4

El viaje

Toda la ciudad de Murann, el principal puerto marítimo de Amn, olía a pescado. Desde las residencias estucadas y los elegantes jardines, hasta las chabolas atestadas y los bulliciosos barrios comerciales, el olor penetrante y aceitoso lo invadía todo; se pegaba a paredes, suelos y ropas.

Pero en ninguna otra parte el olor era tan fuerte como en la costa de la propia bahía, donde Halloran trabajaba bajo el despiadado sol de la tarde. El muelle era un hervidero. Los gritos de los animales, el chirrido de las grúas, el crujido de las maderas, las voces de los hombres, se unían al estrépito ensordecedor que surgía a sus espaldas, donde uno de los más grandes astilleros de la Costa de la Espada producía un barco tras otro: pesadas galeras de guerra y de carga, rechonchas carabelas y grandes carracas con sus típicos castillos de popa muy altos.

Era uno de estos últimos, un navío de proa roma, tres palos, y la plataforma elevada a popa, el que se encontraba amarrado al muelle junto al joven jinete. Como todas las demás carracas y carabelas, el Cormorán no tenía remos, y dependía del velamen para su navegación. La carga de las provisiones de carne salada, tocino y demás vituallas ya había concluido, y ahora Hal observaba a un grupo de estibadores que subían las barricas de agua por la pasarela de popa.

De pronto, un relincho le hizo volver su atención hacia proa.

—¡Cuidado! ¡Que no se golpee! —les gritó a los peones de piel oscura que intentaban llevar a bordo a su yegua, asustada por la estrechez de la plancha.

Los hombres pusieron más paciencia en su tarea, y, en unos minutos, consiguieron tranquilizar al animal y llevar a Tormenta a la cubierta del Cormorán, donde ya había otros dos caballos a la sombra de una lona.

—¿Cuál será la próxima costa que volverá a pisar? —preguntó una voz áspera.

Halloran escuchó la pregunta y el ruido de unas pisadas familiares. Se volvió para saludar al capitán Daggrande.

—Espero que sean los campos de especias de Kara-Tur —respondió.

—¡No será en estos reinos! —protestó Daggrande—. Navegar hacia el oeste para llegar al este… ¡es ridículo!

El propio Halloran aún no había salido del asombro provocado por la audacia de la misión de Cordell. Sin embargo, su absoluta confianza en el capitán general disipaba cualquier duda que pudiese tener acerca del éxito de la travesía.

Desde que se había hecho el anuncio del viaje, seis meses antes, la actividad había sido frenética mientras la legión se preparaba para su aventura más atrevida. La pequeña flota de seis carracas y nueve carabelas fondeadas en Murann serían su medio de transporte. Los legionarios habían sido informados del plan y de que la participación era voluntaria. No llegaban al centenar los hombres que no habían aceptado ir, y sus plazas fueron ocupadas casi de inmediato por otros, ansiosos de gloria y riqueza.

Cordell había entrenado a sus quinientos legionarios en todo lo referente a travesías marítimas, y les había hecho practicar la carga y descarga de los caballos, en previsión de que no hubiese puertos o muelles allí donde iban. Se habían reclutado doscientos marineros para tripular los bajeles. A pesar de la incertidumbre de su destino, un aire festivo había acompañado todos los preparativos.

Ahora los caballos relinchaban inquietos y los perros ladraban, con ansias de verse libres de las traillas. Llevaban varias docenas de grandes lebreles adiestrados para servir de guardianes en los campamentos, o actuar en los combates.

Grandes cantidades de alimentos y agua, armas y corazas de recambio, y todo aquello que pudiese hacer falta en las marchas y en las batallas había sido trasladado desde los depósitos en los muelles hasta las bodegas de la flotilla.

—¿Por qué vienes si crees que es una locura? —preguntó Halloran.

—Porque sé que mi amigo Cordell no se embarcaría en una misión como ésta sin estar seguro de que al otro lado hay algo —contestó el enano, con una mirada de astucia—. ¡Intuyo que encontraremos tesoros suficientes para que todos vivamos el resto de nuestras vidas a todo lujo!

—¿Cómo puede saberlo? ¿Qué te hace estar tan seguro?

—Es por aquel fraile; él y la dama hechicera. —Daggrande soltó un escupitajo. No ocultaba sus sentimientos hacia los elfos, y la maga Darién parecía despertar un desagrado aún más profundo en la naturaleza irascible del enano. Sacudió la cabeza, pesaroso.

