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La sombra de Aníbal

Cartago, verano de 201 a. C.

La casa de Aníbal era austera, propia de un guerrero, no de uno de los grandes magistrados o miembros del Consejo de Ancianos que gobernaban la ciudad. El general cartaginés, sentado en su cama, miró a su alrededor: una ventana pequeña, abierta al fondo de la habitación por la que entraba apenas una leve brisa de aire renovado; una mesa pegada a la pared frente al lecho, con una bacinilla con agua limpia y unos paños blancos. No había más. Eso sí, una espada preparada para ser blandida bajo la cama, y una daga afilada debajo de la almohada, ambas siempre dispuestas y relumbrantes. Miró por encima de su hombro. Su esposa Imilce no estaba. Se levantaba más temprano que él y se ocupaba con diligencia de que los esclavos tuvieran listo el desayuno, la casa limpia y que salieran a comprar a diario fruta y verdura fresca para la comida y la cena de cada jornada.

Aníbal Barca se levantó despacio y caminó hasta situarse frente a la bacinilla de agua. Habían pasado meses desde la derrota de Zama. La ciudad seguía aún perpleja y, peor aún, asustada, temerosa de que los romanos no se conformasen con las terribles condiciones impuestas. Cartago debía pagar miles de talentos en varios plazos a Roma en concepto de indemnización por los gastos de la guerra, toda la flota debía ser destruida, se tenía que entregar a todos los prisioneros y, a su vez, enviar a Roma cien nobles de la ciudad que servirían como rehenes y cuya vida dependería de que Cartago cumpliera fielmente cada una de ésas y otras condiciones adicionales: entregar toda Numidia al ambicioso Masinisa y enviar barcos cargados de trigo a sus eternos enemigos y no se sabía cuántas cosas más.

Aníbal se echó agua en la cara y el frescor del líquido le transmitió una relajante sensación de placer y calma. Mientras se secaba, su mente seguía repasando los acontecimientos recientes. Cartago se debatía entre la rebelión contra Roma y el temor a alzarse de nuevo en armas y ser aniquilados. En los campos se había sembrado el doble que otros años, a costa del sacrificio de esclavos y campesinos, con el fin de poder reunir el suficiente cereal con el que satisfacer los enormes requerimientos de Roma. Pero eso no era lo peor: el Consejo de Ancianos, apoyado por muchos senadores y por los magistrados, incluidos los cuestores de la ciudad, había promulgado una serie de leyes con las que incrementaban los impuestos a todos, bajo la excusa de la necesidad de reunir suficiente dinero para satisfacer las exigencias de un enemigo victorioso, cruel y egoísta. El descontento era creciente. Ese malestar pronto germinaría en altercados en las calles. Aníbal sabía que el Consejo de Ancianos, arropado por el resto de poderosos de Cartago, no dudaría en usar los restos del ejército para disolver los grupos de incontrolados que intentaran negarse a pagar los nuevos impuestos o sublevarse contra el gobierno de la ciudad. Maharbal venía esa mañana a desayunar con él. Sabía que no era una visita de cortesía. Muchos de los descontentos con el Consejo de Ancianos y su forma de encauzar la situación de Cartago tras la derrota buscaban un líder para cambiar las cosas. Para cambiar las cosas. Aníbal sonrió lacónicamente. Como si reemplazar o modificar las instituciones centenarias de una ciudad como Cartago fuera algo tan sencillo.

Aníbal se presentó en el pequeño patio de su casa donde Imilce había dispuesto todo lo necesario para el desayuno: uvas, leche de cabra, cuencos, pan, queso y agua fresca. Su esposa, como siempre que venía alguien, no estaba presente, pero el perfume de pétalos de rosa con el que se acicalaba cada mañana sí estaba allí. Después de dieciséis años de guerra contra Roma, Imilce, su esposa ibera, era lo único valioso que le quedaba. Su padre, Amílcar Barca, había muerto durante la conquista de Iberia y luego, sus dos hermanos, primero Asdrúbal y luego Magón, habían muerto a manos de los romanos. Y la guerra se había llevado también al resto de su familia. Sólo le quedaba Imilce, la dulzura de una fiel esposa entremezclada con la amargura de no haber tenido hijos; Imilce aún era joven y aún había tiempo para resolver ese asunto, aunque al general cartaginés le quedaba la duda de si merecía la pena traer hijos a una Cartago derrotada, a un mundo cada vez más sometido al poder omnipotente de Roma. Pronto ya nadie traería hijos al mundo, sino que desde Hispania hasta Grecia ya sólo nacerían esclavos de Roma. Y él, él ya no era quien fue en el pasado. Aníbal se sabía perdedor, se sentía derrotado, se veía como una sombra, una sombra de quien una vez fue capaz de rodear la mismísima ciudad de Roma con sus ejércitos. Una sombra perdida. Una sombra. Aire oscuro, sin rumbo.

