—¿Keith Conner es sexy en persona? —Primera fila, rubia, sudadera de la hermandad estudiantil. Shanna o Shawna.
—Es bastante atractivo —respondí mientras me paseaba frente a la clase mascando un chicle para disimular el escocés con el que me había serenado los nervios. Sonaron algunas risitas entre los asientos del aula, tipo anfiteatro. Presentación de la escritura de guiones. Imposible entrar en Los Ángeles sin matricularse.
—Bueno, ¿alguna pregunta sobre la asignatura?
Miré alrededor. Varios chavales tenían cámaras digitales en los pupitres o sobre las mochilas, y un número de ellos aún mayor tomaba apuntes en portátiles con cámara incorporada. Un tipo sentado hacia la mitad del aula le sacó una fotografía a su compañero con el móvil. Procuré desviar mi atención de esa miríada de cámaras y me fijé en un brazo alzado.
—Sí, Diondre.
Su pregunta estaba más o menos relacionada con el dilema entre talento y trabajo.
Me había pasado todo el día distraído y sorprendido una y otra vez buscando sentidos ocultos en los comentarios de los alumnos. Durante el descanso, había revisado los exámenes para comprobar cuántos suspensos había repartido: siete nada más. Ningún alumno se lo había tomado en apariencia de un modo personal. Además, cualquiera de los que iban mal tenía tiempo para dejar la asignatura sin consecuencias, lo cual reducía todavía más la probabilidad de que mi acosador fuera un estudiante agraviado.
Advertí que no había prestado atención a lo que Diondre me estaba diciendo.
—Mira, como la hora y media ya ha terminado, ¿por qué no te quedas y lo discutimos? —Hice un gesto con la mano, dando por concluida la clase. Por la celeridad con la que se dispersaron, parecía que hubiera sonado una alarma de bombardeo.
Diondre aguardó, a todas luces disgustado. Era uno de mis alumnos preferidos, un chico locuaz del este de Los Ángeles, que solía lucir unos pantalones cortos holgados de los Clippers, un pañuelo pirata, que hasta yo sabía que estaba pasado de moda, y una sonrisita que inspiraba confianza de entrada.
—¿Estás bien?
Un leve gesto de asentimiento y prosiguió:
—Mi madre me ha dicho que nunca lo lograré, que no soy ningún cineasta, y que lo mismo podría convertirme en acróbata chino. ¿Usted cree que es cierto?
—No lo sé. No doy clases de acrobacia china.
—Hablo en serio. Oiga, usted sabe de dónde vengo. Soy el primero de mi familia que ha terminado la secundaria, no digamos ya, que entra en la universidad. Todos mis parientes me dan la brasa porque estudio cine. Si estoy perdiendo el tiempo, será mejor que lo deje.
¿Qué podía decirle? ¿Que pese a los mensajes de las galletas de la suerte y de los carteles de autoayuda, los sueños no bastan? ¿Que puedes invertir toda la pasta y esforzarte al máximo, pero que eso no siempre es suficiente en la vida real?
—Mira —expuse—, en gran parte todo se reduce a una combinación de trabajo y buena suerte. Te esfuerzas a tope con la esperanza de tener un golpe de fortuna.
—¿Así es como lo consiguió usted?
—Yo no lo conseguí. Por eso estoy aquí.
—¿Cómo? ¿Ya no va a escribir más películas? —Parecía consternado.
—Por ahora. Y no pasa nada. Si algún consejo puedo darte, y tampoco deberías hacer mucho caso, es que te asegures de que esto es realmente lo que quieres. Porque si te lo has propuesto por motivos equivocados, podrías conseguirlo y descubrir que no es lo que tú esperabas.
Adoptó una expresión pensativa, frunció los labios y asintió poco a poco; luego echó a andar hacia la puerta.
—Oye, Diondre… He recibido unas extrañas amenazas.
—¿Amenazas?
—O advertencias, no lo sé. ¿Conoces a algún alumno que tenga ganas de meterse conmigo?
Fingió que se indignaba y me soltó:
—¿Y me lo pregunta a mí porque soy negro y vivo en Lincoln Heights?
—Por supuesto. —Le sostuve la mirada hasta que ambos nos echamos a reír—. Te lo pregunto porque tú sabes calar a la gente.
—No sé. Usted cae bien a la mayoría, que yo sepa. No es demasiado duro con las notas. —Alzó ambas manos—. Sin ánimo de ofender.
—No me ofendo.
—¡Ah! —Chasqueó los dedos—. Yo me andaría con ojo con ese canijo filipino. ¿Cómo se llama? ¿Fumas-en-Bong?
—¿Quieres decir, Paeng Bugayong? —Se refería a un chico bajito y callado que se pasaba la clase en la última fila, dibujando con la cabeza gacha. Tomándolo por tímido, un día le hice una pregunta para ayudarlo a lanzarse y él, agresivamente, se pasó mucho rato pensando antes de responder con un monosílabo.