»Debo admitir que sus poderes pueden ser útiles. Apostaría la paga de un año a que ambos han visto suficiente de lo que hay allí como para convencer a Cordell de que vale la pena aceptar el riesgo.

»Además, en el folklore de los enanos hay infinidad de relatos acerca de tierras lejanas cargadas de riquezas. Se dice que existió un tiempo en el que podías viajar por debajo del Mar Insondable y salir en una tierra al oeste. ¡Cuentan que una de las grandes guerras entre enanos y los drows se libró a muchos kilómetros por debajo del fondo del mar!

Halloran asintió, impresionado. Los drows, o elfos oscuros, tenían fama de ser una raza malvada y de enorme poder. Se los consideraba como maestros de la magia, constructores de armas terribles y de una capacidad combativa fuera de lo normal. En la actualidad, no eran muy comunes, porque habían sido desalojados de todas las naciones civilizadas.

—Se menciona que los drows acabaron aquella guerra —añadió el capitán de ballesteros— provocando un incendio tan vasto, tan enorme, que hasta las rocas se fundieron y el mar penetró para destruir todo el mundo subterráneo.

»Destruido para siempre, pero no así las tierras cargadas de tesoros al otro lado. ¡A mí ya me basta! ¡Después de todo, Cordell es un hombre de mucha suerte! —Los ojos del enano resplandecieron—. Ah, antes de que me olvide, creo que se impone una felicitación.

Hal asintió, sin poder evitar la sonrisa.

—Capitán de caballería. ¡El rango ya es permanente! Tengo el mando de los cuatro escuadrones.

—No dejes que se te suba a la cabeza. De todos modos, estoy orgulloso de ti, y deberías sentirte halagado. Pero hay una cosa: ten mucho cuidado con Alvarro. Es un tipo celoso e irascible, y pretendía el cargo para sí.

—Ya he visto cómo me mira —replicó el joven—. Pero puedo controlarlo.

Halloran miró más allá de la bahía para contemplar el mar. Tan grande era el número de mástiles de los navíos fondeados que la rada parecía un bosque de árboles desnudos. Las naos de carga permanecían ancladas lejos de la costa, porque habían destinado todos los muelles disponibles a las operaciones de carga de los barcos de la expedición de Cordell.

Los quince bajeles ocupaban toda la zona, y el más grande no superaba los treinta metros de eslora. Cada uno llevaría unos cuantos caballos y cuarenta hombres, la flor y nata de la legión, con una docena o más de marineros. Todos los corceles se encontraban ya a bordo, y los capitanes se afanaban, en medio de la barahúnda, para ultimar los detalles de la carga.

—¿Dónde está Cordell? —preguntó el joven, al advertir que el capitán general no estaba como siempre ocupado en comprobar personalmente el desarrollo de las operaciones.

—Él y la maga —el enano soltó otro escupitajo— se han pasado el día de compras en el mercado de los alquimistas. Pócimas para el viaje, o para las tierras que haya al otro lado.

—Creo que seguiré confiando en mi propio acero —afirmó Halloran, al tiempo que reprimía un temblor. Apoyó la mano sobre la empuñadura de cuero de su sable largo.

—Sabias palabras. Por mi parte, dependo del filo de mi hacha, la fuerza de mi brazo, y poca cosa más. —En un gesto mecánico, el enano sacó el hacha de doble filo de su cinturón, y comenzó a afilarla con una piedra de amolar, mientras contemplaba la actividad en la bahía de Murann.

De pronto un estridente toque de corneta mandó detener todo el trabajo en los muelles.

—Ha vuelto el general —masculló Daggrande, enfundando el hacha—. Vamos a escuchar lo que tenga que decir.

Las tareas quedaron pospuestas mientras todos los miembros de la expedición desfilaban entre los edificios portuarios para ir a reunirse en la gran plaza de Murann. Allí los esperaba el capitán general Cordell, resplandeciente en su túnica de terciopelo púrpura recogida sobre su coraza de acero. Sostenía el yelmo contra el costado, y permanecía de pie en el podio, con la cabeza descubierta bajo los rayos del sol.

—¿Quién más está con él? —preguntó el enano, que no podía ver, al quedar rodeado por la multitud.

—La dama Darién…, el fraile Domincus… Veo unos cuantos oficiales y una joven dama junto al fraile. ¡Es hermosa! —Halloran contuvo el aliento a la vista de la mujer pelirroja.

