Hacía ya buen rato que no había luz en las ventanas de los pabellones y otros edificios militares, pero las de una de las mejores casas de la fortaleza seguían todas iluminadas. Esa casa estaba ocupada por el príncipe Semyon Mihailovich Vorontsov, coronel del regimiento de Kurin y ayudante de campo imperial, hijo del comandante en jefe. Vorontsov residía allí con su esposa Marya Vasilyevna, famosa beldad de Petersburgo, y vivía en ese pequeño fuerte del Cáucaso con un lujo que allí nadie había conocido hasta entonces. A Vorontsov, y en particular a su esposa, les parecía, no obstante, que allí vivía no sólo modestamente, sino con muchas privaciones; en tanto que para los caucasianos ese lujo era asombroso y extraordinario.
Ahora, a medianoche, en el gran salón alfombrado y con las cortinas corridas, los dueños de la casa y sus invitados jugaban a las cartas sentados a una mesa de juego alumbrada por cuatro bujías. Uno de los jugadores era el propio coronel Vorontsov, largo de cara y rubio de pelo, vestido de uniforme con las insignias y cordones de ayudante de campo. Su compañero de juego era un licenciado de la universidad de Petersburgo, joven desgreñado y sombrío que la princesa había contratado poco antes como tutor del hijo que había tenido de su primer marido. Contra ellos jugaban dos oficiales: uno, ancho de cara y colorado de mejillas, era el capitán Poltoratski, trasladado de la Guardia; el otro, con una expresión fría en el agraciado rostro, era el ayudante del coronel y se tenía muy tieso en su asiento. La princesa Marya Vasilyevna, mujer hermosa y de complexión fuerte, ojos grandes y cejas negras, estaba sentada junto a Poltoratski, mirándole las cartas y rozándole las piernas con su crinolina. Y en sus palabras, sus miradas, su sonrisa, en todos los movimientos de su cuerpo y en su perfume había algo que hacía a Poltoratski olvidarse de todo, salvo de la proximidad de esa mujer. Por ello cometía un error tras otro en el juego, irritando cada vez más a su compañero.
—¡Pero esto es imposible! ¡Vuelve usted a desperdiciar un as! —exclamó el ayudante, sonrojándose al ver que Poltoratski echaba un as.
Poltoratski, como si acabara de despertar, volvió sus ojos negros y bondadosos, muy apartados entre sí, al furioso ayudante.
—¡Hombre, perdónele! —dijo Marya Vasilyevna sonriendo—. Ya ve usted. ¿No se lo decía yo? —agregó volviéndose a Poltoratski.
—¡Pero si eso no es en absoluto lo que usted me dijo! —replicó Poltoratski sonriendo a su vez.
—¿De veras? —dijo ella devolviéndole la sonrisa. Y esa sonrisa emocionó y alborozó tanto a Poltoratski que enrojeció de gusto. Y recogiendo las cartas empezó a barajarlas.
—No le toca a usted barajar —dijo severamente el ayudante, quien con su mano blanca ensortijada empezó a repartir las cartas como si quisiera desprenderse de ellas cuanto antes.
El ayuda de cámara del príncipe entró en el salón y anunció que el oficial de guardia deseaba hablarle.
—Perdonen, señores —dijo Vorontsov, hablando en ruso con acento inglés—. ¿Quieres tú ocupar mi puesto, Marie?
—¿Están ustedes conformes? —preguntó la princesa levantando al instante y sin esfuerzo su elevado talle, haciendo crujir la seda de su vestido y sonriendo con la sonrisa radiante de una mujer feliz.
—Yo estoy siempre conforme con todo —contestó el ayudante, muy satisfecho de tener ahora por contrincante a la princesa, que no sabía en absoluto jugar. Poltoratski se contentó con abrir los brazos sonriendo.
Terminaba la partida cuando regresó el príncipe al salón. Volvía animado y muy alegre.
—¿Saben ustedes lo que propongo?
—A ver.
—Que bebamos champaña.
—Yo estoy siempre listo para eso —dijo Poltoratski.
—¿Por qué no? Será muy agradable —dijo el ayudante.
—¡Vasili, tráenoslo! —ordenó el príncipe.
—¿Para qué te han llamado? —preguntó Marya Vasilyevna.
—Era el oficial de guardia con otro individuo.
—¿Quién? ¿Qué? —preguntó al momento Marya Vasilyevna.
—No puedo decirlo —respondió Vorontsov encogiéndose de hombros.
—¿Que no puedes decirlo? —repitió Marya Vasilyevna—. Ya lo veremos.
Trajeron el champaña. Cada uno de los invitados bebió una copa; y habiendo terminado el juego y hecho las cuentas empezaron a despedirse.
—¿Es su compañía la que tiene que ir al bosque mañana? —preguntó el príncipe a Poltoratski.
