Capítulo 58

Faltaba una hora para el mediodía y el tiempo estaba empezando a cambiar. Unas nubes de pequeñas moscas flotaban en el aire húmedo, como si una corriente eléctrica que proviniera de los nubarrones grises las mantuviera suspendidas. La presión estaba subiendo y Teresa Lupo estaba empezando a padecer un fuerte dolor de cabeza. No estaba sola. Bastaba con ver los rostros de varios de los hombres diseminados por la calle. Había sonsacado a dos policías de paisano que conocía, y le habían contado que un coche sin distintivos policiales iba a presentarse en una pequeña puerta trasera del Vaticano, un poco más arriba de la entrada pública a la biblioteca para recoger a Michael Denney a mediodía. A los medios, un colorido y desigual grupo de periodistas, fotógrafos y cámaras de televisión, los habían despistado filtrando una información falsa que les había llevado a colocarse en la Vía de Puerta Angélica, donde estaban en aquel momento asándose lentamente al sol abrasador. Teresa los había visto al pasar con su coche en dirección al de Falcone, que era una furgoneta grande color caqui con una antena sobre el techo y que estaba aparcada en un lateral de la gran Piazza del Risorgimento, cerca de la parada de autobús. Desde allí, Falcone podría meterse rápidamente en un coche y seguir a Denney hasta el avión privado que le aguardaba en Ciampino, a la espera de que Fosse apareciera de entre las sombras e hiciera lo que se esperaba de él.

¿Dónde tendrían pensado soltarle? Estaba claro que en las puertas del Vaticano, no. Si Denney moría allí, las acusaciones contra el Estado Pontificio y la policía de Roma serían tan duras que ensombrecerían lo que se pudiera ganar con su muerte. El aeropuerto tampoco era una buena opción. No podían pedirle a un hombre que antes cenaba con presidentes que recorriera solo las salas de embarque con su bolsa en la mano al encuentro de su destino. Tenían que tener algo más planeado y estaba decidida a descubrirlo.

Falcone, que estaba de pie detrás de los operadores de radio a la escucha dentro de la furgoneta, levantó la cabeza al verla entrar y le preguntó agriamente:

—¿Qué haces tú aquí, si puede saberse? No tenemos cadáveres que ofrecerte.

Teresa le ofreció el expediente con los informes.

—Tengo el resultado de las pruebas de ADN de las muestras que encontramos en casa de Fosse. He pensado que le gustaría verlas.

Él se había vuelto a mirar un monitor en el que aparecía un mapa digital de la ciudad. Una línea intermitente roja parpadeaba en la calle de al lado de donde se encontraban, seguramente un transmisor instalado en el coche que iba a trasladar a Denney.

—Sabemos todo lo que necesitamos saber.

—Yo diría que no.

Se volvió hacia ella. Estaba molesto.

—¿Tienes algo que decirme?

—Yo soy sólo el mensajero.

Miró de soslayo el expediente. Parecía no querer tocarlo.

—¿Y bien?

—Gino Fosse es hijo de Denney, sí, pero Sara Farnese no es su amante, sino su hija. Fosse y ella son gemelos.

Falcone la miró atónito.

—¡Eso es imposible!

—Hemos analizado el ADN que encontramos en las muestras recogidas en casa de Fosse. Se encontró también un residuo de menstruación en la ropa interior. Era de ella. La hemos identificado por las fotografías.

Falcone abrió los ojos de par en par.

—¿Estás segura?

—Lee el informe. Fíjate en las fechas de nacimiento. No hay otra posibilidad.

—Dios bendito… El Vaticano está lleno de sorpresas. Hanrahan debería habérmelo contado. Tendremos unas palabritas al respecto. Bueno, a ese y a otros.

Tenía las arrugas muy marcadas y la mirada mortecina. Estaba horrible. Los acontecimientos le habían destrozado.

—¿Cambia en algo la situación?

—Yo diría que no —contestó, encogiéndose de hombros—. Ya pensábamos que Denney es un bastardo, y resulta que lo es todavía más. Prostituir a su propia hija para salir de ahí… imagínate a la sangre de tu sangre teniendo que acostarse con esa bola de sebo de Valena. Y con el resto…

—Imagínate que eres la clase de mujer que hace falta ser para aceptar algo así.

