«El Associated Merchants Bank[60] ha sido autorizado a ofrecer una recompensa de diez mil libras esterlinas a cambio de información que conduzca a la detención y condena del líder de lo que se conoce como banda del Círculo Carmesí. Junto con esta recompensa, el Secretario de Estado garantiza el indulto pleno a cualquier miembro de la banda que no sea culpable de asesinato premeditado, siempre que dicha persona aporte la información y las pruebas necesarias para la condena del hombre o mujer conocido como el Círculo Carmesí».
Este anuncio, impreso con letras rojas como la sangre, se colocó en todas las carteleras, en todas las ventanillas de correos y en cada tablón de las comisarías de policía.
Derrick Yale, camino de su oficina, vio el anuncio, lo leyó y pasó de largo, preguntándose qué efecto tendría sobre los miembros menores de la banda para cuya detención él había sido contratado.
Thalia Drummond lo leyó desde la plataforma de un autobús, cuando el vehículo se detuvo junto a una cartelera para recoger a un pasajero y sonrió para sí misma. No obstante, el cartel produjo un efecto más notable sobre Harvey Froyant: le devolvió el color a su rostro y sus ojos recuperaron un brillo que casi lo rejuvenecía. También él iba de camino de su oficina cuando leyó el anuncio, pero se apresuró a regresar a su domicilio y, una vez allí, sacó una larga lista de un cajón de su escritorio. En ella aparecían los números de los billetes que el Círculo Carmesí se había llevado y que él había copiado laboriosamente, casi con cariño.
Hizo otra copia con sus propias manos, un trabajo que lo mantuvo ocupado hasta bien entrada la mañana. Cuando hubo terminado, escribió una carta y, adjuntando en ella la nueva lista de billetes, la echó él mismo al buzón de correos. Iba dirigida a una firma de abogados cuya especialidad conocía Froyant: el rastreo de propiedades perdidas o robadas.
La firma Heggitt ya le había prestado buenos servicios con anterioridad. A la mañana siguiente, fue a visitarlo un representante de la misma, el señor James Heggitt, el socio más antiguo. Se trataba de un hombrecillo arrugado que no podía dejar de olfatear como un sabueso.
El nombre de Heggitt no era, desde luego, un nombre universalmente respetado, uno de ésos a quienes los abogados se refieren con afecto o estima durante sus reuniones. Y, no obstante, se trataba de una de las más prósperas firmas de abogados de la ciudad. La mayoría de sus clientes se hallaba cerca de la delgada línea que separa la legalidad de la ilegalidad, si no la traspasaba ampliamente, pero sus servicios también eran muy útiles para aquellos que respetaban la ley. Y con mucha frecuencia la compañía recibía las consultas de eminentes firmas cuyos clientes deseaban recuperar valiosos bienes que habían sido usurpados por personas con los dedos demasiado largos. Por medio de algún misterioso procedimiento, la firma Heggitt siempre lograba apuntar con el dedo hacia algún «caballero» que había «oído» algo sobre la propiedad perdida, y, en la mayoría de los casos, el artículo perdido se recuperaba.
—Recibí su nota, señor Froyant —dijo el pequeño abogado—, y ahora puedo decirle que no parece que ninguno de esos billetes circule por los canales corrientes —hizo una pausa mientras se humedecía los labios, mirando por encima del señor Froyant—. El «compinche» más importante ha desaparecido, así que no soy injusto en absoluto si menciono la cuestión.
—¿Quién era?
—Brabazon —fue la asombrosa respuesta, y el otro lo miró atónito.
—No se referirá al Brabazon del banco Brabazon, ¿verdad?
—Sí, en efecto —contestó Heggitt, asintiendo—. Y debería añadir que nadie en todo Londres hizo tanto negocio como él con dinero robado. Fíjese: podía pasarlo por su banco sin que nadie lo supervisara y, como realizaba gran parte de su actividad en el extranjero y estaba cambiando y recambiando dinero constantemente para la exportación, no tenía más que enviarlo fuera. Y nosotros sabíamos quién era el cómplice. Al menos, cuando digo que lo sabíamos —se corrigió—, quiero decir que teníamos agudas sospechas. Y, como oficiales del tribunal, nosotros habríamos informado de ello a las autoridades en caso de haber tenido la certeza de que todo era cierto. Pensé que sería mejor venir personalmente a explicarle que la recuperación de ese dinero va a ser una ardua labor. La mayoría de los billetes robados se introduce en los hipódromos, pero una cifra tan considerable va a parar al extranjero, donde es mucho más sencillo cambiarlos y mucho más peliagudo seguir su rastro. ¿Dice usted que fueron los de Círculo Carmesí quienes lo hicieron?
