que haya tratado de escalar una pendiente empinada en una noche oscura, a través de una maraña de vegetación hostil, sabe a qué formidable tarea tenía que hacer frente nuestro montañés. Durante más de dos horas se mantuvo firme, tropezando contra los troncos, cayendo en las quebradas, aferrándose a invisibles arbustos, luchando contra un ejército de coníferas. Perdió su capa. Se preguntó si no sería preferible acurrucarse debajo de la maleza y esperar a que saliera el sol. De pronto una luz como una cabeza de alfiler brilló delante de él y pronto se encontró titubeando en la pendiente resbalosa de una pradera recién segada. Un perro ladró. Una piedra rodó bajo sus pies. Se dio cuenta de que estaba cerca de una bore de montaña (granja). Se dio cuenta también de que había caído en una zanja profunda llena de barro.

El nudoso granjero y su rolliza mujer que, como personajes de un cuento viejo y tedioso, ofrecieron al empapado fugitivo un agradable refugio, lo tomaron por un excéntrico excursionista que se había separado de su grupo. Se le permitió que se secara en una cocina caliente donde le dieron una comida de cuento de hadas, compuesta de pan y queso y un tazón de hidromiel de montaña. Sus sentimientos (gratitud, agotamiento, agradable calor, adormilamiento y así sucesivamente) eran demasiado evidentes para que sea necesario describirlos. Un fuego de raíces de alerce crepitaba en la estufa, y todas las sombras de su reino perdido se reunieron para danzar alrededor de su mecedora mientras dormitaba entre ese resplandor y la luz trémula de un pequeño fanal de terracota, un instrumento con un pico parecido a una lámpara romana que colgaba sobre un estante donde unas pobres chucherías de vidrio y pedazos de nácar se convertían en microscópicos soldados hormigueando en una batalla desesperada. Se despertó con un calambre en el cuello al primer repique de cencerro del alba, encontró a su huésped afuera, en un rincón húmedo destinado a las humildes necesidades de la naturaleza, y le rogó al buen grunter (granjero montañés) que le indicara el camino más corto para llegar al paso. —Voy a despertar a Garh, la pereza misma —dijo el granjero.

Una escalera rudimentaria conducía a un desván. El granjero apoyó su nudosa mano en la nudosa balaustrada y lanzó hacia las tinieblas de arriba un grito gutural:

—¡Garh! ¡Garh! —Aunque se aplica a los dos sexos, ese nombre, en rigor de verdad, es masculino, y el Rey esperaba ver salir del desván a un muchacho montañés de rodillas desnudas como un ángel atezado. En cambio apareció una joven tunanta desgreñada, vestida sólo con una camisa de hombre que le llegaba hasta las rosadas pantorrillas y un par de zapatos demasiado grandes para ella. Un momento después, como si fuera una transformista, reapareció con el amarillo pelo lacio y colgando, pero la camisa sucia había sido sustituida por un pulóver sucio y las piernas estaban enfundadas en un pantalón de pana. Se le dijo que acompañara al extranjero hasta un lugar desde donde podía llegar fácilmente al paso. Una expresión soñolienta y malhumorada borraba todo el atractivo que su cara redonda y su nariz respingada hubieran podido tener para los pastores del lugar; pero cumplió de buen grado los deseos de su padre. La esposa canturreaba una antigua canción mientras se ocupaba de sus ollas y sartenes.

Antes de irse, el Rey pidió a su huésped, cuyo nombre era Griff, que aceptara una vieja moneda de oro que resultó tener en el bolsillo, el único dinero que poseía. Griff lo rechazó enérgicamente y siempre protestando, empezó la laboriosa tarea de abrir dos o tres pesadas puertas y quitarles los candados. El Rey echó una mirada a la anciana mujer, obtuvo una guiñada aprobadora y puso el mudo ducado sobre el manto de la chimenea junto a una caracola violeta contra la cual estaba apoyada una foto en colores que representaba a un elegante oficial de la guardia con su esposa descotada: Karl el Bienamado, tal como era veinte años antes, y su joven reina, una joven virgen colérica de pelo negro carbón y ojos azules como el hielo.

Las estrellas acababan de desaparecer. Detrás de la muchacha y un feliz perro de pastor subió la pista herbosa que centelleaba bajo el rocío rubí en la luz teatral de un alba alpina. El aire mismo parecía coloreado y lustroso. Un frío sepulcral emanaba de la cuesta escarpada a cuyo flanco subía la pista; pero en el lado opuesto que caía a pique, aquí y allá, entre las cimas de los pinos que crecían más abajo, los rayos del sol como telarañas empezaban a urdir su trama de calor. En el recodo siguiente ese calor envolvió al fugitivo y una mariposa negra bajó bailando una pendiente de guijarros. El sendero seguía estrechándose y deteriorándose poco a poco en medio de una confusión de peñascos. La muchacha señaló las pendientes más allá de la pista. Él asintió con la cabeza. —Ahora vete a casa —dijo—. Descansaré aquí y luego continuaré solo.

Se dejó caer en la hierba cerca de una conífera rampante y aspiró el aire brillante. El perro jadeante se tendió a sus pies. Garh sonrió por primera vez. Las muchachas montañesas de Zembla son por lo general meros mecanismos de lujuria fortuita, y Garh no era una excepción. En cuanto se hubo instalado junto a él, se inclinó y deslizó por encima de su cabeza despeinada el grueso pulóver gris, revelando su espalda desnuda y sus pechos de blancmangé, e inundó a su compañero embarazado en toda la acritud de una feminidad descuidada. Iba a seguir desvistiéndose pero él la detuvo con un gesto y se puso de pie. Le agradeció toda su bondad. Acarició al perro inocente y sin volverse ni una sola vez, con paso elástico, el Rey empezó a subir la cuesta cubierta de hierba.

Se iba riendo bajito de la frustración de la moza cuando llegó a las inmensas piedras amontonadas alrededor de un pequeño lago al que había llegado una o dos veces desde la vertiente rocosa de Kronberg muchos años antes. Después advirtió el reflejo del lago a través de la abertura de una bóveda natural, obra maestra de erosión. La bóveda era baja y agachó la cabeza para descender hacia el agua. En su límpido espejo vio su reflejo escarlata pero, cosa rara, a causa de lo que parecía ser a primera vista una ilusión óptica, este reflejo no se hallaba a sus pies sino mucho más lejos; además, iba acompañado del reflejo, deformado por las ondulaciones, de una cornisa que dominaba desde lo alto su posición actual. Y por último, la tensión ejercida sobre la magia de la imagen la destruyó, mientras el doble del Rey vestido con un suéter colorado y una gorra colorada se volvía y desaparecía, en tanto que él, el observador, permanecía inmóvil. Avanzó entonces hasta el borde mismo del agua y allí se encontró con un reflejo auténtico, mucho más grande y más claro que aquel que le había engañado. Contorneó el pequeño lago. Arriba, en el cielo de un azul profundo sobresalía la cornisa vacía donde había estado pocos momentos antes el falso rey. Un estremecimiento de alfear (miedo incontrolable producido por los elfos) le corrió entre los omóplatos. Murmuró una plegaria familiar, se persignó y prosiguió resueltamente hacia el paso. En un punto alto, sobre una cima contigua, había un steinmann (montón de piedras erigido en memoria de una ascensión) coronado en su honor por una gorra de lana coronada. Siguió penosamente. Pero su corazón era un dolor cónico que le punzaba desde abajo en la garganta y al cabo de un rato se detuvo nuevamente para examinar las condiciones y decidir si treparía en cuatro patas la empinada cuesta llena de piedras o cortaría hacia la derecha, a lo largo de una franja de hierba alegrada de gencianas, que serpenteaba entre rocas musgosas. Eligió el segundo camino y en su momento llegó al paso.

Grandes desmoronamientos rocosos diversificaban el paisaje. Al sur los nippern (colinas redondeadas o reeks) se quebraban en zonas de luz y de sombra por obra de una pendiente cubierta de piedras y hierba. Hacia el norte se fundían las montañas verdes, grises, azuladas —el Falkberg con su capuchón de nieve, el Mutraberg con el abanico de su alud, el Paberg (Monte del Pavo Real) y otros, separados por estrechos y oscuros valles con nubes intercaladas como pedazos de algodón que parecían puestos entre la sucesión de crestas en retirada para impedir que sus flancos se arañaran. Más allá de ellas, en el azul final, se elevaba el Monte Glitterntin, una cresta dentada de brillante oropel, y hacia el sur una tierna niebla envolvía las crestas más distantes que se comunicaban entre sí en una hilera interminable, pasando por todos los matices de una suave evanescencia.

Había llegado al paso, el granito y la gravedad estaban vencidos; pero faltaba todavía el trecho más peligroso. Hacia el oeste bajaba hasta el mar resplandeciente una sucesión de pendientes cubiertas de brezos. Hasta ese momento la montaña se había situado entre él y el golfo; ahora estaba expuesto a la bóveda de fuego. Comenzó el descenso.

Tres horas más tarde caminaba por terreno llano. Dos viejas que trabajaban en un huerto se incorporaron lentamente y lo miraron. Había pasado los bosques de pinos de Boscobel y se iba acercando al muelle de Blawick cuando un coche negro de la policía salió de una calle transversal y se detuvo a su lado: —La broma ha ido demasiado lejos —dijo el conductor—. Hay un centenar de payasos metidos en la cárcel de Onhava y el ex Rey debe de estar entre ellos. Nuestra prisión local es demasiado pequeña para alojar más reyes. El próximo disfrazado será fusilado a primera vista. ¿Cuál es tu verdadero nombre, Charlie?

—Soy inglés. Un turista —dijo el Rey.

—Bueno, de todos modos quítate esa fufa colorada. Y la gorra. Dámelos. —Arrojó las cosas al fondo del coche y arrancó.

El Rey siguió caminando; la parte de arriba de su pijama azul metido en los pantalones de esquiar podía pasar fácilmente por una camisa de fantasía. Tenía un guijarro dentro de un zapato pero estaba demasiado agotado para hacer caso.

Reconoció el restaurante de la costa donde había almorzado de incógnito muchos años antes, con dos marineros divertidos, muy divertidos. Varios extremistas pesadamente armados bebían cerveza en la galería bordeada de geranios, entre los veraneantes habituales, algunos de los cuales estaban ocupados en escribir a distantes amigos. A través de los geranios, una mano enguantada tendió al Rey una tarjeta postal en la que vio garabateado: Vaya a las G. R. Bon voyage! Fingiendo un paseo sin objeto, llegó a la punta del muelle.

Era una deliciosa tarde con un poco de brisa y al oeste un horizonte como un vacío luminoso que aspiraba los corazones ávidos. El Rey, en el punto más crítico de su viaje, miró a su alrededor observando a los escasos paseantes y tratando de decidir cuáles de ellos podían ser agentes de policía disfrazados, dispuestos a caerle encima en cuanto saltara el parapeto para ir a las grutas Rippleson. Una sola vela roja ponía una mancha de algún interés humano en la extensión marina. Nitra e Indra (que significan «interior» y «exterior»), dos islas negras que parecen mantener entre ellas una conferencia secreta, eran fotografiadas desde el parapeto por un rechoncho turista ruso, con varios mentones y una carnosa nuca de general. Su marchita mujer, envuelta en una flotante echarpe floreada, observó en un moscovita cantarín: —Cada vez que veo a alguien tan horriblemente desfigurado, no puedo dejar de pensar en el hijo de Nina. La guerra es una cosa atroz.

—¿La guerra? —preguntó el consorte—. Debe de haber sido la explosión de la Fábrica de Vidrio de 1951, no la guerra. —Pasaron lentamente delante del Rey en la dirección de donde este había venido. Frente al mar, en un banco del paseo, un hombre con sus muletas al lado estaba leyendo el Onhava Post que presentaba en primera página a Odón con su uniforme de extremista y a Odón en el papel del Tritón. Por increíble que pueda parecer, la guardia del palacio nunca se había dado cuenta hasta entonces de esa identidad. Ahora se ofrecía una buena suma por su captura. Las olas lamían rítmicamente los guijarros. La cara del lector del periódico había sido atrozmente herida en la explosión que acababa de mencionarse, y todo el arte de la cirugía plástica sólo había dado por resultado una horrible textura taraceada con partes de dibujo y partes de contorno que parecían cambiar, fundirse o separarse como mejillas y mentones fluctúan tes en un espejo deformante.

El corto tramo de playa entre el restaurante en una punta del paseo y las rocas de granito en la otra, estaba casi vacío: lejos, a la izquierda, tres pescadores cargaban una chalupa con redes color marrón alga directamente al pie de la acera una mujer de cierta edad con un vestido a lunares y un tricornio de papel en la cabeza (EX REY VISTO) estaba sentada sobre los guijarros tejiendo, de espaldas a la calle. Tenía las piernas vendadas extendidas sobre la arena; a un lado había un par de pantuflas de tapicería y al otro un ovillo de lana roja, cuyo hilo conductor tironeaba de vez en cuando con la sacudida inmemorial del codo característica de la tejedora zemblana para hacer girar el ovillo y aflojar la hebra. Por último, en la acera una niñita de falda abullonada evolucionaba en sus patines con enérgico estruendo pero torpemente. ¿Un enano de las fuerzas policiales podía hacerse pasar por una niña con trencitas?

A la espera de que la pareja rusa se retirara, el Rey se detuvo junto al banco. El hombre de la cara de mosaico dobló el periódico y un segundo antes de que hablara (en el intervalo neutral entre la nube de humo y la detonación), el Rey supo que era Odón. —Es todo lo que se podía hacer en tan poco tiempo —dijo Odón, tironeando de su mejilla para mostrar cómo la película semitransparente de diversos colores se pegaba a su cara, modificando los contornos según la tensión—. Una persona bien educada —añadió— normalmente no examina de muy cerca a un pobre tipo desfigurado.

—Buscaba a los shpiks (policías de civil) —dijo el Rey.

—Han estado patrullando el muelle todo el día. Ahora están cenando.

—Tengo hambre y sed —dijo el Rey.

—Hay algo en el barco. Espere a que desaparezcan los rusos. De la niña podemos despreocuparnos.

—¿Y la mujer de la playa?

—Es el joven Barón Mandevil, el tipo que tuvo el duelo el año pasado. Ahora vamos.

—¿No podríamos llevarlo también?

—No vendría, tiene mujer y un niño pequeño. Vamos, Charlie, vamos, Su Majestad.

—Era mi paje de trono el Día de la Coronación. —Así, charlando, llegaron a las grutas Rippleson. Espero que el lector haya disfrutado de esta nota.

Verso 162: con su pura lengua, etc.

Es esta una manera singularmente indirecta de describir el tímido beso de una muchacha campesina; pero todo el pasaje es muy barroco. Mi propia infancia fue demasiado feliz y sana para contener nada remotamente parecido a los desvanecimientos que sufrió Shade. En su caso debe de haber sido una forma benigna de epilepsia, un descarrilamiento de los nervios en el mismo lugar, en la misma curva de los rieles, cada día, durante varias semanas, hasta que la naturaleza reparó los daños. ¿Quién puede olvidar las caras bonachonas, brillantes de sudor, de los ferroviarios con su pecho de cobre, apoyados en sus palas y siguiendo con la vista las ventanas del gran expreso que se desliza cautelosamente?

Verso 167: Hubo un tiempo, etc.

El poeta empezó el Canto Segundo (en la catorceava ficha) el 5 de julio, día en que cumplía sesenta años (véase nota al verso 181, «Hoy»). Me equivoco: sesenta y uno.

Verso 169: la supervivencia después de la muerte

Véase nota al verso 549.

Verso 171: una gran conspiración

Durante casi un año entero, después de la fuga del Rey, los extremistas siguieron convencidos de que él y Odón no habían salido de Zembla. El error sólo puede atribuirse a la vena de estupidez que fatalmente corre en la tiranía más competente. Los aparatos aéreos y todo lo relacionado con ellos obraron como un maleficio en las mentes de nuestros nuevos gobernantes a quienes la amable historia había ofrecido bruscamente una caja llena de esos artefactos zumbantes que suben verticalmente para que se divirtieran con ellos. Que un fugitivo importante utilizara para escapar otra vía que la aérea les parecía inconcebible. En pocos minutos, después que el Rey y el actor hubieron bajado precipitadamente las escaleras traseras del Teatro Real, no quedó ala en el cielo y en la tierra que no fuera censada, tal era la eficacia del Gobierno. Durante las semanas siguientes no se autorizó el despegue de ningún avión privado o comercial, y la inspección de los pasajeros en tránsito se hizo tan rigurosa y larga que las líneas internacionales decidieron cancelar las paradas en Onhava. Hubo algunos muertos. Un globo rojo fue derribado con entusiasmo y el aeronauta (un meteorólogo bien conocido) se ahogó en el Golfo de la Sorpresa. Un piloto de una base lapona que volaba en misión de socorro, se perdió en la niebla y fue tan violentamente acosado por los bombarderos zemblanos que tuvo que aterrizar en el pico de una montaña. Se podría encontrar una excusa a todo esto. La ilusión de la presencia del Rey en los yermos de Zembla fue mantenida por los conspiradores realistas que incitaban a regimientos enteros a buscar en las montañas y los bosques de nuestra abrupta península. El Gobierno gastó una cantidad absurda de energía en registrar a los cientos de impostores amontonados en las cárceles del país. La mayoría de ellos se las arregló para recobrar la libertad; unos pocos, ay, cayeron. Después, en la primavera del año siguiente, llegó del extranjero una noticia pasmosa. El actor zemblano Odón estaba dirigiendo un film en París.

