BEN Roi estaba a medio camino de vuelta a Jerusalén, asimilando aún lo que Genady Kremenko le había dicho, cuando le sonó el móvil. Al ver el número de la llamada entrante estuvo a punto de salirse de la carretera.
—¡Jalifa! —exclamó, pegándose el móvil al oído—. ¿Eres tú?
Era él.
—¡Toda la’El! ¡Gracias a Dios! ¿Dónde coño estabas?
—Es una larga historia —respondió el egipcio con voz áspera, ronca—. Te lo cuento luego. Oye, sé lo que ocurre. He estado en la mina. La siguen explotando. Están…
—Haciendo vertidos.
Se hizo un breve silencio.
—¿Ya lo sabías?
—Por mi parte también es una larga historia. —Ben Roi se situó en el carril de marcha lenta y fue reduciendo la velocidad—. Lo acabo de descubrir hace cuarenta minutos. Barren utiliza el Laberinto como vertedero de productos tóxicos. Explotan una mina de oro en Rumania. Deberían transportar todos los residuos a Estados Unidos. Pero economizan y se deshacen de ellos. Los trasladan a Egipto, los cargan en barcazas de Zoser, que suben por el Nilo, y finalmente los transportan en camión hasta la mina. Llevan años haciéndolo.
Mientras lo iba contando, Ben Roi se esforzaba por hacerse una idea de la magnitud del escándalo.
—El mandamás del buque cisterna que trae los residuos tiene un hermano en Tel Aviv, un importante proxeneta. Un tipo llamado Genady Kremenko. Los dos se han asociado para redondear el negocio con la trata de blancas. Pueden hacerlo gracias a las actividades de Barren. Cargan chicas en el barco al bajar de Rumania, las descargan con los residuos en Rosetta y las pasan clandestinamente por la frontera con Israel…
—Santo Dios.
—La actividad había quedado paralizada tras la detención de Kremenko un par de meses antes, pero Rivka Kleinberg conoció a una de las chicas con las que habían traficado y ató cabos sobre la historia. Barren está a punto de conseguir un trato multimillonario con el gobierno egipcio en un yacimiento de gas. Si Kleinberg hubiera publicado esto les habría fastidiado el trato, la imagen de Barren y todo lo que conlleva. Por eso la mataron. Aún quedan muchísimas lagunas, pero esa es la panorámica básica. Oye, ¿y a ti qué demonios te ha pasado? Me has tenido…
—Los pillaremos, Ben Roi.
—¿Cómo?
—Tú y yo. A Barren y a Zoser. Podemos hacerlo. Sé dónde está la mina. La he visto. Allí hay un millón de barriles. ¡Pescaremos a esos cabrones!
De pronto Ben Roi notó algo en la voz de Jalifa. Un punto de frenesí. Como si tuviera los nervios destrozados. O estuviera borracho.
—Hablaremos con calma más tarde —dijo Ben Roi—. Veo que estás cansado…
—¡No estoy cansado! —El teléfono pareció vibrar ante la brusquedad de la respuesta del egipcio—. En mi vida he estado menos cansado. Mataron a mi hijo y ahora podemos llevarlos ante la justicia.
—Vamos, Jalifa, no sabemos…
—¡Claro que lo sabemos! Una barcaza que llevaba residuos tóxicos de Barren mató a mi hijo. Y ahora podemos cogerlos. ¡Por primera vez en nueve meses me noto del todo despierto!
Hablaba atropelladamente, con una voz medio temblorosa y una especie de euforia que le cortaba un poco la respiración. Ben Roi iba a decirle que se tranquilizara, pero Jalifa siguió:
—Tengo que llamar a Zenab. Y luego volveré a Luxor. Te llamo esta tarde y planificamos qué se puede hacer. Los cogeremos, Ben Roi. Tú y yo. Trabajando juntos. El equipo A. ¡Como en los viejos tiempos!
Se oyó algo que sonaba un poco a risa, pero luego se cortó la llamada. Detrás de Ben Roi, un furioso bocinazo le indicó que se estaba desviando del carril.