—Probablemente es la hija de fray Domincus. —Daggrande no veía, pero esto no le impedía tener opiniones—. He oído rumores de que vendría en la expedición.

—¡Soldados de la Legión Dorada! —La voz de Cordell resonó en la plaza, y el murmullo de las conversaciones se apagó en el acto—. Dentro de muy pocas horas nos embarcaremos en una misión de grandes peligros. Los riesgos que habremos de afrontar nos son desconocidos, pero sé que cada uno de vosotros se mostrará digno de su coraje y su fe. ¡Con la ayuda de nuestro protector todopoderoso, Helm, los venceremos a todos!

»Como sabéis, nuestra misión es financiada por el excelentísimo Consejo de Amn —añadió el líder—. Tenemos aquí con nosotros al gran asesor del Consejo, Kardann. ¡Nos acompañará en la misión y llevará cumplida cuenta de todos los tesoros que obtengamos! —Una estruendosa ovación saludó estas palabras.

—¡En el nombre de Helm! —gritó el fraile, y los centenares de soldados y marineros corearon su grito—. ¡Que nuestro benefactor bendiga nuestras espadas, y mantenga su filo! ¡Que dé fuerzas a nuestros brazos para que nuestros mandobles maten al instante cuando ataquemos en su nombre inmortal!

»¡Que la vigilancia de su mirada eterna nos avise de las traiciones y así nuestra venganza pueda caer en el acto contra aquellos que pretendan engañarnos! ¡Ojalá la luz sagrada de brillantez acerada nos guíe a tierras de riqueza y promisión, abriendo los fabulosos tesoros de Oriente a nuestra valiente exploración! —Fray Domincus hizo una pausa, y recitó para sí mismo una plegaria a Helm, patrono de la legión, antes de volver a contemplar a los reunidos con sus apasionados ojos azules.

»Ahora unamos nuestras voces en el himno legionario. Martine, por favor, guíanos…

Halloran vio a la mujer cuya belleza le había impresionado adelantarse hasta la primera fila del grupo en el podio. La joven miró al cielo, y su voz clara y melodiosa guió a los hombres de la Legión Dorada en su himno de guerra.

La canción combinaba la exaltación de la victoria con la pena por los compañeros caídos. Sus palabras hablaban directamente al corazón de todos los guerreros presentes, y Halloran no fue el único que lloró con la estrofa final. Apretó el pomo de la espada hasta que los nudillos se le volvieron blancos, mientras pensaba en la gloria de las muchas conquistas futuras. Permaneció embelesado hasta que Martine dejó de cantar, y después la observó mientras volvía con su padre junto a Cordell.

El fraile y su hija navegarían con el general en la nave capitana, el Halcón, se dijo Halloran. Volverla a ver sólo sería cuestión de tiempo.

—¡Ahora, a vuestros barcos! —ordenó Cordell, sin alzar la voz, aunque para cada uno de los presentes fue como un toque de clarín. El poder que transmitía la voz llenó a Hal de energía y entusiasmo.

»¡La pleamar será a medianoche, y para el alba estaremos en mar abierto, rumbo el oeste y a la historia!

El viaje de Erixitl desde Kultaka a Payit comenzó de una manera extraña. Al saber que su destino sería aquel lejano país, la joven pensó en los múltiples riesgos de una larga y dificultosa marcha. Como todo el mundo, conocía muy poco acerca del pueblo payita excepto que eran bárbaros carentes de cultura. Desde luego, Kachin hablaba correctamente y tenía un porte civilizado, pero era lógico que un clérigo diera muestras de cultura y buenos modales. En cambio, tenía la sospecha de que sus compatriotas eran mucho más salvajes.

Por lo tanto, se quedó boquiabierta al encontrarse, la mañana de su partida, con que disponía de una elegante túnica del más suave algodón. Sandalias de piel de víbora y un brillante manto de plumas completaban el ajuar; jamás había tenido prendas de tanta calidad.

Su asombro fue todavía mayor cuando, al salir de la casa de Huakal, vio que la esperaba una litera de pluma. El lecho era lo bastante amplio para acomodar a un adulto acostado, y flotaba a varios palmos del suelo. El grosor era casi de un palmo, y su superficie la formaban un mosaico de plumas multicolores limitado por un borde de plumas de quetzal verde esmeralda.

—¿Una esclava en una litera? ¿En un lecho de pluma? —La joven fue incapaz de ocultar su sorpresa en presencia de Kachin, su nuevo dueño. Vio que había otros seis esclavos, hombres fuertes, cargados con grandes paquetes. Pensó que llevaban artículos de Kultaka, turquesas y obsidiana; quizás los habían obtenido a cambio de plumas tropicales o cacao traídos por el sacerdote.

Kachin le dirigió una mirada extraña. El brillo de sus oscuros ojos castaños la asustó; sin embargo, había algo paternal en la sonrisa que poco a poco apareció en su curtido rostro.

—Ya no eres una esclava, Erixitl. Te has convertido en una vestal de los payitas, y, como tal, no se espera que camines.

—¿Una sacerdotisa? —El asombro de la muchacha la volvió osada—. ¡Sé muy poco de vuestro dios!

—Qotal es dios de todos nosotros, lo sepamos o no —replicó Kachin, con otra sonrisa.

Ella sacudió la cabeza, confundida.

—Aun en este caso, ¿por qué una joven sacerdotisa viaja en litera, mientras el sumo sacerdote camina? ¿Y por qué habéis venido a buscarme desde tan lejos? ¿Es que en Payit no hay vírgenes? —Se mordió el labio, arrepentida de sus muchas preguntas.

Pero Kachin se limitó a reír.

—Eres especial por muchas razones, querida Erixitl. Y estas razones las conocerás a su debido tiempo.

—Pero… —Triunfó el sentido común, y la joven guardó silencio. Sin embargo, no pudo evitar preguntarse qué clase de hombre era éste. ¿Qué religión podía aprobar un viaje tan arduo y el gasto de un valioso tesoro para comprar una sacerdotisa? Se sentó en la litera, y el colchón cedió suavemente bajo su peso y se ajustó a las formas de su cuerpo, mientras ella alzaba las piernas y se reclinaba. Sintió deleite ante el lujo.

—¡Ahora, hacia el camino de la costa! —ordenó Kachin.

La expedición también incluía un trío de guerreros payitas, vestidos con taparrabos. Estos jóvenes de piel oscura llevaban jabalinas con bayonetas de obsidiana, muy diferentes de las tizonas del mismo material, llamadas macas, que utilizaban los guerreros de Nexal y Kultaka. Peinaban sus largos y oscuros cabellos en un moño en lo alto de la cabeza, adornado con largas plumas verdes. Al parecer, los habitantes de la selva preferían ir ligeros de ropa, y despreciaban las túnicas de algodón acolchado que en Nexal servían habitualmente de armadura.

Salieron de Kultaka de madrugada cuando la bruma del alba todavía cubría las montañas a su alrededor. Hombres y mujeres se afanaban en los campos de maíz, y, para el momento en que despuntó el sol, las pequeñas pirámides de la ciudad ya habían quedado muy atrás.

La litera le permitía adoptar cualquier posición. No tenía más que mover el cuerpo y el mullido colchón de plumas se acomodaba a la postura elegida. Era una manera muy cómoda de viajar, pero tanta comodidad la inquietó, y tuvo vergüenza al pasar por delante de los campesinos y esclavos dedicados a las pesadas tareas agrícolas.

Erix no pudo disipar una extraña sensación de añoranza. A pesar de que había sido traída a Kultaka como esclava, su vida en este país no había resultado desagradable. Sus recuerdos de Kultaka eran más vivos y significativos que las memorias de su infancia, transcurrida en la lejana Palul. Ahora abandonaba esta tierra, y una vez más su destino la apartaba de Nexal, corazón del Mundo Verdadero. Juró para sus adentros que algún día volvería a su patria, a contemplar las maravillas de la capital antes de morir. No obstante, incluso mientras juraba, sabía que no podía escoger ir a Nexal de la misma manera que un madero a la deriva no puede elegir la playa donde lo dejarán las olas.

La suave pendiente del camino hacia la costa no ponía obstáculos a la marcha de los esclavos, y Erix no tardó en disfrutar de la comodidad de la litera. Flotaba sin sobresaltos, al mismo paso del grupo. Cada vez que la muchacha se bajaba para hacer ejercicio, la litera la seguía como un animal doméstico.

Durante varios días, la comitiva avanzó a buen ritmo. Por las noches se albergaban en posadas, y Kachin siempre alquilaba una habitación privada para Erix. Estas eran tierras de vida rural, y la joven disfrutaba de la sencilla hospitalidad de los campesinos que encontraban en el camino.

Poco a poco, las montañas que rodeaban Kultaka cedieron paso a la gran llanura costera. La espesura de las colinas se transformó en campos de pastoreo, y el paisaje monótono sólo era alterado por alguna que otra aldea con sus cultivos de maíz. Todos los pueblos tenían su pirámide, aunque ninguna de ellas se podía comparar con la pirámide de la ciudad de Kultaka. «E incluso aquélla —pensó Erix— no era más que una pequeña pila de piedras frente a la gran pirámide de Nexal».

En muchas ocasiones durante el viaje, Erix intentó conversar con los demás esclavos. Por el habla suponía que ellos también eran de Nexal, pero ninguno respondió a su voluntad de comunicarse.

Los tres guerreros sólo hablaban payit, así que la muchacha se vio limitada a conversar con Kachin. El sacerdote comenzó a darle clases, y Erix no tardó en aprender el payit. La mayor parte del tiempo Kachin le contaba cosas de Ulatos, la ciudad que era su punto de destino, y, mientras el clérigo hablaba de templos, artes y pinturas, la joven pensaba si el hombre era consciente de su condición de bárbaro. Erixitl decidió no herir sus sentimientos, y no replicó a sus alardes con descripciones de las maravillas existentes en Nexal. él se entusiasmaba al describir la pirámide cubierta de vegetación exuberante y flores hermosas, y ella lo escuchaba cortésmente.

Sin embargo, este dios llamado Qotal parecía ser muy diferente y mucho más atractivo que Zaltec, el sanguinario dios de la guerra.

En una de las jornadas, Kachin mandó parar la caravana cuando se encontraban en medio de un enorme campo de flores silvestres.

—Observa las mariposas —dijo el sacerdote, señalando los miles de mariposas—. El padre Plumífero las ama, ama las flores que las alimentan. Es este amor el que lo convierte en el más poderoso de los dioses.

—Entonces, ¿por qué tiene tan pocos seguidores? —preguntó Erix, atrevida. Durante el viaje había aprendido a confiar en el clérigo.

—A la gente, gente como los nexalas y los kultakas, les gusta el derramamiento de sangre —respondió Kachin—. Son incapaces de imaginar un dios que no desee lo mismo.

Erix abrió los ojos sorprendida por las implicaciones de la respuesta. Kachin hablaba como si los dioses hubiesen sido creados para satisfacer las necesidades de los hombres. Rogó para sí misma que el sacrilegio no fuera tenido en cuenta, porque le había cogido cariño al anciano.

—Qotal sabe quién eres y te ha bendecido, aunque tú no lo sepas —añadió Kachin—. Llevas contigo un testimonio de su belleza y de su paz.

—¿Qué quieres decir?

—Me refiero al amuleto, el medallón emplumado que tanto te empeñas en ocultar. Habla con voz propia, proclama el poder y la gloria del dios Plumífero. No deberías taparlo. Qotal es el dios del aire, el viento y el cielo. Sus símbolos deben participar de estos placeres.

Avergonzada, Erix sacó el medallón colgado de su cuello y lo puso por encima de la túnica. Quizá sólo lo imaginó, pero el viento pareció soplar más fuerte para refrescarla con el olor de las flores. Después, pensó en otra cosa. ¿Cómo se había enterado Kachin del amuleto? Lo había ocultado con mucha precaución, convencida de que el sacerdote se lo arrebataría debido a su gran belleza. Al parecer, había muchas cosas que ignoraba acerca del anciano.

La carretera los llevó una vez más a zonas de montaña, donde el trazado discurría junto a grandes precipicios y cañones, y después a una región de valles cubiertos de verdor parecidos a los de Kultaka.

Por fin Erix divisó la silueta inconfundible de una pirámide que se elevaba en medio de la planicie.

—Pezelac. La ciudad es vasalla de Nexal, pero en otros tiempos fue una tierra independiente —le explicó Kachin, a medida que se acercaban—. Sus pobladores son artistas, gente tranquila y pacífica. Creo que te gustarán. Y, cuando salgamos de aquí —anunció entusiasmado—, entraremos en las tierras de Payit, tu nuevo hogar.

El sacerdote payita fue bien acogido en Pezelac. El grupo fue hasta una casona al costado de un pequeño templo, y les asignaron habitaciones amplias y bien aireadas para todos.

Una niña llevó agua caliente al cuarto de Erix después de cenar, y la sacerdotisa disfrutó de un magnífico baño. La pequeña permaneció boquiabierta junto a la bañera, para alcanzarle cepillos, jabones y toallas.

—¿Por qué me miras así? —preguntó Erix.

La niña se apresuró a desviar la mirada.

—Lo…, lo lamento. Sois tan hermosa, que no he podido evitarlo.

Erix soltó una carcajada, y la niña le correspondió con una sonrisa.

—Me alegro de que lo pienses —dijo—. En realidad, tu baño ha hecho que me vuelva a sentir bonita.

La pequeña, pensó Erixitl, no podía tener más de nueve o diez años. Recordó, con un poco de pena, que ella tenía su misma edad cuando la habían raptado. Ahora, aquel día parecía pertenecer a otra vida, y su hogar en Palul, un sitio del reino de los sueños.

—¿Sois la gran sacerdotisa de todo Payit? —preguntó la niña, con timidez.

—¡No, no lo creo! No sé qué voy a hacer allí, ni tampoco por qué voy allí. —Erix pensó que un sacerdote capaz de comprar a una sacerdotisa era capaz de cualquier cosa—. ¿Todos los payitas están tan locos como Kachin?

En el rostro de la niña apareció una expresión de miedo.

—¡No digáis que el sacerdote está loco! ¡Es fiel al más poderoso de nuestros dioses, el único dios verdadero de todo Maztica!

—¿Quién te cuenta todas estas cosas? —preguntó Erix, sorprendida ante la vehemencia de la pequeña—. ¿Cómo puedes decir que uno de nuestros dioses es el verdadero y correr el riesgo de sufrir la cólera de los demás?

—¡ que es verdad! ¡Mi abuelo es el patriarca de Qotal en Pezelac, y él me enseñó acerca del dios verdadero antes de hacer su voto! —La niña mostró por un instante una expresión de tristeza, y después añadió—: Aprendió tantas cosas que Qotal le hizo adoptar un voto de silencio. Esto significa que no puede hablar. Y, dado que sabe mucho más de lo que los hombres están autorizados a saber, prometió no decírselo a nadie más.

—Lo lamento. No pretendía criticar a tu dios. —Erix comenzó a secarse. Disfrutaba de la conversación.

—¡Nuestro dios, y el dios de los payitas! —La niña asintió entusiasmada, con una mirada muy seria. Cogió la toalla de las manos de Erix y acabó de secar a la joven.

»Sólo los nexalas, tu gente —añadió, con vergüenza—, y los kultakas glorifican la guerra, y exaltan a Zaltec. En cambio los payitas todavía aguardan el regreso de Qotal. Mi abuelo me dijo que han construido grandes rostros de piedra en los acantilados de las costas orientales, un hombre y una mujer que miran hacia el este esperando la aparición de la gran canoa del dios Plumífero. Los llaman los Rostros Gemelos, y están consagrados al retorno de Qotal de los océanos del este.

—¡Alabado sea Zaltec! —Hoxitl comenzó el saludo ritual.

—¡Alabado sea el dios de la noche y de la guerra! —respondió el Muy Anciano. Al clérigo le pareció que su interlocutor estaba nervioso. No se equivocó. La figura vestida de negro se apresuró a añadir—: ¡La muchacha ha vuelto a escapar! Nos han informado que ha sido comprada por un sacerdote de Qotal. ¡Ahora viaja hacia Payit!

—¿Payit? —exclamó Hoxitl, asombrado—. Está muy lejos del Mundo Verdadero. Quizá ya no represente un peligro para nosotros.

—¡Idiota! —La voz del Muy Anciano no podía ser más despreciativa. Hoxitl nunca había sido tratado de esta manera, y se asustó—. ¡Es más peligrosa que nunca! ¡Y ahora el tiempo se nos escapa como el agua de una catarata!

—Muy bien —susurró Hoxitl, intentando recobrar la compostura—. Tenemos…, quiero decir, el templo de Zaltec tiene clérigos en Payit. Les haré llegar un aviso de inmediato, y…

—¡No hay tiempo! —La voz se parecía al siseo de una serpiente—. Te quedarás con nosotros durante el día. Necesitamos la Mano Viperina.

Hoxitl asintió; sólo faltaba una hora para la salida del sol. Cualquier hechizo que desearan practicar los Muy Ancianos debería esperar a la noche siguiente. El poder de Zaltec, enfocado en la palma roja de Hoxitl, y tatuado con el dibujo de la Mano Viperina, sería necesario para el envío a través de una distancia tan grande.

—Al anochecer, te reunirás con nosotros en el círculo oscuro. Desde allí, haremos el envío. La zarpamagia se encargará de llevar el mensaje a Payit durante la noche. No podemos perder ni un minuto. ¡La muchacha debe morir!