Serge y Babette tenían una casita en la Dordoña, adonde iban cada año con los niños. Eran de esos holandeses que consideran que todo lo francés es «tan especial», desde los croissants hasta la baguette con camembert, pasando por los coches franceses —tenían uno de los modelos más caros de Peugeot—, la chanson francesa y el cine francés. Aún no se habían percatado de que la población autóctona de la Dordoña aborrece a los holandeses. En las paredes de muchas casas de veraneo aparecían consignas antiholandesas escritas con cal, pero según mi hermano aquello era obra de una «insignificante minoría». Al fin y al cabo, en tiendas y restaurantes todo el mundo era la mar de amable, ¿no?
—Bueno… depende —contestó Serge—. Todavía no es del todo seguro.
El año anterior, Claire, Michel y yo nos habíamos pasado a verlos de camino a España. Por primera y última vez, como dijo Claire cuando reanudamos el viaje al cabo de tres días. Mi hermano y su mujer habían insistido tanto en que los visitásemos que casi resultaba embarazoso seguir dándoles largas.
La casa se hallaba en un lugar muy bonito, en lo alto de un cerro, escondida entre árboles, y a través de la espesura se veía brillar a lo lejos, en el valle, un meandro del río Dordoña. Hizo mucho bochorno los días que pasamos allí, no corría ni una brizna de aire, el calor ni siquiera se podía aguantar a la sombra, junto a los recios y frescos muros traseros de la casa. Escarabajos enormes y moscardones gigantes zumbaban ruidosamente entre las hojas o golpeaban las ventanas con estampidos tan fuertes que hacían vibrar los cristales.
Nos presentaron al «albañil» que les había hecho la cocina abierta, a la «madame» de la panadería, al propietario de un «restaurante muy normal de la ribera del Dordoña, al que sólo van las gentes del lugar». «Mon petit frère», me presentaba Serge a todo el mundo. Parecía sentirse a sus anchas con los franceses, al fin y al cabo todos eran personas corrientes, y en Holanda la gente corriente era su especialidad, ¿por qué iba a ser distinto allí?
Lo que al parecer él no acababa de ver era que toda esa gente corriente le estaba sacando bastantes cuartos a él, al holandés con su segunda residencia y su dinero, y que, en buena parte por eso, observaban unas normas básicas de cortesía. «Son tan agradables… —decía Serge—. Tan normales… ¿Dónde se puede encontrar gente así en Holanda?» Pasaba por alto, o sencillamente no quería ver, que el «albañil» había soltado un escupitajo verde de tabaco de mascar en las baldosas de su terraza después de informarle del precio de una partida de tejas auténticas de la región para el alero de la nueva cocina. O que la madame de la panadería estaba deseando volver a despachar a los clientes que esperaban mientras Serge le presentaba a su petit frère, y que esos mismos clientes intercambiaban guiños y miradas que decían mucho acerca del desprecio que los holandeses les inspiraban. Y que el jovial dueño del pequeño restaurante que se inclinaba sobre nuestra mesa para informarnos en tono conspirador que acababa de recibir unos caracoles de viña de un campesino que normalmente no le servía pero ese día sí, exclusivamente para Serge y su «simpática familia» a un «precio especial», una delicia que no tendríamos oportunidad de degustar en ninguna otra parte, en cambio no mostraba el menor empacho al repartir a sus clientes franceses una simple carta con el relais du jour, un menú del día barato de tres platos que costaba la mitad que una sola ración de caracoles. En cuanto a la cata de vinos del restaurante, me abstendré de hacer comentarios.
Claire y yo nos quedamos tres días con ellos. En esos tres días visitamos un château donde tuvimos que hacer una hora de cola entre cientos de turistas —holandeses la mayoría— antes de poder visitar, escoltados por un guía, doce estancias achicharrantes con antiguas camas de baldaquinos y poltronas. El resto del tiempo lo pasamos en el asfixiante jardín. Claire intentaba leer un poco, pero a mí me parecía que hacía demasiado calor hasta para abrir un libro, la blancura de las páginas me lastimaba los ojos. Aunque resultaba bastante complicado no hacer nada; Serge siempre andaba trajinando, haciendo algunos trabajillos en la casa para los que no contrataba a nadie. «La gente de por aquí te respeta más si haces las cosas tú mismo —aseguraba—. Eso se nota.» De modo que se pegaba cuarenta viajes con una carretilla llena de tejas, recorriendo los quinientos metros que separaban la carretera provincial, donde le dejaban el material de la cocina que estaban construyendo. No paraba ni un segundo, sin darse cuenta de que con tanta energía estaba birlando una parte importante de las horas de mano de obra del «albañil».
