17

Preguntas

Don rodeó la valla, y luego atravesó la húmeda masa de hojas que cubría el jardín delantero de la cochera. El otoño había golpeado con saña. Le sorprendió un poco que no le abrieran la puerta antes de llegar al porche. ¿Es que estaban perdiendo facultades como espías?

Llamó al timbre. Nada. Llamó con los nudillos a la puerta. No hubo respuesta.

Esperó, llamó, volvió a llamar. Nada.

Fue igual en la parte trasera. Las cortinas estaban echadas. No había rastro de vida dentro. Se trataba de mujeres mayores. ¿Pasaba algo malo? Probó con el pomo de la puerta, sólo por asomarse. Estaba cerrado con llave.

Volvió al porche delantero. También la puerta estaba cerrada con llave. Llamó de nuevo, más fuerte, sacudiendo las ventanas.

—¡Señorita Judea! ¡Señorita Evelyn!

Entonces comprendió. Apenas había amanecido. La gente mayor no dormía mucho, lo sabía, pero tal vez lo hacían hasta pasadas las primeras luces. Y no podía seguir gritando, porque despertaría a los vecinos. No debería estar allí. Y sin embargo tenía que preguntarles lo que sabían. Lo que comprendían sobre la casa. Qué esperanza había de que Sylvie pudiera librarse del lugar.

Una última llamada al timbre y se dio media vuelta para regresar a la casa Bellamy. Naturalmente, fue entonces cuando oyó que el cerrojo se descorría tras él.

Se abrió sólo una rendija. Nadie se asomó.

—Márchese —dijo una voz anciana y cansada. Don no pudo cerciorarse de cuál de las hermanas Extrañas era. No parecía ninguna de ellas.

—Tengo que hablar con ustedes —dijo—. Me dijeron que si tenía alguna pregunta…

No hubo respuesta.

—Quiero liberar a alguien de la casa. Tengo que hablar con ustedes.

—Hable —dijo ella con desdén. Ahora reconoció la voz. Miz Evelyn. Probablemente. Tal vez.

—¿Se encuentra bien? —preguntó Don.

—¿Qué le importa?

—Pues claro que me importa. ¿Puedo traerle algo?

—¿De verdad es tan estúpido?

No. Era definitivamente Miz Judea.

La voz volvió a sonar, un susurro ahora, feroz pero rota.

—¿No sabe que nos está matando?

La puerta se cerró. Corrió el cerrojo.

Don se volvió y contempló el patio delantero. Cubierto de hojas. Estas ancianas se pasaban el día preparando comida para Gladys o trabajando en el jardín. Y sin embargo el jardín estaba tan descuidado que no habían recogido ni una hoja.

¿Por qué? La respuesta era obvia. Ahora que creía en el poder de la casa, Don también tenía que creer lo que le habían contado estas mujeres. Todo el trabajo que había hecho en la casa había absorbido su fuerza. Le habían suplicado que la derribara, por su bien. Él había hecho lo contrario, restaurándola cada vez más a su forma verdadera. ¿Qué sucedería cuando terminara? ¿Cruzarían tambaleándose la valla para llamar a su puerta y suplicarle que les dejara entrar en su prisión? ¿O permanecerían obstinadamente en la cochera hasta que estuvieran demasiado débiles para alimentarse?

¿Quién sería entonces el asesino?

Y sin embargo, si ahora debilitaba la casa, ¿qué le pasaría a Sylvie? Ahora que sabía la verdad sobre sí misma, ahora que él también lo sabía, su fe ignorante no podría ayudarlos a mantener una ilusión. Dependían de la fuerza de la casa para mantenerla allí, para hacerla real, hasta…

¿Hasta qué?

No podía pensar. Estaba demasiado cansado. No había dormido en toda la noche, había trabajado como si lo hubiera hecho dos días seguidos, y no le quedaba nada.

Se volvió hacia la puerta y gritó.

—¿Puedo traerles algo?

Pero no hubo respuesta.

Rodeó la valla y regresó a la casa Bellamy. Para su sorpresa, su camastro había vuelto al salón de baile. Parecía pequeño, casi patético comparado con el enorme espacio que lo rodeaba. Recordó haber bailado con Sylvie, cómo la sala chispeó con los recuerdos de la gente que había bailado aquí. ¿Albergaba la casa todos estos recuerdos? ¿Los había liberado el derribo de las paredes falsas? ¿Por qué era esta casa tan poderosa, mientras que otras no tenían este poder? ¿Qué magia habían hecho? Y ahora, ¿cómo podían deshacerla sin hacer daño a Sylvie?

