44

Me pasé todo el día en el puerto de Gálata disponiendo lo necesario para la partida. Melquíades de Pantoja tenía mucha experiencia y me facilitó una tarea que para mí, hombre de tierra adentro, suponía todo un mundo. A su vez, Isaac Onkeneira se encargó de solicitar los permisos y de pagar las tasas. El dinero se me agotaba y ya apenas me quedaba lo necesario para el viaje de vuelta. Me pasaban tantas cosas por la cabeza que temí volverme loco. Deseaba estar solo para pensar, pero no tenía más remedio que encargarme de los múltiples preparativos.

A última hora de la tarde no me apetecía otra cosa que abandonarme en los brazos de Levana. Pero la encontré en su casa sumida en la melancolía de la despedida. Habían acudido todos sus familiares y los recuerdos estaban prendidos en el aire como el perfume de una flor marchita. Ella apenas me hizo caso en medio de la aflicción de los suyos y comprendí que ellos necesitaban más consuelo que yo. Así que decidí dejarle pasar la última noche con sus padres; no iba a robarle ese postrero cariño.

Iba camino de mi casa para darle las últimas órdenes a mi servidumbre, cuándo me crucé con una muchedumbre enardecida que bajaba desde la mezquita de Aya Sofía hacia el puerto de Eminönü profiriendo gritos de amenaza.

—¿Qué sucede? —le pregunté a un muchacho.

—¡El muftí Abu Saud ha declarado la guerra santa! Venimos de la gran mezquita y vamos a proclamarlo por toda la ciudad.

¡Alá es grande!

Más tarde supe que el jefe religioso de Estambul había lanzado una fatua aprobando la empresa de Chipre, con el argumento de que la isla estuvo en la antigüedad sometida a los musulmanes. Esa bendición del proyecto de don José Nasi suponía un gran apoyo. Ya difícilmente se volverían atrás. Por lo que urgía aún más mi partida, antes de que empezasen los movimientos guerreros.

Cuando llegué a mi casa, me aguardaba otra sorpresa. Hipacio me abrió la puerta y gritó nada más verme:

—¡Adivine vuestra merced quién ha venido!

—No lo sabré si no te apartas y me dejas pasar.

—Entre vuaced y verá quién está aquí.

En el vestíbulo, con la piel curtida por el sol septembrino, delgado, amojamado, aguardaba con ojos delirantes el caballero de Malta, Juan Barelli.

—¡Oh, Santo Dios! —exclamé—. ¡Tú aquí, precisamente ahora!

Dio él un salto hacia mí y me aprisionó entre sus fornidos brazos:

—¡Hermano mío, qué alegría volver a verte!

También yo me alegraba por la sorpresa. Pero enseguida me preocupé.

—¿Has venido solo? ¿Te habrá visto entrar alguien? —le pregunté.

—¡No te apures, hombre! He venido desde Tesalónica y nadie puede sospechar… ¡Oh, hermano —exclamó con entusiasmo—, qué revuelto está todo! Por fin se avecina la guerra que ha de poner a cada cual en su sitio…

Reparando en que Hipacio andaba cerca y recordando lo inoportuno que era, le di un ligero codazo a Barelli y le susurré al oído:

—Después hablaremos. Ahora veo que estás agotado, sucio y seguramente hambriento. Vamos a reponer fuerzas. También yo lo necesito.

De camino hacia la cocina, le pregunté:

—¿Cómo has dado con mi casa?

—¡Eres un mercader! —respondió con guasa—. Pregunté en el caravasar.

Mientras devorábamos con avidez un pescado asado, y entre cucharada y cucharada de garbanzos, le manifesté que mi encomienda estaba concluida, que ya había cumplido con todo lo que Su Majestad me mandó y que me disponía a partir para España.

Miró en derredor y se percató de que los criados tenían embalados ya los pertrechos. Soltó la comida y, mirándome con unos interrogantes ojos abiertos, inquirió:

—¿Cuándo?

—Mañana, si Dios quiere.

—¡Nada de eso! —dio un puñetazo en la mesa—. ¡Imposible!

—Chis… No te alteres, por santa María…

—¡Antes debo cumplir mi cometido aquí! —rugió—. ¡Es lo acordado! Mi segunda encomienda depende de la tuya.

—Calma, calma, hermano —imploré—. Hablemos con tranquilidad. No nos pongamos más nerviosos de lo que ya estamos.

Entonces logré que me contara con cierta tranquilidad cómo se había desenvuelto la primera parte de su misión, la que debía realizar en La Morea. Todo había acabado en un gran fracaso. Tras el encuentro en Patras con su tío arzobispo y con el noble moraita Nicolás Tsernotabey, que debían encabezar la sublevación de los griegos, alguien les traicionó poniendo en conocimiento de la autoridad turca el plan. Advertido Barelli del gran peligro que corría, huyó apresuradamente de allí y se embarcó en uno de los puertos del lado oriental del Peloponeso. Después de navegar durante todo el verano de isla en isla, anduvo errabundo por las costas del mar Egeo, buscando la manera de atravesar los Dardanelos para llegar a Constantinopla.

—¿Puedes imaginar los peligros que he tenido que arrostrar? —exclamó con enfado—. ¡Sólo gracias a Dios conservo la vida!

—Lo mío tampoco ha sido fácil —repuse—. Ambos sabíamos que este menester sería muy arriesgado.

—Por eso hemos de concluirlo juntos —manifestó—. ¡Debes esperarme! ¡No puedes irte mañana!

—¡Deja de discutir! —le pedí con desesperación—. He de explicarte lo que sucede. Vamos, bebe un poco de vino, cálmate y presta atención a lo que he de contarte sin interrumpirme lo más mínimo.

Logró controlarse y aproveché para contarle con detenimiento mi peripecia. Ambos sabíamos que la segunda parte de su misión en Estambul dependía del logro de la mía. De manera que hube de hacerle comprender lo difícil que me había resultado cumplir lo que Su Majestad me pidió en persona primero y después por medio del embajador español en Venecia. Barelli debía saberlo, pues de ello dependía su misión en Constantinopla.

El caballero de Malta suspiró y permaneció pensativo durante un rato, como si intentara ordenar sus pensamientos después de escuchar los nombres, lugares, conversaciones y demás datos que yo le había dado. Al cabo, preguntó aturdido:

—Entonces… ¿El marrano ese obedecerá o no a la llamada del Rey Católico? ¿Volverá a Portugal con su fortuna?

—No. Y por eso he de regresar cuanto antes a España.

Su Majestad debe saber lo que aquí se urde. La cristiandad está en peligro y sólo él podrá socorrerla.

—He comprendido —dijo con impaciencia, poniéndose en pie—. Eso que me has contado supone que debo apresurarme para cumplir la segunda parte de mi encomienda.

—¿En qué consiste? —le pregunté muy preocupado.

—No puedo perder ni un instante. ¡A partir de ahora el tiempo es oro! —Corrió impetuoso hacia la salida.

—¡Barelli, dime de qué se trata! —supliqué tratando de detenerle.

—¡Tú encárgate del barco y deja lo demás de mi cuenta!

Como una exhalación, salió a la calle y se perdió en la oscuridad de la noche.