—¿Quieres hacer el favor de explicarme mejor esta historia? —preguntó enfurecido Montalbano.
En el otro extremo de la línea, en Boccadasse-Génova, la voz de Livia adquirió repentinamente un tono helado.
—A mí no me grites. No hay ninguna historia que explicar. Una amiga mía muy querida, a la que conozco desde que éramos niñas, me ha invitado a pasar con ella las vacaciones de Navidad, eso es todo.
—Pero ¿qué me estás diciendo? ¡Si os vais a Nueva York!
—¿Y qué? Pasaremos las Navidades en Nueva York, en casa de su hermano, que vive allí.
—¡Habrías podido pasarlas conmigo! Yo habría subido o tú bajado.
—¡Vamos, no me hagas reír, Salvo! ¿Cuántos años hace que estamos juntos? Bastantes, ¿verdad? ¿Y cuántas Navidades hemos celebrado bajo el mismo techo?
—No sé, no me acuerdo en este momento.
—Yo te refrescaré la memoria: sólo una.
—No ha sido culpa mía.
—Ni tampoco mía. Mira, Salvo, se me ha ocurrido una idea: ¿por qué no te vienes conmigo?
—¿Adónde?
—¿Cómo que adónde? A Nueva York.
—¿Yo, a Nueva York? Ni aunque me peguen un tiro.
—Pues entonces, vamos a ver. Yo voy con mi amiga, regreso a Boccadasse el 27, al día siguiente cojo un avión y voy a verte a Vigàta. ¿Te parece bien así?
—Una cosa es Navidad y otra Nochevieja.
—Salvo, ¿sabes qué te digo? Ya estoy harta. Ya te he dado el número de Nueva York: si quieres hablar conmigo, me llamas.
—Yo no puedo tirar el dinero.
—¿Ahora también te has vuelto tacaño? Dicen que, en Navidades, se podrá hacer una llamada intercontinental de veinte minutos y pagar sólo diez. O algo así. Infórmate.
—Feliz Navidad —dijo Montalbano apretando los dientes.
—Nada de eso. Me tienes que felicitar de palabra la víspera o el mismo día de Navidad —dijo Livia, inflexible. Y colgó el teléfono.
Y, de esta manera, por puro masoquismo, aceptó la invitación de su amigo el subjefe superior Valente, que estaba al frente de una comisaría del extrarradio de Palermo, de pasar la Navidad con él. Puro masoquismo porque la mujer de Valente, Giulia, una ligur de Sestri que tenía la misma edad de Livia, guisaba (pero ¿se podía utilizar ese verbo en aquel caso concreto?) como hacen los niños que mezclan en un cuenco migas de pan, azúcar, pimientos, harina y todo lo que tienen a mano, y después te lo ofrecen diciendo que te han preparado la comida. Mientras detenía el automóvil delante del hotel que había elegido, comprendió que lo que él había llamado masoquismo era, en realidad, un acto de expiación por haber sido tan grosero con Livia. Le había dicho a Valente que llegaría el 24 por la mañana: pero, en realidad, tenía el proyecto de pasar la noche del 23 paseando por las calles de Palermo sin obligación de hablar con nadie. Sin embargo, había olvidado que, por Navidad, a la gente le asalta la manía de hacer regalos, por lo que las tiendas estaban todas profusamente iluminadas, las calles rebosaban de gente y los textos de los adornos navideños deseaban paz y felicidad. Estuvo una hora paseando y eligió cuidadosamente una ruta lo más alejada posible de las actividades comerciales, pero hasta en los callejones más miserables había siempre alguna tiendecita con el escaparate adornado con luces intermitentes de colores. A traición, sin comprender ni el porqué ni el cómo, se sintió invadido por una profunda sensación de tristeza. Recordó unas Navidades de cuando él, siendo muy pequeño… Ya basta. Decidió ponerle remedio inmediatamente. Apuró el paso y llegó finalmente a una trattoria a la que solía ir siempre que se encontraba en Palermo. Entró y vio que era el único cliente. El propietario y camarero del establecimiento, siete mesitas en total, se llamaba don Peppe. Su mujer se encargaba de la cocina y sabía hacer las cosas como Dios manda. Don Peppe conocía a Montalbano por su nombre y apellido, pero ignoraba su profesión: de haberla conocido, tal vez se habría mostrado menos extravertido, pues su local era lugar de encuentro de personas no del todo de fiar.