Se conjeturó entonces correctamente que si Odón había huido, también el Rey había huido. En una sesión extraordinaria del Gobierno extremista pasó de mano en mano, en un silencio consternado, un ejemplar de un periódico francés con el titular: ¿EL EX REY DE ZEMBLA EN PARÍS? La exasperación vindicativa más que la estrategia de Estado impulsó a la organización secreta, de la que Gradus era un oscuro miembro, a tramar la destrucción del fugitivo real. ¡Matones despreciables! Se los puede comparar a esos gamberros que se mueren por torturar al invulnerable caballero cuyo testimonio los ha enviado a la cárcel de por vida. Se sabe que esa clase de condenados se vuelven locos furiosos a la sola idea de que la evasiva víctima cuyos testículos quisieran retorcer y desgarrarlos con sus uñas, está sentada debajo de una pérgola en alguna isla soleada, o acariciando entre sus rodillas a alguna joven y linda criatura en serena seguridad… ¡y burlándose de ellos! Es de suponer que no hay peor infierno que la rabia impotente que sienten cuando los inunda la certeza de esa dulce e implacable alegría y destruye lentamente sus cerebros de brutos. Un grupo de extremistas especialmente fervorosos que se habían aplicado a sí mismos el nombre de Sombras se habían reunido, jurado perseguir al Rey y matarlo donde quiera que estuviese. Eran en cierto sentido las sombras gemelas de los carlistas y en realidad varios tenían primos o incluso hermanos entre los seguidores del Rey. Sin duda, el origen de cada grupo está en los diversos ritos violentos de las fraternidades estudiantiles y de los círculos militares, y su desarrollo puede estudiarse en términos de modas y antimodas; pero en tanto que un historiador objetivo asocia con el carlismo un prestigio romántico y noble, el grupo que es su sombra nos sorprende como algo definitivamente gótico y odioso. La grotesca figura de Gradus, cruza de murciélago y cangrejo, no era mucho más extraña que muchas Sombras, como por ejemplo, Nodo, el medio hermano epiléptico de Odón que trampeaba con los naipes, o un Mandevil loco que había perdido una pierna tratando de fabricar antimateria. Gradus era desde hacía mucho tiempo miembro de toda clase de anémicas organizaciones de izquierda. Nunca había matado, aunque hubiese estado a punto de hacerlo varias veces en su opaca vida. Sostuvo más tarde que cuando resultó designado para descubrir las huellas del Rey y asesinarlo, la elección fue decidida mediante un juego de naipes… pero no olvidemos que habían sido barajados y distribuidos por Nodo. Quizá el origen extranjero de nuestro hombre fue secretamente lo que determinó una candidatura que no expusiera a ningún hijo de Zembla al deshonor de un verdadero regicidio. Podemos imaginar bien la escena: la lúgubre luz de neón del laboratorio en un anexo de la fábrica de vidrio donde las Sombras se reunían aquella noche; el as de pique en el suelo embaldosado; la vodka servida en tubos de ensayo; las muchas manos que palmeaban la espalda redonda de Gradus y la sombría exaltación del hombre al recibir esas felicitaciones bastante traidoras. Situamos ese momento fatídico a las 00h. 05, del 2 de julio de 1959, que resulta ser también la fecha en que un inocente poeta escribió los primeros versos de su último poema.

¿Gradus era realmente la persona indicada para el trabajo? Sí y no. Un día, en su temprana juventud, cuando trabajaba como mensajero en una grande y deprimente fábrica de cajas de cartón, ayudó tranquilamente a tres compañeros a tender una emboscada a un muchacho del lugar al que deseaban darle una tunda porque había ganado una motocicleta en una feria. El joven Gradus consiguió un hacha y dirigió la tala de un árbol, pero el árbol cayó mal, no bloqueó del todo el caminito por el que solía andar, generalmente al crepúsculo, la despreocupada víctima. El pobre muchacho que venía zumbando hacia el lugar donde lo acechaban aquellos matones era un lorenés delgado, de aspecto delicado y había que ser realmente infame para envidiarle su inofensiva diversión. Lo curioso es que, mientras esperaban nuestro futuro regicida se quedó dormido en una zanja y se perdió así la breve refriega durante la cual el bravo lorenés hizo morder el polvo y puso fuera de combate a dos de los atacantes, mientras el tercero, pisado por la moto, quedó lisiado para toda la vida.

Gradus nunca tuvo verdadero éxito en la industria del vidrio a la que se dedicó una y otra vez, entre la venta de vinos y la impresión de folletos. Empezó fabricando ludiones —figuritas de vidrio de botella que subían y bajaban en tubos llenos de metileno, que se vendían en los bulevares durante la Semana de Ramos. Trabajó también como fundidor y más tarde como chapista en fábricas del Gobierno y fue, creo, más o menos responsable de las ventanas rojo y ámbar, notablemente feas, del gran lavatorio público de ruidoso pero colorido Kalixhaven frecuentado por marineros. Pretendía haber perfeccionado la luminosidad y el chirrido de las llamadas feuilles d'alarme utilizadas por viticultores y horticultores para espantar a los pájaros. He clasificado las notas que a él se refieren de tal modo que la primera (véase la nota al verso 17 donde se bosquejan algunas de sus otras actividades) es la más vaga, en tanto que las siguientes se van aclarando a medida que el gradual Gradus se aproxima en el espacio y en el tiempo.

Simples resortes y espirales producían los movimientos internos de este hombre mecánico. Podía haber sido calificado de puritano. Una aversión esencial, formidable en su simplicidad, invadía su alma obtusa: aversión a la injusticia y al engaño. La unión de ambos —siempre iban juntos— le inspiraba un repudio terco y apasionado que no tenía ni necesitaba palabras para expresarse. Una aversión como esa hubiera merecido elogios de no haber sido el subproducto de la irremediable estupidez del individuo. Llamaba injusto y engañoso a todo aquello que superaba su entendimiento. Adoraba las ideas generales y lo hacía con un aplomo pedante. Lo general era divino, lo concreto diabólico. Si una persona era pobre y otra rica no importaba lo que había causado la ruina de uno o la riqueza del otro; la diferencia misma era injusta, y el pobre que no la denunciaba era tan malvado como el rico que la ignoraba. Las gentes que sabían demasiado, científicos, escritores, matemáticos, cristalógrafos, etc., no valían más que los reyes o los sacerdotes: todos detentaban una parte injusta del poder que habían quitado con imposturas a los otros. Un hombre sencillo y honesto debía esperarse alguna mala jugada astuta de parte de la naturaleza y de su vecino.

La revolución zemblana había dado muchas satisfacciones a Gradus pero también le había causado frustraciones. Un episodio sumamente irritante parece, visto con perspectiva, muy significativo por pertenecer a un orden de cosas que Gradus hubiera debido aprender a prever, cosa que nunca hizo. Un hombre que hacía imitaciones especialmente brillantes del Rey, el as de tenis Julius Steinmann (hijo del conocido filántropo), había eludido durante varios meses a la policía exasperada hasta el límite por la perfección con que parodiaba la voz de Charles el Bienamado, por la radio clandestina, en una serie de discursos en que ridículizaba al Gobierno. Capturado al fin, fue juzgado por una comisión especial, de la cual formaba parte Gradus, y condenado a muerte. El pelotón de ejecución hizo una chambonada y poco después el valeroso joven fue descubierto en un hospital de provincia donde se recuperaba de sus heridas. Cuando Gradus se enteró de esto, tuvo uno de sus raros accesos de cólera, no porque el hecho supusiera maquinaciones realistas, sino porque el curso limpio, honesto y ordenado de la muerte había sido contrariado de una manera sucia, deshonesta y desordenada. Sin consultar a nadie se precipitó al hospital, entró como una tromba, ubicó a Julius en una sala atestada y se las arregló para disparar dos veces, errando las dos, antes de que un robusto enfermero le arrebatara el arma. Volvió apresuradamente al cuartel general y regresó con una docena de soldados, pero el paciente había desaparecido.

Esas cosas enconan, ¿pero qué puede hacer Gradus? Las Parcas concertadas urden una gran conspiración contra Gradus. Uno observa con alegría excusable que sus semejantes no gozan jamás de la última emoción intensa de despachar ellos mismos a sus víctimas. O, sin duda, Gradus es activo, competente, útil, a menudo indispensable. Al pie del cadalso, en la mañana cruda y gris, Gradus es quien barre de los estrechos peldaños el polvo de nieve de la noche; pero su larga cara curtida no será la última que vea en este mundo el hombre que debe subir esas escaleras. Gradus es quien compra la valija de fibra barata que un tipo más feliz irá a meter, con una bomba de tiempo adentro, debajo de la cama de un antiguo camarada. Nadie sabe mejor que Gradus cómo tender una trampa por medio de un falso anuncio, pero la viuda vieja y rica que en ella cae, es cortejada y asesinada por otro. Cuando el tirano caído, desnudo y gritando, es atado a un poste en la plaza pública y asesinado lentamente por el pueblo que lo corta en tajadas y se lo come y se reparte su cuerpo viviente (como leí, siendo muchacho, en una historia de un déspota italiano, lo cual me hizo vegetariano para el resto de mis días), Gradus no participa del sacramento infernal: señala el instrumento adecuado y dirige el trinchado.

Todo esto es como debe ser; el mundo necesita de Gradus. Pero Gradus no debería matar reyes. Vinogradus no debería nunca, nunca, provocar a Dios. Leningradus no debería apuntar a la gente con su cerbatana, ni siquiera en sueños, porque si lo hace, un par de brazos de un grosor colosal y anormalmente velludos lo atraparán por atrás y apretarán, apretarán, apretarán.

Verso 172: libros y personas

En un cuaderno negro que afortunadamente llevo encima, encuentro, anotados aquí y allá, entre diversos extractos que por casualidad me habían gustado (una nota al pie de la Vida del Dr. Johnson, por Boswell, las inscripciones en los árboles de la famosa avenida Wordsmith, una cita de San Agustín, etc.), algunos ejemplos de la conversación de John Shade que recogí con el objeto de referirme a ellos en presencia de personas a las que mi amistad con el poeta podía interesar o aburrir. Su lector y el mío me disculparán, espero, si rompo el curso ordenado de estos comentarios y dejo que mi ilustre amigo hable por sí mismo.

Habiéndose mencionado a les críticos, dijo: «Nunca he acusado recibo de los elogios escritos aunque a veces he sentido el violento deseo de abrazar la resplandeciente imagen de este o aquel dechado de discernimiento; y nunca me he molestado en asomarme a la ventana para vaciar mi skoramis sobre la mollera de algún pobre cagatintas. Miro con el mismo desapego el vituperio y el ditirambo». Kinbote: «Supongo que usted descarta el primero por considerarlo el farfullar de un cretino y el segundo por creerlo la acción amistosa de un alma buena». Shade: «exacto».

Hablando del jefe del Departamento de Ruso, el Profesor Pnin, un verdadero tirano con sus subordinados (afortunadamente, el Profesor Botkin, que enseñaba en otro departamento, no dependía de ese «perfeccionista» grotesco): «Qué extraño que los intelectuales rusos no tengan ningún sentido del humor cuando cuentan con humoristas tan maravillosos como Gogol, Dostoievsky, Chejov, Zoshchenko y esa pareja de autores de genio, Ilf y Petrov».

Refiriéndose a la vulgaridad de un gordo que conocíamos: «El hombre es tan vulgar como un delantal de cocinero con la inscripción de chef». Kinbote (riendo): «¡Maravilloso!».

Sobre la cuestión de la enseñanza de Shakespeare en el nivel superior: «Antes de nada, dejar de lado las ideas y los antecedentes sociales y enseñar a los alumnos de primer año a estremecerse, a emborracharse con la poesía de Hamlet o Lear, a leer con la espina dorsal y no con el cerebro». Kinbote: «¿Aprecia usted especialmente las grandes tiradas?». Shade: «Sí, mi querido Charles, me revuelco en ellas como un perro bastardo agradecido en un rincón de hierba ensuciado por un gran danés».

Como se hablara del efecto y la interpenetración del marxismo y el freudismo, dije: «De dos doctrinas falsas la peor es la más difícil de desarraigar». Shade: «No, Charlie, hay criterios más sencillos: el marxismo necesita de un dictador, y un dictador necesita de una policía secreta, y eso es el fin del mundo; pero el freudiano, por estúpido que sea, aún puede depositar su voto en la urna, aunque le guste calificarlo (sonriendo) de polinización política».

Sobre los trabajos escritos de los alumnos: «En general soy muy benévolo (dijo Shade) pero hay ciertas insignificancias que no perdono». Kinbote: «¿Por ejemplo?». «No haber leído el libro exigido. Haberlo leído como un idiota. Buscar símbolos en él»; ejemplo: «El autor usa la imagen sorprendente de hojas verdes porque el verde es el símbolo de la felicidad y la frustración». Tengo también la costumbre de bajar catastróficamente la nota de un estudiante si usa las palabras «simple» y «sincero» en un sentido laudatorio; ejemplos: «El estilo de Shelley es siempre muy simple y bueno»; o «Yeats es siempre sincero». Es algo muy difundido y cuando oigo a un crítico que habla de la sinceridad de un autor sé que el crítico es un tonto o lo es el autor». Kinbote: «Pero me han dicho que se enseña esta manera de pensar en las escuelas secundarias». «Allí es donde habría que empezar a pasar la escoba. Un niño debería tener treinta especialistas que le enseñaran treinta materias, y no una maestra abrumada que le muestre la imagen de un arrozal y le diga que eso es la China, porque ella no sabe nada de la China ni de ninguna otra cosa, y no puede explicar la diferencia entre la longitud y la latitud». Kinbote: «Sí, estoy de acuerdo».

Verso 181: Hoy

Es decir, el 5 de julio de 1959, sexto domingo después de la Trinidad. Shade empezó a escribir el Canto Segundo «por la mañana temprano» (así indicó en lo alto de la ficha 14). Siguió (hasta el verso 208) durante todo el día. Dedicó casi toda la tarde y una parte de la noche a lo que sus autores favoritos del siglo dieciocho llamaban «el bullicio y la vanidad del mundo». Después que el último invitado se hubo marchado (en bicicleta) y se vaciaron los ceniceros, todas las ventanas quedaron oscuras durante un par dé horas; pero a eso de las tres de la mañana, desde mi cuarto de baño del piso alto, vi que el poeta había vuelto a su mesa de trabajo en la luz lila de su refugio, y en esta sesión nocturna el canto llegó al verso 230 (ficha 18). En otro viaje al cuarto de baño, una hora y media más tarde, a la salida del sol, vi que la luz había pasado al dormitorio, y sonreí con indulgencia pues según mis deducciones sólo habían pasado dos noches desde la tres mil novecientas noventa y nueveava vez… pero no importa. Pocos minutos después, la oscuridad era de nuevo compacta y me volví a la cama.

El 5 de julio a mediodía, en el otro hemisferio, en la pista barrida por la lluvia del aeropuerto de Onhava, Gradus, provisto de un pasaporte francés, se dirigía a un avión comercial ruso con destino a Copenhague, y este acontecimiento se sincronizaba con el hecho de que Shade empezaba por la mañana temprano (hora de la costa atlántica) a componer, o a escribir después de componerlos en la cama, los primeros versos del Canto Segundo. Casi veinticuatro horas más tarde, cuando llegó al verso 230, Gradus, después de una noche de descanso en la casa de campo de nuestro cónsul en Copenhague, una Sombra importante, había entrado, con la Sombra, en una tienda de confección para adecuarse a la descripción que de él se da en notas posteriores (a los versos 286 y 408). Hoy, migraña aún peor.

En cuanto a mis propias actividades, fueron, debo confesarlo, de lo más insatisfactorias desde todo punto de vista: emocional, creador y social. Esta mala racha había empezado la víspera cuando tuve la amabilidad de ofrecer a un joven amigo —candidato a mi tercera mesa de ping-pong, que después de una serie de sensacionales infracciones a las normas de tránsito había sido privado de su carnet de conductor— llevarlo en mi poderoso Kramler hasta la propiedad de sus padres, una bagatela de doscientas millas. En el curso de una fiesta que duró toda la noche, entre una multitud de extranjeros —jóvenes, viejos, muchachas empalagosamente perfumadas— en una atmósfera de fuegos artificiales, humo de parrillas, payasadas, jazz y zambullidas aurorales, perdí todo contacto con el chico tonto, me vi obligado a bailar, me vi obligado a cantar, me encontré metido en los parloteos más aburridos que quepa imaginar con diversos parientes del niño y por último, de la manera más inconcebible, me dejé arrastrar a otra fiesta en otra propiedad donde, después de algunos indescriptibles juegos de salón en los que casi me esquilaron la barba, me sirvieron un desayuno de frutas y cereales y mi anónimo huésped, un viejo borrachín de smoking y pantalones de montar, me llevó a dar una vuelta, tambaleando, por sus caballerizas. Después de ubicar mi coche (fuera del camino, en un bosque de pinos), saqué del asiento del conductor un par de pantalones de baño empapados y un zapato dorado de mujer. Los frenos se habían gastado durante la noche y pronto me quedé sin gasolina en un tramo desolado del camino. El reloj del Wordsmith College daba las seis cuando llegué a Arcady, jurándome que nunca volverían a pescarme en otra parecida y solazándome inocentemente ante la idea de pasar una velada tranquila con mi poeta. Sólo cuando vi la caja chata de cartón, encintada, que yo había dejado en una silla del vestíbulo, me di cuenta de que había estado a punto de pasar por alto su cumpleaños.

Poco antes había visto la fecha en la cubierta de uno de sus libros; había reflexionado en la espantosa decrepitud de su indumentaria a la hora del desayuno, había medido su brazo, como jugando, por comparación con el mío, y le había comprado en Washington una bata de seda absolutamente suntuosa, una verdadera piel de dragón de colores orientales, digna de un samurai: eso es lo que contenía la caja.

