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Su boca.

Su boca era bonita.

Me acerqué con cuidado y lo besé.

Su boca era gustosa.

Sabía que dejando que Bruno me acompañara a casa estaba traspasando una frontera que me había prometido no cruzar jamás. Hacía tiempo que juré no enamorarme y, para conseguirlo, debía proteger mi corazón.

Y no es que el hecho de dejar que Bruno me cuidase un poquito fuese a suponer mi caída irremediable en las garras del amor. No se trataba de eso. Se trataba de que aquello iba a hacerme pensar. Despertaría en mí sentimientos que yo misma había anestesiado con mi fuerza de voluntad y una pizca de rabia.

Aunque supongo que promesas como ésa son tremendamente difíciles de cumplir. ¿O no?

Cuando salíamos del Alexis miré hacia atrás un instante y vi a Nico sumergirse en el cuello de Susana. Estaba muy enfadada con mi amiga por haberlo elegido precisamente a él de entre todos los hombres que había sobre la faz de la tierra. La odié durante un momento por haber abierto aquella zanja entre nosotras. Si Nico entraba en su vida, tenía muy claro que yo saldría de ella.

El camino a casa lo hice rumiando mi mala leche. Echándole la culpa de todo a ella. Odiando a Nico, por ser como era; por existir. Sin embargo, tras un breve lapso de tiempo en el que me limité a disfrutar del frío de la noche envolviendo mi cuerpo y de la imagen de Bruno en mi espejo retrovisor, fui consciente de golpe de que aquella situación la había propiciado yo. Tuve dos grandes oportunidades para avisar a Susana de que Nico no era un buen tío. La primera por teléfono, cuando me preguntó por él. La segunda aquella misma noche, cuando me pidió permiso para lanzarse. Sin darme cuenta, le había echado el muerto encima. No quería a Nico en mi vida, y le proporcioné una nueva presa.

La culpa era mía. Lo era. Por mucho que mi cabeza tratase de darle la vuelta a la situación.

Sin embargo, aquella noche me bastó con el hecho de haberme librado de él. Me convencí a mí misma de que a la mañana siguiente todo se solucionaría. Llamaría a Susana a primerísima hora y se lo contaría todo. Llegué a la conclusión de que si ella y yo discutíamos, si pasábamos unos días sin hablarnos, a toro pasado, a las dos nos habría merecido la pena.

Mientras tanto, iba a preocuparme por mí. Quería saborear la sensación de haber privado a aquella garrapata de mi sangre. Sentí alivio sabiendo que Bruno llenaría mi noche. No obstante, cada vez que miraba por el espejo retrovisor no eran ganas de sexo lo que sentía, sino necesidad de compañía.

Dejé la moto en el garaje mientras Bruno aparcaba su coche en una calle cercana. Nos encontramos en la puerta del bloque de pisos.

Silencio. Tan sólo el sonido de pasos lejanos; gente que iba a dar más vida a calle Elvira. Miré a los ojos al que hasta esa noche simplemente había sido mi amigo «bondage». Quería que me abrazara, que me cuidara. Quería vaciarme entera con él, del mismo modo que lo había hecho en su día con Flor. Me imaginé confesándole que no era tan fuerte como parecía, que simplemente me protegía. De todos. De él. Quise hablarle del desayuno que me había preparado aquella mañana; de lo estúpida que había sido por haberme prohibido a mí misma disfrutarlo con él.

Me sentí muy chiquitita. Muy débil. Muy… nada.

«¿Quieres cogerme en brazos y volver a hacer que me sienta bien?»

Sentí unas inmensas ganas de llorar. El nudo en la garganta. La humedad en los ojos. ¿Sería capaz de hacerlo? ¿Lloraría por fin después de quince años de sequía?

Bruno percibió el puchero en mi boca y me abrazó con fuerza. Me hundió en su pecho; en su aroma. ¿Sería capaz de hacerlo? ¿Lloraría por fin? El llanto me haría bien, me ayudaría a anegar años y años de campos interiores sembrados con falsa fortaleza, con una Ada que no era realmente Ada.

Lo sentí llegar. Unas lágrimas resbalando por mis mejillas. Un inicio de lloro. Una breve sensación de alivio.

Pero, de nuevo, como tantas otras veces, mi garganta se lo tragó todo. Un respirar hondo. Un tragar saliva. Un contraer cada uno de los músculos de mi cuerpo. Sólo el temblor.

Aun así, el pecho de Bruno se convirtió, de pronto, en el único lugar en el que quería estar. Necesitaba su compañía. Su consuelo. Su amistad. Así que lo invité a subir a casa.

Al abrir la puerta me ayudó a quitarme la chaqueta y me acompañó al salón, donde me arropó con la mantita negra. Preparó un par de tazones de leche caliente con Cola-Cao y se sentó a mi lado en el sofá, levantando el brazo para hacerme un hueco en su regazo. Me hice un ovillito junto a él.

—Gracias —le dije.

—No tienes que darme las gracias. También estoy para estas cosas.

Sonreí como una cría pequeña a la que le acaban de decir lo bonita que está con su vestido nuevo. Lo miré a la cara, a los ojos, y cuando Bruno me devolvió la mirada tuve una extraña sensación en la barriga. Me sentí bien, a salvo. Las barreras que impedían ver a la verdadera Ada habían desaparecido y, curiosamente, me sentí liberada.

Poco a poco, la mala sensación se fue difuminando. Me sentía mejor a cada minuto que pasaba al lado de Bruno en el sofá. Hablamos largo y tendido. Al principio de Nico y de nuestro pasado juntos. De lo que había ocurrido o, más bien, lo que Bruno no sabía que había ocurrido la otra noche en mi cama con él. De lo mucho que le agradecía que se hubiese hecho pasar por mi pareja. De lo poco que me gustaba que Susana se hubiese quedado en el Alexis con él. Y alguna que otra cosa más en torno a aquel bulto con ojos.