Tras haberse zampado con los ojos entornados de placer un plato de rollitos de berenjenas con pasta y requesón rallado, estaba esperando el segundo cuando don Peppe se le acercó.
—Lo llaman por teléfono, señor Montalbano.
El comisario se quedó pasmado. ¿Quién podía saber que se encontraba allí en aquel momento? Tenía que tratarse de un error. No obstante, se levantó y se encaminó hacia el aparato colocado en una mesita al lado de los servicios.
—¿Diga?
—¿Eres Montalbano?
—Sí, soy Montalbano, pero…
—Nada de peros. Has aceptado, no me vengas con historias. La primera mitad del dinero ya la has cobrado. Oye: a la persona en cuestión la vas a encontrar sobre las doce de la noche. Vive en Via Rosales, treinta y dos, un chaletito. Haz un trabajo muy limpio. Después me llamas y me cuentas. El número es el cero, cero, uno, dos, uno, dos, seis, siete, ocho, tres, tres, cuatro, seis. Te diré dónde puedes ir a recoger el resto del dinero. Llámame, ¿eh?
¡Santo cielo! ¡Aquel tío llamaba desde Nueva York! Lo sabía porque las seis primeras cifras eran las mismas que las del número que le había dejado Livia. Un error, como había pensado al principio, un caso de homonimia.
—Disculpe, don Peppe, ¿tiene usted algún otro cliente que se llame como yo?
—No, señor. ¿Por qué?
Entró un hombre y se sentó a una mesa. Un treintañero con una cara que, de noche, te mataría del susto.
—¿Usted cómo se llama?
—¿Ya usted qué carajo le importa?
—Soy comisario. ¿Cómo se llama?
—Michele Filippazzo. ¿Quiere ver mi documentación?
—No —contestó Montalbano.
Filippazzo se levantó y le dijo al propietario de la trattoria:
—Perdone, don Peppe, pero se me ha pasado el apetito.
Y se fue. Montalbano se volvió a sentar; el segundo plato ya estaba sobre la mesa y despedía unos efluvios divinos, pero a él también se le habían pasado las ganas de comer, tanto más porque ahora don Peppe lo estaba mirando de reojo. Consultó el reloj, las nueve y media, pidió la cuenta, pagó, salió a la calle y anotó la dirección de Palermo y el número de teléfono de Nueva York. Se detuvo a cierta distancia para comprobar quién entraba en el establecimiento y se puso a pensar. Dando por seguro que el trabajo limpio era un homicidio por encargo cuyo primer plazo ya se había pagado, estaba claro que el Montalbano asesino a sueldo no era un conocido directo ni de don Peppe ni del hombre de Nueva York. A aquel tocayo suyo le habían dicho simplemente que fuera al local de don Peppe y esperara allí una llamada para conocer el domicilio de la víctima y cómo cobrar el segundo plazo. Pero el caso era que el Montalbano número dos no se había presentado. ¿Se habría arrepentido? ¿El tráfico le habría impedido llegar a tiempo? En aquel momento, una pareja entraba en la trattoria, un matrimonio de setenta y tantos años. Estaba empezando a tener frío y la cazadora de piel no era suficiente para hacerlo entrar en calor. Transcurrió otra media hora. Estaba claro que el otro Montalbano ya no aparecería. Y, aunque llegara con retraso, no hubiera sabido ni el domicilio de la víctima ni el número de teléfono de Nueva York, pues el otro ya no tenía ningún motivo para volver a llamar, convencido como debía estar de haber hablado con el verdadero Montalbano. Al regresar al hotel, subió a su habitación y llamó a Livia; en Nueva York debían de ser las cuatro y media de la tarde.
—Hello? —contestó una voz masculina.
—Soy Salvo Montalbano.
—¡Cuánto me alegro de oírle! Usted es el prometido de Livia, ¿verdad? Se la paso.
—Hola, Salvo. ¿Cómo es posible que hayas decidido felicitarme?
—Es que no lo he decidido. Te llamo para pedirte un favor.
Le explicó lo que quería. Pero la llamada fue muy larga porque Livia lo interrumpió muchas veces. («¿Se puede saber qué estás haciendo en Palermo?». «¡Eso quiere decir que hubieras podido venir a Nueva York!». «Pero ¿la mujer de Valente no cocina muy mal?». «¿En qué lío te estás metiendo?») Al final, Montalbano consiguió su propósito y Livia prometió volver a llamarlo enseguida. Y así fue, el teléfono sonó menos de un cuarto de hora después.