O tal vez estar allí era lo que le hacía daño. Tal vez si se hubiera marchado sería más feliz. En vez de estar atrapada aquí. Tal vez debería derribar la casa, quemarla ahora mismo, renunciar a ella, y liberar a las hermanas Extrañas.

Incluso la idea de destruir la casa le hizo enfermar de pena. No podía soportar la idea de perderla.

¿A esto se reduce? ¿A mi necesidad de ella? ¿Es más importante que lo que necesitan las señoras de la casa de al lado? ¿Que lo que la propia Sylvie podría necesitar?

Felizmente haría lo que hiciera falta para enmendarlo todo. ¿Pero cuál era su objetivo? Sencillo: Sylvie viva, las hermanas Extrañas libres. Pero Sylvie estaba muerta, excepto por el poder de la casa. Y las hermanas Extrañas estaban atrapadas por causa de la casa. No podía salvar a una sin dañar a las otras.

Y en alguna parte Lissy era libre como un pájaro, a salvo de todo esto. Lo sabía, aunque no tuviera ninguna prueba, aunque por lo que sabía estuviera atormentada por la culpa y viviera en un infierno propio. Sabía que estaba a salvo porque era así como funcionaba el mundo. Una persona decente como Cindy vivía en un infierno por un crimen que casi cometió. Mientras que Lissy, una asesina egoísta, mentirosa e intrigante vivía tan feliz.

¿No había algo que pudiera hacer? ¿No había ninguna posibilidad que no condujera a la destrucción de alguien?

No había nadie a quien preguntar. Todo lo que podía hacer era acostarse en la cama que Sylvie le había preparado y dormir por fin.

Soñó que era una casa. Soñó que sentía sus vigas cuando movía las manos, los brazos. Que se arrodillaba para formar los cimientos, fuertes y firmes, que el viento soplaba sobre su cuerpo, y dentro de él un corazón latía fuertemente, y su hija estaba allí. Estaba en la alcoba más hermosa de su cuerpo, jugando, riendo. Oyó su risa. Y luego… silencio. Ella se fue, y no quedó ningún latido.

Sintió frío. La nieve se apilaba sobre él, el viento lo sacudía. Se inclinó bajo el fragor de la tormenta, vacío. No comprendía por qué estaba todavía arrodillado allí, por qué simplemente no había dejado de existir. Por qué no estaba muerto, si su corazón ya no latía.

Y entonces volvió a latir de nuevo. Su corazón volvió a la vida, sólo que miró y seguía sin haber nada allí, nada en absoluto, y sin embargo estaba cobrando vida. ¿Dónde estaba su corazón? ¿Por qué estaba vivo cuando no tenía ningún corazón?

Abrió los ojos y allí estaba, sentada en el hueco de la escalera. Sylvie.

¿Por qué no había podido encontrarla en su sueño?

Porque no estaba allí.

Ella no sabía que estaba despierto. Permanecía allí sentada, abrazándose las rodillas, la cabeza hacia atrás, el pelo suelto, y miraba la parte superior del hueco de la escalera. ¿Había algo tallado allí? ¿Qué veía?

Y ya puestos, ¿qué veía él? ¿Qué era, exactamente, lo que quería de ella? Con Cindy no había habido duda de que lo que impulsaba su pasión. ¿Pero qué clase de pasión lo unía a Sylvie? Ciertamente, la había tomado bajo su protección; con reticencia al principio, pero por completo. Así que había un elemento paternal y protector. Pero ella no era su hija. Cuando lo pensaba, puede que fuera un par de años mayor que él. Excepto que no había envejecido en todos estos años en la casa, así que seguía siendo más joven. Oh, ¿pero qué importaban las edades? Un hombre tiene a sus hijos bajo su protección, y a su esposa también, y a sus padres: es parte de lo que define a un hombre, proveer y proteger. Es lo que haces cuando creces.

Era en parte por la belleza de Sylvie, lo sabía. No era una belleza tradicional, la belleza de las modelos o la belleza de rostro fresco de la alegre vecinita de al lado. Tenía un rostro melancólico, y su cabello, aunque no podía imaginárselo peinado, tenía una especie de libertad, una forma de llevar la contraria que reflejaba su efusividad. ¿Cuál era su belleza, en realidad? ¿Era la línea de su esbelto cuello? ¿Era, de hecho, lo delgada que era? ¿Una belleza que se perdería si adoptaba una figura femenina más rotunda? No lo creía.

Por fin ella sintió sus ojos, y se volvió a mirarlo. Sonrió.