Me desvestí apresuradamente y rugiendo mi himno favorito, tomé una ducha. Mi versátil jardinero, mientras me daba la fricción que yo tanto necesitaba, me informó que los Shade daban esa noche una gran cena con mesitas y que el Senador Blank (un estadista franco de quien se hablaba mucho, primo de John) estaba invitado.

Pero no hay nada más agradable para un hombre solitario que una fiesta de cumpleaños improvisada y pensando —no, estaba seguro— que mi teléfono había sonado todo el día sin ser atendido, marqué alegremente el número de los Shade y naturalmente, fue Sybil la que contestó.

Bon soir, Sybil.

—Ah, hola, Charles. ¿Hizo un buen viaje?

—Bueno, para decir la verdad…

—Escuche, sé que usted quiere hablar con John, pero ahora está descansando y yo estoy ocupadísima. Le digo que lo llame más tarde, ¿eh?

—¿Más tarde, cuándo… esta noche?

—No, mañana, pienso. Llaman a la puerta. Hasta luego.

Extraño. ¿Por qué tenía que estar Sybil atenta a la campanilla de la puerta cuando además de la mucama y la cocinera había dos jóvenes extras de chaqueta blanca? Un falso orgullo me impidió hacer lo que hubiera debido: tomar mi regalo real bajo el brazo y dirigirme serenamente a aquella casa inhospitalaria. ¿Quién sabe? Tal vez me hubieran dado las gracias en la puerta de servicio con un trago de sherry de cocina. Confié en que hubiera habido un error y en que Shade telefonearía. Fue una amarga espera y el único efecto que tuvo la botella de champaña que me bebí solo pasando de una ventana a otra, fue una buena crápula (resaca).

Oculto detrás de un cortinado, detrás de un boj, a través del velo dorado de la tarde y del encaje negro de la noche, estuve mirando aquel césped, aquel sendero, aquella banderola semicircular, aquellas ventanas brillantes como joyas. El sol aún no se había puesto, cuando oí el coche del primer invitado, a las siete y cuarto. Oh, los vi a todos. Vi al viejo Dr. Sutton, con su cabeza nevada, un hombrecito perfectamente oval que llegó en un Ford tambaleante con su hija, una mujer alta, la Sra. Starr, viuda de guerra. Vi a una pareja, que después me enteré de que era el Sr. Colt, un abogado del lugar, y su esposa, cuyo atolondrado Cadillac entró hasta la mitad de mi sendero antes de retirarse en un despliegue de luminosos parpadeos. Vi a un viejo escritor de fama mundial, inclinado bajo el íncubo de los honores literarios y de su propia y prolífica mediocridad, que emergió en taxi, desde los oscuros días de antaño en que Shade y él habían dirigido conjuntamente una pequeña revista. Vi a Frank, el factótum de Shade, que se iba en la camioneta. Vi a un profesor de ornitología jubilado que venía desde la autorruta donde había estacionado ilegalmente su coche. Vi, acurrucada en su pequeño Pulex junto a su amiga, una especie de bello efebo de melena desgreñada, a la patrona de las artes que había patrocinado la última exposición de la tía Maud. Vi a Frank, que volvía con el anticuario de New Wye, al ciego Sr. Kaplún y su mujer, un águila decrépita. Vi a un estudiante coreano de smoking que llegaba en bicicleta y al presidente del College, con un traje raído, que llegaba a pie. Vi, en el ejercicio de sus tareas ceremoniales, pasando de la luz a la sombra y de una ventana a otra, donde como los martinis y los whiskies se entrecruzaban marcianos, a los dos jóvenes de chaqueta blanca, de la escuela hotelera, y me di cuenta de que conocía bien, muy bien, al más delgado de los dos. Y finalmente, a las ocho y media (cuando, me imagino, la dueña de casa había empezado a hacer crujir las articulaciones de sus dedos, manifestación habitual de su impaciencia) una larga limousine negra, oficialmente lustrosa y bastante fúnebre, se deslizó en el nimbo del sendero y mientras el gordo chófer negro se apresuraba a abrir la portezuela vi con lástima que mi poeta salía de su casa con una flor blanca en el ojal y una sonrisa de bienvenida en su cara arrebolada por el alcohol.

La mañana siguiente, en cuanto vi salir a Sybil en el coche en busca de Ruby, la criada que no dormía en la casa, crucé con la caja bien envuelta y con reproche. Delante del garaje, en el suelo, vi que había un buchmann, una pequeña pila de libros de la biblioteca que evidentemente Sybil había olvidado. Me incliné dominado por el demonio de la curiosidad: casi todos eran de Faulkner; y un segundo después Sybil estaba de vuelta, sus neumáticos crujieron en la grava justo detrás de mí. Añadí los libros a mi regalo y deposité la pila entera en su regazo. Muy amable de mi parte, ¿pero qué era esa caja? Simplemente un regalo para John. ¿Un regalo? Bueno, ¿no había sido ayer su cumpleaños? Sí, es cierto, pero después de todo ¿los cumpleaños no son meras convenciones? Convenciones o no, era también mi cumpleaños, una pequeña diferencia de dieciséis años, eso es todo. ¡Ah, vaya! Felicitaciones. ¿Y cómo había resultado la fiesta? Bien, usted sabe lo que son esas fiestas (aquí busqué en el bolsillo otro libro… un libro que ella no se esperaba). Sí, ¿qué son? Oh, gentes que usted ha conocido toda la vida y que debe invitar una vez por año, hombres como Ben Kaplún y Dick Colt con quienes fuimos a la escuela, y ese primo de Washington, y el tipo que escribe las novelas que usted y John consideran tan cursis. No le dijimos que viniera porque sabemos cómo le aburren esas cosas. Esto me dio pie.

—A propósito de novelas —dije—, usted se acuerda que una vez usted, su marido y yo decidimos que la obra maestra, mal acabada, de Proust era un enorme y demoníaco cuento de hadas, el sueño de un espárrago, sin relación alguna con cualquier tipo de gente de una Francia histórica, un travestissement sexual y una farsa colosal, el vocabulario de un genio y su poesía, pero nada más, dueñas de casa imposiblemente mal educadas, déjeme hablar por favor, y huéspedes peor educados todavía, peleas mecánicamente dostoievskianas y tolstoianos matices de esnobismo repetidos y estirados hasta una longitud intolerable, adorables marinas, avenidas fundentes, no, no me interrumpa, efectos de luz y sombra que rivalizan con los de los más grandes poetas ingleses, una flora de metáforas descripta, por Cocteau, creo, como un «espejismo de jardines suspendidos», y, todavía no he terminado, una absurda historia de amor, hecha de goma y cordeles, entre un pillastre joven y rubio (el ficticio Marcel) y una improbable jeune fille de pechos postizos, cuello ancho como el de Vronski (y Lyovin), y mejillas como nalgas de cupido; pero, y ahora déjeme terminar suavemente, estábamos equivocados, Sybil, estábamos equivocados al negarle a nuestro pequeño beau ténébreux la capacidad de evocar el «interés humano»: allí está, allí está, quizá más bien a la manera del siglo dieciocho o incluso del diecisiete. Se lo ruego, zambúllase o vuelva a zambullirse, araña, en este libro (ofreciéndolo), encontrará un lindo marcador que compré en Francia, quiero que John lo guarde. Au revoir, Sybil, tengo que irme. Me parece que mi teléfono está sonando.

Soy un zemblano muy taimado. Por si acaso había traído en el bolsillo el tercero y último volumen de la obra de Proust, en la edición de la Bibliothéque de la Pléiade, donde había marcado ciertos pasajes en las páginas 269-271. Mme. de Mortemart, habiendo decidido que Mme. de Valcourt no figuraría entre los «elegidos» de su velada, pensaba mandarle una nota al día siguiente que dijera: «Querida Edith, la echo de menos, anoche no la esperaba demasiado (¿cómo hubiera podido esperarme, se diría Edith, si no me había invitado?), porque sé que a usted no le gustan demasiado esta clase de reuniones, que más bien le aburren».

Tal fue el último cumpleaños de John Shade.

Versos 181-182: los picoteros… Una cigarra

El pájaro de los versos 1-4 y 131 está de nuevo con nosotros. Reaparecerá en el último verso del poema; y otra cigarra, dejando atrás su envoltura, cantará triunfante en los versos 236-244.

Verso 189: Starover Blue

Véase nota al verso 627. Esto recuerda el Juego Real de la Oca, pero jugado aquí con avioncitos de lata pintada; más bien el juego de la oca salvaje (saltar a la casilla 209).

Verso 209: desintegración gradual

El espacio-tiempo es en sí mismo desintegración; Gradus vuela hacia el oeste; ha llegado a la gris azulada Copenhague (véase nota al 181). Pasado mañana (7 de julio) seguirá a París. Ha pasado velozmente por este verso y se ha ido, para volver pronto a ennegrecer nuestras páginas.

Versos 213-214: Silogismo

Esto puede gustarle a un muchacho. Más tarde en la vida aprendemos que somos esos «otros».

Verso 230: un fantasma doméstico

Jane Provost, exsecretaria de Shade a quien visité recientemente en Chicago, me contó sobre Hazel mucho más que su padre; él al parecer no hablaba de su hija muerta y como yo no preveía este trabajo de investigación y comentario, no lo apremié a que tratara la cuestión y se desahogara conmigo. Es cierto que en este canto se ha desahogado no poco y que su retrato de Hazel es muy claro y completo; quizá demasiado completo, arquitectónicamente, pues el lector no puede menos de encontrar que ha sido desarrollado y elaborado en detrimento de ciertas materias más ricas y más raras a las que ha desplazado. Pero un comentador no puede eludir sus obligaciones, por aburrida que sea la información que haya de recoger y transmitir. De ahí esta nota.

Parece ser que a comienzos de 1950, mucho antes del incidente del granero (véase nota al verso 347), Hazel, que tenía entonces dieciséis años, estuvo comprometida en aterradoras manifestaciones «psicokinestésicas» que duraron casi un mes. Al principio, es de suponer, el poltergeist pretendía infundir a la perturbación la identidad de la tía Maud que acababa de morir; el primer objeto que entró en acción fue el cesto donde había guardado en otro tiempo a su skye terrier semiparalizado (raza que en nuestro país llamamos «perro sauce llorón»). Sybil había hecho eliminar al animal no bien hospitalizada su ama, provocando la ira de Hazel que estaba fuera de sí de desesperación. Una mañana esa cesta salió disparada del santuario «intacto» (véase versos 90-98) y avanzando por el corredor pasó delante de la puerta abierta del estudio donde Shade estaba trabajando; Shade la vio pasar silbando y desparramar su humilde contenido: una manta raída, un hueso de goma y un almohadón medio descolorido. Al día siguiente la escena de la acción se trasladó al comedor donde apareció uno de los óleos de la tía Maud (Ciprés y murciélago) vuelto contra la pared. Siguieron otros incidentes tales como breves vuelos a cargo del álbum de recortes (véase nota al verso 90) y, desde luego, toda clase de golpes, especialmente en el santuario, que despertaban a Hazel de su sueño sin duda apacible en la habitación vecina. Pero pronto el poltergeist, a falta de ideas en relación con la tía Maud se volvió, si así puede decirse, más ecléctico. Todos los movimientos triviales a que se limitan los objetos en esos casos, se cumplieron en este. Las cacerolas se estrellaban en la cocina; una bola de nieve apareció (quizá prematuramente) en la nevera; una o dos veces Sybil vio un plato volando como un disco y aterrizar intacto en el sofá; las lámparas se encendían en diversos lugares de la casa; las sillas iban, contorneándose, a reunirse en la intransitable despensa; aparecían misteriosos pedacitos de cordel en el suelo; invisibles juerguistas tambaleándose bajaban las escaleras en mitad de la noche; y una mañana de invierno Shade al levantarse, después de echar una mirada al tiempo, vio que la mesita de su despacho donde tenía un Webster como la Biblia abierto en la letra M, estaba afuera pasmada, posada en la nieve (subliminalmente, esto debe de haber contribuido a la génesis de los versos 5-12).

Me imagino que durante ese período los Shade, o por lo menos John Shade, experimentó una sensación de extraña inestabilidad como si partes del mundo cotidiano bien aceitado, se hubiesen desatornillado y uno comprobaba que alguno de los neumáticos rodaba al lado o que el volante se había soltado. Mi pobre amigo no podía sino recordar las dramáticas crisis de su infancia y preguntarse si no era esta una nueva variante genética del mismo tema, conservada a través de la procreación. Tratar de esconder a los vecinos estos horribles y humillantes fenómenos no era la menor preocupación de Shade. Estaba aterrado y destrozado por la compasión. Aunque nunca fue capaz de acorralar a la solemne, torpe, enfermiza y floja muchacha que parecía más interesada que asustada, él y Sybil nunca dudaron de que de ninguna manera extraordinaria Hazel fuera el agente de la perturbación que para ellos representaba (cito ahora a Jane P.) «una extensión exterior o una expulsión de demencia». No podían hacer gran cosa, en parte porque les desagradaba la moderna psiquiatría vudú, pero sobre todo porque tenían miedo de Hazel, miedo de herirla. Sin embargo tuvieron una conversación secreta con el viejo Dr. Sutton, erudito a la antigua, que los reconfortó. Estaban pensando en mudarse a otra casa, o más exactamente, se decían a voz en cuello el uno al otro, para ser oídos por quien pudiera estar escuchando, que estaban pensando en mudarse, cuando de pronto el espíritu maligno se fue, como ocurre con el moskovett, ese viento glacial, ese coloso de aire frío que sopla sobre nuestras costas orientales durante el mes de marzo, y una mañana uno oye a los pájaros, las banderas cuelgan flaccidas y los contornos del mundo están otra vez en su lugar. El fenómeno cesó por completo y fue, si no olvidado, por lo menos nunca más mencionado; pero qué curioso que no percibimos un signo misterioso de la ecuación entre el Hércules surgiendo del débil cuerpo de una niña neurótica y el fantasma turbulento de la tía Maud; qué curioso que nuestra racionalidad se sienta satisfecha con la primera explicación que se nos presenta cuando en realidad lo científico y lo sobrenatural, el milagro del músculo y el milagro del espíritu son inexplicables, como lo son todas las vías de Nuestro Señor.

Verso 231: qué ridículos, etc.

Una bella variante, con una curiosa omisión, empalma en este lugar del borrador (fechado el 6 de julio):

Extraño Más Allá donde viven todos los que han nacido muertos,

nuestros animales familiares, resucitados, y los inválidos curados,

y los espíritus que han muerto antes de llegar allí:

Pobre viejo Swift, pobre —pobre Baudelaire

¿Qué es lo que reemplaza el guión? A menos que Shade diera un valor prosódico a la muda e de «Baudelaire», cosa que, estoy seguro, nunca hubiera hecho en un poema inglés (cf. «Rabelais», verso 501), pues el nombre que aquí conviene debe escandirse como un troqueo. Entre los nombres de poetas, pintores, filósofos célebres que se han vuelto locos o se han hundido en una chochera senil, encontramos muchos que se adaptarían. ¿Estaba Shade ante una variedad demasiado grande sin que nada le ayudara a hacer una elección lógica y entonces dejó un blanco, confiando a la misteriosa fuerza orgánica que socorre a los poetas el cuidado de llenarlo como mejor le conviniera? ¿O había algo más, una oscura intuición, un escrúpulo profético que le impidió escribir el nombre de un hombre eminente que había sido uno de sus amigos íntimos? ¿Tomaba quizá precauciones debido a que un lector en su familia hubiera podido oponerse a que mencionara ese nombre? Y si es así, ¿por qué mencionarlo en ese contexto trágico? Sombríos, turbadores pensamientos.

Verso 238: estuche de esmeralda vacío

Entiendo que esta es la envoltura semitransparente que deja en el tronco del árbol una cigarra adulta que ha trepado por ese tronco efectuado su muda. Shade me dijo que una vez había interrogado a una clase de trescientos estudiantes y que sólo tres sabían cómo es una cigarra. Colonos ignorantes le habían aplicado el nombre de «langosta» que es, desde luego, un saltamonte, y el mismo error absurdo habían cometido generaciones de traductores de La Cigale et la Fourmi de la Fontaine (véanse versos 243-244). La compañera de la cigale, la hormiga, está por ser embalsamada en el ámbar.

Durante nuestros paseos a la puesta del sol, que fueron tan numerosos, nueve por lo menos (según mis notas) en junio, pero se redujeron a dos en las tres primeras semanas de julio (¡se reanudarán en el Más Allá!), mi amigo tenía una manera bastante coqueta de señalar con la punta de su bastón diversos objetos naturales curiosos. Nunca se cansaba de ilustrar por medio de esos ejemplos la extraordinaria mezcla de zona canadiense y zona austral que «obtenía», como él decía, en ese lugar especial de Appalachia, a nuestra altura de unos 1500 pies, especies septentrionales de pájaros, insectos y plantas mezcladas con representantes del sur. Como la mayoría de las celebridades literarias, Shade no parecía entender que un humilde admirador que ha terminado por arrinconar y disponer al fin para sí del inaccesible hombre de genio, esté mucho más interesado en discutir con él de literatura y vida que de oír decir que la «diana» (posiblemente una flor) se presenta en New Wye junto con el «atlantis» (posiblemente otra flor) y cosas de ese tipo. Recuerdo especialmente una exasperante caminata vespertina (6 de julio) que mi poeta me concedió con majestuosa generosidad, para resarcirme de un mal golpe (véase, véase a menudo la nota al verso 181), para recompensarme por mi regalito (que no creo que haya usado nunca), y con el asentimiento de su mujer que se empeñó en acompañarnos parte del camino hasta Dulwich Forest. Mediante astutas excursiones por la historia natural, Shade se me escapaba, a mí que tenía una curiosidad histérica, intensa, sin control por saber exactamente qué parte de las aventuras del rey zemblano había terminado en el curso de los cuatro o cinco últimos días. Mi defecto habitual, el orgullo, me impedía hacerle preguntas directas pero seguía volviendo a mis propios temas anteriores —la evasión del palacio, las aventuras en las montañas— para arrancarle alguna confesión. Uno podría imaginarse que un poeta, mientras compone una obra larga y difícil saltará sencillamente ante la oportunidad de hablar de sus triunfos y sus tribulaciones. ¡Nada de eso! Todo lo que obtuve en respuesta a mis interrogaciones infinitamente amables y cautelosas, fueron frases como: «Sí, va bastante bien», o «No, no hablo», y finalmente se libraba de mí con una anécdota bastante ofensiva sobre el Rey Alfredo a quien, decía, le gustaban las historias de un cortesano noruego pero sin embargo lo despachaba cuando tenía otra cosa que hacer: —Ah, está ahí —decía el descortés Alfredo al amable noruego que había venido para confiarle una variante sutilmente distinta de algún viejo mito nórdico que ya le había contado: Oh, there you are again! (¡Ah, está ahí de nuevo!). —Y así es como, mis queridos, un imaginativo exiliado, un bardo escandinavo inspirado por los dioses, lo conocen hoy los colegiales ingleses bajo el apodo trivial de Ohthere.