También se encargaba personalmente de cortar la leña para el hogar; a veces, casi parecía una foto para su campaña electoral: Serge Lohman, el candidato del pueblo, con carretilla, sierra y gruesos leños, un hombre corriente como todo el mundo, con la diferencia de que pocos hombres corrientes pueden permitirse una segunda residencia en la Dordoña. Probablemente por eso jamás había permitido la entrada a su «finca» —como la llamaba— a un equipo de filmación. «Este es mi rincón —decía—. Mío y de mi familia. A nadie más le importa.»
Cuando no acarreaba tejas ni cortaba leña, Serge se dedicaba a coger bayas o moras para que Babette hiciera mermelada. Ella, con un pañuelo de campesina liado a la cabeza, se pasaba el día entero repartiendo aquel mejunje caliente y de aroma dulzón en una caterva de botes de conserva. A Claire no le quedó más remedio que preguntarle si necesitaba ayuda, del mismo modo que yo me había sentido obligado a arrimar el hombro con las tejas.
—¿Quieres que te eche una mano? —le pregunté a Serge después de su séptimo viaje con la carretilla.
—Bueno, pues no te diré que no —fue su respuesta.
Aquella noche, en la cama, cuando por fin pudimos estar solos, el uno junto al otro, aunque no muy cerca porque hacía demasiado calor, Claire me preguntó:
—¿Cuándo nos vamos de aquí? —Tenía los dedos teñidos de azul por las moras, y una variante más oscura se atisbaba también en el cabello y las mejillas.
—Mañana —repuse—. Ay, no, pasado mañana.
La última noche que pasamos allí, Serge y Babette habían invitado a algunos amigos a cenar en el jardín. Todos eran amigos y conocidos holandeses, no había ni un solo francés, y todos tenían una casa de veraneo por los alrededores.
—No os preocupéis —dijo Serge—. Será un grupito pequeño. Todos son muy simpáticos, de verdad.
Diecisiete holandeses, aparte de nosotros tres, se reunieron aquella noche en el jardín con platos y vasos. Había una actriz algo madura (sin trabajo y sin marido, según me informó Claire a la mañana siguiente), un escuálido coreógrafo jubilado que sólo bebía agua mineral Vittel en botellas de medio litro que él mismo se había traído, y una pareja de escritores homosexuales que no cesaban de reñir.
En una mesa, Babette había preparado un buffet con ensaladas, quesos franceses, embutidos y baguettes. Mientras, Serge se ocupaba de la barbacoa. Llevaba un delantal a cuadros rojos y blancos y estaba asando hamburguesas y pinchos de carne con pimientos y cebollas. «El arte de la barbacoa consiste en hacer un buen fuego —me había dicho un par de horas antes de la cena con el grupito—. Lo demás es coser y cantar.» Se me asignó la tarea de recoger ramitas secas. Serge bebió más de lo acostumbrado. Había dejado una garrafa de vino sobre la hierba, al lado de la barbacoa; tal vez estaba más nervioso por el éxito de la velada de lo que quería demostrar. «En Holanda, a estas horas todo el mundo estará comiendo patatas con salsa, ¿verdad que sí? —dijo—. ¡Esto sí que es vida, muchacho!», añadió, y señaló con el largo tenedor los árboles y arbustos que ocultaban el jardín a la vista de curiosos inoportunos.
Todos los holandeses con los que hablé aquella noche contaban la misma historia, a menudo incluso con las mismas palabras. No envidiaban a los compatriotas que, por falta de dinero u otras razones, se habían quedado en Holanda. «Aquí, en Francia, vivimos como Dios», afirmó una mujer que, según decía, había trabajado durante años en la «industria del adelgazamiento». Por un momento, pensé que estaba de broma, pero hablaba muy en serio, como si fuera una frase de su cosecha.
Miré alrededor, a aquellas figuras con copas de vino en las manos, iluminadas por el resplandor amarillento de varios braseros y antorchas que Serge había distribuido estratégicamente por el jardín, y volví a oír la voz del viejo actor en un anuncio de la tele de hacía cuánto, ¿diez, veinte años?: «Sí, en Francia es posible vivir como Dios. Con una buena copa de coñac y un auténtico queso francés…»
Volví a oler a Boursin, como si en aquel instante alguien hubiera untado una tostada con el más asqueroso queso pseudofrancés y me lo hubiese puesto bajo las narices. Y fue por la combinación del alumbrado y el tufo del Boursin por lo que recuerdo aquella cena como un anuncio publicitario anticuado y caduco: un anuncio de veinte años atrás o más, de un pseudoqueso que de francés no tenía nada, como tampoco lo tenía aquel jardín, en pleno corazón de la Dordoña, donde todos jugaban a Francia, pero donde los franceses de verdad brillaban por su ausencia.