—¿Qué miras?

—Belleza.

—Me río.

Pero no se rió.

—Estoy intentando entenderlo yo también —dijo él.

—Gracias.

—Empiezo con la belleza, Sylvie, y sigo a partir de ahí.

—La verdad es belleza.

—¿Ah, sí?

—Estaba citando a Keats.

—¿Eres tú la verdad? —preguntó él—. Eso es muy fuerte. La verdad está muerta pero sigue siendo hermosa, nos acosa pero siempre está fuera de nuestro alcance.

Ella se puso rápidamente en pie y vino a arrodillarse junto a su camastro. Lo besó en la mejilla. Él le acarició la cara y la besó en los labios, de manera cálida, dulce y lenta.

—No, fuera de nuestro alcance no —dijo ella.

—Oh, Sylvie. ¿No sabes lo tentado que estoy de vivir aquí para siempre contigo? Conservar este lugar, salir sólo para ganar suficiente dinero para volver a casa contigo.

—Entonces hazlo —dijo ella—. Oh, hazlo, por favor.

Él se tendió de espaldas, y miró al techo.

—¿Durante cuánto tiempo? ¿Hasta que tenga sesenta años y tú sigas teniendo la edad que tienes ahora?

—No me importará.

—A mí sí.

—Entonces morirás y estaremos juntos.

—¿Es eso un buen plan? —preguntó Don.

—El fantasma y la señora Muir. ¿Llegaste a verla?

—Hay unas ancianas ahí al lado que están siendo destruidas por esta casa.

—Sólo porque la combaten.

Don se volvió hacia ella.

—¿Deberían venirse a vivir con nosotros también? ¿Es eso lo que estás diciendo?

—No sé por qué esta casa es tan fuerte, Don. No es cosa mía. Ellas estuvieron atrapadas antes de que yo naciera.

—Quiero hacer lo correcto, Sylvie.

—¿Lo correcto para quién?

—Lo correcto.

—¿El bien mayor para el mayor número? ¿No has estudiado ética?

—Sylvie —dijo él—, estoy bloqueado. Inmovilizado. No hay nada que pueda hacer que no arruine la vida de alguien.

Ella lo besó.

—Lo sé.

—Y si no hago nada, también arruino vidas.

—Empezando por la tuya.

—Tal vez.

—Porque necesitas hijos —dijo ella.

Don se estremeció.

—¿No? —preguntó ella.

—No sé si podría volver a hacerlo. Ahora que sé lo que te pasa cuando pierdes uno.

—¿Es peor que perder a un padre?

—Sí.

—¿Peor que perderse a uno mismo?

—Nunca me he perdido a mí mismo, Sylvie. Ni tú tampoco.

—Yo debo de haberlo hecho. Porque ahora que me he vuelto a encontrar me siento muy bien.

—Crees que porque bailamos, porque nos besamos, porque nos amamos… Nos amamos, ¿no?

Ella volvió a besarlo.

—Crees que eso significa que nuestros problemas han terminado. Pero no es así.

Ella se sentó en el suelo con las piernas cruzadas.

—Algo sigue mal.

—Así es. ¿Pero qué es? ¿Qué hay que hacer para arreglarlo y que todo salga bien?

—No es la casa —dijo Sylvie—. La casa no es consciente, en realidad. Es fuerte, pero no sabe nada. Sólo… retiene gente. Es todo lo que hace. Les hace anhelar este lugar. Es un hogar.

—Y eso no es malo.

—No es malo si quieres estar aquí. Mi argumento es que la casa no es lo que está mal. La casa sólo es.

—Las señoras de al lado no piensan lo mismo.

—¿Sabes cuál es el problema? Ella sigue ahí fuera.

Don estaba pensando en Miz Evelyn y Miz Judea y la misteriosa Gladys del piso de arriba.

—¿Quién?

—Lissy. Mi compañera. Mi asesina.

—Pues sí.

—Sé que no puedo vivir aquí eternamente, Don. Si puedes decir que estoy viva.

Él le apretó la mano.

Ella le sonrió.

—Sé que si de verdad vas a ser feliz, tienes que amar a una mujer viva.

—Lo sé. A ti.

—Sé que tal vez si pudiera irme de este lugar, podría desaparecer. En serio, piénsalo. ¿A quién retiene la casa? No a los Bellamy. Cuando murieron, desaparecieron.

—Cierto —dijo Don—. ¿Y por qué sus hijos no quedaron capturados como las señoras de al lado? Crecieron aquí y sin embargo pudieron marcharse, incluso pudieron vender la casa.