Maharbal entró en el patio acompañado del esclavo que le había permitido entrar en casa de su señor. El sirviente se retiró tras asegurarse con una rápida mirada que en la mesa el general disponía de todo lo que acostumbraba a tomar cuando desayunaba.

—¿Qué noticias tenemos hoy en Cartago? —preguntó Aníbal, sin levantarse, pero ofreciendo un cuenco con leche al recién llegado. Maharbal tomó el cuenco y se sentó en una silla de madera frente a Aníbal. La frugalidad y la austeridad era algo que Maharbal admiraba en el gran general. Tantos se rodeaban de oro y plata y lujos, pero Aníbal no era así. Para aquel general el dinero era sólo una herramienta más a usar cuando era preciso. Una herramienta que los senadores de Cartago y el Consejo de Ancianos no supieron emplear en su momento.

—Más de lo mismo —respondió Maharbal, y bebió un buen trago. Traía sed. El sol caía fuerte aquel verano.

Aníbal asintió y, sin decir nada, se cortó un buen trozo de queso que introdujo en su boca mientras meditaba. Maharbal había venido decidido a respetar los silencios de su admirado amigo, pero cuando Aníbal se cortó un nuevo trozo de queso y, obstinado, guardaba silencio, el veterano jefe de la caballería púnica se rebeló.

—¡Por Baal[*], hemos de hacer algo! ¡Hemos de dar una respuesta clara a los que quieren cambiar todo esto! ¿Hasta cuándo vamos a estar escondidos en nuestras casas? —espetó Maharbal casi de sopetón, y, enseguida, lamentándose de verdad, se disculpó—. Lo siento, pero ver al Consejo de Ancianos haciendo y deshaciendo a su antojo, ver a esos inútiles que nos negaron los recursos necesarios con los que habríamos ganado la guerra, reuniendo el dinero de los ciudadanos para pagar una y otra vez a Roma, me hace hervir la sangre.

Aníbal dejó de comer.

—No tienes que disculparte por sentir lo que dices, Maharbal. Más bien al contrario. Me gusta saber que aún hay en Cartago quien cree que esto debe cambiar, pero la gente está demasiado exaltada. Quieren atacar a los Ciento Cuatro y el Consejo de Ancianos es demasiado poderoso como para caer, incluso si una gran mayoría siente el yugo de los impuestos sobre sus hombros. No, Maharbal. Las cosas han de cambiar, pero desde dentro, no contra todo. —Y tomó de nuevo su cuenco de leche y bebió un trago.

—¿Desde dentro? —inquirió Maharbal confundido.

—Desde dentro —reiteró Aníbal dejando el cuenco vacío sobre la mesa—. Hemos de cambiar las reglas del juego, hemos de poder cambiar las leyes, pero lo hemos de hacer sin rebelarnos contra todas las instituciones.

—¿Pero cómo vamos a hacer eso?

Aníbal le miró fijamente.

—Hemos de conseguir ser sufetes[4][*] de Cartago, Maharbal. Necesitamos controlar el sufetato de la ciudad.

—Pero aunque consiguieras eso, son los Ciento Cuatro los que tienen el poder real. Los sufetes son sólo bufones en manos del consejo y del senado.

Aníbal se inclinó hacia delante en su silla y clavó su único ojo sano en Maharbal.

—Mírame bien, amigo mío, ¿crees acaso que quien te habla es un bufón?

Maharbal negó despacio con la cabeza. Durante el resto del desayuno apenas hablaron más. Eran muchos años combatiendo juntos y la intimidad concede el derecho a compartir silencios largos sin sentirse incómodos aunque en cada uno de los comensales reinaban pensamientos muy distintos: Maharbal estaba convencido de que el gran general había perdido definitivamente el juicio, pero no le culpaba por ello; Maharbal apenas probó nada más de la mesa. Aníbal, sin embargo, se sentía lleno de energía. De pronto había encajado las piezas del enorme mosaico que estaba intentando componer y empezaba a ver el camino a seguir. Roma, a fin de cuentas, no era mejor que Cartago. Si acaso, lo único realmente merecedor de respeto era Escipión e incluso Escipión, como el resto de cónsules romanos, como el mismísimo Marcelo, tendría su punto débil. La cuestión era esperar y descubrir esa debilidad. Todo a su debido tiempo. Cartago podía rehacerse y Roma podía ser derrotada, no necesariamente destruida, pero Cartago podía ser de nuevo lo suficientemente fuerte como para que Roma tuviera que ceder parte de los territorios arrebatados en la última guerra. Eso podía conseguirse. Eso debía conseguirse. Su espíritu indómito necesitaba energías más que nunca. Su cuerpo terrenal también. El general se comió el queso entero, las uvas, se sirvió otro cuenco de leche que apuró hasta el final y no dejó más que unas pocas migas de pan desparramadas por la mesa.