¡En fin! En una ocasión posterior mi caprichoso amigo, dominado por su mujer, fue mucho más amable (véase nota al verso 802).

Verso 240: Aquel inglés en Niza

Las gaviotas de 1933 están todas muertas, naturalmente. Pero dirigiéndose al London Times se puede obtener el nombre del benefactor de esas aves, a menos que Shade lo haya inventado. Cuando visité Niza un cuarto de siglo después, había, en lugar de aquel inglés, un personaje local, un viejo vagabundo barbudo tolerado o protegido como atracción turística, que se quedaba de pie como una estatua de Verlaine con una gaviota nada desdeñosa posada de perfil en su pelo desgreñado, o dormía la siesta al sol público, acurrucado cómodamente, de espaldas al mar que lo arrullaba con su movimiento, en un banco del paseo debajo del cual había ordenado prolijamente sobre un diario trozos multicolores de vituallas indeterminadas, para que se secaran o fermentaran. Por lo demás no habían muchos ingleses que se pasearan por allí, aunque vi unos pocos justo al este de Mentón, en el muelle donde en honor de la Reina Victoria, se había erigido, aunque no inaugurado, un macizo monumento que la brisa abrazaba con dificultad, para sustituir el que se habían llevado los alemanes. De un modo bastante patético, el cuerno impaciente de su unicornio favorito sobresalía a través de la tela.

Verso 246:… querida

El poeta se dirige a su mujer. El pasaje a ella dedicado (versos 246-292) tiene la utilidad estructural de servir de transición al tema de la hija. ¡Sin embargo, puedo afirmar que cuando los pasos de la querida Sybil sonaban arriba, duros y secos, no todo estaba siempre «muy bien»!

Verso 247: Sybil

Esposa de John Shade, Irondell de soltera (nombre que no viene de un pequeño valle que produce oro, sino de la palabra francesa que designa a la golondrina). Era unos meses mayor que él. Creo saber que era de origen canadiense, como la abuela materna de Shade (prima hermana del abuelo de Sybil, si no me equivoco).

Desde el comienzo mismo traté de ser de lo más cortés con la esposa de mi amigo, y desde el comienzo mismo ella me tomó ojeriza y desconfianza. Había de enterarme más tarde que al referirse a mí en público me trataba de «garrapata elefantina; moscón equino; gusano de macaco; monstruoso parásito de un genio». Se lo perdono, a ella y a todo el mundo.

Verso 270: mi sombría Vanessa

¡Es tan típico de un auténtico erudito en busca de un apodo cariñoso dar el nombre genérico de una mariposa a una divinidad órfica en la cima de la inevitable alusión a Vanhomrigh, Esther! A este respecto, un par de versos de uno de los poemas de Swift (que en estos apartados parajes no puedo localizar) se me han quedado en la memoria:

Cuando he aquí que Vanessa floreciente

apareció como la estrella de Atalanta

En cuanto a la vanessa, esta mariposa reaparecerá en los versos 993-995 (véase nota). Shade solía decir que en viejo inglés su nombre era El Rojo Admirable, después corrompido en El Rojo Almirante. Es una de las pocas mariposas que conozco. Los zemblanos la llaman harvalda (la heráldica) posiblemente porque se puede reconocer su forma en el escudo de los Duques de Payn. Gertos años, en otoño, solía aparecer con bastante frecuencia en los jardines del palacio y visitar las reinas margaritas en compañía de una falena diurna. He visto al Rojo Admirable dándose un banquete de ciruelas pasadas o de conejo muerto. Es una mariposa muy juguetona. Un espécimen casi domesticado fue el último objeto natural que John Shade me mostró cuando marchaba a su perdición (véase ahora, ahora mismo, mi nota a los versos 993-995).

Siento un ligero perfume de Swift en algunas de mis notas. Yo también soy por naturaleza melancólico, un hombre desasosegado, susceptible y desconfiado, aunque tengo mis momentos de volubilidad y fou rire.

Verso 275: Hace cuarenta años que nos casamos

John Shade y Sybil Swallow (véase nota al verso 247) se casaron en 1919, exactamente tres decenios antes de que el Rey Charles contrajera enlace con Disa, Duquesa de Payn. Desde el comienzo de su reinado (1936-1958), los representantes de la nación, los pescadores de salmón, los vidrieros no sindicados, los grupos militares, los parientes afligidos y especialmente el Obispo de Yeslove, un santo y sanguíneo anciano, habían hecho todo lo posible por convencerlo de que abandonara sus copiosos pero estériles placeres y tomara mujer. No era cuestión de moralidad sino de sucesión. Como en el caso de algunos de sus predecesores, rudos «reyes de los alisos» que ardían por los muchachos, el clero ignoró pura y simplemente las costumbres paganas de nuestro joven soltero, pero quiso que hiciera lo que antes que él había hecho otro Charles aún más recalcitrante: disponer de una noche y engendrar legalmente un heredero.

Vio a Disa por primera vez, cuando ella tenía diecinueve años, la noche de fiesta del 5 de julio de 1947, en un baile de disfraz en el palacio de su tío. Disa había ido vestida de hombre, de joven tirolés, con las rodillas un poco juntas pero valiente y encantadora, y después los llevó por las calles a ella y a sus primos (dos guardias disfrazados de floristas) en su nuevo y divino convertible, para mostrarles la formidable iluminación de cumpleaños, y las fackeltanz en el parque, y los fuegos artificiales, y las caras pálidas mirando hacia arriba. Vaciló durante casi dos años, pero fue asediado por consejeros de una elocuencia inhumana, y al fin cedió. La víspera de su boda rezó casi toda la noche, encerrado a solas en la fría vastedad de la catedral de Onhava. Viejos monarcas satisfechos lo miraban desde las vidrieras de rubí y amatista. Nunca había pedido a Dios consejo y fuerza con tanto fervor (véase más adelante mi nota a los versos 433-434).

Después del verso 274 hay un falso comienzo en el borrador:

Me gusta mi nombre: Shade, Ombre, casi «hombre» en español…

Uno lamenta que el poeta no hubiera seguido con este tema, evitando al lector las embarazosas intimidades que siguen.

Verso 286: la huella rosa de un avión sobre el fuego del poniente

Yo también tenía la costumbre de señalar a la atención de mi poeta la idílica belleza de los aviones en el cielo de la tarde. ¡Quién hubiera podido sospechar que el mismo día (7 de julio) que Shade escribió este verso radiante (el último de la ficha veintitrés), Gradus, alias Dégré, había volado de Copenhague a París, completando así la segunda etapa de su siniestro viaje! Aun en la Arcadia estoy, dice la Muerte en la inscripción sepulcral.

Las actividades de Gradus en París habían sido planeadas por las Sombras con bastante cuidado. Tenían toda la razón al suponer que no sólo Odón sino nuestro antiguo cónsul en París, el difunto Oswin Bretwit, sabían dónde encontrar al Rey. Decidieron que Gradus fuera primero a sondear a Bretwit. Este caballero tenía un departamento en Meudon donde vivía solo, no salía más que para ir a la Biblioteca Nacional (donde leía obras de teosofía y resolvía problemas de ajedrez publicados en diarios viejos) y no recibía visitantes. El plan preciso de las Sombras fue el resultado de un golpe de suerte. Suponiendo que Gradus carecía del equipo mental y del don de imitación necesario para encarar a un realista entusiasta, le sugirieron que se hiciera pasar por un comisionista totalmente apolítico, un hombrecito neutral interesado únicamente en obtener un buen precio de los diversos documentos que unos particulares le habían pedido que sacara de Zembla para entregar a sus legítimos dueños. La suerte, en una de sus rachas anticarlistas, lo ayudó. Una de las Sombras menos importantes a la que llamaremos el Barón A., tenía un suegro llamado Barón B., un viejo burócrata inofensivo, jubilado desde hacía mucho tiempo y absolutamente incapaz de entender ciertos aspectos renacentistas del nuevo régimen. Había sido, o creía haber sido (la distancia retrospectiva magnifica las cosas) un amigo íntimo del difunto Ministro de Asuntos Exteriores, el padre de Oswin Bretwit, y por lo tanto esperaba con impaciencia el día en que pudiera entregar al «joven» Oswin (quien, entendía él, no era exactamente persona grata para el nuevo régimen) un montón de preciosos papeles de familia que el polvoriento barón había encontrado por casualidad en los archivos de una oficina del Gobierno. De pronto le informaron que el día había llegado: los documentos iban a ser enviados inmediatamente a París. Se le permitió añadir una breve nota que decía:

He aquí algunos preciosos papeles pertenecientes a su familia. No puedo hacer nada mejor que ponerlos en manos del hijo del gran hombre que fue mi compañero de estudios en Heidelberg y mi maestro en el servicio diplomático. Verba volant, scripta manent.

Los scripta en cuestión eran doscientas treinta largas cartas que habían cambiado unos setenta años antes Zule Bretwit, tío abuelo de Oswin, alcalde de Odevalla, y un primo suyo, Ferz Bretwit, alcalde de Aros. Esta correspondencia, un lamentable intercambio de perogrulladas burocráticas y de bromas altisonantes, carecía incluso del interés limitado que pueden tener las cartas de este tipo para el historiador local —pero naturalmente, no se puede saber qué es lo que repelerá o atraerá a un descendiente sentimental— y los antiguos subordinados de Oswin sabían todos que eso es lo que era. Me gustaría tomarme el tiempo de interrumpir este seco comentario y rendir un breve homenaje a Oswin Bretwit.

Físicamente, era un hombrecito calvo, enfermizo, que parecía una bellota pálida. Su cara estaba singularmente desprovista de carácter. Tenía ojos café con leche. Uno lo recuerda siempre con brazal de luto. Pero este exterior insípido traicionaba la calidad del hombre. ¡Desde el otro lado de las centelleantes estrías del océano, yo te saludo, bravo Bretwit! Que aparezcan por un momento su mano y la mía en un firme apretón a través del agua, por encima de la dorada aparición de un sol emblemático. Que esta insignia no sea jamás utilizada como publicidad por una compañía de seguros o una compañía de aviación en las páginas satinadas de una revista, bajo la imagen de un hombre de negocios retirado, estupefacto y honrado por la vista de la bandeja en tecnicolor que la azafata le ofrece con todo lo que es capaz de darle; o más bien, que este sublime apretón de manos sea considerado en nuestro cínico siglo de frenética heterosexualidad como el último pero duradero símbolo del valor y la abnegación. Con cuánto fervor uno hubiera soñado que un símbolo similar pero en forma verbal hubiese imbuido el poema de otro querido amigo; pero no sería así… ¡Es inútil buscar en Pálido Fuego (¡oh, cuán pálido, es cierto!), el calor de mi mano estrechando la tuya, pobre Shade!

Pero volvamos a los techos de París. El coraje en Oswin Bretwit iba unido a la integridad, la bondad, la dignidad y lo que podría calificarse, con un eufemismo, de ingenuidad encantadora. Cuando Gradus telefoneó desde el aeropuerto y para despertarle el apetito le leyó el mensaje del Barón B. (salvo la cita en latín), Bretwit sólo pensó en una cosa: el regalo que le aguardaba. Gradus se había negado a decirle por teléfono qué eran exactamente los «preciosos papeles», pero ocurría justamente que el excónsul había esperado en los últimos tiempos recuperar una valiosa colección de sellos que su padre había legado unos años antes a un primo muerto después. El primo había vivido en la misma casa que el Barón B., y con la mente llena de estas cuestiones embrolladas y fascinantes, el excónsul, mientras aguardaba a su visitante, se preguntaba sin cesar, no si la persona que venía de Zembla era un impostor peligroso, sino si le traería todos los álbumes a la vez o lo haría gradualmente para ver lo que podría obtener del trabajo que se había tomado. Bretwit esperaba que el asunto quedaría concluido esa misma noche, pues a la mañana siguiente debía ser hospitalizado y posiblemente operado (lo fue, y murió bajo el bisturí).

Si dos agentes secretos pertenecientes a dos facciones rivales se enfrentan en una batalla de ingenios, y si uno de ellos no lo tiene, el efecto puede ser divertido; es aburrido si los dos son estúpidos. Desafío a cualquiera a que encuentre en los anales de la conspiración y la contraconspiración algo más inepto y más tedioso que la escena que ocupa el resto de esta nota concienzuda.

Gradus se sentó con incomodidad en el borde de un sofá (en el cual un rey cansado se había tendido menos de un año antes), metió la mano en su portafolios, tendió a su huésped un abultado paquete envuelto en papel marrón y trasladó sus asentaderas a una silla cercana a la de Bretwit para poder observar con comodidad su lucha con el cordel. En un silencio pasmado, Bretwit contempló lo que al fin había desenvuelto y luego dijo:

—Bueno, esto es el fin de un sueño. Esta correspondencia fue publicada en 1906 o 1907, no, en 1906, al fin, por la viuda de Bretwit, incluso debo de tener por ahí un ejemplar entre mis libros. Además, no es un ológrafo sino un apógrafo, hecho por un escribiente para uso de los impresores, observará usted que los dos alcaldes tienen la misma letra.

—Qué interesante —dijo Gradus verificándolo.

—Naturalmente, aprecio la amable intención que hay detrás de esto —dijo Bretwit.

—Estábamos seguros de que así sería —dijo Gradus satisfecho.

—El Barón B. ha de estar un poco gaga —continuó Bretwit—, pero repito, su amable intención es conmovedora. ¿Supongo que desea usted algún dinero por haberme traído este tesoro?

—El placer que usted siente debería ser nuestra única recompensa —respondió Gradus—. Pero permítame que le hable con franqueza: nos hemos tomado mucho trabajo para cumplir esta misión como es debido, y yo he recorrido un largo camino. Sin embargo quiero proponerle un pequeño arreglo. Si usted es bueno con nosotros, nosotros seremos buenos con usted. Sé que sus fondos están un poco… (gesto de escasez y guiñada).

—Muy cierto —suspiró Bretwit.

—Si nos sigue no le costará un centavo.

—Oh, podría pagar algo. (Mueca y encogimiento de hombros).

—No necesitamos su dinero (Palma de agente de tránsito). Pero este es nuestro plan. Tengo mensajes de otros barones para otros fugitivos. En realidad, tengo cartas para el fugitivo más misterioso de todos.

—¡Qué! —exclamó Bretwit con candida sorpresa—. ¿Saben en el país que su Majestad ha salido de Zembla (Le hubiera dado unos azotes al pobre viejo).

—Claro que sí —dijo Gradus frotándose las manos y jadeando de placer animal, cuestión de instinto sin duda pues el hombre no podía concebir inteligentemente que la metida de pata del excónsul no era más que la primera confirmación de la presencia del Rey en el extranjero—: Claro —repitió con una sonrisa cargada de sentido—, y le quedaré muy agradecido si pudiera recomendarme al Sr. X.

Al oír estas palabras una falsa verdad se abrió camino en Oswin Bretwit y gimió para sí: «¡Naturalmente! ¡Qué obtuso soy! Es uno de los nuestros. Los dedos de su mano izquierda empezaron a agitarse como si tiraran de los hilos de una marioneta, mientras sus ojos seguían atentamente el gesto de satisfacción, típico de clase baja, de su interlocutor. Un agente carlista que se revela a un superior, debe hacer un signo correspondiente a la X (de Xavier) en el alfabeto manual de los sordomudos: la mano en posición horizontal y el índice curvado con bastante blandura mientras el resto de los dedos se arracima (muchos han criticado este signo por su excesiva flojera; hoy se ha sustituido por una combinación más viril). En las diversas ocasiones en que Bretwit lo hiciera, el gesto había sido precedido durante un momento de suspenso —un hueco en la Textura del Tiempo más que un retardo real— por algo análogo a lo que los médicos llaman aura, una extraña sensación a la vez tensa y vaporosa, una inefable exasperación de frío y de calor que invade todo el sistema nervioso antes de una crisis. Y en esta oportunidad también Bretwit sintió que el vino mágico se le subía a la cabeza.

—Muy bien, estoy dispuesto. Déme la señal —dijo ávidamente.

Gradus, decidido a correr el riesgo, echó una mirada a la mano sobre las rodillas de Bretwit; sin que su dueño se diera cuenta, parecía estar apuntando a Gradus su papel en un murmullo manual. Trató de copiar lo que aquella mano estaba esforzándose por dar a entender, simples rudimentos de la señal pedida.

—No, no —dijo Bretwit con una sonrisa indulgente para el torpe novicio—. La otra mano, amigo mío. Su Majestad es zurdo, como usted sabe.