Más tarde hablamos de mí. De mi moto, mi trabajo, mis gustos y aficiones. Mis manías y algunos de mis defectos, no todos, claro. Omití lo de Enrico y el caso de Mari Vila, aunque no pude evitar cierto nerviosismo al pensar en lo que me esperaba al día siguiente.

Luego hablamos de él. De su trabajo, de su querido coche, de sus gustos y aficiones. Sabía que le interesaba la escultura, pero ni mucho menos que se dedicara profesionalmente a ella. Al parecer, le iba muy bien. Me hablaba de formas, de líneas y de curvas con un brillo en los ojos que jamás le había visto.

—Siempre he admirado a la gente que, como tú, crea magia casi de la nada —le dije, fascinada.

Aquella noche hablamos más que en todo un año de encuentros de los nuestros. Me di cuenta de que había una hermosa persona bajo aquel hermoso cuerpo. Mucha inteligencia y claridad de ideas. Mi sensación en la barriga se fue acentuando conforme más avanzada estaba la noche y sólo se disipó cuando el cansancio obligó a mi cuerpo a dejar de funcionar.

Antes de cerrar por completo los ojos, Bruno agarró con suavidad mi barbilla y me dio un dulce beso de buenas noches en los labios. Con ese dulzor desperté a la mañana siguiente, ya en la cama y bien arropada, junto a él.

Me quedé observándolo un buen rato. Ya fuesen imaginaciones mías o no, me parecía que quien dormía en mi cama no era un extraño. La cara relajada. Respiraba profundamente; sereno. Sus grandes ojos, cerrados, eran como dos sonrisas de pestañas.

Su boca. Su boca era bonita.

Me acerqué con cuidado y lo besé.

Su boca era gustosa.

—Buenos días —me dijo después de una profunda inspiración con sus grandes ojos verdes clavados en mí—. ¿Te encuentras mejor?

Sí, me encontraba mejor. Me acerqué tímidamente a él bajo las sábanas. Acaricié su pelo ondulado. Su cara. Su pecho. Lo besé de nuevo. Un beso que terminó en dos sonrisas. En dos miradas.

Nuestros cuerpos cada vez más cercanos. Tanto que finalmente acabé tumbada sobre él.

Aquella mañana no necesitábamos cuerdas. Ni lazos. Ni correas de cuero. Sólo dos cuerpos: el suyo y el mío. Lo que comenzó siendo un acercamiento tímido con algo de ropa acabó en un roce intenso, los dos en cueros. Mi humedad y su dureza pronto se encontraron. Yo quería ver el placer en su rostro. Él, el mío en mi cuerpo. Lo deslicé dentro de mí despacio, con tiento. Ciñendo mis paredes a sus formas. Poco a poco, esas formas fueron las mías.

Despacio. Sus manos en mis caderas, acompañando al movimiento. Mis manos, en su pecho. En su cuello. Mi lengua en su boca. Su lengua en mi boca. Despacio, hasta que la lentitud fue perdiendo la batalla. Sus manos pedían que acelerase; marcaban el ritmo, hasta que no pudo más. Me agarró con fuerza y me tumbó boca arriba en la cama. Volvió a entrar. Embistiéndome con potencia, avisándome de que llegaba su final. Y el final no se hizo esperar. Un punto más de dureza antes de la llegada de la humedad convulsa. Bruno estalló y, sin saber cómo, sin haberme tocado ni un poco, yo estallé justo después. Las palpitaciones. El grito ahogado. El orgasmo. El placer…

Placer…

Placer…

Se echó encima de mí y hundió la cara en mi pelo.

—¿Qué ha sido esto? —me preguntó.

—No lo sé —respondí—. Pero me ha gustado.

Me quedé mirando al techo un instante, pensando, dando vueltas a lo que acababa de ocurrir. Me había despertado en la cama junto a Bruno y me sentí bien teniéndolo allí, a mi lado. Nos habíamos mirado, nos habíamos acariciado, tuvimos un sexo diferente… Hubo deseo; también hubo dulzura. Al final, mucha intensidad. Un «qué me ha pasado». Un «no lo sé, ni quiero saberlo ahora». Un «quiero compartir con él el desayuno».

Justo cuando estaba a punto de levantarme para preparar café y algo para comer, Bruno cogió el móvil, miró la hora y dio un respingo.

—¡Joder! Había quedado con un comprador a las diez y media. Tengo que irme.

Eran las diez. ¡Habíamos estado juntos en la cama hasta las diez! Y, justo cuando iba a dar el paso adelante para compartir algo más con él, se levantó y comenzó a vestirse a toda prisa.

Se fue. Pero antes de hacerlo regresó bajo las sabanas junto a mí y me llenó la cara de besos. No me puse nerviosa. No quise apartarme de aquel cariño. Simplemente disfruté del contacto de sus labios y detesté que tuviese que marcharse.

Lo acompañé a la puerta envuelta en una manta, con el pelo alborotado y el flequillo medio en punta. Me dijo que me llamaría. Yo supe que lo haría. Y tras un breve beso, salió corriendo escaleras abajo.

Permanecí asomada al rellano sonriendo como una pava. Hasta que oí que se cerraba la puerta de la calle, no regresé a la realidad.

Sabía que tendría que sentarme a hablar conmigo misma en algún momento. Sabía que mi cabeza me pediría explicaciones por lo que había ocurrido aquella noche en mi piso, y en mi barriga. Sin embargo, decidí disfrutar de aquella sensación tan agradable por algunas horas más.

Además, tenía muchas cosas que hacer aquella mañana de sábado. Mari Vila ya no podía esperarme más.