—Eso es raro, si lo piensas. ¿Por qué dos prostitutas estarían atadas aquí, y no las demás? ¿Por qué yo, y no los otros que murieron aquí?

—Tal vez porque tú perdiste algo aquí. Tal vez todas perdisteis algo.

—Mi vida. ¿Y ellas?

—No lo sé. ¿Su inocencia? ¿Su confianza?

—¿Su autorrespeto?

—No las conozco tan bien —dijo Don—. Pero perdieron algo y por eso no pueden dejar la casa hasta que lo recuperen.

—Tal vez no sea algo en concreto. Tal vez sólo sea… pérdida.

—Otra gente tiene que haber perdido cosas aquí también.

—Bueno, entonces tal vez sea necesidad.

—¿Qué necesitas tú?

—Una vida —dijo ella, riendo.

—Pero eso no es una broma, ¿no?

—No. Incluso antes de que ella me matara, necesitaba una vida, Don. Mis padres habían muerto. No había nadie a quien mostrar mis logros. ¿Sabes? Nadie para verme cantar o bailar o lo que fuera y aplaudir cuando terminara sin cometer un solo error.

Él asintió.

—Sé lo que quieres decir.

—Así que creí en todas esas cosas de complacerme a mí misma —se rió—. No se puede hacer. No puedes complacerte haciendo lo que quieres. Porque no significa nada si eres sólo tú. Tiene que haber alguien más a quien le importe. Creo… que en el fondo de mi corazón necesitaba que ese alguien fuera Lissy. Necesitaba que se preocupara por las cosas que yo hacía.

—Y en cambio se preocupaba tan poco que estaba dispuesto a destruirlo todo sólo por conseguir una buena nota en un trabajo.

Sylvie asintió.

—Así que es mi propia necesidad lo que me retiene aquí.

—Tal vez.

Permanecieron un rato en silencio.

—O tal vez no —dijo Don.

—¿Qué?

—Tal vez sea justicia lo que necesitas.

—¿Qué justicia? Golpeé a Lissy con una piedra. Pude haberla matado. Por lo que sé, que esté muerta y atrapada aquí bien puede ser justicia. Tal vez esto sea el infierno, Don.

—El infierno es saber que ella está ahí fuera, pensando que se salió con la suya.

—Pensando no. Se salió con la suya.

—Quiero encontrarla —dijo Don.

—No.

—Sólo quiero… No sé. Enviarle una nota. Hacerle saber que alguien sabe lo que hizo.

—¿Y luego?

—No creo que deba ser feliz.

—¿Devolverá eso mi cuerpo a la vida?

Don pensó en el cadáver tendido en el colchón en el túnel. Pensó en el cuerpecito de Nelly, y en el de su ex esposa también. Ella al menos había muerto por sus pecados. Lissy no.

—Tiene que enfrentarse a lo que hizo —dijo Don.

Sylvie se echó a reír.

—No vas a conseguir eso enviándole una nota.

—¿Cómo, entonces?

—Tráela aquí —dijo Sylvie—. Devuélvemela.

Don la miró. ¿De qué estaba hablando? ¿Qué pretendía hacer?

—Tal vez ahora que la casa Bellamy vuelve a ser ella misma, sea el momento de que esté encantada.

Don pensó en las películas de casas encantadas que había visto. Poltergeist. Los intrusos. Al final de la escalera. Pensó en Lissy viniendo a esta casa y enfrentándose cara a cara con la mujer que había asesinado. Y la casa…

—Oh, tío —dijo—. ¿Qué sucedería?

—No lo sé —contestó Sylvie—. Pero una cosa es segura. No podría volver a hacerme daño.

—Así que viene —dijo Don—. La encontramos de algún modo y viene y te enfrentas a ella y, bueno, no sé, sale corriendo de la casa y nunca vuelve a dormir bien de noche. O va a la policía y confiesa. O se ríe de ti y le prende fuego a la casa. O se muere de un ataque al corazón. Lo que sea. ¿Y luego qué?

—Luego nada —dijo Sylvie—. Lo sabremos, eso es todo. Descubrimos qué pasa y los dos lo sabremos.

Don pensó en aquello.

—¿Hay de verdad algún equilibrio en el universo? ¿Alguna medida de justicia que la traiga aquí y encuentre un modo de enmendar las cosas?

—Ella es lo que falta, Don. Tú mismo lo has dicho: está ahí fuera. Y no debería estarlo. Cometió un asesinato en esta casa, Don. Si alguien debería estar atrapada aquí, es ella.

—¿Crees que la casa la quiere a ella?