—Sí, ese. ¿Ha visto los dibujos del tío? Cabezas decapitadas, dragones, toda esa mierda. Nosotros decimos en broma que acabará en el UVE Tech, ¿me sigue?
—¿Dónde?
—En el Virginia Tech. —Diondre convirtió su mano en una pistola y disparó a los pupitres vacíos, como el coreano que perpetró la masacre del Politécnico de Virginia.
—En mis tiempos —dije haciendo una mueca—, a eso lo llamábamos «encargo».
* * *
—¡Maldita sea! —exclamó Julianne—. Alguien se ha cargado el cartucho del filtro del café.
—LA DESCONSIDERACIÓN ABUNDA, Y EL DESTINO DEL SEÑOR CAFÉ PENDE DE UN HILO.
—Corta el rollo, Marcello. Me está entrando dolor de cabeza por falta de cafeína.
Él me miró, buscando mi complicidad, y soltó:
—Un día no quieren que pares y al día siguiente ya eres historia.
—Ciudad despiadada —dije con voz cansina.
Teníamos la sala de profesores para nosotros solos, como de costumbre. Marcello estaba tumbado en el lanoso sofá a cuadros, hojeando The Hollywood Reporter, y yo releía los escasos trabajos que Paeng Bugayong había entregado: miniguiones para cortos que podría filmar luego en la clase de producción. Hasta ahora me había tropezado con un brujo castrador que se cebaba en deportistas descerebrados; con un gamberro en serie que secuestraba al Niño Jesús de los belenes de Navidad, y con una chica que se dedicaba a hacerse cortes porque sus padres no la comprendían. En fin, el pan nuestro de cada día entre adolescentes con carencias afectivas, a medio camino entre el rollo gótico y la estética emo; todo ello bastante inofensivo en apariencia.
Cuando le había pedido a la secretaria del departamento que me sacara el expediente de Bugayong, farfullando como pretexto que quería comprobar si no estaba reciclando justificantes para saltarse clases, ella me había mirado a los ojos un segundo más de la cuenta, y a mí se me quedó fija la sonrisa provocada por los nervios incluso después de que me dijera que cursaría una solicitud al archivo central.
—¿Alguno de vosotros le da clases a un chico llamado Bugayong? —pregunté.
—Extraño nombre —contestó Marcello—. Aunque bien pensado, debe de ser como John Smith para los coreanos.
—Filipino —aclaré.
Julianne le dio un golpe a la máquina de café con el canto de la mano, aunque no pareció reaccionar. Después preguntó:
—¿Un chico rarito y menudo que siempre parece como si estuviera chupando limón?
—¿O sea que Pang Bujarrayong —intervino Marcello— es tu principal sospechoso? —Estaba empezando a interesarse en el caso, o simplemente no le gustaba quedarse al margen—. ¿Es inquietante lo que escribe?
Julianne me miró a mí y comentó:
—Si alguien leyera tus guiones, creería que eres paranoico.
—Suerte que nadie los lee. —Marcello, como siempre tan simpático.
Julianne se acercó removiendo café en agua caliente —no café liofilizado instantáneo, sino molido— y dijo:
—Ya. —Dio un sorbo, retrocedió y lo tiró en el fregadero.
—Un alumno mío —comenté— me ha dicho que tiene algún tornillo suelto.
—Y a esa edad —observó Marcello— poseen un criterio tan atinado para juzgar a los demás…
—Bugayong es un gallina —terció Julianne—. Te apuesto una cafetera nueva a que mea sentado.
—Sí. No puede ser él —contesté mirándome una de las costras de mis nudillos—. Tiene la imaginación para hacerlo, pero el valor… no creo.
—Y tu vecino tiene los cojones, pero no la imaginación —opinó Marcello—. ¿Quién tendrá ambas cosas?
Julianne y yo dijimos a la vez:
—Keith Conner.
El hecho de que se decantaran por el mismo nombre me asustó. No es que ninguna de las demás probabilidades fuera buena, pero dados los recursos de Keith, que él me tuviese entre ceja y ceja era un perspectiva para echarse a temblar.
Julianne se desplomó en un sillón y se dedicó a repasarse el esmalte negro de las uñas.
—Nunca te das cuenta realmente —dijo— de lo estrecha que es la línea que separa los rencores cotidianos de la obsesión.
—¿La obsesión del acosador o la mía? —Me dirigí hacia la puerta. No sabía muy bien qué esperaba conseguir, pero si algo me había enseñado mi malograda carrera, era que el protagonista no puede permanecer inactivo. No iba a quedarme de brazos cruzados esperando a que el intruso subiera otro peldaño y se presentara en mi casa con la videocámara y un martillo.
A mí espalda, escuché:
—EL NUEVE DE FEBRERO, PATRICK DAVIS YA NO-TIENE-DÓNDE-ESCONDERSE.
—Hoy es diez, Marcello —dije.
—¡Ah! —Frunció el entrecejo—. EL DIEZ DE FEBRERO.
Salí y cerré la puerta.