—El número que me has dado corresponde al Liberty Bar. No es un domicilio particular.
—Gracias. Volveré a llamarte más tarde —dijo Montalbano. Tras una pausa, añadió—: Para felicitarte.
Un bar cualquiera de Nueva York, una trattoria cualquiera de Palermo. Eran hábiles, auténticos profesionales. No se conocían directamente, los números no eran particulares. ¿Qué hacer ahora? Eran las once, así que tomó una decisión. Bajó al vestíbulo y consultó el callejero de Palermo. Después se dirigió en su automóvil a Via Rosales, en la otra punta de la ciudad, una calle oscura en la que ya se aspiraba el olor del campo. No pasaba ni un alma. El comisario se detuvo a la altura del número 32, una gran verja de hierro que ocultaba un pequeño chalet. Eran las doce de la noche. A lo mejor, la víctima designada ya estaba en casa. Los faros de un coche que se acercaba lo deslumbraron. Una luz amarilla parpadeó por encima de la verja y esta se abrió muy despacio, el coche entró y la verja empezó a cerrarse. El comisario esperó a que sólo quedara un pequeño resquicio, saltó del vehículo y entró también, dejándose unos cuantos botones en el intento. El otro coche se había detenido delante del chalet. Bajó una joven, abrió la puerta y la cerró a su espalda. Las ventanas de la planta baja se iluminaron y después también lo hicieron las del piso de arriba. Sólo entonces Montalbano se acercó cautelosamente a la casa. La ventana de la izquierda de la puerta principal estaba entornada; Montalbano la empujó y se abrió del todo. «Un exceso más no importa», pensó, mientras saltaba con cierta dificultad por encima del alféizar de la ventana. Se encontró en un espacioso salón con cuadros y muebles de gran valor. Una ancha escalinata de madera, cubierta por una mullida alfombra, conducía al piso de arriba. Montalbano dio un paso y se quedó petrificado. ¿Qué estupidez estaba haciendo? ¿Por qué se comportaba exactamente como el sicario? Lo único que tenía que hacer era volver a saltar por encima del alféizar, llamar a la puerta e identificarse. Se volvió y, cuando acababa de levantar el pie, sintió que le agarraban por los hombros. Se zafó de la presa y, reaccionando con una rapidez de la que él mismo se sorprendió, descargó una hostia en pleno rostro no al que lo sujetaba por los hombros, sino a otro que estaba a su lado. El que lo tenía cogido le propinó un fuerte rodillazo en la espalda mientras el otro, tras haberse recuperado del golpe, le pegaba otro en el vientre. El comisario cayó boca abajo, le doblaron los brazos en la espalda y percibió estupefacto el conocido «clic» de las esposas.
—Llama a un coche patrulla, diles que lo hemos atrapado.
Empapado en sudor a causa de la vergüenza, Montalbano comprendió que lo habían detenido los carabineros.
Lo llevaron al cuartel, lo identificaron y se corrió la voz. La mitad de los agentes que estaban de servicio en Palermo corrieron a echarle un vistazo como si fuera un bicho raro del zoo, entre guiños y risitas. Después de una hora de sufrimientos, se presentó un capitán que no parecía estar de muy buen humor.
—¿Por qué se ha entrometido? ¡Llevábamos una semana detrás de esta operación y por su culpa se ha ido todo al diablo! La señora Cosentino se había enterado de que su marido la quería matar, nos dio pruebas y nosotros la sometimos a vigilancia. Esta noche debía de ser la elegida, pues el marido se buscó una coartada marchándose a Berlín con su amante. Y ahora, por su culpa, ya no podremos saber nada más de esta historia. Presentaré un informe al jefe superior de policía.
Montalbano, que permanecía de pie con la cabeza inclinada, levantó los ojos y preguntó:
—¿Puedo hacer una llamada?
El capitán se encogió de hombros y le señaló el teléfono.
El comisario marcó el número del Liberty Bar de Nueva York.
—Yes?
En segundo plano, risas, música, murmullos, ruido de vasos. Era un bar; la información de Livia era acertada.
—Soy Montalbano.
