IV

Ajenos a la violencia que se está incubando en la capital, la expedición de Julio Veracruz debe dormir en una de las cabañas de Oloitia bajo la vigilancia de los guerreros bubis.

A pesar de la hospitalidad del reyezuelo Sarpulan, se sienten más prisioneros que huéspedes. Ninguno de los soldados puede abandonar la cabaña en toda la noche, bajo la amenaza del rictus hosco de un bubi armado con una lanza.

Surgate y Melitón pueden caminar libremente por el poblado. El pequeño aprovecha para jugar con otros niños, mientras Surgate solicita hablar con el botuko. Uno de los guerreros le cierra el paso a la casucha del rey.

—Nadie puede hablar con él si no quiere.

En Oloitia reina una calma tensa. No se parece a ninguno de los poblados bubis que Surgate conoce: no hay cantos ni bailes, y sus habitantes no salen de las cabañas al anochecer. Melitón se aburre cuando se queda solo, después de que los otros niños se esfumen cuando sus madres les llaman. Surgate le sube a hombros y recorren el poblado en silencio, hasta que Melitón se queda dormido. Entonces entra en la cabaña de los soldados.

—Me da mala espina —dice el cabo Cejajunta.

—Sólo quieren asegurarse de que no se van antes de tiempo.

—¿Adónde coño piensa que iremos? ¡Estamos en medio de la selva!

—Al lago —interviene Julio Veracruz—. Han dicho que aún no podíamos llegar al lago.

—¿Por qué? —Baltasar Coronado.

—Porque lo dicen esos tipos de la selva, esos de nombre tan raro. —Sincuello, que roe un ñame.

—¿Los monstruos blancos? —Baltasar mira a Surgate—. Esto nos lo puede decir aquí nuestro amigo el misionero. ¿Quién es esa gente? ¿Por qué te protegen?

—No lo sé.

—¿Quiénes son? —pregunta Julio Veracruz—. Dice Tatuajes que hablaban español. ¿Son desertores?

—En Fernando Poo no deserta nadie —le corrige Cejajunta—. Aquí somos más de morirnos.

—¿Misioneros?

—No que yo sepa —responde Surgate—. O al menos no claretianos. Los jesuitas ya hace tiempo que se fueron de Fernando Poo.

—Podría ser que algunos se quedaran y se escondieran en la selva —elucubra Julio Veracruz.

—No. No tiene ningún sentido.

—Tampoco tiene ningún sentido todo eso del lago de los no-muertos —dice Sincuello.

—De los No-Nacidos —le corrige Veracruz.

—De lo que sea. Y aun así, vamos allí. Almas que vienen del futuro, el tiempo que pasa más rápido. No me hagáis reír.

—Y todo ese misterio de la preparación. —Baltasar Coronado hace una mueca—. Vamos, hombre, estos están tramando algo. Seguro que están confabulados con los ingleses.

—¿Tú crees?

A Julio Veracruz ni se le había pasado por la cabeza.

—¿Quién te dice que no han ido a avisarles y a primera hora los tenemos aquí, con sus armas, y nos matan? —razona Baltasar.

—Si nos quisieran muertos ya nos habrían matado a la entrada del pueblo. Y el botuko dijo que los monstruos blancos nos quieren vivos para que lleguemos al lago.

—Eso no tiene ni pies ni cabeza —protesta Cejajunta.

—Son esos negros, que tienen la cabeza llena de pájaros. —Baltasar señala a Surgate—. Ya estoy hasta aquí de espíritus, de monstruos y de cuentos de hadas. Lo que quiero es llegar al lago, encontrar a los ingleses y arrestarlos de una puta vez.

Baltasar se queja del codo, inflamado tras la pelea con Surgate.

—¿Estás bien? —se preocupa Cejajunta.

—No es nada —miente.

—No tiene buen aspecto.

—Eso díselo a Chocolate, que fue quien me lo retorció.

Surgate se acerca a Baltasar, que le mira con desconfianza.

—¿Puedo? —pregunta, y acerca las manos.

—No me toques.

Surgate no le hace caso y palpa el codo. Baltasar se muerde la lengua para no quejarse del dolor.

—¿Puedes mover el brazo?

Baltasar responde a regañadientes:

—Muy poco.

—Lo tienes fuera de sitio. Habría que recolocarlo.

