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A los cinco días de llegar a Tiflis Hadji Murat fue a verle Loris-Melikov, edecán del gobernador, de parte del comandante en jefe.

—Mi cabeza y mis brazos se complacen en servir al Sardar —dijo Hadji Murat con su habitual expresión diplomática, inclinando la cabeza y llevándose ambas manos al pecho—. Ordena lo que gustes —agregó, mirando afablemente en los ojos a Loris-Melikov.

Loris-Melikov se sentó en una butaca junto a la mesa. Hadji Murat se dejó caer en una otomana frente a él y, apoyando los brazos en las rodillas, bajó la cabeza y escuchó atentamente lo que le decía Loris-Melikov. Éste, que hablaba muy bien el tártaro, dijo que el príncipe, aunque conocía bien el pasado de Hadji Murat, deseaba saber de labios de este mismo la historia de su vida.

—Tú cuéntamela (en tártaro no se usa el «usted») —dijo Loris-Melikov—, yo tomaré notas, luego la traduciré al ruso y el príncipe la enviará al emperador.

Hadji Murat permaneció callado algún tiempo (no solamente nunca interrumpía a nadie, sino que siempre esperaba un poco para ver si su interlocutor añadía algo más), luego levantó la cabeza, se echó el gorro hacia atrás y sonrió con esa risa infantil suya, tan singular, con la que había cautivado a Marya Vasilyevna.

—Eso es posible —dijo, evidentemente halagado de que su historia fuese leída por el emperador.

—Cuéntamelo todo desde el principio —dijo Loris-Melikov, sacándose del bolsillo un cuaderno.

—Eso es posible, lo que pasa es que hay mucho, muchísimo, que contar. Ha habido muchos incidentes en mi vida —contestó Hadji Murat.

—Si no basta con un día, lo seguirás contando otro —dijo Loris-Melikov.

—¿Empezando desde el principio?

—Sí, desde el mismísimo principio. Dónde naciste y dónde te criaste.

Hadji Murat bajó la cabeza y permaneció así un buen rato, luego cogió una caña que estaba en el suelo junto a la otomana, sacó de debajo de su puñal una navaja de acero con mango de marfil e incrustaciones de oro, afilada como si fuera de afeitar, y se puso a mondar la caña al tiempo que empezaba su relato.

—Escribe: nací en Tselmés, un aoul «del tamaño de una cabeza de asno», como decimos en la montaña. No lejos de nosotros, a un par de tiros de cañón, estaba Hunzah, donde vivían los khanes; y nuestra familia tenía estrechas relaciones con ellos. Mi madre, cuando nació mi hermano mayor Osman, había amamantado al mayor de los khanes, Abununtsal-Khan. Luego amamantó al segundo de los khanes, Umma-Khan, y lo crió; pero Ahmet, mi segundo hermano, murió y cuando yo nací y la khansha dio a luz a Bulach-Khan, mi madre no quiso volver allá como ama de leche. Mi padre le ordenó que fuera, pero ella rehusó, diciendo: «Volvería a matar a mi propio hijo, y por eso no voy». Entonces mi padre, que era hombre colérico, le dio una puñalada y la habría matado si otros no lo hubieran impedido.

Los khanes eran tres: Abununtsal-Khan, hermano de leche de mi hermano Osman; Umma-Khan, a quien yo llamaba hermano mío, y Bulach-Khan, el menor, a quién Shamil arrojó desde lo alto de un precipicio. Pero de eso ya hablaré después.

Tenía quince años cuando los murids empezaron a aparecer en los aouls. Daban golpes en las piedras con sables de madera y gritaban: «¡Musulmanes! ¡Ghazavat!». Todos los chechenes se habían puesto de parte de los murids, y los avaros también empezaron a unirse a ellos. Yo vivía entonces en el palacio. Era como un hermano de los khanes: hacía lo que quería y era rico. Tenía caballos, armas, dinero. Vivía a mi gusto, sin pensar en nada; y así seguí viviendo hasta que mataron a Kazi-Mulla, el Imam, y le reemplazó Hamzad. Hamzad envió un mensaje a los khanes diciéndoles que si no se unían al Ghazavat destruiría Hunzah. Aquello daba que pensar. Los khanes temían a los rusos y no se atrevían a unirse a la guerra santa. La khansha me envió con su segundo hijo, Umma-Khan, a Tiflis a pedir ayuda contra Hamzad al general en jefe ruso, que era el barón Rosen. No nos recibió, ni a mí ni a Umma-Khan. Mandó decir que nos ayudaría, pero no hizo nada. Lo único fue que sus oficiales empezaron a visitamos en donde estábamos y a jugar a las cartas con Umma-Khan. Le hicieron beber vino, le llevaron a malos sitios, y perdió en el juego todo lo que tenía. Era fuerte, de cuerpo como un toro y valiente como un león, pero su cabeza era blanda como el agua. Habría perdido hasta sus últimos caballos y armas si yo no me lo hubiera llevado de allí. Después de Tiflis cambié de ideas y comencé a aconsejar a los khanes jóvenes y a la khansha que se unieran al Ghazavat.