—Vaya, estaba empezando a preocuparme —dijo el otro, el mismo que había llamado a la trattoria de don Peppe.
—Me he retrasado un poco porque la persona en cuestión ha regresado tarde. Ha sido un trabajo limpio, como tú querías. Y ahora ¿adónde voy a recoger el resto?
El otro se lo dijo. El capitán lo estaba mirando con los ojos enormemente abiertos.
—¿Ha llamado a Nueva York? ¿Desde mi despacho? ¿Y cómo lo justifico?
—Le estoy ofreciendo un buen punto de partida, capitán. He telefoneado al mismo bar de Nueva York desde el cual me han llamado esta misma noche. Tome nota del número. No puede haber sido un cliente del bar, es alguien que debe de estar allí para contestar. El propietario, el encargado, usted verá, haga averiguaciones. Está claro que él es el que organiza los asesinatos. El resto del dinero lo tiene el dueño de una zapatería de Via Sciabica, veintiocho. Me lo acaban de decir ahora mismo. Es suficiente con decir «Montalbano». Deténgalo y sométalo a interrogatorio.
El capitán se levantó, le tendió la mano y le felicitó las Navidades. Montalbano hizo otro tanto y regresó al hotel. Eran las cuatro de la madrugada. Llamó a Livia para contarle toda la historia.
—¡Un momento! —dijo Livia—. ¿Por qué te has puesto al teléfono en aquella trattoria?
—¡Pues porque preguntaban por un tal Montalbano!
—¡Claro! ¡Y tú, con lo egocéntrico que eres, has contestado de inmediato, como si fueras el único Montalbano del mundo!
No habría más remedio que discutir. Se pasaron veinte minutos discutiendo. Menos mal que diez eran gratuitos.
* * *
Después de la pelea intercontinental, experimentó una profunda sensación de cansancio. Desnudo bajo la ducha comprendió que hubiera sido inútil acostarse. Estaba seguro de que no habría podido pegar ojo. Se había visto inmerso en una historia por una evidente homonimia, había quedado como un idiota con los carabineros, ¿y ahora lo dejaba correr todo como si nada hubiera ocurrido? El resultado fue que estaban dando las cinco de la mañana cuando se vio delante del número 28 de Via Sciabica. Allí no había ninguna zapatería: el número correspondía a un portal impecablemente limpio y, a aquella hora, debidamente cerrado; junto a los timbres del portero electrónico constaban los nombres de los que vivían allí. A la izquierda había una tienda cuyo rótulo decía «Addamo-Frutas y Verduras»; A la derecha había otra tienda: «Charcutería Di Francesco». Pensó que, a lo mejor, no había entendido bien el número. Quizá habían dicho el 38. Recorrió unos metros. En el número 38 había una empresa de pompas fúnebres. Nada, no tendría más remedio que recorrer con más paciencia que un santo toda la calle, a ver si encontraba el rótulo de una zapatería. En aquel momento, montado en una bicicleta, vio acercarse a un ángel. Para la ocasión, el ángel vestía uniforme de vigilante.
—Buenos días —le dijo Montalbano, haciéndole señas de que se detuviera.
—Buenos días —contestó el otro, apoyando un pie en el suelo.
—Soy comisario —dijo Montalbano, mostrándole la placa.
—Dígame.
—¿Sabría usted, por casualidad, si en esta calle hay una zapatería?
—No.
La respuesta había sido inmediata e inequívoca.
—¿Está seguro?
—Vaya si lo estoy. Llevo por lo menos cuatro años prestando servicio en este sector. La zapatería más próxima se encuentra cuatro travesías más allá, en Via Pirrotta. En el número setenta, me parece.
—Gracias. Feliz Navidad.
—Lo mismo le digo.
¿Por qué desde aquel bar de Nueva York le habían facilitado deliberadamente, de eso estaba completamente seguro, una dirección equivocada o inexistente al presunto asesino a sueldo?
Mientras regresaba al hotel, vio un bar abierto. Entró y el aroma de los bollos calientes recién sacados del horno lo distrajo de sus pensamientos. Se comió dos, acompañados de un café triple. Salió, se acercó a un quiosco que estaba abriendo y compró el periódico. Caminando muy despacio y sin saber adónde ir, pues los tres cafés habían eliminado cualquier posibilidad de dormir, empezó a pasear leyendo las páginas de sucesos, las que más le interesaban. A continuación venían las páginas necrológicas. Cada vez que Livia reparaba en aquella manera suya de leer el periódico, le echaba una bronca.