—Familia —murmuró—. A veces sus lazos son incomprensibles.

Falcone se quedó pensativo un instante y Teresa pensó que quizás era el momento de presionar un poco.

—O imagínate que eres Gino Fosse. Imagínate descubrir que la mujer a la que has estado llevando a todas esas citas, a las que has fotografiado, cuya imagen has estudiado clavada en la pared de tu casa, esa mujer es tu hermana. ¿Quién se lo dijo? ¿Quién desencadenó todo esto?

Sus ojos mortecinos se clavaron en ella. Falcone no sabía nada. Le habían engañado como a todos los demás.

—Me da igual. Es irrelevante.

—¿Irrelevante? —repitió, exasperada—. Quien lo haya hecho es tan culpable como Fosse.

—Tú dedícate a lo tuyo. ¿Por qué estamos teniendo esta conversación?

—¿Por pura lascivia?

—No quiero que salga una sola palabra de esto —le advirtió, blandiendo el expediente—, en los medios. Quiero que evites por todos los medios que salga de la comisaría. No quiero que empiecen a compadecerse de nadie, ¿está claro? La Farnese sigue siendo oficialmente la amante de Denney.

—Pero eso no es cierto. Le hace parecer algo que no es.

—¿Y qué? Se prostituye para intentar conseguir un favor para su padre. ¿Eso la hace mejor persona? Trae aquí…

Agarró el expediente que había quedado sobre la mesa, leyó la portada con el ceño fruncido y lo rompió en pedazos delante de ella para luego tirarlo por la ventana de la furgoneta.

Teresa se cruzó de brazos.

—Vaya. Estoy impresionada.

—Basta. No quiero oír una palabra más, ni de esto ni de ninguna otra cosa.

—Me gustaría quedarme como observadora. Es una petición oficial.

—Denegada. Tú… —señaló con la cabeza a unos de los oficiales de paisano que trabajaba en la radio—. Acompaña a Teresa la Loca a la puerta.

Era un poquito más baja que Falcone, pero era algo más corpulenta, de modo que cuando se le acercó hasta quedar cara a cara, él retrocedió.

—Nunca deberías cabrear a una forense —le dijo, dándole en el pecho con el dedo índice—. ¿Sabes por qué?

Él no contestó.

—Porque teniendo en cuenta cuál es tu línea de investigación, Falcone, tus modales, tu extraño sentido de la integridad y la clase de amigos que tienes, es muy posible que cualquier día te tenga en mi mesa de disección y ese trabajo… —trazó una línea con un dedo en su mejilla, como si estuviera utilizando un escalpelo—, estaré encantada de tomármelo con calma.

Falcone palideció.

—Fuera —espetó.

Salió por la escalerilla de metal y se detuvo un instante a mirar al hombre de uniforme. Su cara le resultaba vagamente familiar. Todos ellos se lo parecían. A lo largo de los años debía haber ido conociendo prácticamente a todos los policías de Roma. Le ofreció un cigarrillo, y él lo rechazó. Estaba aburrido. Era igual que el resto de hombres de uniforme: fuerza bruta para los trabajos rutinarios, un puñado de inocentes a los que podía convencerse de que se miraran los zapatos cuando llegase el momento.

—¿Tú también vas a ir hasta Ciampino?

—Sí —contestó malhumorado—. Nada menos que hasta Ciampino.

—¿Por qué lo dices?

—¿Es que no te has enterado? El tío ese quiere hacer una parada en la ciudad antes de irse. Un recorrido sentimental, dice. Así que primero tenemos que pasar por allí y luego llevarle al avión.

—Un recorrido sentimental —repitió ella, y siguieron charlando un rato.

Poco después, echó a andar hacia el río, de vuelta a la mole del castillo de Santo Ángel, mientras frenéticamente marcaba un número de teléfono y se preguntaba si conseguiría llegar allí antes de que se abriera el cielo y dejara caer a la madre de todas las tormentas.