Gradus hizo la prueba de nuevo, pero como una marioneta rechazada, la pequeña apuntadora enloquecida había desaparecido. Contemplando avergonzado sus cinco extranjeros regordetes, Gradus completó los movimientos de un hacedor de sombras chinescas incompetente y semiparalítico y por fin hizo el vago signo de la V de la Victoria. La sonrisa de Bretwit empezó a desvanecerse.

Desaparecida la sonrisa, Bretwit (el nombre significa Comprensión del Ajedrez) se levantó de la silla. En una habitación más grande hubiera caminado de un extremo al otro, pero en aquel estudio atestado no podía. Gradus el Chapucero se abrochó los tres botones de su ajustada chaqueta marrón y sacudió varias veces la cabeza.

—Creo —dijo con tono contrariado— que hay que jugar limpio. Si yo le traigo esos preciosos papeles, usted debe arreglarme una entrevista o por lo menos darme la dirección.

—Yo sé quién es usted —exclamó Bretwit, señalándolo—. ¡Usted es un periodista! Usted viene enviado por ese diarucho danés que asoma en su bolsillo —mecánicamente Gradus manoteó el periódico y frunció el ceño—. ¡Tuve la esperanza de que hubieran renunciado a venir a molestarme! ¡Qué vulgaridad fastidiosa! No hay nada sagrado para ustedes, ni el cáncer, ni el exilio, ni el orgullo de un rey —ay, esto es cierto no sólo con respecto a Gradus; en Arcadia también tiene colegas.

Gradus, sentado, contemplaba sus zapatos nuevos: rojo caoba con las puntas picadas. Tres pisos más abajo una ambulancia impaciente se abría paso a toques de sirena en las calles oscuras. Bretwit desahogó su impaciencia con las cartas ancestrales que estaban sobre la mesa. Agarró la pila ordenada con el papel que la envolvía y arrojó todo en el cesto de papeles. El cordel cayó al lado, a los pies de Gradus que lo recogió y lo añadió a los scripta.

—Por favor, váyase —dijo el pobre Bretwit—. Tengo un dolor en la ingle que me vuelve loco. Hace tres noches que no duermo. Ustedes los periodistas son tipos tercos, pero yo también lo soy. Nunca le diré nada sobre mi rey. Adiós. Esperó en el rellano que los pasos de su visitante bajaran y llegaran a la puerta de entrada que se abrió y cerró. Luego la luz automática de la escalera se apagó con el ruido de un puntapié.

Versos 287-288: cuando canturreas haciendo una valija

La ficha (la veinticuatro) con este pasaje (versos 287-299) data del 7 de julio, y debajo de esa fecha encuentro en mi pequeña agenda este garabato: Dr. Ahlert, 15,30. Como me sentía un poco nervioso, como la mayoría de la gente ante la perspectiva de ver a un médico, pensé en comprar, en el camino al consultorio, algún calmante para impedir que la aceleración de mi pulso indujera en error a la crédula ciencia. Encontré las gotas que deseaba, tomé el aromático brebaje en la farmacia y me iba cuando vi a los Shade que salían de una tienda, en la puerta siguiente. Ella llevaba un nuevo bolso de viaje. La terrible idea de que pudieran irse de vacaciones de verano neutralizó el efecto del medicamento que acababa de tragar. Uno se acostumbra tanto a que la vida de los demás transcurra paralelamente a la propia que un brusco desvío de parte del satélite paralelo provoca un sentimiento de estupefacción, vacío e injusticia. ¡Y, además, aún no había terminado «mi» poema!

—¿Piensan viajar? —pregunté, sonriente y señalando el bolso.

Sybil lo levantó por las asas como si fuera un conejo y lo consideró con mis ojos.

—Sí, a fin de mes —dijo—. Después que John haya terminado su trabajo.

(¡El poema!).

—¿Y adonde, si se puede saber? —(volviéndome hacia John).

El Sr. Shade miró a la Sra. Shade y ella respondió por él, a su manera habitual, brusca y desenvuelta, que todavía no estaban seguros, quizá fuera Wyoming o Utah o Montana, y tal vez alquilarían en alguna parte un chalet a 6000 o 7000 pies.

—En medio de los altramuces y los álamos temblones —dijo el poeta gravemente. (Evocando el paisaje).

Empecé a calcular en voz alta la altura en metros y me pareció excesiva para el corazón de John, pero Sybil le tironeó de la manga recordándole que tenían otras compras que hacer, y me dejaron con unos 2000 metros y un eructo perfumado a valeriana.

¡Pero a veces el destino de alas negras puede desplegar una solicitud exquisita! Diez minutos más tarde el Dr. A. —que también trataba a Shade— me contaba con impasible minucia que los Shade habían alquilado un pequeño ranch que unos amigos que se iban a otra parte, tenían en Cedarn, Utana, en la frontera del Idoming. Desde el consultorio del Doctor volé a una agencia de viajes, conseguí mapas y folletos, los estudié, aprendí que en la ladera de la montaña que domina Cedarn hay dos o tres grupos de cabañas, corrí a mandar un pedido al correo de Cedarn, y unos días más tarde tenía alquilado para el mes de agosto algo que, a juzgar por las instantáneas que me habían mandado parecía una cruza de isba de mujik y de Refugio Z, pero que tenía un cuarto de baño embaldosado y costaba más caro que mi castillo appalachiano. Ni los Shade ni yo dijimos una palabra sobre nuestras direcciones de verano, pero yo sabía, y ellos no, que era la misma. Cuanto más me indignaba la evidente intención de Sybil de ocultármela, más dulce me resultaba imaginar mi brusca aparición en traje tirolés, desde detrás de un peñasco, y el aire acobardado pero sonriente de John. Durante la quincena en que dejé que mis demonios llenaran mi espejo goético hasta desbordar de acantilados rosa y malva, de negros enebros, caminos tortuosos, de artemisa que se transforma en hierba y lujuriantes flores azules, de esos álamos temblones pálidos, como la muerte, mientras una interminable hilera de Kimbotes en shorts verdes encontraba una antología de poetas y el hato de sus mujeres, debo de haber cometido algún terrible error en mis conjuros, pues el flanco de la montaña está seco y lúgubre, y el ranch desvencijado de los Hurly, sin vida.

Verso 293: Ella

Hazel Shade, la hija del poeta, nacida en 1934, muerta en 1957 (véanse notas a los versos 230 y 347).

Verso 316: el Toothwort White frecuentó nuestros bosques en mayo

Francamente, no estoy seguro de lo que significa esto. La variante escrita al margen no es de mucha ayuda:

En los bosques la piéride de Virginia aparecía en mayo

¿Personajes del folklore, quizá? ¿Hadas? ¿O mariposas de la col?

Verso 319: pato carolino

Bonita imagen. El pato carolino, ave de ricos colores esmeralda, amatista, cornalina, con marcas negras y blancas es incomparablemente más hermoso que el tan encarecido cisne, ganso serpentino con un cuello sucio de felpa amarillenta y palmetas de caucho negro como un hombre rana.

Dicho sea de paso, la nomenclatura popular de los animales americanos refleja el espíritu simple y utilitario de los pioneros ignorantes y aún no ha adquirido la pátina de los nombres de la fauna europea.

Verso 334: vino a buscarla

«¿Vendrá alguna vez a buscarme?», solía preguntarme mientras esperaba y esperaba, en ciertos crepúsculos ámbar y rosa, a un amigo de ping-pong o al viejo John Shade.

Verso 347: viejo granero

Este granero, o más bien cobertizo, donde «ciertos fenómenos» se produjeron en octubre de 1956 (pocos meses antes de la muerte de Hazel Shade), había pertenecido a un tal Paul Hentzner, granjero excéntrico de origen alemán, con aficiones pasadas de moda como la taxidermia y la herborización. Por un extraño ardid del atavismo era (según Shade, a quien le gustaba hablar de él, la única vez, dicho sea de paso, en que mi viejo y querido amigo se puso un poco pesado) una regresión a los «curiosos alemanes» que tres siglos antes habían sido los padres de los primeros grandes naturalistas. Aunque según un criterio académico fuera un hombre sin educación, sin verdadero conocimiento de las cosas alejadas en el espacio y en el tiempo, había en él algo pintoresco, de la tierra, que a John Shade le gustaba mucho más que los refinamientos suburbanos del Departamento de Inglés. Él, que se mostraba tan exigente en la elección de sus compañeros de paseos, gustaba de vagabundear con el flaco y solemne alemán, una tarde de cada dos, seguir el sendero del bosque que subía a Dulwich y dar toda la vuelta por los campos de sus conocidos. Él, que se complacía en la palabra justa, estimaba a Hentzner porque sabía «los nombres de las cosas», aunque algunos de esos nombres fueran sin duda monstruosidades locales, o germanismos, o puros inventos del viejo pillo.

Ahora se paseaba con otro compañero. Recuerdo límpidamente una tarde perfecta en que mi amigo daba salida a un chisporroteo de chistes, retruécanos y anécdotas a las que yo respondía galante con cuentos de Zembla y fugas de cortar el aliento. Cuando íbamos orillando el bosque de Dulwich, me interrumpió para mostrarme una gruta natural en las rocas musgosas, al borde del sendero, bajo los cornejos en flor. Era el lugar donde el buen granjero se detenía invariablemente y una vez que iban en compañía de su hijo pequeño este, que trotaba al lado de ellos, señaló con el dedo y observó con carácter informativo: «Aquí es donde papá orina». Otra historia, menos insustancial, me aguardaba en lo alto de la colina donde un cuadrado invadido por epilobios, asclepias y vernonias donde revoloteaban nubes de mariposas, contrastaba brutalmente con los solidagos que había todo alrededor. Después que la mujer de Hentzner lo hubo abandonado (alrededor de 1950), llevándose el niño consigo, él vendió su granja (ahora reemplazada por un autocine) y se fue a vivir a la ciudad; pero las noches de verano solía llevarse una bolsa de dormir al granero que estaba en la punta de las tierras que aún poseía, y allí murió una noche.

El granero había estado en el lugar cubierto de malezas que Shade hurgaba con el bastón favorito de la tía Maud. Un sábado por la noche un joven estudiante empleado en el hotel de la universidad y una moza del lugar fueron allí por una razón cualquiera y estaban charlando o dormitando cuando creyeron volverse locos de terror al oír ruidos de cadenas y ver luces errantes que les hicieron escapar espantados. Nadie se preocupó realmente por saber qué les había hecho huir, si un fantasma ofendido o un pretendiente rechazado. Pero la Wordsmith Gazette («El diario de estudiantes más antiguo de los EE. UU.») se apoderó del incidente y empezó a sacarle el relleno como un perrito dañino. Varios presuntos especialistas en espiritismo visitaron el lugar y todo el asunto se transformó tan abiertamente en una broma pesada, con la participación de los chistosos más conocidos del College, que Shade se quejó a las autoridades, con el resultado de que el granero inútil fue demolido por constituir un peligro de incendio.

De Jane P. obtuve, sin embargo, gran cantidad de informaciones muy diferentes y mucho más patéticas, que me explicaron por qué mi amigo había considerado oportuno regalarme con vulgares travesuras de estudiantes, pero también me hizo lamentar el haberle impedido llegar al punto que confusamente y no sin cierta turbación (porque, como he dicho en una nota anterior, nunca tuvo interés en referirse a su hija muerta) apuntaba, llenando una pausa bien venida con un extraordinario episodio de la historia de la Universidad de Onhava. Este episodio se produjo en el año de gracia de 1876. Pero volviendo a Hazel Shade, había decidido investigar ella misma esos fenómenos para un trabajo («sobre cualquier tema») que le había pedido en el curso de psicología un profesor astuto que recogía datos sobre los «Aspectos autoneurinológicos de los estudiantes universitarios norteamericanos». Sus padres le permitieron hacer una visita nocturna al granero sólo a condición de que Jane P. —considerada de absoluta confianza— la acompañara. Apenas se habían instalado las muchachas cuando una tormenta eléctrica que duraría toda la noche envolvió el refugio con aullidos y relámpagos tan teatrales, que fue imposible prestar atención a los ruidos y luces interiores. Hazel no renunció y unos días más tarde le pidió a Jane que fuera otra vez con ella, pero Jane no podía. Me dijo haber sugerido que los mellizos White (dos encantadores estudiantes aceptados por los Shade) la sustituyeran. Pero Hazel rechazó categóricamente este nuevo arreglo y después de una disputa con sus padres, tomó su linterna y su cuaderno de notas y partió sola. Es fácil imaginar cuánto temían los Shade un recrudecimiento de la perturbación del poltergeist, pero el Dr. Sutton, siempre sagaz, afirmó —no sé con qué autoridad— que prácticamente se desconocen casos en que la misma persona se encuentra metida de nuevo en esa clase de manifestaciones después de un lapso de seis años.

Jane me autorizó a copiar algunas de las observaciones de Hazel basadas en notas tomadas en el lugar mismo:

22.14. Comienzo de las investigaciones.

22.23. Raspados y balbuceos.

22.25. Un pequeño círculo de luz pálida, del tamaño de una carpetita, revoloteó por las paredes sombrías, las ventanas clausuradas y el piso, cambió de lugar, se detuvo aquí y allá, dando saltos; parecía esperar, fastidiando por divertirse, una embestida evitable. Desaparecido.

22.37. Reaparición.

Seguían varias páginas de notas, pero por razones obvias debo renunciar a transcribirlas en este comentario. Había largas pausas y de nuevo «raspados y balbuceos», y vueltas del circulito luminoso. Ella le hablaba. Si le preguntaba algo que le parecía deliciosamente tonto («¿Eres un fuego fatuo?»), se lanzaba de aquí para allá en extática negación, y cuando quería dar una respuesta grave a una pregunta grave («¿Estás muerto?»), se elevaba lentamente como para ganar altura y dejarse caer pesada y afirmativamente. Durante algunos instantes respondía al alfabeto que ella recitaba hasta que decía la letra exacta, tras de lo cual el circulito daba un pequeño salto de aprobación. Pero esos saltos se volvieron cada vez más distraídos y después de haberse deletreado lentamente un par de palabras, el redondelito aflojó como un niño cansado y por último se metió en una grieta, de donde voló de pronto con brío extravagante y empezó a girar por las paredes en su ansia por renovar el juego. El revoltijo de palabras cortadas y sílabas sin sentido que al fin logró reunir se presentaban en sus notas escrupulosas como una corta línea de simples grupos de letras. Transcribo:

pada ata lana par not odo sol wart alen to tala feur for rant tal toldo

En sus Observaciones la transcriptora dice que ha tenido que recitar el alfabeto, o por lo menos empezar a recitarlo ochenta veces, de las que diecisiete no dieron ningún resultado. Las divisiones basadas en intervalos tan variables no pueden ser sino bastante arbitrarias; algunos de esos galimatías se pueden reagrupar en otras unidades lexicológicas que no significarían mucho más (por ej, «todo», «talento», «forran», etc.). El fantasma del granero parece haberse expresado con la dificultad empastada de la apoplejía o del semisueño, acuchillado por la luz del techo, un desastre militar de consecuencias cósmicas que la lengua espesa y mal dispuesta no puede expresar claramente. Y en este caso también nosotros podríamos sentir el deseo de abreviar las preguntas de un lector o compañero de lecho hundiéndonos de nuevo en la beatitud del olvido, si alguna fuerza diabólica no nos instara a buscar un secreto designio en el abracadabra,

812 algún vínculo laberíntico, una especie

813 de estructura concordante en el juego,

Detesto esa clase de juegos; me hacen doler abominablemente las sienes, pero los he afrontado valientemente y he meditado sin fin, con la paciencia y el disgusto infinitos de un comentador, las sílabas mutiladas del informe de Hazel en busca de una mínima alusión al destino de la pobre muchacha. No encontré ni una. Ni el espectro del viejo Hentzner, ni la linterna de bolsillo de un sinvergüenza en acecho, ni la propia imaginación histérica de Hazel, expresan nada aquí que pueda interpretarse, aunque sea remotamente, como una advertencia o la menor relación con las circunstancias de su muerte próxima.

El informe de Hazel hubiera podido ser más largo si —como le dijo a Jane— el recomienzo de los «raspados» no hubiera sacudido de pronto sus nervios fatigados. El redondelito de luz que hasta entonces se había mantenido a distancia, se precipitó hostilmente hacia sus pies de modo que estuvo a punto de caerse del bloque de madera que le servía de asiento. Le abrumó saber que estaba sola en compañía de un ser inexplicable y quizá muy maligno, y con un estremecimiento que estuvo a punto de dislocarse los omoplatos, se apresuró a volver al asilo celeste de la noche estrellada. Un sendero familiar lleno de gestos calmantes y otras pequeñas muestras de consuelo (grillo solitario, farol solitario) le conducía a su casa. Se detuvo y lanzó un aullido de terror: un sistema de manchas oscuras y pálidas coaguladas en una figura fantástica se había levantado del banco del jardín hasta donde llegaba la luz de la galería de entrada. No tengo idea de lo que puede ser la temperatura media de una noche de octubre en New Wye, pero sorprende que la ansiedad de un padre sea tan grande en el caso presente como para hacerle velar al aire libre, en pijama y con la indefinible «salida de baño» que mi regalo de cumpleaños iba a sustituir (véase nota al verso 181).

Hay siempre «tres noches» en los cuentos de hadas, y en este triste cuento de hadas hay también una tercera. Esta vez Hazel quiso que sus padres fueran testigos con ella de la «luz parlante». Las actas de esa tercera sesión en el granero no se han conservado, pero ofrezco al lector la escena siguiente que a mi juicio no puede estar muy lejos de la verdad:

EL GRANERO EMBRUJADO

Oscuridad completa. Se oye al Padre, a la Madre y a la Hija que respiran suavemente en diferentes rincones. Pasan tres minutos.