—Pero ¿se puede saber por qué te interesan tanto las esquelas?
—Porque sí.
—¿Qué significa porque sí?
—Significa lo que he dicho. No sé por qué lo hago, pero lo hago. ¿Acaso un aficionado al deporte no mira primero las páginas deportivas?
—Ah, ¿sí? ¿Eso quiere decir que tu deporte preferido es tratar con los muertos?
El suceso que lo dejó paralizado en plena calle, convirtiéndolo en una estatua, ocupaba apenas unas veinte líneas. Se titulaba «Atropello mortal». Y decía lo siguiente:
Ayer, hacia las 20:30 en Via Scaffidi, un automóvil arrolló a un viandante llamado Giovanni Montalbano, de cuarenta años, natural de Palermo y residente en dicha ciudad. El causante del atropello, Andrea Garuso, contable de la oficina de impuestos municipales, lo llevó con su propio vehículo al hospital de San Libertino, donde la víctima murió a pesar de los cuidados que inmediatamente se le prestaron. Numerosos testigos coinciden en señalar que Montalbano cruzó corriendo la calle tras haber salido inesperadamente de una callejuela, por lo cual los intentos de frenar de Garuso fueron infructuosos. Montalbano ha resultado ser un delincuente buscado por delitos contra la propiedad e intento de homicidio.
Pasó un taxi. Montalbano levantó el brazo para que se detuviera, pero el vehículo siguió adelante. Enfurecido, el comisario echó a correr tras él. No se dio cuenta de que sus gritos llamaban la atención y provocaban el desconcierto entre los escasos viandantes. Al final, el taxi se detuvo. Montalbano abrió la portezuela y se sentó al lado del conductor.
—No estoy de servicio.
—Pues te pones ahora mismo.
El taxista lo miró con expresión ceñuda y Montalbano le devolvió otra todavía peor.
—¿Adónde lo tengo que llevar?
—Primero, a Via Scaffidi, y después, a Via Lojacono, a la trattoria de un tal Peppe. ¿La conoces?
El enojado taxista no contestó. Se limitó a ponerse en marcha. Y a maldecir como un loco a los escasos vehículos que pasaban. Como Montalbano había previsto, Via Scaffidi se encontraba a unos cien metros del local de Peppe. Ya puestos, le dijo al taxista que lo llevara al hotel.
—¿Cuándo terminará este rollo? —murmuró el otro.
* * *
—Vamos a pensar un poco —se dijo Montalbano, tumbado en la cama en calzoncillos, camiseta y calcetines—. Un imbécil que se apellida como yo es contratado para que asesine a una señora. El imbécil no conoce el domicilio de la víctima: le será comunicado en cierto establecimiento mediante una llamada desde Nueva York. Mi tocayo, que llega con retraso a la cita telefónica, se dirige corriendo a la trattoria de Peppe, pero lo arrolla un automóvil y muere poco después. Por una casualidad que raya en lo increíble, yo, que me apellido Montalbano como él, acudo a esa trattoria y contesto a la llamada. Y ocurre lo que ocurre. Al cabo de unas horas, soy yo el que llama a Nueva York, y allí me facilitan una dirección equivocada. La primera era correcta, pero la segunda, no. ¿Por qué? Vamos a reflexionar. Durante la primera llamada, los de Nueva York no tienen ninguna posibilidad de pensar que se ha producido una confusión, pues Giovanni Montalbano acaba de morir en el hospital, y me facilitan la información correcta. Al cabo de unas horas, yo les llamo a ellos, les digo que todo ha ido bien y les pregunto adónde tengo que dirigirme para cobrar el resto del dinero. Y ellos me facilitan a propósito una dirección equivocada. Hacen deliberadamente una cosa que puede resultar muy peligrosa para ellos: si no pagan lo que deben al asesino a sueldo, es decir, si lo colocan en la situación de no poder cobrar la otra mitad del dinero, se exponen a su reacción. Cierto que todo ha sido organizado por profesionales, pero, si se corre la voz de que los de Nueva York no pagan los trabajos que encargan, está claro que será perjudicial para la organización. Sería algo así como un suicidio comercial. Sólo queda una conclusión, sencilla y trivial. Mientras a mí me sometían a interrogatorio en el cuartel de los carabineros, alguien les ha revelado lo ocurrido con la señora Cosentino. A saber, que el sicario encargado del trabajo no había acudido al chalet y, en su lugar, se había presentado un cabrón, es decir, el que suscribe. Cuando he llamado, me han dado una respuesta inteligente, me han tranquilizado durante unas cuantas horas mientras ellos, en Nueva York, hacían desaparecer las huellas de la organización.