En cuanto a las pintadas antiholandesas, todos se encogían de hombros. «¡Gamberros!», dijo la actriz en paro, y un publicista que había vendido «su chiringuito» para instalarse definitivamente en la Dordoña aseguraba que las consignas iban dirigidas fundamentalmente a los campistas holandeses, que traían de casa toda la comida en sus caravanas y no dejaban ni un céntimo en los pequeños comercios locales.
—Nosotros no somos así —arguyó—. Comemos en sus restaurantes, vamos a sus bares a tomarnos un pernot y leemos sus periódicos. Sin personas como Serge y otros, muchos albañiles y fontaneros de por aquí estarían en el paro desde hace mucho.
—¡Por no hablar de los viticultores! —añadió mi hermano alzando su copa—. ¡Salud!
Un poco más allá, en la parte más oscura del jardín, pegado contra los arbustos, el escuálido coreógrafo besaba al más joven de la pareja de escritores. Atisbé una mano que desaparecía debajo de una camisa y desvié la mirada.
¿Y si los autores de las consignas no se limitaran a las pintadas?, pensé. Probablemente no haría falta mucho esfuerzo para ahuyentar a aquella pandilla de cobardes. Los holandeses se cagan en los pantalones ante la primera amenaza violenta. Podrían empezar por romper algunos cristales, y si eso no funcionaba, proceder a la quema de algunas casas de veraneo. No demasiadas, porque el objetivo era que esas casas pudiesen ser habitadas después por quienes más derecho tenían a ellas: las parejas francesas, jóvenes y recién casadas que ahora, en vista de que el precio de la vivienda se había puesto por las nubes, tenían que quedarse años y años en casa de sus padres. Los holandeses habían fastidiado bien el mercado inmobiliario local y se estaban pagando cifras astronómicas hasta por una ruina. Luego, con la ayuda de albañiles franceses relativamente baratos reconstruían la ruina para que permaneciera vacía la mayor parte del año. Desde luego, era un milagro que se hubieran producido tan pocos incidentes, que la población autóctona se hubiese limitado a pintar consignas.
Paseé la mirada por el jardín. Alguien había puesto un CD de Edith Piaf. Babette había elegido un vestido negro, holgado y transparente para la fiesta, y entonces dio unos pasos vacilantes y ebrios al compás de Non, je ne regrette rien… Si romper cristales e incendiar casas no diese los resultados deseados, habría que elevar la lucha a otro nivel, me dije. Por ejemplo, hacer salir a algún necio holandés de su casa so pretexto de presentarle a un viticultor francés barato y luego darle una buena paliza en un campo de maíz; no me refiero a unos cuantos guantazos, sino a algo más contundente, con bates de béisbol y mayales.
O si veían a algún holandés solo, en alguna curva de la carretera, con una bolsa del supermarché repleta de baguettes y vino tinto, podían dar un volantazo al coche. Casi por accidente. Luego siempre podrían aducir que apareció de pronto delante del capó, o no decir absolutamente nada, dar al holandés por muerto como a un conejo atropellado en la cuneta, y una vez en casa limpiar las eventuales salpicaduras del parachoques y el guardabarros. Mientras captasen el mensaje, todo estaba permitido: ¡No pintáis nada aquí! ¡Largaos a vuestro país! ¡Idos a vuestra tierra a jugar a Francia con las baguettes, los quesos y el vino tinto, pero aquí no!
—Paul… Paul… —En medio del jardín, con la túnica agitándose peligrosamente cerca de un brasero, Babette extendió los brazos hacia mí. Bailar. Bailar sobre el césped con la esposa de mi hermano. Como Dios en Francia. Miré alrededor y junto, a la mesa de los quesos divisé a Claire, que en ese preciso instante me vio.
Estaba charlando con la actriz en paro y me lanzó una mirada desesperada. En cualquier fiesta de Holanda, aquella mirada habría significado: «Vámonos a casa, por favor.» Pero allí no podíamos irnos a casa, estábamos condenados a aguantar hasta el final. Mañana. Mañana nos iremos. Pero los ojos de Claire seguían pidiendo auxilio.