—He estado peor, gracias

—Oye, Tatuajes: no me caes bien. No eres mi amigo. Si fuera por mí, preferiría no haberte conocido nunca. Pero si tenemos que caminar hasta el lago para encontrar a unos ingleses que, por lo visto, van armados hasta los dientes, prefiero que en mi grupo haya el mínimo de bajas posibles. Ya perdimos a un soldado por el camino, y sería absurdo que por culpa de nuestro orgullo perdiéramos a otro.

—Tú no me tocas. Mañana estaré bien.

—El hermano Jeremías tiene razón, Tatuajes —dice Julio Veracruz—. ¿Sabrías poner el brazo en su sitio?

—Podría intentarlo.

Baltasar se niega en redondo.

—¿Lo has hecho antes? —pregunta Cejajunta.

—Sí. Pero normalmente el enfermo quería curarse.

—Tatuajes, deja que Chocolate te ponga el brazo en su sitio.

—Joder, cabo, que no…

—¡A callar! —se cabrea, y los grillos que hay fuera le hacen caso y enmudecen de golpe—. Es una orden y no hay discusión.

Sincuello se sienta junto a Baltasar y le pasa una mano por el hombro.

—Ahora no creas que es otra cosa —dice.

Surgate recorre el brazo lesionado con la yema de los dedos. Coloca una mano en el antebrazo y la otra bajo la axila.

—¿Quién es ella? —pregunta.

Hasta ahora no se había fijado en el trazo difuminado de una mujer de rotundas caderas y cabello rizado bajo el bíceps de Baltasar.

—Lupita.

—¿Un antiguo amor?

—Acaba ya.

—¿De dónde es?

—Era. Está muerta.

—Lo siento.

—La mat…

¡Crac!

Surgate endereza el brazo de un tirón que hace crujir los huesos. Baltasar Coronado vomita un exabrupto tras otro, mientras Sincuello le coge por la frente y trata de calmarlo. Baltasar le da una patada a Surgate y a Huevazos, y Cejajunta se sienta sobre sus piernas.

Julio Veracruz pide agua como puede al guerrero de la puerta. Al cabo de un rato tienen una calabaza llena de la que bebe Baltasar, ya más tranquilo. El primer sorbo le quema la garganta. Parece algún tipo de licor muy dulce y espeso.

—Eres un hijo de puta salvaje, Chocolate —dice Baltasar cuando recupera el aliento.

—¿Puedes mover el brazo? —recibe por respuesta.

Con una mueca de dolor, Baltasar comprueba que es capaz de flexionar el codo. Toma otro trago.

—Deberías dar las gracias al hermano Jeremías —le aconseja Julio Veracruz, socarrón.

—¿Fue él quien me lo torció, verdad? Pues estamos en paz.

—¿Quién era Lupita? —se interesa Cejajunta.

—¿Qué?

—El tatuaje. Has dicho que era una chica a la que mataron. ¿Quién era?

—¿Y a ti qué te importa?

—Sólo era curiosidad. —Cejajunta muestra un corazón atravesado por una flecha, amor de madre, a la altura del corazón—. Mi historia no tiene mucho secreto. Quiero conocer la tuya.

—La mataron por mi culpa, en México.

—Y por eso te alistaste.

—Más o menos. Viví en México quince años… Mis padres viajaron allí cuando cayeron los franceses, en el sesenta y siete. Yo tenía catorce años.

—¿Y quién es ella?

—Era la madre de un compadre. Digamos que me busqué malas compañías… más o menos como ahora. —Se detiene para soltar un gemido de dolor. Se lleva la calabaza a los labios y vuelve a tomar el licor en un trago largo y cálido—. Nos dedicábamos a asaltar bancos. No vivíamos mal: hacíamos lo que queríamos y cuando queríamos. Teníamos todo el dinero del mundo y nadie nos hacía frente. Éramos los reyes de Chihuahua. Hasta que alguien del grupo se volvió demasiado codicioso y nos denunció al ejército.

—¿Y Lupita?

Otro trago a la calabaza, que va borrando el rastro del dolor.

—Lupita era la matriarca. Era la que decidía qué hacíamos, cuándo lo hacíamos y cómo lo hacíamos. Y el matón que nos delató era su hijo. Su propio hijo, ¿os lo podéis creer? El malnacido tenía celos de mí. No le gustaba que me beneficiara a su madre. Así que una mañana nos levantamos y el ejército nos tenía rodeados. Como ella no estaba, porque se había olido algo, qué sé yo, por instinto maternal, nos detuvieron al resto y nos llevaron a la prisión de Camargo. —Baltasar se deshace del abrazo de Sincuello y muestra las cicatrices de la espalda—. No eres el único que tiene marcas, Chocolate. Yo también las tengo, como las tuyas. Pero estas son de los latigazos que los militares me dieron para que confesara el lugar donde se escondía Lupita.