De repente, todo quedó a oscuras. No en el sentido de que se apagara repentinamente la luz sino en el de que los párpados de Montalbano se cerraron y él se quedó dormido sin darse cuenta, amodorrado por el cansancio y el calor del radiador, puesto al máximo.
Lo despertó el teléfono. Miró el reloj: había dormido tres horas.
—¿Señor Montalbano? Hay un capitán de los carabineros que desea hablar con usted.
—Pásemelo.
—¿Señor Montalbano? Soy el capitán De Maria. Nos conocimos anoche.
Tuvo la sensación de que, al pronunciar la última frase, el señor capitán se cachondeaba un poco de él.
—Dígame —contestó, enojado.
—Quisiera intercambiar unas palabras con usted.
—Deme tiempo para vestirme y voy al cuartel.
—¿Qué necesidad hay de ir al cuartel? He venido yo a verle. Tómeselo con calma, lo espero en el bar.
En fin, ¡menudo rollo! Perdió deliberadamente tiempo en lavarse y vestirse y después bajó y se dirigió al bar. Al verlo, el capitán se levantó. Ambos se estrecharon la mano. El bar estaba desierto. Se sentaron en torno a la mesita de un rincón. El capitán estaba esbozando una sonrisita que al comisario le molestaba un poco.
—Tengo que pedirle disculpas —empezó diciendo De Maria.
—¿Por qué?
—Usted, desde que abandonó anoche nuestro cuartel, ha sido seguido por uno de nuestros hombres, experto en esta clase de trabajos. Imagínese que usted mismo…
—… yo mismo he hablado con él —lo interrumpió Montalbano—. Iba disfrazado de vigilante, ¿verdad?
El otro lo miró, estupefacto.
—Dejémoslo correr —dijo el comisario, magnánimo—. ¿Qué sospechaban de mí?
—En realidad, no sospechábamos nada de usted. Pero yo me dije: alguien como Montalbano no deja las cosas a medias. Si ha entrado por casualidad en esta historia, la querrá recorrer hasta el fondo. Vamos a seguirlo y a ver adónde nos lleva.
—Gracias. ¿Y ha llegado usted a las mismas conclusiones que yo?
—Creo que sí. Supongo que, antes de que usted llamara a Nueva York desde mi despacho, alguien ya había advertido a los organizadores de que el plan había fallado. Y le facilitaron la falsa dirección de la zapatería.
—¿Tiene usted alguna idea de quién fue el que avisó a los de Nueva York?
—Yo sí —contestó el capitán.
—Yo también —dijo Montalbano.
—¿Habla usted o hablo yo?
—Hable usted.
—La única persona que sabía que el plan había fallado era la señora Cosentino.
—Exactamente. La cual, mientras ustedes me llevaban al cuartel, llamó al bar de Nueva York desde su casa. Pero ustedes le habían pinchado el teléfono y ella no lo sabía.
—Exactamente —dijo a su vez el capitán—. Con toda esta historia el marido…
—No tiene absolutamente nada que ver. Jamás se le había pasado por la cabeza mandar asesinar a su mujer. Era ella la que quería librarse de él. No sé cómo, se puso en contacto con alguien para escenificar un falso intento de asesinato. Les avisó a ustedes y consiguió que le ofrecieran protección. Sin embargo, mi tocayo no sabía que, entrando en aquel chalet, caería en una trampa. En caso de que confesara, le haría el juego a la señora: no habría tenido más remedio que decir que le habían pagado para que la matara. Y el marido lo habría pasado muy mal.
—Exacto —dijo el capitán.
—Y ahora ¿qué van a hacer?
—Ya lo hemos hecho —contestó el capitán—. Hemos detenido a la señora y la hemos sometido a un duro interrogatorio. Ha confesado y ha revelado los nombres.
—¿Por qué me ha querido contar esta historia? —preguntó Montalbano.
—Pues no sé. Porque sí. Acéptelo como un regalo de Navidad.