EL PADRE (a la Madre): ¿Estás bien, ahí?

LA MADRE: Ajá. Estos sacos de patatas hacen un perfecto…

LA HIJA (con la fuerza de una máquina de vapor): ¡Sh-sh-sh!

Pasan quince minutos en silencio. El ojo empieza a descubrir aquí y allá, en la oscuridad, ranuras azules y una estrella.

LA MADRE: Eso fue la barriga de papá, creo… no un fantasma.

LA HIJA (con énfasis): ¡Muy divertido!

Transcurren otros quince minutos. El Padre, hundido en pensamientos sobre su trabajo, lanza un suspiro neutral.

LA HIJA: ¿Es necesario suspirar así todo el tiempo?

Transcurren quince minutos.

LA MADRE: Si me pongo a roncar, que el Espectro me pellizque.

LA HIJA (exagerando el dominio de sí misma): ¡Mamá, por favor! ¡Por favor, mamá!

El padre se aclara la garganta pero decide no decir nada. Transcurren otros doce minutos.

LA MADRE: ¿Alguno de ustedes se da cuenta de que todavía quedan algunas de esas bombas de crema en el refrigerador?

Es demasiado.

LA HIJA (estallando): ¿Por qué tienes que echarlo todo a perder? ¿Por qué siempre tienes que echar todo a perder? ¿Por qué no puedes dejar a la gente tranquila? ¡No me toques!

EL PADRE: Vamos, vamos, Hazel, tu madre no dirá una palabra más y seguiremos con… pero hace una hora que estamos aquí sentados y se está haciendo tarde.

Pasan dos minutos. La vida es desesperada, la otra vida implacable. Se oye a Hazel que llora despacio en la oscuridad. John Shade enciende una lámpara. Sybil enciende un cigarrillo. Se levanta la sesión.

La luz nunca volvió pero aún brilla en un breve poema «La naturaleza de la electricidad», que John Shade había enviado a la revista de Nueva York, The Beau and the Butterfly, en 1958, pero que no apareció hasta después de su muerte:

Los muertos, los buenos muertos, ¿quién sabe?,

se quedan en los filamentos de tugsteno,

y en mi mesa de luz brilla

la novia difunta de otro hombre.

Y quizá Shakespeare inunda toda

una ciudad con innumerables luces,

y el alma incandescente de Shelley

atrae a las pálidas falenas de las noches sin estrellas.

Los faroles de las calles tienen números, y quizá

el número novecientos noventa y nueve

(que brilla tan vivamente a través de un árbol

tan verde) es un viejo amigo mío.

Y cuando por encima de la llanura lívida

juegan los ganchos de los relámpagos, quizá contienen

los tormentos de un Tamerlán,

el rugido de los tiranos desgarrados en el infierno.

La ciencia nos dice, por lo demás, que la Tierra no sólo caería en pedazos, sino que se desvanecería como un fantasma, si la Electricidad desapareciera de pronto del mundo.

Verso 347: Invertía las palabras

Uno de los ejemplos que da su padre es extraño. Estoy casi seguro de que fui yo quien, un día que hablábamos de «palabras espejo», observó (y recuerdo la expresión de estupefacción del poeta) que «loma» al revés da «malo» y «Adán», «nada». Pero también es cierto que Hazel Shade se parecía a mí en ciertos aspectos.

Versos 367-370: then-pen, again-explain

Hablando, John Shade, como buen norteamericano, rimaba «again» con «pen» y no con «explain». La posición contigua de estas rimas es curiosa.

Verso 376: poema

Creo poder adivinar (en mi caverna de montaña desprovista de libros) de qué poema se trata; pero sin verificar, no quiero nombrar al autor. De todas maneras, deploro los pérfidos ataques contra los poetas más distinguidos de nuestro tiempo.

Versos 376-377: se decía, en el curso de Literatura Inglesa, que era

En el borrador figura una variante más significativa y más armoniosa:

el Jefe de nuestra Sección estimaba

Aunque esto se pueda tomar como una referencia al hombre (quienquiera que fuese) que ocupaba ese cargo en la época en que Hazel Shade era estudiante, no se podría criticar al lector si la aplicara a Paul H. Jr., el distinguido administrador e inepto erudito que desde 1957 era jefe de la Sección Inglés del Wordsmith College. Nos veíamos de vez en cuando (véase la introducción y la nota al verso 894), pero no a menudo. El Jefe de la Sección a la que yo pertenecía era el Prof. Nattochdag, «Netochka», como llamábamos al buen hombre. Desde luego, un extranjero no tenía derecho a las migrañas que desde hace cierto tiempo me torturan hasta tal punto que una vez tuve que salir en mitad de un concierto donde me tocó estar sentado junto a Paul H. Jr. Al parecer lo tenía, y tanto. Paul H. no me quitó los ojos de encima e inmediatamente después de la muerte de John Shade, se vio circular una copia mimeografiada de una carta que empezaba así:

Varios miembros del Departamento de inglés están dolorosamente inquietos por el destino de un poema manuscrito, o partes de un poema manuscrito, que ha dejado el dijunto John Shade. El manuscrito ha caído en manos de una persona que no sólo no está calificada para la tarea de editarlo, puesto que pertenece a otra sección, sino que se le considera un desequilibrado. Cabe preguntarse si alguna acción legal… etc.

«Acción legal», desde luego, que podría intentar también algún otro. Pero no importa; la justa cólera es mitigada por la satisfacción de saber de antemano que el caballero engagé estará menos inquieto por la suerte del poema de mi amigo después de haber leído el pasaje comentado aquí. A Southey le gustaba la rata asada para la cena, lo cual es especialmente cómico dado que las ratas devoraron a su obispo.

Verso 384: libro sobre Pope

El título de esta obra que se encuentra en la biblioteca de cualquier facultad, es Supremely Blest, frase tomada de un verso de Pope que recuerdo pero no puedo citar exactamente. El libro se ocupa sobre todo de la técnica de Pope pero contiene también sabrosas observaciones sobre «la moral estilizada de su tiempo».

Versos 385-386: Jane Dean, Pete Dean

Seudónimos transparentes de dos personas inocentes. Visité a Jane Provost en agosto, al pasar por Chicago. Todavía no se había casado. Me mostró algunas fotos divertidas de su primo Peter y sus amigos. Me dijo —y no tengo ninguna razón para no creer en sus palabras— que Peter Provost (a quien yo deseaba mucho conocer, pero que estaba, ay, vendiendo automóviles en Detroit) podía haber exagerado un poquito, pero que seguramente no mentía cuando explicaba que tenía que cumplir una promesa hecha a uno de sus más caros amigos del club, un magnífico y joven atleta cuya «corona» no será, esperemos, «más breve que la de una muchacha». Esas obligaciones no deben ser tratadas a la ligera o con desdén. Jane dijo que había intentado hablar con los Shade después de la tragedia, y que más tarde había escrito a Sybil una larga carta sin obtener nunca respuesta. Le dije, utilizando algunas expresiones vulgares, que empezaba a dominar: «¡Me lo va a contar a mí!».

Versos 403-404: Son las ocho y cuarto (y aquí el tiempo se bifurca)

A partir de aquí hasta el verso 474 se alternan dos temas sincronizados: televisión en la sala de los Shade y réplica, por así decirlo, de las acciones de Hazel (ya presagiadas) desde el momento en que Peter encontró a la desconocida con la que tenía cita (406-407) y se disculpó de haber tenido que irse apresuradamente (426-428), hasta el trayecto de Hazel en el autobús (445-447 y 457-459), para terminar en el descubrimiento del cadáver por el guardia (475-477). He empleado itálicas para el tema de Hazel.

Toda la cosa me parece demasiado trabajada y larga, especialmente si se considera que este procedimiento de sincronización ha sido utilizado hasta el hartazgo por Flaubert y por Joyce. Por lo demás, el diseño es exquisito.

Verso 408: Una mano masculina

El 10 de julio, día en que John Shade escribió esto y quizá en el minuto mismo en que empezó a utilizar la ficha treinta y tres para los versos 406-416, Gradus iba en un coche alquilado desde Ginebra a Lex donde se sabía que descansaba Odón, después de terminar su película, en la villa de un viejo amigo americano, Joseph S. Lavender (el nombre viene de «lavadero», no de «landa»). Nuestro brillante conjurado había oído decir que el tal Joe Lavender coleccionaba las fotografías de tipo artístico que en francés se llaman ombrioles. No le habían dicho exactamente qué eran y se las sacó de la cabeza como si fueran «pantallas de lámparas adornadas con paisajes». Su estúpido plan consistía en presentarse como agente de un vendedor de objetos de arte de Estrasburgo y luego, mientras bebía con Lavender y su invitado, tratar de obtener datos sobre el lugar donde podía estar el Rey. No había tenido presente el hecho de que Donald Odón, con su sentido absoluto de esas cosas, deduciría en seguida, con sólo ver la forma en que Gradus mostraba la palma vacía antes de estrechar la mano, o se inclinaba ligeramente después de cada trago y otras maneras de conducirse (que el mismo Gradus no percibía en los demás, pero que había aprendido de ellos) que, cualquiera que fuese su lugar de nacimiento, seguramente había vivido mucho tiempo en un medio zemblano de clase baja y por lo tanto era un espía o algo peor. Gradus tampoco sabía que las ombrioles que Lavender coleccionaba (y estoy seguro de que a Joe no le importará esta indiscreción) combinaban una belleza exquisita con una extrema indecencia en los temas: desnudeces confundidas entre higueras, ardores de dimensiones extraordinarias, nalgas suavemente sombreadas y también pequeños toques de encanto femenino.

Desde su hotel, en Ginebra, Gradus había tratado de hablar por teléfono con Lavender, pero le dijeron que no se podía antes de mediodía. A mediodía Gradus estaba ya en camino y volvió a telefonear, esta vez desde Montreux. Lavender había dejado un mensaje: si el Sr. Degré quería ir a la hora del té. Almorzó en un café a orillas del lago, dio un pequeño paseo, preguntó el precio de una jirafita de cristal en una tienda de souvenirs, compró un periódico, lo leyó en un banco y después se puso en camino. En las cercanías de Lex se perdió en los senderos escarpados y tortuosos. Deteniéndose debajo de una viña, en la entrada ruinosa de una casa sin terminar, tres índices de tres albañiles le señalaron el techo rojo de la villa de Lavender en lo alto de una pendiente verde, del otro lado del camino. Decidió abandonar el coche y subir los peldaños de piedra de lo que parecía un atajo fácil. Mientras subía por el camino entre paredes, con los ojos clavados en un álamo que tan pronto ocultaba el techo rojo en lo alto de la cuesta, tan pronto lo descubría, el sol encontró un punto débil en las nubes de lluvia y de pronto un agujero azul que las atravesó irregularmente se rodeó de un círculo radiante. Sintió el peso y el olor de su nuevo traje marrón comprado en una tienda de Copenhague y arrugado ya. Sofocado, consultando el reloj pulsera y abanicándose con el sombrero blando, igualmente nuevo, llegó por fin a la continuación transversal del camino serpenteante que había dejado abajo. La cruzó, pasó por un portillo, se metió en la curva de un sendero de grava y se encontró delante de la villa de Lavender. Su nombre, Libitina, estaba escrito en letras cursivas sobre una de las ventanas con barras del lado norte; las letras eran de alambre negro y los puntos de las tres íes hábilmente imitados con la cabeza alquitranada de un clavo envuelto en tiza y plantado en la fachada blanca. Este sistema y los barrotes de las ventanas de la fachada norte, Gradus los había observado ya en las villas suizas, pero su inmunidad a las alusiones clásicas le privaba del placer que hubiera sentido ante ese tributo que la macabra jovialidad de Lavender había pagado a la diosa romana de los cadáveres y las tumbas. Otra cosa atrajo su atención: desde una ventana de ángulo salían los sonidos de un piano, un tumulto de música vigorosa que por alguna razón extraña, como me diría después, le sugirió una posibilidad que no había previsto y que le hizo llevar rápidamente la mano al bolsillo del revólver como si se preparara para encontrar, no a Lavender ni a Odón, sino a ese talentoso autor de himnos, Charles el Bienamado. La música cesó cuando Gradus, confundido por la forma fantasiosa de la casa, vaciló delante de una galería de vidrios. Un anciano lacayo de verde apareció por una puerta lateral verde y lo condujo a otra entrada. Fingiendo cierta desenvoltura que una repetición laboriosa no mejoraba, Gradus le preguntó, primero en un francés mediocre, después en un inglés peor y por último en buen alemán, si había muchos huéspedes en la casa; pero el hombre se limitó a sonreír e inclinándose, lo introdujo en la sala de música. El músico había desaparecido. Una vibración de harpa aún salía del piano de cola sobre el cual descansaba un par de sandalias dé playa como al borde de un estanque de nenúfares. De un asiento bajo la ventana una mujer flaca, toda centellante de azabache, se levantó penosamente y se presentó como la gobernanta del sobrino del Sr. Lavender. Gradus mencionó su ansia por ver la sensacional colección de Lavender: esto definía muy justamente las imágenes de las escenas de amor en los vergeles, pero la gobernanta (a quien el Rey siempre había llamado, con gran placer de ella, Mademoiselle Belle en lugar de Mademoiselle Baud) se apresuró a confesar su total ignorancia de las aficiones y los tesoros de su patrón y sugirió al visitante que echara un vistazo al jardín: —Gordon le mostrará sus flores favoritas —dijo y llamó al cuarto vecino—: ¡Gordon! —Más bien de mala gana apareció un muchacho esbelto pero de aspecto robusto, de unos catorce o quince años, que el sol había teñido de un tono melocotón. Ño llevaba nada encima salvo un paño de piel de leopardo alrededor de los riñones. El pelo muy corto era ligeramente más claro que la piel. En su encantador rostro bestial había una expresión a la vez sombría y astuta. Nuestro inquieto conjurado no registró ninguno de esos detalles y se limitó a experimentar una impresión general de indecencia. —Gordon es un prodigio musical —dijo la Srta. Baud y el muchacho hizo una mueca de desagrado—. Gordon, ¿quiere mostrarle el jardín a este señor? —El muchacho asintió, añadiendo que se pegaría un remojón si nadie tenía inconveniente. Se puso las sandalias y mostró el camino. La extraña pareja avanzó entre la luz y la sombra: el gracioso muchacho con guirnaldas de hiedra alrededor de la cintura y el lamentable asesino con su barato traje marrón y un diario doblado que le salía del bolsillo izquierdo de la chaqueta.

—Esta es la gruta —dijo Gordon—. Una vez pasé la noche aquí con un amigo. —Gradus echó una mirada indiferente al antro musgoso donde se podía percibir un colchón neumático con una mancha oscura en el nylon naranja. El muchacho pegó unos labios ávidos a un caño de agua de manantial y se secó las manos húmedas en los pantalones de baño negros. Gradus consultó su reloj. Siguieron caminando—. Todavía no ha visto nada —dijo Gordon.

Aunque la casa poseía por lo menos media docena de retretes, el Sr. Lavender en querido recuerdo de la granja de su abuelo en Delaware, había instalado uno rústico debajo del álamo más alto de su espléndido jardín, y para los invitados selectos, cuyo sentido del humor lo permitía, descolgaba de la vecindad confortable de la chimenea de la sala de billar, un almohadón en forma de corazón, muy bien bordado, que uno podía llevarse al trono.

La puerta estaba abierta, y en la superficie interna la mano de un niño había garabateado con carbón: El Rey estuvo aquí.

—Es una linda tarjeta de visita —dijo Gradus con risa forzada—. Dicho sea de paso, ¿dónde está ese rey?

—Quién sabe —dijo el muchacho golpeándose los flancos cubiertos por shorts de tenis blancos—, eso fue el año pasado. Creo que se iba a la Costa Azur, pero no estoy seguro.

El querido Gordon mentía, lo cual estaba bien de su parte. Sabía perfectamente que su gran amigo ya no estaba en Europa; pero el querido Gordon no hubiera debido referirse a esa historia de la Riviera que resultaba ser cierta y cuya mención hizo que Gradus, enterado de que la Reina Disa tenía allí un palacio, se golpeara mentalmente la frente.

Ahora habían llegado a la piscina. Gradus, sumido en profundos pensamientos, se sentó en un asiento de lona. Debería telegrafiar en seguida al cuartel general. Era innecesario prolongar esta visita. Por otra parte, una partida repentina podía parecer sospechosa. El asiento crujió bajo su peso y buscó con la mirada otro. El joven silvano había cerrado los ojos y estaba tendido boca arriba en el borde de mármol de la piscina; su taparrabos de Tarzán estaba a un costado, en el césped. Gradus escupió disgustado y volvió hacia la casa. Al mismo tiempo el anciano lacayo bajó corriendo los peldaños de la terraza para decirle en tres lenguas que lo llamaban por teléfono. El Sr. Lavender no podía venir, finalmente, pero quisiera hablar con el Sr. Degré. Después de un intercambio de cortesías hubo una pausa y Lavender preguntó: —¿Seguro que usted no es uno de esos asquerosos espías del papelucho francés?

—¿Un what? —dijo Gradus, pronunciando la última palabra como «vot».

—Un espía asqueroso hijo de puta.

Gradus colgó.

