A la muerte de su mujer, en 1895, Saint-Yves empezó su última obra, El arqueómetro (1911). El arqueómetro era un instrumento compuesto por círculos concéntricos y móviles capaces de formar infinitas combinaciones entre los signos que los cubren: signos zodiacales, planetarios, colores, notas musicales, letras de alfabetos sagrados, hebreo, sirio, arameo, árabe, sánscrito y el misterioso vattan, lengua primigenia de los indoeuropeos.
Representación de Agartha en las obras de Raymond W. Bernard.
Pero ocupémonos de Agartha. Cuando Saint-Yves escribe Mission de l’Inde, cuenta que ha recibido la visita de un misterioso afgano, Hadji Scharipf, que no podía ser afgano porque el nombre es típicamente albanés (y la única fotografía que conservamos nos lo muestra vestido con un traje de opereta balcánica); este personaje le habría revelado el secreto de Agartha, la Que no se Puede Encontrar.
Como afirmaba también Jacolliot, que tal vez había inspirado a Saint-Yves, en Agartha hay ciudades subterráneas, y gobiernan el reino cinco mil sabios o pundit. La cúpula central de Agartha está iluminada desde lo alto por una suerte de «espejos que permiten el paso de la luz solo a través de la gama enarmónica de los colores, de la que el espectro solar de nuestros tratados de física apenas representa la diatónica». Los sabios de Agartha estudian todas las lenguas sagradas del mundo para llegar a la lengua universal, el vattan. Cuando abordan misterios demasiado profundos se separan del suelo y levitan hacia lo alto, y se fracturarían el cráneo contra la bóveda de la cúpula si sus hermanos no los retuviesen. Esos sabios fabrican los «rayos, orientan las corrientes cíclicas de los fluidos interpolares e intertropicales, las derivaciones de las interferencias en las distintas zonas de latitud y longitud de la Tierra», seleccionan las especies y crean animales pequeños pero con capacidades psíquicas extraordinarias, que tienen espalda de tortuga y una cruz amarilla sobre ella, y un ojo y una boca en cada extremidad. Aparece por primera vez la idea de una mente dirigente, y sin duda Saint-Yves recibió la influencia de las doctrinas masónicas que reconocían la existencia de unos superiores desconocidos en la base de todos los hechos históricos pasados y futuros.
Es posible que parte de la inspiración de Saint-Yves proviniera de textos orientales que describen el reino de Shambhala, aunque para muchos ocultistas las relaciones entre Agartha y Shambhala son muy confusas. En muchos mapas que son fruto de la fantasía de los defensores de la Tierra hueca, Shambhala sería una ciudad que surge en el continente subterráneo Agartha.
Entrada de Shangri-La en la película La momia: la tumba del emperador Dragón, 2008.
Al margen de que, según otras versiones, Shambhala es identificada con Mu, que jamás fue definida como continente subterráneo, hay que recordar que en ninguna fuente oriental se dice que Shambhala estuviese bajo tierra; al contrario, aunque inaccesible por hallarse rodeada por una cadenas de montañas, se extendería a lo largo de llanuras, colinas y montañas fértiles y bellísimas, hasta el punto de que esta imagen inspiró el mito de Shangri-La, inventado por James Hilton (1933) en su novela Horizontes perdidos, en la que se basó Frank Capra para filmar su famosa película.
Hilton habla de un lugar en el extremo occidental del Himalaya, donde el tiempo prácticamente se había detenido en un clima de paz y tranquilidad. También en este caso una invención novelesca sedujo por un lado al mundo ocultista, mientras que por el otro suscitó especulaciones turísticas que llevaron a la creación de falsas Shangri-La para visitantes contentadizos, desde Asia hasta América; en China la ciudad de Zhongdian fue rebautizada en 2001 con el nombre de Shangri-La, Xianggelila en chino.