LXXXVI

A Rubião todo aquello le había salido tan espontáneamente que no empezó a reflexionar hasta que el tílburi se puso en movimiento. Al parecer levantó la cortina del postigo; la anciana estaba entrando a la casa; llegó a verle parte del brazo. Rubião sintió toda la ventaja de no estar postrado. Reclinóse, desahogó el pecho con un enorme suspiro y miró la playa; en seguida se inclinó. A la ida apenas la había visto.

—A su señoría le gusta el lugar —dijo el cochero, contento de llevar tan buen cliente.

—Me parece muy bonito.

—¿Nunca había estado?

—Creo que sí, hace muchos años, la primera vez que vine a Río de Janeiro. Es que yo soy de Minas… Pare, jefe.

El cochero tiró de las riendas. Rubião se apeó y le pidió que fuese avanzando despacio.

Realmente era curioso. Las grandes matas que brotaban del lodo, casi junto a la cara de Rubião, le daban ganas de internarse en ellas. ¡Tan cerca de la calle! Rubião ni siquiera sentía el sol. Se había olvidado del enfermo y de la madre del enfermo. Así sí —se decía—: si todo el mar fuese como era allí, olas bordeadas de tierra y vegetación, bien valía la pena navegar. Más adelante estaban la playa dos Lázaros y la de São Cristovão. Apenas un tiro de piedra.

—Praia Formosa —murmuró—. Bien puesto el nombre.[4]

Entretanto la playa iba cambiando de aspecto. Doblaba hacia Saco do Alferes, aparecían las casas edificadas junto al mar. De cuando en cuando no eran casas lo que se veía, sino canoas encalladas en el barro o la tierra, quietas bajo el aire. Junto a una de esas canoas divisó unos niños jugando, descalzos y en camisa, alrededor de un hombre tendido panza abajo. Todos reían; pero uno reía más que los otros porque no lograba mantener el pie del hombre contra el suelo. Era un mocoso de tres años; le agarraba la pierna y la iba extendiendo hasta nivelarla con la tierra, pero el hombre hacía un gesto y levantaba pierna y pequeño al mismo tiempo.

Rubião se demoró un rato mirándolos. El hombre, sintiéndose objeto de atención, se entregó doblemente al juego; perdió la naturalidad. Los otros niños, mayores, se quedaron mirando asombrados. Pero Rubião no distinguía nada; veía todo confusamente. Siguió avanzando un buen rato a pie; dejó atrás Saco do Alferes, dejó atrás Gamboa, se detuvo ante el cementerio de los ingleses, con sus viejos sepulcros que trepaban al morro, y por fin llegó a Saúde. Vio calles oblicuas, otras en declive, casas apiñadas a lo largo y en lo alto de los morros, callejones, muchas casas antiguas, algunas del tiempo del rey, comidas, agrietadas, mustias, la pintura descascarada y la vida puertas adentro. Y todo le daba una sensación de nostalgia… Nostalgia del harapo, de la vida escasa, manchada y sin vergüenza. Pero duró poco; el hechicero que le habitaba el cuerpo no tardó en transformarlo todo. ¡Era tan bueno no ser pobre!