—¿Por qué cambiaste de ideas? —preguntó Loris-Melikov—. ¿No te gustaron los rusos?

Hadji Murat guardó silencio un momento.

—No, no me gustaron —dijo sobriamente, cerrando los ojos—. Además, había otra razón por la que quería unirme a la guerra santa.

—¿Qué razón fue ésa?

—Al pie de Tselmés un khan y yo tropezamos con tres murids. Dos de ellos huyeron y yo maté al tercero de un pistoletazo. Cuando me acerqué a él para quitarle las armas, estaba todavía vivo. Me miró. «Me has matado —dijo—. Bien. Pero eres musulmán, joven y fuerte. Participa en Ghazavat. Dios lo quiere».

—¿Y así lo hiciste?

—No, pero empecé a pensar —dijo Hadji Murat, y continuó su relato—. Cuando Hamzad se acercó a Hunzah, le enviamos a los ancianos para decirle que estábamos dispuestos a aceptar el Ghazavat, pero que tendría que mandarnos a un hombre sabio para que nos explicase cómo hacerlo. Hamzad dio órdenes de que les afeitasen el bigote, les perforasen las ventanas de la nariz y les colgasen tortas de ésta, y de ese modo les hizo volver a Hunzah. Los ancianos dijeron que Hamzad estaba dispuesto a mandarnos a un sheikh para que nos enseñase lo que era el Ghazavat, pero a condición de que la khansha le enviase a su hijo menor como rehén. La khansha, confiada, envió a Bulach-Khan a Hamzad, quien le recibió bien y le mandó regresar para que trajera a sus hermanos mayores. Mandó decir que quería servir a los khanes como su propio padre había servido al padre de ellos. La khansha era una mujer débil, tonta y presuntuosa, como lo son todas las mujeres cuando se dejan llevar sólo de su voluntad. Temía enviar a los otros dos hijos y envió sólo a Umma-Khan. Yo fui con él. Salieron a nuestro encuentro unos murids que cantaban, disparaban al aire y caracoleaban a nuestro alrededor. Al llegar nosotros, Hamzad salió de su tienda, se acercó al estribo de Umma-Khan y le reconoció como amo y señor. Y dijo: «Nunca he hecho daño alguno a vuestra casa y no quiero hacerlo. Os pido sólo que no me matéis y que no me impidáis ganar gente para el Ghazavat. Y yo os serviré con todas mis tropas, como mi padre sirvió a vuestro padre. Dejadme vivir en vuestra casa. Os ayudaré con mis consejos y vosotros podréis hacer lo que queráis».

Umma-Khan era torpe de palabra. No sabía qué decir y guardó silencio. Entonces hablé yo: si así estaban las cosas, entonces Hamzad no tenía más que venir a Hunzah. El khan y su madre le recibirían con respeto. Pero no me dejaron terminar, y entonces, por primera vez, tuve un tropiezo con Shamil, que estaba allí, junto al Imam.

—No es a ti a quien se pregunta, sino al khan —me dijo.

Callé, y Hamzad acompañó a Umma-Khan a la tienda. Más tarde Hamzad me llamó y me mandó ir a Hunzah con sus emisarios. Fui allá. Trataron de convencer a la khansha de que enviara también a su hijo mayor a Hamlado Yo me di cuenta de la traición y dije a la khansha que no lo hiciera. Pero las mujeres tienen tanto seso en la cabeza como tiene pelos un huevo. Ella, confiada, le ordenó que fuera. Abununtsal no quería ir. Entonces dijo ella: «Por lo visto, tienes miedo». Sabía, como sabe una abeja, dónde hace más daño la picadura. Abununtsal se sulfuró, no volvió a hablar con ella y mandó ensillar su caballo. Yo fui con él. Hamzad nos recibió mejor todavía que a Umma-Khan. Él mismo vino a nuestro encuentro a dos tiros de fusil, en el valle. Tras él sus caballistas, con banderolas, venían cantando, disparando al aire y caracoleando. Cuando llegamos al campamento, Hamzad condujo al khan a su tienda. Yo me quedé con los caballos.

Estaba en la cuesta cuando empecé a oír disparos en la tienda de Hamzad. Fui corriendo allá. Umma-Khan yacía boca abajo en un charco de sangre, pero Abununtsal luchaba con los murids. Tenía desgajada, y le colgaba, la mitad de la cara. Se la sujetaba con una mano, y con la otra daba de puñaladas a quienquiera que se le acercaba. Ante mis ojos dio en tierra con el hermano de Hamzad y ya se lanzaba contra otro cuando los murids dispararon y cayó.

Hadji Murat hizo alto en su relato. Su rostro bronceado por el sol se enrojeció violentamente y sus ojos se inyectaron de sangre.

—Quedé sobrecogido de espanto y hui de allí.

—¡Vamos, vamos! —dijo Loris-Melikov—. Yo creía que tú no tenías miedo de nada.

—Más tarde nunca lo he tenido. Desde entonces me he acordado siempre de esa vergüenza, y cuando me acuerdo, ya no tengo miedo de nada.