—¿Los conoce? —se apresuró a preguntar Froyant.
El abogado negó con la cabeza.
—No he tenido ningún roce con ellos —dijo—, pero, obviamente, sé lo suficiente sobre ellos para darme cuenta de que son gente inteligente. Parece que ese hombre, Brabazon, ha estado trabajando para ellos, consciente o inconscientemente. En cualquier caso, es posible que encuentren dificultades para deshacerse de los billetes, pues un «perista» de billetes es muy difícil de encontrar. ¿Qué debo de hacer cuando descubra el rastro de los billetes y conozca la identidad de la persona que los pasó?
—Quiero que me lo comunique inmediatamente —dijo Froyant—. A mí y a nadie más. Comprenda que es posible que mi existencia dependa de este asunto, y si el Círculo Carmesí sabe por cualquier medio que estoy tratando de recuperar los billetes, mi vida puede correr grave peligro.
El abogado estuvo de acuerdo.
Al parecer, el Círculo Carmesí le interesaba, ya que tardó en marcharse; y, con asombrosa habilidad, consiguió asediar a su cliente con sus preguntas sin que éste pudiera percatarse de que lo estaba sonsacando.
—Esta gente tiene algo nuevo que los distingue de los demás criminales —dijo—. En Italia, donde prospera la Mano Negra, la exigencia de dinero a la que sigue una amenaza de muerte es bastante común, aunque yo nunca habría imaginado que eso fuera posible en nuestro país. Pero lo más sorprendente es que el Círculo Carmesí se mantenga unido. Yo me inclino a pensar —dijo pensativamente— que detrás de todo esto hay un solo hombre que utiliza un considerable número de personas que no se conocen entre sí, cada uno con una misión que realizar. De otra manera, habría sido traicionado hace ya mucho tiempo: puede continuar su actividad sólo por la circunstancia de que la gente que está a su servicio ignora su identidad.
Cogió su sombrero.
—Por cierto, ¿conoce a Felix Marl? Uno de nuestros clientes, el señor Barnet, ha sido acusado de robar en su domicilio. Tal vez nunca lo haya oído nombrar.
El señor Froyant nunca había oído nombrar a Flush Barnet, pero sí conocía a Marl, y Marl casi le interesaba tanto como al abogado el Círculo Carmesí.
—Sí, yo conocía a Marl. ¿Por qué lo pregunta?
—Un individuo extraño —dijo—. Un tipo notable en muchos aspectos. Pertenecía a una banda implicada en fraudes a bancos franceses. Supongo que usted no lo sabía… Su abogado vino a verme hoy. Por lo visto, ha aparecido una tal señora Marl para reclamar sus bienes y ha contado toda la historia. Él y un hombre llamado Lightman[61] hicieron fortuna en Francia hasta que los cogieron. Marl habría sido enviado a la guillotina de no haber prestado testimonio contra su cómplice. Lightman, según tengo entendido, acabó bajo la cuchilla.
—¡Parece que el señor Marl era un hombre encantador! —dijo el señor Froyant, irónicamente.
El diminuto abogado sonrió.
—¡Todos somos personas encantadoras cuando nos airean los trapos sucios! —dijo el otro, y al señor Froyant le molestó la crítica enunciada, pues él alardeaba de que su vida era un libro abierto. Podría haber añadido, para acercarse más a la verdad, que tal libro era un talonario de cheques.
¡Así que Brabazon era un traficante de billetes robados y Marl un asesino convicto! Froyant se preguntó cómo se las habría arreglado Marl para zafarse de su condena, que debió de ser muy severa, y se sintió aliviado interiormente de que sus relaciones comerciales con el difunto Marl no sufrieran un final más desastroso aún del que en realidad tuvieron.
Froyant se vistió y se marchó a su club para cenar. Al entrar con su coche en Pall Mall, un cartel publicitario iluminado por un farol le recordó amargamente que era cincuenta mil libras más pobre que por la mañana.
—¡Una recompensa de diez mil libras! —murmuró—. ¡Bah! Supongo que ni siguiera Brabazon se atrevería.
Pero él no conocía a Brabazon.