CLXXXVIII

—Enviaré a alguien —propuso Sofía—. Es aquí cerca.

—Vayamos nosotras mismas. ¿Qué hay de malo? Es que se me ha ocurrido una cosa. ¿Valdrá la pena mantener la casa lista y alquilada cuando la cura puede prolongarse tanto? Pienso que mejor es dejarla, vender los muebles y liquidar lo que hubiera.

Fueron hasta la Rua do Príncipe: tres o cuatro minutos. Raimundo estaba en la calle, pero vio gente en la puerta y fue a abrirla. El interior de la casa tenía un aire de abandono, aunque sin fijeza ni regularidad en las cosas, que parecían conservar un vestigio de la vida interrumpida; era el abandono de la negligencia. Por otro lado, sin embargo, el trastorno de los muebles de la sala expresaba muy bien el delirio del morador, sus ideas torcidas y confusas.

—¿Era muy rico? —le preguntó doña Fernanda a Sofía.

—Tenía algo cuando llegó de Minas —respondió ésta—. Pero parece ser que lo derrochó todo. Cuidado, levántese la falda que aquí hace un siglo que no barren.

No era sólo el suelo; los muebles tenían la costra de la incuria. No por ello el criado estaba dispuesto a dar explicaciones; observaba, escuchaba y, muy bajito, tarareaba una polca de moda. Sofía no le preguntó por la limpieza; se moría por escapar «de esa inmundicia» —según decíase a sí misma— y quería preguntar por el perro, que era el motivo principal de la visita; pero no pensaba mostrar demasiado interés por él ni por lo demás. La trivialidad de todo aquello no decía nada a su corazón ni a su espíritu, y el recuerdo del alienado no la ayudaba a soportar el momento. En el fondo, su compañera se le antojaba singularmente romántica o afectada. «¡Vaya bobada!» pensaba, sin deponer la sonrisa aprobatoria con que respondía a las observaciones de doña Fernanda.

—Abra esa ventana —le dijo ésta al criado—. Aquí huele a moho.

—¡Ah, es insoportable! —dijo Sofía, asqueada.

Pero a pesar de la exclamación doña Fernanda no se resolvió a marcharse. Sin que la miserable estancia le produjese algún recuerdo personal, sentíase presa de una conmoción particular y profunda, y no la que proviene de las cosas en ruinas. El espectáculo no le suscitaba reflexiones generales, no le ponía de relieve la fragilidad del tiempo ni la tristeza del mundo; hablábale, simplemente, de la enfermedad de un hombre, de un hombre que ella apenas conocía y con quien sólo había conversado algunas veces. Y se quedaba mirando sin pensar, sin deducir, metida en sí misma, dolorida y muda. Temerosa de resultarle desagradable a una dama tan conspicua, Sofía no osaba articular palabra. Ambas se habían alzado un poco las faldas para evitar que el polvo se las manchara; pero a esa precaución Sofía añadió la agitación viva, continua e impaciente del abanico, como si la atmósfera la sofocara. Incluso tosió unas cuantas veces.

—¿Y el perro? —le preguntó doña Fernanda al criado.

—Está encerrado en el cuarto.

—Vaya a buscarlo.

Quincas Borba apareció. Flaco, abatido, se detuvo en la puerta de la sala, viendo a las dos señoras pero sin alegrarse; apenas alzaba los ojos apagados. Iba a dar media vuelta hacia el fondo de la casa cuando doña Fernanda hizo chasquear los dedos; el perro se paró agitando la cola.

—¿Cómo se llama? —preguntó doña Fernanda.

—Quincas Borba —respondió el criado, riendo y con voz arrastrada—. Tiene nombre de persona. ¡Eh, Quincas Borba! Ve, que te llama la señora.

—¡Quincas Borba! ¡Ven, Quincas Borba! —repitió doña Fernanda.

El perro acudió al llamado sin ladridos ni alegría. Doña Fernanda inclinóse y le preguntó por su amigo, si estaba muy lejos, si quería ir a verlo. Así, inclinada, le preguntó al criado cómo estaba el animal.

—Ahora sí que come, señora; pero los primeros días, después de que el amo se fue, no probaba bocado ni bebía nada. Hasta pensé que estaba enfermo.

—¿Come bien?

—Poco.

—¿Busca al señor?

—Me parece que sí —contestó Raimundo cubriéndose la risa con la mano—. Pero yo lo encerré en el cuarto para que no se escapara. Ahora ya no llora; al principio lloraba tanto que me despertaba. Tenía que golpear la puerta con un palo para que se callara.

Doña Fernanda acariciaba la cabeza del animal. Era la primera muestra de cariño después de largos días de soledad y desprecio. Cuando doña Fernanda dejó de acariciarlo y enderezó el cuerpo, ambos permanecieron mirándose con ojos tan fijos y profundos que cada uno parecía penetrar en lo más íntimo del otro. La comprensión universal, que era el alma misma de aquella mujer, deponía toda consideración humana delante de una miseria oscura y prosaica, y extendía al animal una parte de sí misma que lo envolvía, lo fascinaba, lo ataba a ella. Así, la pena que le había dado el delirio del amo se la daba ahora el perro, como si ambos representasen a la misma especie. Y, sintiendo que su presencia transmitía al animal una sensación buena, no quería privarlo del beneficio.

—Está usted llenándose de pulgas —observó Sofía.

Doña Fernanda no la oyó. Siguió mirando los ojos tímidos y tristes del animal, hasta que éste irguió la cabeza y empezó a olisquear el aire. Había sentido el olor de su amo. La puerta de la calle estaba abierta; habría escapado si Raimundo no se lo hubiese impedido. Doña Fernanda le dio al criado algún dinero para que lo lavase y lo llevase a la casa de salud, recomendándole que lo hiciese con cuidado, con collar al cuello y correa. En aquel punto Sofía intervino para decir que pasase a buscar el collar por la casa de ella.