—La casa sólo quiere. Pero si viene, creo que podría quererla a ella. —Y te dejará ir.

—Tal vez.

—Te deja ir, ¿pero cómo? ¿Haciéndote desaparecer? ¿Como hiciste esta mañana ahí fuera en el patio?

—¿Sería tan terrible, Don?

—No quiero perderte.

—Don, se sincero, por favor. No me tienes. No podrás tenerme nunca. Y yo no podré tenerte a ti. Así que tal vez lo mejor, lo adecuado… recuerda, lo estabas preguntando, ¿no?… sería que yo quedara libre de este lugar. Y tal vez si Lissy viene aquí, eso pueda suceder. Podré…

—Ir al Cielo —murmuró él.

—O donde sea.

Don se levantó del camastro.

—Tengo que ir al cuarto de baño —se echó a reír—. Y yo que me preocupaba de que estuvieras haciendo pis en algún fregadero.

—Qué asco —dijo ella.

Atravesó el inmenso salón de baile en vez de seguir por el estrecho pasillo. Cuando llegó al cuarto de baño cerró la puerta por costumbre. Agradeció poder aliviar la vejiga. La liberación de la presión.

Pensó en las ancianas de la casa de al lado. ¿Qué presión sentían, que significaría para ellas la liberación? ¿Tenía razón Sylvie? ¿Dependía todo de traer a Lissy de vuelta?

Cuando volvió al salón, pudo sentir una corriente de aire. Una fría brisa soplaba en el exterior, y la puerta principal estaba abierta. ¡Sylvie no podía haber salido!

No. Estaba sentada en el último peldaño de la escalera, mirando al exterior.

Se sentó a su lado.

—Sabes, no soy ningún machote que va por ahí vengando chicas asesinadas.

—Lo sé —dijo Sylvie—. Eso es lo que te reconcome. Que no eres la clase de tipo que se toma la ley por su mano. La dejaste en otras manos y eso te fastidió a base de bien.

—Estaba hablando de ti, no…

—No de tu hijita. Pero sigue siendo parte de todo esto. Es tu ansia, Don. Necesitas salvar a alguna chica capturada antes de que todo esto termine.

—Así que me tienes calado, ¿eh?

—Acechas en esta casa igual que yo, Don.

—Yo no estoy muerto.

—Vives en lugares muertos.

—Les devuelvo la vida.

—Pero luego pasas a otro lugar muerto.

Don suspiró.

—Lo que tú digas. Ni siquiera sabría dónde empezar a buscarla. Podría vivir en cualquier parte. Con cualquier nombre.

—No si no la está buscando nadie —dijo Sylvie—. No si piensa que nadie ha encontrado mi cuerpo. Y aunque lo hiciera, no habría forma de relacionarlo con ella.

—Así que sólo tengo que buscar en todas las guías telefónicas de Estados Unidos buscando a Lissy… ¿cómo se apellida?

—Felicity Yont. Pero apuesto a que se ha cambiado de nombre. A McCoy.

—¿Por qué McCoy?

—Porque así se llama su novio. Lanny McCoy.

—Así que busco Yont y McCoy.

—Lissy era de Asheboro, pero no tenía familia: era una de las cosas que teníamos en común, estar las dos solas. Lanny, sin embargo, era de aquí. Incluso vivía con sus padres. Ella se reía por eso. Nunca se le ocurrió que acabaría saliendo con un tipo que vivía con sus padres. Decía que lo que le faltaba ya era ponerse orejas de Spock e ir a una convención de Star Trek.

—¿Crees que pueden seguir viviendo en la ciudad?

—No. Lissy se moría de ganas por salir de Carolina del Norte. Sentía celos de que yo hubiera conseguido trabajo en otro estado. Bromeábamos sobre cómo ella quería irse y no podía, y a mí no me importaba dejar Carolina del Norte, y era yo quien tenía el trabajo interesante esperándome en Providence.

—¿Entonces empiezo a llamar a información telefónica? Es la mejor manera de arruinarme, a veinticinco centavos por llamada.

—No, tonto —dijo ella—. ¿Es que no has investigado nunca?

—Últimamente, no.

—Nunca —dijo ella, burlándose. Pero los dos sabían que era verdad—. La biblioteca tiene un montón de guías telefónicas de otras áreas. Si los padres de Lanny aún viven en Greensboro, lo único que tienes que hacer es encontrarlos y ellos probablemente te dirán dónde vive Lanny ahora. Con su esposa Lissy, apuesto.

—Eso sería demasiado fácil.

—Pero tal vez sea así.