1995
Su habitación era su espacio de libertad.
Pese a que Solveig negaba toda forma de sensatez y cordura, parecía haber comprendido que en aquel hogar sólo una persona había perdido el juicio por completo. Y así acabaría él también, a menos que le permitiese retirarse a su habitación sin venir detrás lloriqueándole con sus amargas acusaciones.
Llevaba años avergonzándose de su dormitorio, de los pósters de fórmula 1 ya mugrientos, la colcha de la sección infantil de los almacenes Åhléns, con motivos de Tintín, que le encantaba de niño, y de Milú, la ridícula alfombra en forma de pez que, por lo demás, resultaba absurda ya cuando Solveig se la regaló el día que cumplió trece años. La única razón por la que aquella alfombra seguía en Rydboholm a los pies de su cama era la mancha tan horrible que afeaba el suelo justo debajo del pez. Aunque cuando sus amigos iban a verlo, era mejor la mancha que la alfombra. Entonces la escondía en el armario, hasta que volvía a quedarse solo con su madre, que se ofendía enseguida si la echaba de menos.
Ahora se alegraba de, pese a todo, haber reproducido al mudarse la decoración de su antigua habitación. De hecho, la ridícula alfombra en forma de pez expresaba una inocencia pura e infantil que ya no le resultaba humillante, sino que más bien le infundía serenidad. Quienquiera que entrase en aquella habitación, sin saber quién era él o qué había hecho, vería enseguida que la ocupaba un niño. Y los niños nunca son culpables de nada, en realidad.
Estaba claro que el asistente social que fue a hablar con su madre después de la desaparición de My era de la misma opinión. En efecto, con una voz absurdamente monótona, casi como la del servicio de información horaria, le decía:
—No es culpa tuya, Sebastian.
Para enseguida volverse hacia su madre:
—No tiene por qué haber ocurrido ningún accidente, Solveig.
Sebastian, que conocía bien a su madre, esperaba que ésta estallase. Como así fue. El asistente social se hizo una herida en la mano con el jarrón, que se quebró en mil pedazos. Claro que Solveig no se lo arrojó a él directamente y el hombre se hirió cuando, amedrentado, intentaba recoger los fragmentos del suelo. En cambio, sí que se empleó con él de palabra, en un tono tan quedo y monótono como el del propio asistente, pero impregnado de ira. El asistente social, que sin duda estaría preparado para enfrentarse a personas agresivas en plena crisis, declaró con la misma ausencia de vivacidad que «veía claramente que Solveig estaba alterada. Que oía que estaba alterada».
Y entonces Solveig, fuera de sí, lo echó de allí, como si el asistente social fuese el culpable de que My no hubiese vuelto a casa aquella noche después de la fiesta. Como si fuese el culpable de que la hermana mayor se hubiese marchado a casa varias horas antes que Sebastian y, pese a todo, no estuviese allí cuando su hermano pequeño, bastante tocado después de la fiesta, por cierto, entró de puntillas en el vestíbulo a las cuatro de la mañana, para enfrentarse a la misma furia que la recepcionista y la telefonista de la comisaría hubieron de soportar a la mañana siguiente.
También los policías que, por fin, se dignaron a escuchar a Solveig lograron mantener la calma después de recibir su parte de improperios.
—Señora Granith, su hija tiene diecinueve años. Debe comprender que puede que se haya ido a cualquier sitio por voluntad propia. A esas edades, suelen hacerlo. Son lo bastante adultos para cuidarse, pero no para pensar que su familia quizá esté preocupada. Señora Granith, ya verá como no tarda en volver.
Sebastian comprendió que el policía consideraba a su madre como una histérica. Estaba acostumbrado a que así fuera, En una ocasión, oyó al casero llamar a Solveig «el caso clínico del portal ocho». Seguramente, el hombre se había olvidado de colgar el teléfono. Cosas que pasaban. En aquella ocasión, a Solveig se le había metido en la cabeza que el hueco del doble suelo estaba atestado de ratas. Y le pidió a Sebastian que llamara él, pues sospechaba que la secretaria desviaba sus llamadas de modo que no llegasen al jefe.
A Sebastian no le importaba demasiado que la gente hablase de su madre con desprecio.
* * *
Nunca supieron cuánto influyó la convicción inquebrantable de Solveig, pero la policía tomó la decisión de iniciar una búsqueda, contemplando la hipótesis de que a My pudiese haberle ocurrido algo, a pesar de todo.
Hablaron con los organizadores de la fiesta en el club de motoristas, que tuvieron que proporcionar los nombres de todos los que participaron en el evento privado. Tuvieron que hacerlo de memoria pues, como es lógico, no contaban con ningún registro escrito. El resultado fue una lista compuesta por una mínima parte de todas las personas que, de hecho, acudieron a la fiesta. De esa lista, tan sólo llamaron a unos cuantos para preguntarles si habían visto a la joven en la fiesta o si habían oído qué pensaba hacer después y con quién o con quiénes la habían visto hablar. Y poco más.
La búsqueda por los bosques de los alrededores se interrumpió el mismo día que se inició, ya que encontraron a My a un par de kilómetros del club. Se hallaba en un lugar abierto, a tan sólo treinta metros de la carretera, y los perros la detectaron casi de inmediato. La bici estaba en la cuneta y tenía la rueda pinchada.
No fue el mismo policía el que acudió a su casa la segunda vez, sino otros dos: un hombre algo mayor y una mujer, más joven. Por la expresión de la mujer policía, cabía sospechar que llevase una máscara de compasión pegada al cráneo con cola, como si, conscientemente, hubiese elegido entre varias expresiones adecuadas.
Sebastian tenía la certeza de que My estaba muerta.
—No está muerta, señora Granith —aseguró el policía—. Pero sufre hipotermia y está inconsciente. Deben prepararse para lo peor.
Sebastian se acercó caminando de puntillas mientras Solveig se encerraba en el baño lamentándose a gritos de aquel modo que él había aprendido a odiar desde niño. El policía se sobresaltó al verlo aparecer de pronto ante la puerta de la sala de estar. El hombre se aclaró la garganta, aunque no le salía la voz.
—Se ha dado un golpe en la cabeza y está inconsciente y… no es seguro que recobre el conocimiento.
* * *
Los policías se negaron a dejar a Sebastian en el apartamento, pese a que el chico se aferró en silencio al marco de la puerta de su habitación de niño. Ahora se encontraba en una consulta médica iluminada por una tenue luz verdosa. Sentía el peso de las manos del médico sobre sus hombros, como si el hombre intentase retenerlo ante la eventualidad de que quisiera huir. Y vaya si le habría gustado huir.
—Se cayó y se golpeó la cabeza con una piedra —le explicó a Solveig la mujer, cogiéndole la mano.
Los médicos eran dos, igual que los policías, aunque en este caso la mujer era mayor que el hombre, al que aún le faltaban unos años para alcanzar la mediana edad. Sebastian no entendió su nombre.
—Sufre una grave hipotermia, pues lleva muchas horas a la intemperie, y ha perdido mucha sangre.
La doctora hablaba despacio para que sus palabras alcanzasen la conciencia de la mujer, pero ésta parecía estar en otro mundo, con la cara grisácea inexpresiva, sin pestañear siquiera. Tan sólo un músculo, debajo de la oreja izquierda, revelaba que estaba apretando los dientes rítmicamente. Y ése era el único indicio de que estuviese viva.
—Sigue con vida en la medida en que su corazón no ha dejado de latir, pero el cerebro ya no le responde.
La doctora corrió un poco la silla para estar más cerca de Solveig, tanto que sus rodillas se rozaron. Solveig dio un respingo. El sonido desgarrador de las patas metálicas de la silla contra el suelo hizo que Sebastian se marease.
—Su cerebro no volverá a funcionar jamás.
A su espalda, el joven médico apretaba los hombros, la cabeza y el tronco de Sebastian contra su estómago y su pecho, que olía a loción para después del afeitado mezclada con desinfectante.
—Vamos, tranquilo —le decía al tiempo que le giraba la cabeza. La mejilla de Sebastian quedó pegada a la bata de color verde y su nariz, muy cerca de la axila. El chico notó un penetrante olor a sudor.
Se liberó bruscamente y fue a vomitar en el pantalón de Solveig. No se tomó la molestia de comprobar si la doctora también recibió alguna salpicadura de vómito. En menos de un segundo, ya se había largado de la consulta.
—Ya dije yo que quería quedarme en casa —iba murmurando mientras corría pasillo abajo—. Ya dije yo que no quería venir.
* * *
Logró hallar algo de sosiego en una sala de espera anónima del gran hospital, tras haber corrido sin resuello por los pasillos y haber subido y bajado escaleras. Lo que más paz le infundía de aquella sala era precisamente la escasez de luz. A nadie se le había ocurrido encender aún para iluminar los espacios cada vez más penumbrosos. No soportaba mirar a nadie a los ojos.
Sebastian se desplomó en un sofá de color verde lleno de bolitas dispuesto a aguardar el llanto, que se negaba a aflorar. Sentía los ojos resecos y ardientes, como si tuviera fiebre. Al ritmo desacompasado del corazón, cogió una revista y se la puso en las rodillas, como para protegerse, con la idea de tener algo en lo que fijar la vista y evitar el desvarío.
Alguien con una bata blanca se acercó y entró en el túnel de su campo de visión: era una joven peinada con una cola de caballo. La mujer ladeó la cabeza y se dirigió a él con expresión preocupada. El rumor crecía y decrecía en los oídos de Sebastian. Pese a sus esfuerzos por comprender, no porque le importase, sino por no dar la impresión de estar loco, no conseguía registrar nada, salvo que lo que llegaba a sus oídos eran palabras, composiciones de palabras, y las palabras no cambiarían nada.
Se levantó y dejó atrás la figura desconcertante de la mujer. Con paso apresurado, recorrió de nuevo el pasillo en dirección al susurro de las puertas giratorias y de allí a los ascensores que lo llevarían a otra parte del edificio. Por ejemplo, podría ir al piso donde su madre se encontraba ahora drogada y seguramente amarrada, al menos hasta que la inyección empezase a surtir efecto. A aquellas alturas, seguro que se le habría tirado al cuello a cualquiera de los médicos que la atendían y Sebastian pensó que «ni siquiera en una situación como aquella, en que cualquier persona normal estaría en su pleno derecho de gritar y comportarse como una loca, ni siquiera entonces su madre sería capaz de mantenerse dentro de los límites». Su locura rebasaría esos límites. No había techo lo bastante alto para su delirio. Y al final, tendrían que encerrarla en la sección de los locos.
También podía elegir la planta donde estaba My, que parecía dormida o muerta, pero que no estaba ni lo uno ni lo otro.
Se le vino a la mente un tebeo que leyó una vez. Debió de ser hace mucho tiempo, porque recordaba que le costaba leer las viñetas y que a veces no lo conseguía y debía contentarse con mirar las ilustraciones de personajes toscamente dibujados y campos de color bien diferenciados. El tebeo trataba de un hombre al que apuñalaban, pero sobrevivía y caía en coma. Mientras estaba inconsciente, el hombre se hallaba entre la vida y la muerte y, por tanto, en un país especial: «Un país transitorio». La mayoría de las personas que mueren de sopetón por un infarto o por una caída contra el asfalto al girar una esquina apenas se enteran y es tan breve que, después, podrían creer que habían sido figuraciones suyas. Si hubiese algún después, claro.
Las criaturas fantasmales que pueblan el país transitorio son de una naturaleza peculiar, son seres inquietos, desarraigados. Provisionales. My era ahora uno de ellos, un ser exiliado.
«Dejadlos libres —se le ocurría pensar a Sebastian—. Liberad a los fantasmas de su angustia, es lo más humano». Algo le decía que ésa era la idea central del tebeo, si es que ese tipo de tebeos tenían alguna idea central.
Otra bata blanca se le acercó y buscó su mirada.
—Estoy esperando a mi abuela —explicó Sebastian con una voz que le sonó ajena.
¿Por qué había de ser tan difícil que lo dejaran en paz? Volvió a sentir el pánico a flor de piel. La bata blanca asintió, y no parecía del todo satisfecha, pero justo cuando iba a añadir algo, le sonó el busca que llevaba en el cinturón y se alejó con paso presuroso.
Sebastian sintió un repentino temor: ¿y si los médicos de su madre lo habían mandado buscar por el edificio? Quizá hubiesen enviado su descripción por correo electrónico: «Si veis a un quinceañero nervioso y muy feo, con cazadora vaquera, tejanos, sudadera roja y la cara llena de granos, mandadlo al loquero con su madre y con los dos médicos sobones».
Sintió rabia al pensar en la falsedad de una ayuda que sólo a duras penas ocultaba las acusaciones, visibles en los ojos de los samaritanos. De todos ellos. Las asistentes sociales, los médicos, los orientadores, los profesores… eran por su falsedad enemigos de todo el mundo. El desprecio que les inspiraba Solveig por su incapacidad de sacar adelante a sus propios hijos y su propia mierda, porque se viniese abajo, se derrumbase y airease públicamente sus trapos sucios no constituía garantía alguna de que, al mismo tiempo, no lo despreciasen a él. A él, que carecía de los naturales instintos de protección con respecto a su hermana.
Y allí, en aquel momento, se obligó a reflexionar sobre ello.
Él sabía que aquella noche estaba muy oscuro y que se encontraban muy lejos del pueblo más cercano y que abundaban los borrachos. De hecho, de no haber sido por el grupo que tocaba, no se le habría ocurrido jamás ir allí y mezclarse con todos aquellos campesinos carentes de inteligencia.
«Si Krister no se hubiese puesto tan pesado». Krister, que, por si fuera poco, como todos los demás de la pandilla, pensaba que la música death era ridícula. No conocía a nadie que se vistiera o saliera con otros fans. Sebastian tampoco. Y Krister sólo quería ir a la fiesta porque sabía que les servirían cerveza a los menores sin el menor reparo.
Siempre terminaba cediendo cuando Krister daba la paliza, cuando cualquiera daba la paliza. No tenía ni agallas ni pantalones ni tampoco una voluntad propia identificable. Iba de aquí para allá conforme a la ley de oponer la mínima resistencia.
De modo que era culpa suya que My se encontrase donde ahora se encontraba. Era cuestión de lógica pura y simple. Con independencia de sus objeciones, porque él no le había pedido que lo sacara de allí y sabía cuidar de sí mismo y prefería ahorrarse la angustia pringosa y abrumadora de Solveig que, en el fondo, no era más que puro egoísmo.
Pero lo pensó. Lo pensó cuando My se fue en la bicicleta y cruzó la verja y él oyó a aquellos tíos —aquellos hombres de Neanderthal, aquel al que un colega acababa de echarle la bronca— decirle a My guarrerías al pasar. Pensó que era una locura que se fuera sola.
Se escondió en la oscuridad de la escalera que conducía al piso de arriba y la vio partir a través de una ventana entreabierta. Por eso, en esta ocasión, él debía cargar con la culpa de haberse quedado allí, en la escalera, con el presentimiento de que My quizá no lograse llegar a la carretera principal. No la detuvo, pese a que una y otra vez se la imaginó violada y asesinada, como si se tratase de algo que él hubiese vivido y presenciado de verdad y pudiera recordarlo y no como un escenario terrible e inventado.
Bueno, resultaba que no la habían violado. Los médicos lo repitieron varias veces, como si eso les aliviase el dolor a él o a su madre. No tenía más lesiones que la herida de la cabeza, que se hizo al caer sobre una piedra afilada que le fracturó el cráneo, según demostró la investigación policial. Para Sebastian, aquella investigación era absurda y él se cerraba en banda con la policía.
Los arañazos que My tenía en la cara y en las manos los causaron los arbustos por entre los que huyó a la carrera.
Nadie sabía aún de qué quería huir así, atravesando el negro bosque. Sebastian, por su parte, creía saber lo que sintió mientras corría. Si no recurría a las fuerzas que le quedaban para apartar la idea, podría sentir en sus carnes el pánico de su hermana, hasta que le estallase por dentro.
La conciencia del terror que My debió de experimentar en los últimos minutos la almacenó en un espacio aislado de su cuerpo, para poder recurrir a ella en el momento adecuado. En realidad, Sebastian almacenaba más de una cosa en aquel espacio. A veces se le ocurría pensar qué sucedería el día que decidiese sacar la llave, entreabrir la puerta y esperar el diluvio. ¡Ay de aquel que se interpusiera entonces en su camino! Esperaba que, quienquiera que fuese, mereciera lo que se le vendría encima. Porque gente mala había mucha, desde luego. Y por mucho que dijeran los médicos y la policía, él estaba convencido de que My se encontraba allí a consecuencia de una intervención del mal.
Pues, ¿por qué habría dejado la bicicleta para adentrarse corriendo en el bosque, a menos que temiese por su vida? No, el miedo puro y duro la había movido a exponer manos y cara a las ramas heladas que la arañaron hasta sangrar. Estaba convencido. De nuevo tuvo que ahuyentar el miedo de su cuerpo. No podía dejar que se impusiera. Volvió sin hacer ruido a la penumbrosa sala de espera y se desplomó en el sofá.
Las acusaciones y los remordimientos solían resbalarle como el agua por el plumaje de una oca, se había tenido que proteger así para sobrevivir con Solveig, para no terminar siendo como My, que se enfrentaba a Solveig y, más de una vez, llegó incluso a desear matarla.
Él decidió bastante pronto que se negaría a participar. El castigo por ello, el amor agobiante de su madre y la medalla de plata en la competición por su favor, fue el precio que tuvo que pagar. La medalla de oro exigía demasiado, aunque bien sabía él que, de muy niño, lloró hasta la desesperación por conseguirla.
Una enfermera apareció repiqueteando con los zuecos y con el tintineo del llavero, entró en el pasillo y encendió una lámpara de pie. Su blando resplandor llegaba justo a los pies de Sebastian.
Naturalmente, no podía quedarse a dormir en el hospital, pues llamaría la atención, aunque por él se quedaría toda la noche despierto en el sofá mirando al vacío. Lo único que echaba de menos era el lector de CDs. Poder esconderse detrás de un muro de death metal sería una liberación en aquel momento. Ninguna otra cosa podría hacerlo desprenderse de aquel fracaso absurdo e indefinible que era él mismo. Así lo veía él.
A Solveig la ponía nerviosa la vestimenta de personajes de terror, el maquillaje en blanco y negro y cualquier cosa que propiciase asociaciones con la violencia y la sangre y la muerte.
Y justo ésa era la idea: creer, por un momento, que los creadores de aquella música tan extremista no eran una pandilla de tíos normales y corrientes. Si podías creer que no lo eran, pues tanto mejor.
Lo que no podía hacer era irse a casa, eso estaba claro. La bolsa de My aún seguía en el vestíbulo. Mientras ella yacía en una camilla, como un fardo. Los médicos ya estaban seguros al cien por cien de que jamás volvería a ser otra cosa que un fardo.
Y por más que él se dijera cuál era su responsabilidad o su culpa al respecto, Solveig siempre pensaría que él era el culpable.
Él era el culpable, por eso no podía volver a casa. Le gustaría ir a ver a My, si no estuviera rodeada de todo un equipo de personal sanitario. Le gustaría explicarle la razón de que hubiese reaccionado como lo hizo cuando ella fue a buscarlo aquella noche. Sobre lo importante que se había vuelto para él la música, que le permitía olvidar y que era inviolable, que no podían existir puentes entre aquellas dos vidas, ni conexiones entre sus refugios y la escuela, su madre, el absurdo. Nadie mejor que ella para comprenderlo. Si te exponías a que te encontraran, dejaba de ser un refugio. Ella mejor que nadie para comprenderlo, aunque ya no comprendiese ni entendiese un pimiento. Si pudiera hablar con ella…
Claro que Solveig no pasaría la noche en casa, pues sabía por experiencia que los médicos no la dejarían ir en el estado en que se encontraba. La llevarían con los locos y allí la dejarían un tiempo, seguramente. En otras palabras, el apartamento estaría vacío.
De modo que decidió irse a casa, dormir y hacer una maleta con lo imprescindible a la mañana siguiente. Para no correr ningún riesgo, se marcharía en cuanto se despertase: no quería exponerse a que Solveig volviera a casa antes de lo que él calculaba. Eso no podía suceder, no podía verla más.
Cuando todo hubiese vuelto a la normalidad, iría al hospital por la noche, cuando sólo estuviera la enfermera de guardia, y le pediría que lo dejase estar un rato con My. Después de todo era su hermana, ¿qué iban a decir? Y en cualquier caso, My no notaría la diferencia entre el día y la noche.
Todo se arreglaría, sólo tenía que mantenerse apartado de Solveig.