Volvió a su coche y trepó un poco más por la ladera de la colina. Desde el mismo lugar del camino, en un día brumoso y luminoso de setiembre, mientras la diagonal del primer filamento de plata atravesaba el espacio entre dos balaustradas, el Rey había observado las arrugas centelleantes del lago de Ginebra y había notado su respuesta antifonal, el resplandor de los espantapájaros de papel metálico en las viñas de la colina. Gradus, mientras estaba allí, de pie, mirando de mal humor las tejas rojas de la villa de Lavender acurrucada entre sus árboles protectores, podía distinguir una parte del jardín y un sector de la piscina, e incluso divisar un par de sandalias en el borde de mármol, todo lo que quedaba de Narciso. Es probable que se preguntara si no haría mejor en quedarse un rato más para asegurarse de que no le habían tomado el pelo. Desde lejos subían los golpes y tintineos de un lejano trabajo de albañilería, y un tren pasó de pronto entre los jardines, y una mariposa heráldica volant en arrière, arena y gules, atravesó el parapeto de piedra, y John Shade tomó una ficha nueva.

Verso 413: Llegó una ninfa haciendo piruetas

En el borrador hay una variante más ligera y más musical:

413 Una ninfeta hacía piruetas

Versos 417-421: Subí al primero, etc.

El borrador nos da una variante interesante:

417 Subí volando al primer cuac de jazz

y leí unas galeradas: «Versos como

«Miren bailar al mendigo ciego, cantar al tullido,

el borracho un héroe, el loco un rey»,

apestan a su época sin corazón». Después tu llamada

Esto viene, evidentemente, del Ensayo sobre el hombre, de Pope. No se sabe de qué sorprenderse más: si de Pope, que no encuentra monosílabo para reemplazar hero (por ej, por man) a fin de poder poner el artículo definido delante de la palabra siguiente (a lunatic a king en lugar de lunatic a king), o Shade sustituyendo un pasaje admirable por un texto final mucho más chato. ¿O tenía miedo de ofender a un auténtico rey? En estos últimos tiempos, reflexionando, nunca he podido retrospectivamente verificar si realmente había «adivinado mi secreto», como dijo una vez (véase nota al verso 991).

Versos 425-426: justo detrás (un solo paso viscoso) de Frost

Referencia, naturalmente, a Robert Frost (nacido en 1874). El verso despliega una de esas combinaciones de retruécanos y metáforas en las que brilla nuestro poeta. En las hojas de temperatura de la poesía, lo alto es lo bajo y lo bajo es lo alto, de modo que el grado en que se obtiene la perfecta cristalización está por encima de la tibia facilidad. Es lo que nuestro modesto poeta dice, en efecto, acerca de la atmósfera de su propia fama.

Frost es el autor de uno de los más grandes poemas cortos de la lengua inglesa, un poema que todos los niños norteamericanos saben de memoria, acerca de los bosques invernales, y el crepúsculo desolado, y las dulces reconvenciones de los cencerros del caballo en el aire que se oscurece, y el final prodigioso y conmovedor, los dos últimos versos idénticos en cada sílaba, pero uno personal y físico y el otro metafísico y universal. No me atrevo a citarlos de memoria por temor de desplazar una de esas preciosas palabritas.

A pesar de la excelencia de sus dones, John Shade nunca podía conseguir que sus copos de nieve se posaran así.

Versos 431-432: noche de marzo… donde desde muy lejos los faros crecían

Obsérvese con qué delicadeza el tema de la televisión llega a fundirse en este lugar con el tema de la muchacha (véase verso 440, más faros en la bruma…).

Versos 433-434: mar, que habíamos visitado en el treinta y tres

En 1933 el Príncipe Charles tenía dieciocho años y Disa, Duquesa de Payn, quince. Se alude a Niza (véase también el verso 240) donde los Shade pasaron la primera parte de ese año; pero aquí, como ocurre con tantas facetas fascinantes de la vida pasada de mi amigo, tampoco estoy en posesión de los detalles (¿quién tiene la culpa, querida S. S.?), ni en condiciones de decir si en el curso de posibles excursiones a lo largo de la costa, llegaron o no alguna vez al Cap Ture y entrevieron desde un sendero bordeado de laurel rosa, habitualmente abierto a los turistas, la villa italiana construida por el abuelo de la Reina Disa en 1908, y llamada entonces Villa Paradiso o, en zemblano, Villa Paradisa, dejando caer más tarde la primera parte del nombre en honor de su nieta favorita. Allí pasó los primeros quince veranos de su vida; allí volvió en 1953, «por razones de salud» (como se hizo creer a la nación) pero en realidad, como reina desterrada; y allí vive todavía.

Cuando la revolución zemblana estalló (el 1o de mayo de 1958), ella escribió al Rey una carta delirante en un inglés de gobernanta, instándole a que fuera y se quedara con ella hasta que se aclarase la situación. La carta fue interceptada por la policía de Onhava, traducida a un zemblano elemental por un hindú miembro del partido extremista, y luego leída en voz alta al cautivo real por el absurdo comandante de palacio, con una voz presuntamente irónica. Ocurrió que en esa carta había una —gracias a Dios, sólo una— frase sentimental: «Quiero que sepa que por mucho que quiera herirme, no llegará a herir mi amor», y de esta frase (pasada de vuelta del zemblano al inglés), resultaba la siguiente: «Yo lo deseo y lo amo cuando usted me azota». El Rey interrumpió al comandante, le llamó bufón y bellaco, e insultó a todos los que lo rodeaban con tanta violencia que los extremistas tuvieron que decidir rápidamente si lo fusilaban en seguida o le daban el original de la carta.

En alguna ocasión él consiguió hacerle saber que estaba prisionero en el palacio. La valiente Disa se apresuró a abandonar la Riviera e hizo un intento romántico, pero afortunadamente ineficaz, de volver a Zembla. De habérsele permitido aterrizar, habría sido inmediatamente encarcelada, lo cual hubiera repercutido en la fuga del Rey, duplicando las dificultades de su evasión. Un mensaje de los carlistas conteniendo estas simples consideraciones detuvo en Estocolmo a la Reina que voló de nuevo a su pértiga en un estado de frustración y de furor (sobre todo, creo, porque el mensaje le había sido entregado por un primo de ella, el viejo Curdy Buff, al que detestaba). Pasaron varias semanas y su agitación era cada vez más grande debido a los rumores de que su esposo podía ser condenado a muerte. Abandonó de nuevo Cap Ture. Había viajado a Bruselas y alquilado un avión para volar al norte, cuando llegó otro mensaje, esta vez de Odón, diciendo que el Rey y él estaban fuera de Zembla y que debía volver tranquilamente a Villa Disa y esperar allí otras noticias. En el otoño del mismo año, Lavender le informó que un hombre que representaba a su esposo iría a discutir con ella ciertas cuestiones de interés relacionadas con los bienes indivisos que ella y su esposo poseían en el extranjero. La Reina estaba escribiendo en la terraza, debajo del Jacaranda, una carta desconsolada a Lavender, cuando el alto visitante rapado y barbudo con el ramo de flores-de-los-dioses que la había estado observando desde lejos, se adelantó a través de las guirnaldas de sombras. Ella levantó la mirada y naturalmente, ni las gafas negras ni el maquillaje la engañaron un instante.

Desde que Disa había abandonado definitivamente Zembla, el Rey la había visitado dos veces, la última dos años antes, y durante aquel lapso, su belleza morena de piel pálida había adquirido un brillo nuevo, maduro y melancólico. En Zembla, donde casi todas las mujeres son rubias pecosas, tenemos un dicho: welwij ivurkumpf wid sneiv ebanumf, «una bella mujer debe ser como una rosa de los vientos de marfil, con cuatro partes de ébano». Y este era el bonito plan que la naturaleza había seguido en el caso de Disa. Había algo más, algo que yo sólo comprendería al leer Pálido Fuego, o más bien al releerlo, después que la primera niebla amarga y caliente del desengaño se hubo disipado de mis ojos. Estoy pensando en los versos 261-267 en que Shade describe a su mujer. En el momento en que él pintaba este retrato poético, la modelo tenía dos veces la edad de la Reina Disa. No quisiera ser vulgar al referirme a estas cuestiones delicadas, pero es un hecho que el viejo Shade, sexagenario, presta a su bien conservada contemporánea el aspecto etéreo y eterno que guardaba o debería guardar, en el bueno y noble corazón de su marido. Pero lo curioso en todo esto es que Disa a los treinta años, la última vez que la vi en setiembre de 1958, tenía un singular parecido, no, claro, con la Sra. Shade tal como era cuando la conocí, sino con el retrato idealizado y estilizado que traza el poeta en esos versos de Pálido fuego. En realidad estaba idealizado y estilizado sólo con respecto a la mujer de más edad; con respecto a la Reina Disa, tal como era aquella tarde en aquella terraza azul, el parecido sin retoques era evidente. Espero que el lector apreciará la rareza de esto, porque en caso contrario no tendría ningún sentido escribir poemas, ni comentarios a los poemas, ni absolutamente nada.

Disa parecía también más tranquila que antes; era más dueña de sí misma. En los encuentros anteriores y durante toda su vida conyugal en Zembla, había habido, de parte de ella, terribles estallidos de cólera. Cuando, en los primeros años de matrimonio, él quiso hacer frente a esos arrebatos y explosiones, tratando de hacerle adoptar un criterio racional ante su infortunio, el Rey los consideró muy desagradables; pero poco a poco aprendió a aprovecharlos y a alegrarse de ellos pues le daban la oportunidad de librarse de la presencia de la Reina durante prolongados períodos, no llamándola después de una serie de puertas golpeadas cada vez más lejos, o abandonando él mismo al palacio para refugiarse en algún escondrijo rural.

Al comienzo de su calamitoso matrimonio el Rey hizo todos los esfuerzos posibles por poseerla, pero sin resultado. Le informó que nunca había hecho el amor (lo cual era absolutamente cierto en la medida en que el objeto implicado no podía significar para ella más que una sola cosa), tras de lo cual había tenido que soportar el ridículo de ver que la complaciente pureza de Disa adoptaba involuntariamente las maneras de una cortesana con un cliente demasiado joven o demasiado viejo; él le dijo algo en ese sentido (sobre todo para acabar con el suplicio) y Disa hizo una escena atroz. Se atiborró de afrodisíacos, pero los caracteres anteriores del infortunado sexo de la Reina fatalmente lo rechazaban. Una noche en que habiendo probado una tisana de tigridia, sus esperanzas culminaban, cometió el error de pedirle que aceptara un expediente que ella cometió el error de denunciar por repugnante y contra natura. Por último él le dijo que un viejo accidente de caballo lo incapacitaba, pero que un crucero con sus amigos y una buena cantidad de baños de mar seguramente le devolverían el vigor.

La Reina había perdido recientemente a su padre y a su madre y no tenía un verdadero amigo a quien pedir explicaciones y consejos cuando le llegaron los inevitables rumores; rumores que era demasiado orgullosa para discutir con sus damas de compañía, pero leyó libros, lo descubrió todo acerca de las viriles costumbres de Zembla, y ocultó su ingenua aflicción bajo un gran despliegue de sofisticación sarcástica. Él la felicitó por su actitud, jurando solemnemente que había abandonado o por lo menos que abandonaría las prácticas de su juventud; pero en todas partes, a lo largo de su camino, seguían firmes las poderosas tentaciones. Sucumbió a ellas de vez en cuando, después cada día, luego varias veces por día, especialmente durante el robusto régimen de Harfar, barón de Shalksbore, un joven bruto fenomenalmente dotado (cuyo apellido, knave's farm, es decir, granja del servidor, es una derivación muy probable de Shakespeare). Curdy Buff o Coeur de Boeuf —sobrenombre que daban a Harfar sus admiradores— tenía una enorme escolta de acróbatas y jinetes en pelo, y la cosa se le escapó de las manos, tanto que Disa, al volver inesperadamente de un viaje a Suecia, encontró el palacio transformado en un circo. Lo prometió de nuevo, volvió a caer y a pesar de la mayor discreción, lo pescaron de nuevo. Disa terminó por trasladarse a la Riviera dejando que se divirtiera con una banda de mariquitas importados de Inglaterra con sus cuellos de Eton y dulces voces.

¿Qué habían sido, en el fondo, los sentimientos que le inspirara Disa? Amistosa indiferencia y respeto glacial. Ni en el primer florecimiento de su matrimonio había sentido alguna ternura o excitación. De compasión, de pena, ni hablar. Era, había sido siempre, indiferente y sin corazón. Pero el corazón de su ser soñador, tanto antes como después de la ruptura, pidió extraordinarias disculpas.

Soñaba con Disa más a menudo, y con una emoción incomparablemente más grande de lo que sus sentimientos exteriores permitían esperar; estos sueños aparecían cuando menos pensaba en ella y preocupaciones que no tenían relación alguna con la Reina asumían su imagen en el mundo subliminal como en un cuento para niños una batalla o una reforma se convierten en un pájaro maravilloso. Estos sueños desgarradores transformaban la prosa opaca de sus sentimientos por ella en una fuerte y extraña poesía cuyas ondas subsiguientes lo iluminaban y lo perturbaban durante el día, devolviendo la angustia y la riqueza, y luego solamente la angustia y después sólo su reflejo pasajero, pero sin afectar en nada su actitud hacia la Disa real.

Su imagen, cuando aparecía una y otra vez en su sueño, levantándose, temerosa, de un sofá lejano o yendo en busca de un mensajero que, decían, acababa de pasar entre las colgaduras, tenía en cuenta los cambios de la moda; pero la Disa que usaba el vestido que él le había visto el verano de la explosión de la Fábrica de Vidrio, o el último domingo, o en alguna otra antecámara del tiempo, seguía siendo para siempre como era el día en que por primera vez él le había dicho que no la quería. Aquello había ocurrido durante un viaje sin esperanza a Italia, en el jardín de un hotel al borde de un lago —rosas; negras araucarias; verdosas, herrumbradas hortensias—, una tarde sin nubes con las montañas de la orilla lejana nadando en la bruma del poniente, y el lago color jarabe de melocotón regularmente estriado de azul pálido, y los titulares de un periódico tendido en el fondo barroso cerca de la orilla pedregosa, perfectamente legibles a través de la delgada capa de fango diáfano, y porque al oírlo, Disa se había dejado caer en el césped en una posición imposible, examinando una brizna de hierba con el entrecejo fruncido, él inmediatamente se retractó; pero el choque había rajado fatalmente el espejo y después, en sus sueños, la imagen de ella quedó infectada por el recuerdo de esta confesión como por alguna enfermedad o las consecuencias secretas de una operación quirúrgica demasiado íntima para ser mencionada.

La esencia, más que la verdadera intriga del sueño, era una constante refutación del hecho de que no la quería. Su amor-sueño por ella superaba en emoción, en pasión espiritual y en hondura todo lo que había sentido en su existencia real. Su amor era como un interminable retorcerse de manos, como el tanteo del alma a través de un infinito laberinto de desesperanza y remordimiento. Eran, en cierto sentido, sueños enamorados, porque estaban impregnados de ternura, del deseo de hundir su cabeza en el regazo de ella y de borrar con sollozos el monstruoso pasado. Desbordaban de la horrible conciencia de que Disa era tan joven y tan indefensa. Eran más puros que su vida. El aura carnal que había en ellos no venía de Disa sino de aquellos con quienes la traicionaba —Phrynia con su barbilla mal afeitada, la preciosura de Timandra con aquel palo debajo del mandil— y aun así la escoria sexual permanecía en alguna parte muy por encima del tesoro sumergido y no tenía mayor importancia. Le sucedía ver cómo se acercaba a Disa un vago pariente tan lejano que prácticamente no tenía rasgos. Ella escondía rápidamente algo y le tendía la mano arqueada para que se la besara. Él sabía que Disa acababa de encontrar un objeto revelador —una bota de montar en la cama— que probaba, sin la menor duda, la infidelidad de su marido. El sudor perlaba su frente pálida, desnuda, pero tenía que escuchar la charla de un visitante casual o dirigir los movimientos de un obrero que meneaba la cabeza y miraba hacia arriba llevando una escalera hasta la ventana rota. Uno podía soportar —un soñador fuerte, despiadado podía soportar— la idea de la pena y del orgullo de Disa, pero nadie podría soportar la vista de su sonrisa automática cuando pasaba de la tortura del descubrimiento a las corteses trivialidades que se esperaban de ella. Disa podía anular una iluminación, o discutir sobre camas de hospital con la jefa de enfermeras, o simplemente ordenar el desayuno para dos en la gruta marina y a través de la simplicidad cotidiana de la charla, a través del juego de gestos encantadores con los que siempre acompañaba ciertas frases hechas, el soñador gemebundo percibía la zozobra de su alma y sabía que había sufrido un odioso, inmerecido y humillante desastre, y que sólo las obligaciones del protocolo y sin inflexible bondad hacia un tercero inocente le daban fuerzas para sonreír. Cuando se veía la luz en su rostro, se adivinaba que se apagaría un instante después para ser sustituida —en cuanto se marchara el visitante— por aquel intolerable fruncimiento de cejas que el soñador no podría olvidar nunca. Él la ayudaba entonces a ponerse de pie en aquel mismo jardín a orillas del lago, con fragmentos del lago incrustados entre espacios que separaban los balaustres, y caminaban los dos juntos por un sendero anónimo, y él sentía que Disa lo miraba con una leve sonrisa, pero cuando él se obligaba a hacer frente a ese reflejo interrogador, ella ya no estaba. Todo había cambiado, todo el mundo era feliz. Y él tenía que encontrarla en seguida, absolutamente, para decirle que la adoraba, pero el numeroso público que tenía delante lo separaba de la puerta, y las notas que le llegaban a través de una sucesión de manos le decían que Disa no estaba visible; que inauguraba un incendio; que se había casado con un hombre de negocios norteamericano; que se había convertido en personaje de una novela; que estaba muerta.

