Un criado le llevó el café. Rubião tomó la cuchara y, mientras se servía azúcar, miró de reojo la bandeja, que era de plata labrada. Plata y oro eran los metales que amaba de todo corazón. El bronce no le gustaba, pero su amigo Palha le había dicho que era material valioso, lo cual explicaba las dos figuras que había allí, en la sala, un Mefistófeles y un Fausto. Si lo hubiesen obligado, sin embargo, habría escogido la bandeja —un primor de platería, de ejecución fina y acabada. El criado esperaba tenso y serio. Era español; y no había sido sin resistencia que Rubião lo había aceptado de manos de Cristiano; por más que él le había dicho que estaba acostumbrado a sus criollos de Minas, que no quería idiomas extranjeros en casa, el amigo Palha había insistido, demostrándole la necesidad de tener criados blancos. Rubião había cedido con pena. A su buen valet, que hubiera querido tener en la sala como un pedazo de provincia, ni siquiera había podido ponerlo en la cocina, donde reinaba un francés, Jean; lo habían degradado a otros servicios.
—¿Está muy impaciente Quincas Borba? —preguntó Rubião tras beber el último trago de café y echar otra mirada a la bandeja.
—Me parece que sí.[2]
—Ya voy a calmarlo.
No fue; durante un rato más dejó vagar la mirada por los muebles. Viendo los pequeños grabados ingleses, que colgaban de la pared arriba de los dos bronces, Rubião pensó en la bella Sofía, esposa de Palha, dio unos pasos y, con la mirada perdida, fue a sentarse en el pouf que había en el centro de la sala… «Fue ella quien me recomendó estos dos cuadritos, cuando todavía íbamos los tres juntos a ver cosas. ¡Estaba tan guapa! Pero lo que más me gusta de ella son los hombros. Se los vi en el baile del Coronel. ¡Qué hombros! Parecen de cera; ¡tan lisos, tan blancos! Los brazos también. ¡Ah, los brazos! ¡Qué bien hechos!»
Rubião suspiró, cruzó las piernas y se golpeó las rodillas con las borlas de la bata. Tenía la sensación de no ser completamente feliz; pero también de no estar lejos de la felicidad completa. