Augusto Lytton
Con las manos todavía aferradas a la regala, Don tuvo que entornar los ojos para aguzar la vista. El anciano a sus espaldas estaba iluminado por las potentes luces que discurrían como una sarta de perlas a lo largo de la helada pared de acero del Jamal.
Augusto Lytton no llevaba el preceptivo anorak rojo sino algo que parecía un abrigo de pieles. Aparte de eso, Don sólo pudo distinguir su perfil aguileño.
—Una muerte indolora, señor Goldstein —dijo Lytton, y señaló con un gesto de la cabeza hacia el surco que había abierto el rompehielos—. La hipotermia lo deja a uno sin conocimiento en menos de treinta segundos; después tardaría una hora en hundirse hasta una profundidad de cuatro mil metros.
Don notó que sus ojos se acostumbraban a la luz e intentó articular una respuesta.
—¿Y aun así vacila? —añadió Lytton, y dio un paso adelante.
Don consiguió asentir con la cabeza.
—¿Quiere que… demos media vuelta? —prosiguió Lytton—. Eso me ha parecido oír en el comedor. Usted ha dicho que…
Don se tambaleó, pero justo cuando iba a caerse Lytton lo agarró del brazo con una fuerza inesperada.
Cuando finalmente consiguió enderezarse, empezó a hurgar en su cartera sin saber qué buscaba. No había ningún fármaco capaz de arrancarlo de aquella embriaguez, ni el Ritalin, ni el Modiodal, ni…
—¿Necesita ayuda, señor Goldstein? —dijo Lytton, que seguía sujetándolo del brazo.
Don intentó esbozar una sonrisa, pero sólo obtuvo una mueca. Finalmente había dado con unos comprimidos de metamina. Cogió un par y se los metió en la boca. Apretó los dientes y empezó a masticar aquel derivado de anfetamina con la esperanza de que lo espabilase.
—Veo que no precisa ayuda —dijo Lytton—. Pero al parecer tiene frío. ¿Necesita un poco de calor?
Don hizo un intento de soltarse, pero los dedos de Lytton no cedieron.
Por fin dejó, resignado, que Lytton lo alejase de la borda. Se encaminaron hacia la escalera cubierta de escarcha que conducía a la cubierta superior.
—De la oscuridad a la luz —murmuró Lytton cuando volvieron al interior.
Un poco más adelante del pasillo débilmente iluminado, Don vislumbró la puerta del camarote del capitán. Lytton sacó una pequeña llave del abrigo de pieles y la introdujo en la cerradura con gesto confiado.
Sergéi Nikoláevich debía de seguir en el bar junto con David Bailey, porque el gran camarote estaba a oscuras y en silencio. Cuando Lytton encendió la luz, Don vio que el rompehielos no era sólo suelo de linóleo y limpieza deplorable. Aquello era un elegante salón que podía perfectamente haber pertenecido a un almirante del siglo XIX.
Los revestimientos eran de madera noble encerada y los muebles tenían herrajes de latón pulimentado. El suelo estaba cubierto por una moqueta que amortiguaba los pasos, y el ruido del Jamal al romper la banquisa apenas era perceptible. Había un enorme mueble bar con puertas de cristal, y a través de la larga hilera de ventanas que daban a la cubierta de proa Don vio el resplandor de los focos.
Donde el cristal de la ventana se acababa, en la pared del fondo, había un secreter abierto que parecía utilizarse como mesa de trabajo. Sobre la tapa había papeles extendidos, manuscritos en vetustas carpetas y una anticuada lupa. Pero en realidad Don sólo tenía ojos para el tentador sofá de piel que parecía esperarlo en el centro del salón.
Avanzó haciendo eses, se dejó caer en él y se reclinó hasta acabar medio echado. Deseoso de dar un respiro a sus piernas, posó los pies sobre la mesita de cristal que había delante del sofá. Los movió un poco hacia un lado para no ensuciar el enorme mapa del Ártico que estaba desplegado sobre la mesa.
—¡Señor Goldstein! —exclamó Lytton a sus espaldas—. No lo he traído a mi camarote para que se echara a dormir.
Se oyó un tintineo de porcelana seguido de un líquido siendo escanciado.
El anciano rodeó los pies de Don y posó la humeante taza de té sobre la mesa. El olor a adormidera y canela hizo que Don pensara en Eberlein y la biblioteca de Villa Lindarne. Se incorporó y miró a Lytton, que había tomado asiento en la butaca de enfrente.
—Necesita beber algo caliente, señor Goldstein —dijo Lytton—. Adelante, beba.
—Puede llamarme… Samuel —dijo Don.
—Augusto Lytton, de Lytton Enterprises.
Don asintió con la cabeza y tendió la mano en un saludo inseguro.
—Bueno, señor Goldstein… —Lytton abrió un pequeño estuche de plata y sacó un purito que encendió con su mano huesuda—. ¿Por qué no quiere ver el Polo Norte? Es un lugar curioso, puedo asegurárselo. ¿Acaso teme que el Jamal no sea capaz de abrirse camino a través de todo este hielo?
Don tomó un sorbo de té y poco a poco empezó a despertar. Los contornos de Lytton se hicieron más nítidos en la butaca. Unos ojos acuosos hundidos en un cráneo de piel tan delgada como el papel. Don pensó que sólo haría falta un leve rasguño para dejar el hueso de la frente al descubierto. Luego bajó la mirada hasta los finos labios y el bigote ralo, que pareció oscilar cuando Lytton preguntó con su suave voz:
—Así pues, ¿algo le preocupa?
—Nada en absoluto. No es eso… —Dio un sorbo más al té.
—Tengo entendido, por lo que me ha dicho el capitán Nikoláevich, que usted también hizo su reserva en el último momento —dijo Lytton, y dio una profunda calada.
—Sí, fue una coincidencia, podríamos decir.
—Entiendo. Pero no creo que vaya a arrepentirse. —Dejó escapar un anillo de humo por la boca.
—¿Conoce al capitán personalmente? —preguntó Don.
—No, en absoluto, pero he aprendido a reconocer sus necesidades. La constante necesidad rusa de dinero, para ser más exactos. El capitán y yo hemos llegado a un pequeño acuerdo económico en lo que al camarote se refiere. No me sentía cómodo en el que me asignaron. Mis hombres también están descontentos. Y usted, ¿cómo lo lleva?
—No muy bien. El mío es… un poco estrecho.
—Sí, ¿verdad? Éste es mucho mejor. También mucho más limpio, y las vistas son, como podrá observar, espectaculares.
Don volvió la mirada hacia el mar de hielo, sin saber qué decir. Sin embargo, parecía que Lytton tenía ganas de conversar, de modo que hizo un débil intento.
—¿Lytton Enterprises, ha dicho? No me suena especialmente sudamericano…
—No; es una compañía internacional fundada hace muchos años.
—¿Y a qué…?
—Importación-exportación, podríamos decir. Sobre todo exportación.
—¿Exportación de qué?
—Oh, es un ramo muy sucio del que usted no querría saber nada, se lo aseguro, señor Goldstein.
No sólo era por el té, pensó Don. Aquella sensación de euforia interior tenía visos de provenir de la dexanfetamina. La embriaguez provocada por el alcohol se había disipado en una neblina y de pronto el anciano en la butaca aparecía absurdamente nítido.
Don miró a Lytton y a continuación la mesa de cristal y el gran mapa del Ártico desplegado en ella. La ruta del rompehielos hacia el Polo Norte estaba señalada con una línea roja. Sobre la posición en que se encontraba el Jamal en aquel momento había una moneda de plata rusa.
—Sólo quedan siete grados de latitud —dijo Lytton—. Dentro de unos días podremos brindar en el Polo Norte, usted y yo.
—Señor Lytton —dijo Don con una cautela cuya razón se le escapaba—. ¿Qué le parecería hacerme un pequeño favor?
—Si sólo se trata de conducirlo de vuelta a su camarote…
—No, es algo más complicado —dijo Don, mirándolo. Su rostro le producía una fuerte sensación de déjà-vu. Le recordaba a… Negó con la cabeza. La brasa del purito se encendió cuando el anciano dio una nueva calada—. Aquí… —añadió, y señaló la moneda de plata—. Aquí es donde nos encontramos ahora mismo.
Lytton asintió en silencio.
—Y aquí —prosiguió Don, desplazando el dedo unos centímetros hacia el sudoeste—, hay algo que creo que le interesaría mucho ver. Algo que dejaría pasmados a todos los que viajan en este rompehielos.
—No creo que algo que todo el mundo puede ver valga gran cosa —objetó Lytton.
Sin embargo, se inclinó sobre el mapa y examinó la posición que Don había señalado. A continuación sacó una pluma, apoyó su propio dedo en aquel punto y trazó una cruz negra.
—Por lo visto, sigue insistiendo en que el rompehielos dé media vuelta —dijo Lytton al cabo de un momento—. Me temo que será un asunto bastante costoso, si es que se consigue, y deberá tener usted una razón de mucho peso.
—Hay un agujero —dijo Don.
Lytton soltó una carcajada.
—¿Un agujero? Querrá decir una gigantesca grieta en el hielo. Desde luego, no suena muy extraordinario.
—He pensado que a lo mejor usted podría ayudarme con David Bailey…
Lytton tosió y soltó una bocanada de humo.
—Realmente, señor Goldstein, usted no ha entendido nada. ¿Qué hable con el norteamericano, el guía? ¿De verdad cree que tiene algo que decir en este asunto? Si hay que modificar el rumbo, son los rusos quienes tomarán la decisión de hacerlo, y le aseguro que será una maniobra muy cara.
—Pero usted se aloja en el camarote del capitán. A lo mejor podría…
—Usted pretende que lo ayude —dijo Lytton—. Que pague para que el rompehielos dé media vuelta y así pueda examinar algo que, en sus propias palabras, no es más que un agujero. ¿Es muy profundo, Samuel Goldstein? ¿Lo bastante para contener algo sorprendente? —Soltó otra carcajada—. Es usted muy gracioso, señor Goldstein.
—Y mirándolo con sus ojos penetrantes, añadió: —¿Qué opina su esposa de todo esto?
—¿Mi… esposa? Podría decirse que todo ha sido idea suya.
—¿De veras? —Lytton pareció mostrar cierto interés—. En ese caso, ¿cuánto está usted dispuesto a invertir? —Dio unos golpecitos con los nudillos sobre la cruz trazada en el mapa y permaneció en silencio, como si aguardara la decisión de Don.
—Tendría que hablarlo con ella —murmuró Don. Se puso de pie y, sin pensárselo, añadió—: Quizá podamos mostrarle algo que realmente sea digno de atención, señor Lytton. Algo que nunca ha visto.
Lytton le dirigió una mirada inquisitiva.
—Debe saber que llevo muchos años en este mundo y, por tanto, es difícil que algo pueda sorprenderme.
Don sintió que la dexanfetamina lo hacía sonreír; sin duda era una droga de lo más vigorizante. A continuación lo llevó en volandas hasta la puerta del camarote y, una vez allí, lo hizo volverse una última vez y decir:
—Concédame sólo media hora, señor Lytton. Estaré de regreso muy pronto.
—Me preocupa más cómo logrará volver a su camarote, francamente; en cualquier caso, le deseo toda la suerte del mundo.
Lytton dio una calada a su purito y levantó la mano en señal de despedida. Luego volvió la mirada hacia el mapa del Ártico y la fijó en la posición que Don acababa de señalar.