—Sí, la mía. ¿Por qué?
—Entonces nos veremos mañana —respondió el príncipe sonriendo ligeramente.
—Me alegro mucho —dijo Poltoratski, quien pensando sólo en que iba a estrechar seguidamente la larga mano blanca de Marya Vasilyevna, no entendía cabalmente lo que le decía Vorontsov.
Marya Vasilyevna, como siempre, no sólo estrechó, sino que sacudió con fuerza la mano de Poltoratski, y recordándole una vez más el error que había cometido al deshacerse de los oros que le habían tocado en suerte, le miró con una sonrisa que al capitán le pareció encantadora, acariciante y significativa.
Poltoratski tomó el camino de su casa en un estado de ánimo que sólo logran comprender aquellos hombres que, como él, se crían y educan en sociedad y, tras varios meses de vida militar solitaria, se encuentran de nuevo con una mujer de su antigua condición social, sobre todo si esa mujer se parece a la princesa Vorontsova.
Al llegar a la casita en que vivía con un camarada empujó la puerta de entrada, pero la encontró cerrada con picaporte. Llamó, pero la puerta siguió sin abrirse. Enfadado, se puso a repiquetear en la puerta con el pie y el sable. Tras la puerta se oyeron pasos y Vavilo, su siervo doméstico, desenganchó el picaporte.
—¿A qué viene cerrar la puerta con picaporte, idiota?
—¿Pero cómo era posible, señor…?
—Borracho otra vez. Ahora verás cómo te enseño si «era posible»…
Y estuvo a punto de pegarle, pero cambió de parecer.
—¡Bueno, vete al infierno! Enciende una bujía.
—En seguida.
Vavilo, en efecto, estaba borracho. Había bebido por haber ido a felicitar al sargento furriel en el día del santo de éste. De vuelta en su casa empezó a comparar su vida con la de Ivan Matveich, el sargento furriel. Ivan Matveich tenía algún dinero, estaba casado y esperaba que lo licenciaran al cabo de un año, Vavilo, por su parte, había entrado de muchacho a servir, había pasado ya de los cuarenta, no estaba casado y vivía en campaña con el tarambana de su amo. Éste era una buena persona y apenas le pegaba, pero ¿qué clase de vida era ésa? «Prometió que me daría la libertad a su regreso del Cáucaso. ¿Pero a dónde voy yo con mi libertad? ¡Perra vida!» —pensaba Vavilo—. Había tenido tanto sueño que había cerrado la puerta con picaporte para que nadie entrara a robar, y después se había quedado dormido.
Poltoratski entró en el cuarto que compartía con su camarada Tihonov.
—¿Qué? ¿Has perdido? —preguntó Tihonov, despertándose.
—No, señor. He ganado diecisiete rublos y nos hemos bebido una botella de Cliquot.
—¿Y has mirado a Marya Vasilyevna?
—Y he mirado a Marya Vasilyevna —repitió Poltoratski.
—Habrá que levantarse pronto —dijo Tihonov—. Salimos a las seis.
—Vavilo —gritó Poltoratski—. ¡Pon cuidado en despertarme sin falta mañana a las cinco!
—¿Cómo voy a despertarle si me contesta usted a puñetazos?
—Te digo que me despiertes. ¿Me oyes?
—Le oigo.
Vavilo salió, llevándose las botas y la ropa de su amo.
Poltoratski se acostó, se fumó sonriendo un cigarrillo y apagó la bujía. En la oscuridad veía ante sí el rostro sonriente de Marya Vasilyevna.
Los Vorontsov no se acostaron en seguida. Cuando se fueron los invitados, Marya Vasilyevna se acercó a su marido y enfrentándose con él dijo severamente:
—Bueno, vamos a ver. Me vas a decir de qué se trata —dijo ella en francés.
—Pero querida mía… —respondió él en la misma lengua.
—Nada de «querida mía». Era un mensajero, ¿verdad?
—Aun suponiendo que lo sea, no te lo puedo decir.
—¿Que no puedes? Entonces soy yo quien te lo dirá.
—¿Tú?
—¡Hadji Murat, a que sí! —dijo la princesa, que unos días antes había oído hablar de gestiones con Hadji Murat y suponía que éste había venido en persona.
Vorontsov no pudo negarlo, pero engañó a su mujer diciendo que no había visto a Hadji Murat, sino sólo a un mensajero de éste. Y explicó que Hadji Murat vendría a verle al día siguiente en el lugar designado para el corte de la leña.
En la vida monótona del fuerte ese acontecimiento colmó de gozo a los jóvenes Vorontsov —marido y mujer—. Hablando de la alegría con que el padre del príncipe recibiría la noticia, se acostaron después de las dos de la madrugada.