Le hice un gesto a mi cuñada dándole a entender que en ese momento me era imposible, pero que podía estar bien segura de que más tarde por supuesto que bailaría con ella sobre el césped, y me encaminé hacia la mesa de los quesos. «Allez, souriez, milord…! Chantez, milord!», cantaba Edith Piaf. Por supuesto, me dije, entre aquellos centenares de holandeses con sus casas de veraneo en la Dordoña habría alguno más terco, algún obstinado que enterraría la cabeza en la arena y se negaría a que le entrara en la mollera que allí eran unos extranjeros indeseados. Que, pese a que todas las evidencias mostraban lo contrario, seguiría, erre que erre, empeñado en que todo aquello —los cristales rotos y los incendios, las palizas y los compatriotas atropellados— no era sino la obra de una minoría insignificante. Quizá habría que despertar de su sueño a aquellos cabezotas de una forma más radical.
Pensé en Perros de paja y Deliverance. Siempre pienso en esas películas cuando estoy en el campo, pero allí, en la Dordoña, en lo alto de aquel cerro donde mi hermano y su mujer habían construido su «paraíso francés», como ellos lo llamaban, más aún. En Perros de paja, los habitantes de un pueblo, que al principio se limitan a gastar bromas pesadas a una pareja de recién llegados que cree haber comprado una bonita casa en la campiña escocesa, acaban tomándose una venganza terrible. En Deliverance son unos rústicos campesinos norteamericanos los que alteran un fin de semana de rafting de unos empresarios urbanitas. Ninguna de las dos películas se ahorra la violación y el asesinato.
La actriz me miró de arriba abajo antes de dirigirme la palabra.
—Su esposa me estaba diciendo que mañana nos dejan. —Su voz tenía algo de dulzura fingida, como el edulcorante de una coca-cola light o el relleno de los bombones para diabéticos que, según el envoltorio, no engordan. Miré a Claire, que brevemente elevó los ojos al cielo tachonado de estrellas—. Y para irse a España, ni más ni menos.
Pensé en una de mis escenas favoritas de Perros de paja. ¿Cómo sonaría aquella voz falsa si su dueña fuese arrastrada hasta un cobertizo por unos cuantos albañiles franceses borrachos, tan borrachos que no acertasen a ver la diferencia entre una mujer y una casa derrumbada de la que sólo quedaran en pie las cuatro paredes? ¿Se sabría esta mujer su papel aún en el momento en que los albañiles se dispusiesen a empezar los trabajos de mantenimiento atrasados? ¿Perdería la afectación su voz cuando la despellejasen capa a capa?
En ese instante se oyó cierto alboroto en un extremo del jardín, no en el rincón oscuro donde el coreógrafo y el escritor más joven se estaban dando el lote, sino más cerca de la casa, en el camino que llevaba a la carretera provincial.
Eran unos cinco hombres. Vi de inmediato que eran franceses, aunque me resultaría difícil explicar por qué lo supe; por sus ropas, quizá, que eran algo campestres sin ser tan desaliñadas como la ropa de los holandeses que jugaban a Francia. Uno de los hombres llevaba una escopeta de caza al hombro.
Quizá fuese cierto que los niños habían dicho algo, que habían pedido permiso para abandonar la fiesta e «ir al pueblo», como insistió nuestro Michel al día siguiente. Por otra parte, nadie los había echado en falta en las últimas horas. La hija de Serge, Valerie, se había pasado la mayor parte de la tarde en la cocina, delante del televisor; luego vino a darnos las buenas noches y su tío Paul también recibió sendos besos en las mejillas.
Ahora, Michel estaba entre dos franceses, la cabeza gacha, el cabello oscuro que se había dejado crecer durante el verano colgándole lacio. Uno de los hombres lo tenía cogido por el brazo. Al hijo de Serge, Rick, lo tenían igualmente agarrado, aunque algo más suelto, sólo tenía la mano de un francés sobre el hombro, como si ya no supusiera ningún peligro.
El más difícil de mantener a raya era Beau, el hijo adoptado de Burkina Faso que, gracias a aquel programa de apoyo a su escuela de chapas corrugadas, había ido a parar, previa escala en los Países Bajos, entre los holandeses de la Dordoña. Daba patadas y golpes, hasta que los otros dos franceses le retorcieron los brazos a la espalda y acabaron por echarlo al suelo, la cara contra el césped del jardín de mi hermano.
—Messieurs…! Messieurs…! —oí gritar a Serge mientras se dirigía hacia el grupo a grandes zancadas. Pero para entonces ya se había echado al coleto bastante vino tinto y le costaba visiblemente caminar derecho—. Messieurs! Qu’est-ce qu’il se passe?