Esos escrúpulos no lo perturbaban ahora que estaba sentado en la terraza de la villa de Disa y le contaba su afortunada evasión del Palacio. Ella disfrutó con su descripción de la unión subterránea con el teatro y trató de representarse la feliz recorrida por las montañas; pero la parte relacionada con Garh le desagradó como si, paradójicamente, hubiera preferido que él se hubiese entregado a un momento de sano esparcimiento con la mocetona. Le dijo secamente que se saltara esos interludios, y él le hizo una pequeña reverencia cómica. Pero cuando empezó a discutir la situación política (dos generales soviéticos acababan de ser designados consejeros militares del gobierno extremista), una expresión vacía que le era familiar apareció en sus ojos. Ahora que había salido sano y salvo del país, toda la masa azul de Zembla, desde el Cabo de Embla hasta la Bahía de Emblema, podía hundirse en el mar, a ella no le importaba. Que él hubiera perdido peso le preocupaba más que la pérdida de un reino. Preguntó al pasar por las joyas de la corona; él le reveló su desusado escondite, lo que le provocó una alegra pueril que no había conocido desde hacía años y años. —Tengo algunos asuntos de negocios que tratar —dijo el Rey—. Y hay papeles que usted debe firmar. —Un teléfono trepaba en la glorieta entre las rosas. Una de sus antiguas damas de honor, la lánguida y elegante Fleur de Fyler (de unos cuarenta años ahora y marchita) siempre con perlas en el pelo ala de cuervo y la tradicional mantilla blanca, trajo ciertos documentos del boudoir de Disa. Al oír la melodiosa voz del Rey detrás de los laureles, Fleur la reconoció antes de dejarse engañar por el excelente disfraz. Dos lacayos, dos jóvenes y apuestos extranjeros de marcado tipo latino, aparecieron con el té y sorprendieron a Fleur en mitad de una reverencia. Una brisa repentina se introdujo entre las glicinas. Desfloradora de flores. Cuando Fleur se volvía junto a las orquídeas Disa, el Rey le preguntó si seguía tocando la viola. Fleur sacudió la cabeza varias veces porque no quería hablar sin dirigirse a él y no se atrevía a hacerlo mientras los criados pudieran oírla.

Se quedaron de nuevo solos. Disa encontró rápidamente los papeles que necesitaba. Cuando hubieron terminado, charlaron un rato de cosas agradables y triviales, como la película basada en una leyenda zemblana que Odón esperaba filmar en París o en Roma. ¿Cómo representaría, se preguntaron, el narstran, recinto infernal donde las almas de los asesinos eran torturadas bajo el rocío del veneno del dragón que caía de la bóveda brumosa? En líneas generales, la entrevista se desarrollaba de la manera más satisfactoria, aunque los dedos de Disa temblaban un poco cuando su mano tocaba el brazo del sillón del Rey. Cuidado.

—¿Cuáles son vuestros proyectos? —preguntó—. ¿Por qué no podéis quedaros aquí todo el tiempo que deseéis? Hacedió, os lo ruego. Pronto me iré a Roma, tendréis toda la casa para vos solo. Pensad, podéis alojar aquí hasta cuarenta invitados, cuarenta ladrones árabes. (Influencia de las enormes ánforas de terracota del jardín).

Respondió que iría a América en el curso del mes próximo y que tenía que hacer en París al día siguiente.

¿Por qué América? ¿Qué tenía que hacer allá?

Enseñar. Analizar obras maestras de la literatura con jóvenes brillantes y encantadores. Un gusto que ahora podía permitirse.

—Y naturalmente, no sé —balbuceó Disa apartando la mirada—, no sé, pero si no veis inconveniente, yo podría ir a Nueva York, quiero decir, sólo una o dos semanas, y no este año sino el próximo.

Él le elogió la chaqueta con lentejuelas de plata. Disa insistió:

—¿Entonces? —Y vuestro peinado es muy sentador. —¡Oh, qué importa —gimió Disa— qué importa, Dios mío! —Tengo que irme —murmuró el Rey con una sonrisa y se puso de pie. —Besadme —dijo ella, y se quedó un momento en sus brazos como una muñeca de trapo, fláccida y temblorosa.

Caminó hasta la verja. En el recodo del sendero miró hacia atrás y vio a la distancia la figura blanca de Disa con la gracia indiferente de una pena inefable inclinada sobre la mesa del jardín, y de pronto se tendió un frágil puente entre la indiferencia de la vigilia y el amor del sueño. Pero ella se movió y el Rey vio que no era Disa sino tan sólo la pobre Fleur de Fyler que juntaba los documentos esparcidos entre las tazas de té. (Véase la nota al verso 80).

Cuando en el curso de una caminata nocturna, en mayo o junio de 1959, le ofrecí a Shade todo este maravilloso material, me miró curiosamente y dijo:

—Todo eso está muy bien, Charles. Pero hay sólo dos cuestiones. ¿Cómo sabe usted que todas esas cosas íntimas acerca de su horrible rey son verdaderas? Y si son verdaderas, ¿cómo se puede confiar en publicar esas cosas personales de gentes que posiblemente todavía viven?

—Mi querido John —le contesté suavemente y con insistencia—, no se preocupe de esas tonterías. Una vez que usted lo transmute en poesía, todo eso será cierto, y los personajes estarán vivos. La verdad purificada del poeta no puede causar dolor ni ofensa. El arte verdadero está por encima del falso honor.

—Claro, claro —dijo Shade—. Uno puede enjaezar las palabras como se enjaezan a las pulgas amaestradas para que tiren de otras pulgas. Claro.

—Y además —proseguí mientras bajábamos por el camino para caer en un vasto atardecer—, en cuanto su poema esté listo, en cuanto la gloria de Zembla se confunda con la gloria de sus versos, pienso revelarle una última verdad, un secreto extraordinario que le dejará la conciencia absolutamente tranquila.

Verso 469: su pistola

Mientras volvía a Ginebra, Gradus se preguntaba cuándo podría usar esa pistola. La tarde era insoportablemente calurosa. El lago se había cubierto de escamas de plata con algunos reflejos de nubes tormentosas. Como muchos viejos vidrieros, podía deducir con bastante exactitud la temperatura del agua por ciertos indicios de brillo y movimiento, y ahora calculaba que estaría por lo menos a 23 grados. En cuanto llegó al hotel, hizo un llamado de larga distancia a sus cuarteles generales. Resultó una experiencia terrible. Suponiendo que llamaría menos la atención que un lenguaje BIC (Behind the Iron Curtain, detrás de la cortina de hierro), los conspiradores sostenían sus conversaciones telefónicas en inglés, en inglés chapurrado, para ser exactos, con un solo tiempo, sin artículos y con dos pronunciaciones, las dos falsas. Además, al seguir el astuto sistema (inventado en el principal país del otro lado de la cortina) de utilizar dos series diferentes de palabras clave —por ejemplo, el cuartel general decía «bureau» por «rey» mientras que Gradus decía «carta»—, aumentaba enormemente la dificultad de comunicación. Cada lado finalmente había olvidado el sentido de ciertas frases pertenecientes al vocabulario del otro, con el resultado de que sus conversaciones enmarañadas y costosas combinaban las charadas con una carrera de obstáculos en la oscuridad. El cuartel general creyó entender que se podrían conseguir las cartas del Rey por las que se sabría dónde estaba, irrumpiendo en Villa Disa y registrando el escritorio de la Reina; Gradus, que no había dicho nada de eso, sino que simplemente había tratado de informar acerca de los resultados de su visita a Lex, se llevó un disgusto al enterarse de que en lugar de buscar al Rey en Niza, debía esperar en Ginebra un pedido de salmón en lata. Pero algo quedó bien en claro: la próxima vez no debía telefonear, sino telegrafiar o escribir.

Verso 470: negro

Hablábamos un día de prejuicios. Un poco antes, almorzando en el club de profesores, el invitado del profesor H., un decrépito profesor jubilado de Boston —a quien su huésped describía con profundo respeto como «un auténtico patricio, un verdadero brahmán de sangre azul» (el abuelo del brahmán vendía tiradores en Belfast)—, había llegado a decir con toda naturalidad y afabilidad, aludiendo a los orígenes de alguien no muy simpático, a quien acababan de contratar en la biblioteca del College, «uno de la raza elegida, dicen» (dicho con un pequeño resoplido de confortare fruición); tras de lo cual el profesor asistente Misha Gordon, músico pelirrojo, replicó sin rodeos que «desde luego, Dios podía elegir a su pueblo, pero el hombre debería elegir sus expresiones».

Mientras volvíamos, mi amigo y yo, a nuestros castillos adyacentes, bajo esa especie de garúa de abril que en uno de sus poemas líricos llama:

un rápido esbozo de la primavera,

Shade dijo que lo que más detestaba en la tierra eran la vulgaridad y la brutalidad, y que la unión ideal de ambas se encontraban en los prejuicios raciales. Dijo que, como hombre de letras, no podía menos que preferir la expresión «Es un judío», a «Es un israelita», y «Es un negro» a «Es un hombre de color»; pero añadió inmediatamente que esta manera de referirse a la vez a dos especies de prejuicios era un buen ejemplo de asimilación descuidada o demagógica (muy explotada por la gente de izquierda), puesto que suprimía la distinción entre dos infiernos históricos: la persecución diabólica y las bárbaras tradiciones de la esclavitud. Por otra parte (admitía) las lágrimas de todos los seres humanos maltratados a través de la desesperanza de los tiempos eran matemáticamente iguales; y quizá (pensaba) no era muy errado descubrir un parecido de familia (contracción de las simiescas narinas, embotamiento repugnante de la mirada) entre el linchador del país del jazmín y el antisemita místico cuando se encuentran bajo el influjo de su obsesión favorita. Dije que un joven negro a quien había tomado como jardinero (véase nota al verso 998) —poco después de despedir a un inquilino inolvidable (véase el prólogo)— usaba invariablemente la expresión «hombre de color». Como persona habituada a manejar palabras viejas y nuevas (observó Shade), se oponía enérgicamente a este epíteto no sólo porque se prestaba a error en el plano artístico, sino también porque su sentido dependía demasiado de la aplicación y de quien la aplicaba. Muchos negros competentes (admitió) consideraban que era la única palabra digna, emocionalmente neutra y éticamente inofensiva; su aprobación obligaba a los no negros decentes a seguir el ejemplo, y a los poetas no les gusta que los obliguen a seguir; pero la gente bien educada adora aceptar las cosas y ahora utiliza «hombre de color» en lugar de «negro», como «nude» en lugar de «naked» o «transpiración» en lugar de «sudor»; aunque naturalmente (concedió) puede ocurrir a veces que el poeta acoja con alegría el hoyuelo de una grupa en un «nude» (desnudo) o el debido perlado en «transpiración». También se lo ha utilizado (continuó) como eufemismo burlón en una anécdota sobre negros cuando el «caballero de color» dice o hace algo divertido (hermano inesperado aquí del «caballero hebreo» de los cuentos Victorianos).

Yo no había comprendido muy bien su objeción artística a «color». Me la explicó así: En las primeras obras científicas sobre flores, pájaros, mariposas, etc., las figuras eran pintadas a mano por diligentes acuarelistas. En las publicaciones defectuosas o prematuras las figuras de ciertas planchas quedaban en blanco. La yuxtaposición de las palabras «un blanco» y «un hombre de color» siempre recordaba a mi poeta, con tanta fuerza como para suprimir el sentido aceptado, una de esas siluetas que uno tenía ganas de llenar con los colores apropiados: el verde y el púrpura de una planta exótica, el azul liso de un plumaje, la raya geranio de un ala festoneada. «Además —dijo—, nosotros los blancos, no somos nada blancos, somos morados al nacer, después rosá té y más tarde de toda clase de colores repugnantes».

Verso 475: un guardián, el Padre Tiempo

El lector deberá observar que esta es una bonita respuesta al verso 312.

Verso 490: Exe

Exe quiere decir evidentemente Exton, ciudad industrial situada en la orilla sur del lago Omega. Tiene un museo de historia natural bastante conocido, con cantidades de vitrinas llenas de pájaros recogidos y montados por Samuel Shade.

Verso 493: que se quitó la pobre y joven vida.

La nota siguiente no es una apología del suicidio; es la simple y sobria descripción de un estado espiritual.

Cuanto más lúcida e irresistible es la creencia en la Providencia, mayor es la tentación de librarse de ella, de terminar con toda esta historia de la vida, pero mayor también es el temor del pecado terrible implícito en la autodestrucción. Consideremos primero la tentación. Como se discute más a fondo en otra parte de este comentario (véase la nota al verso 550), una concepción seria de cualquier forma de vida futura presupone inevitable y necesariamente cierto grado de creencia en la Providencia; y a la inversa, una profunda fe cristiana presupone cierta creencia en algún tipo de supervivencia espiritual. La visión de esta supervivencia no tiene por qué ser racional, es decir, no tiene por qué presentar los rasgos precisos de la fantasía personal o la atmósfera general de un parque oriental subtropical. En realidad a un buen cristiano zemblano se le enseña que la verdadera fe no está para proporcionarle imágenes o mapas, sino que debe conformarse con un cálido tufo de agradable anticipación. Para dar un ejemplo corriente: la familia del pequeño Christopher se apresta a emigrar a una colonia distante donde su padre ha obtenido un cargo vitalicio. El pequeño Christopher, un niño frágil de nueve o diez años, confía enteramente (tan enteramente, en realidad, que ni siquiera tiene conciencia de su confianza) en sus padres en lo que se refiere a la partida, el viaje y la llegada. No puede imaginar, ni siquiera lo intenta, los aspectos particulares del nuevo lugar que le aguarda, pero está vaga y confortablemente convencido de que será aún mejor que su casa solariega, con la gran encina y la montaña y su pony y el parque y el establo, y Grimm, el viejo caballerizo que se las arregla para acariciarlo cuando no hay nadie cerca.

Algo de esta simple confianza deberíamos tener también nosotros. Cuando el ser está impregnado de esta bruma divina de absoluta dependencia, no es de asombrar que se sopese en la palma de la mano con una sonrisa soñadora el arma compacta en su estuche de cuero de Suecia, apenas más grande que la llave de la verja de un castillo o el portamonedas de un niño, no es asombroso que uno mire por encima del parapeto de un abismo incitante.

Elijo estas imágenes un poco al azar. Son los puristas los que sostienen que un caballero debe usar un par de pistolas, una para cada sien, o un botkin desnudo (obsérvese la correcta ortografía), y que las señoras deberían o bien tomar un veneno mortal o ahogarse con la torpe Ofelia. Otros humanos más humildes han preferido variadas formas de sofocación y poetas menores han intentado incluso modos de evasión tan fantasiosos como abrirse las venas en la bañera cuadrúpeda del cuarto de baño de una pensión llena de corrientes de aire. Todo esto es inseguro y sucio. De las no muchas maneras de liberarse del cuerpo, la caída, la caída, la caída es el método supremo, pero hay que elegir el apoyo o el reborde con sumo cuidado para no hacer daño a nadie, ni a sí mismo ni a los demás. Saltar desde lo alto de un puente no es recomendable aunque no se sepa nadar, pues el viento y el agua abundan en contingencias extrañas y la tragedia no debe culminar en un récord de zambullida o en la promoción de un agente de policía. Si usted alquila una celda en el barquillo luminoso, habitación 1915 o 1959, en un gran hotel del barrio comercial cuya cima toca el polvo de los astros y abre la ventana y despacito —sin caer ni saltar— rueda al exterior como si quisiera tomar aire, siempre corre el riesgo de arrastrar con usted a su propio infierno a un pacífico noctámbulo que ha salido a pasear a su perro; en este sentido una habitación trasera sería más segura, sobre todo si da sobre el techo de una vieja casa tenaz y normal, bien abajo, allá donde se puede estar seguro de que el gato se esquivará a tiempo. Otro modo popular de despegue es el pico de una montaña con una brusca caída de, digamos, unos 500 metros, pero hay que encontrarlo, porque le sorprendería ver qué fácil es calcular mal el ángulo de desviación, ver una proyección oculta, una estúpida arista que protubera para atraparlo, lo cual le haría rebotar en las malezas, frustrado, destrozado e innecesariamente vivo. La caída ideal es desde un avión, los músculos están flojos, el piloto desconcertado, el paracaídas en su bolsa a un lado, rechazado, desdeñado —¡adiós, chutka! (pequeño paracaídas). Ahí baja, pero todo el tiempo uno se siente suspendido, sostenido, mientras da el salto mortal en cámara lenta como una paloma que tropieza, somnolienta, y tendido de espaldas en el edredón del aire o volviéndose perezosamente para abrazar la almohada, gozando hasta último momento de la vida suave, profunda, acolchada de muerte, con la verdura de la tierra balanceándose ya arriba, ya abajo, y la voluptuosa crucifixión cuando se tienden los brazos en la velocidad creciente, en el restallar que se acerca, y luego la obliteración del amado cuerpo en el Seno del Señor. Si yo fuera poeta escribiría seguramente una oda al dulce deseo de cerrar los ojos y rendirse totalmente a la seguridad perfecta de la muerte deseada. En éxtasis uno pregusta la vastedad del Abrazo Divino que enlaza el espíritu liberado, el baño caliente de la disolución física, lo desconocido universal tragándose al minúsculo desconocido que había sido la única parte real de nuestra personalidad temporal.

Cuando el alma adora Al Que la guía a través de la vida moral, cuando distingue Su signo en cada recodo del camino, pintado en la roca y tallado en el tronco de un pino, cuando cada página del libro de nuestro destino personal lleva Su filigrana, ¿cómo se puede dudar de que Él nos preservará también durante toda la eternidad?

Así ¿quién podría impedir a alguien que opere la transición? ¿Qué es lo que puede ayudarnos a resistir la intolerable tentación? ¿Qué puede impedirnos de ceder al ardiente deseo de fundirnos con Dios?

Nosotros, que cada día nos revolcamos en la inmundicia, merecemos quizá que se nos perdone el único pecado que pone fin a todos los pecados.