—Y al final lo confesaste —deduce Cejajunta.

—¡Claro que no! ¡No dije ni una palabra!

—Pero dices que murió por culpa tuya.

—Un día, los soldados nos retaron. Nos dijeron que no éramos capaces de ser más rápidos que ellos. Que nos daban una montura y teníamos que huir sin que nos alcanzaran. Ataron sacos llenos de piedras a los caballos, para ralentizar el paso. —Baltasar cierra los ojos, el alcohol mezclándose con el dolor del recuerdo—. Debería haberlo sospechado. Éramos tres miembros de la banda los que espoleamos a los caballos para huir de los soldados. Deberíamos haber sospechado que lo que arrastrábamos no eran piedras. Deberíamos haberlo intuido desde el principio. —Baltasar muestra una cicatriz redonda y blanca en la pantorrilla derecha—. Este fue el disparo que me lanzó al suelo. Los soldados se acercaban rápido y traté de desatar el saco. Como no pude, lo abrí para sacar las piedras y aligerar el peso. Todavía tengo la cara de Lupita aquí, grabada a fuego. Desnuda y amordazada, completamente desfigurada. La habían violado y luego la habían metido viva dentro del saco. Yo la maté. Fue culpa mía. Los otros dos compadres arrastraban a sus mujeres, y tampoco lo supieron hasta que fue demasiado tarde.

Sincuello acaricia la nuca de Baltasar, sin saber qué decir.

—¿Cómo saliste de allí? —pregunta Julio Veracruz.

—Me pasé siete años encerrado en ese presidio. Cuando salí, mis padres ya habían muerto y no tenía a nadie. En el ochenta y dos, el gobierno de Manuel González me desterró. En el puerto encontré un barco de la Marina española, y no me lo pensé dos veces.

Huevazos se baja los pantalones y enseña el culo. En una de las nalgas hay cuatro cicatrices pequeñas y paralelas.

—¡Vamos, hombre, Huevazos, no queremos ver tu culo ahora! —se queja Cejajunta.

—¿Veis estas cicatrices? Son de la Mari. ¡Tiene las uñas de hierro, la muy puta! La última noche antes de alistarme, mientras estábamos en la cama, va y me dice: te haré algo que hará que me recuerdes toda la vida. Y tenía razón. Casi me arranca medio culo. ¡Qué mujer, la Mari!

—¿Y tú qué, Chocolate? —pregunta Julio Veracruz—. ¿Qué son todas esas cicatrices? Seguro que antes de ser misionero…

Surgate mueve la leña para avivar el fuego, que se estaba apagando. Una humareda se interpone entre él y los soldados.

—Las cicatrices me las hice cuando tuve uso de razón, para demostrar que ya era un hombre.

—¿Así? ¿Porque sí?

—Es una tradición fang. —Muestra una constelación de puntitos más claros en un lado del abdomen—. Y eso fue de un tiro, mientras cazaba en la selva con mi tribu. Algún blanco me debió de confundir con un animal y me disparó. Todavía tengo perdigones entre la carne, y cuando llueve me duelen mucho. No sabré nunca quién lo hizo. Pero no sería mi hora. Me salvé.

—Tú tienes un ángel de la guarda, Chocolate.

—Sí, y le conociste el otro día.

Baltasar permanece unos segundos serio y luego estalla en una carcajada. El resto le acompaña.

—Si no fueras tan negro, aún podríamos haber sido amigos.

Surgate mantiene el rostro impertérrito. Ten cuidado: estos podrían ser los autores de la matanza del bojiammò Siacca. Y Coronado es el mismo tipo que intentó matarte antes de llegar a Oloitia.

—El que habla es el alcohol.

—Sí, en eso tienes razón. Es esta mierda bubi, que me está sorbiendo el seso. ¡Por Lupita! —Baltasar apura la calabaza. Tiene los ojos llorosos—. Maldito humo…

Por Lupita, repite el resto, a coro.

Baltasar se aclara la garganta y entona una melodía:

—Ese lunar que tienes, cielito lindo, junto a la boca…

Julio Veracruz canta, sin alzar la voz, la mirada fija en el fuego:

—No se lo des a nadie, cielito lindo, que a mí me toca…

—Ay, ay, ay ay, canta y no llores…

—Porque cantando se alegran, cielito lindo, los corazones…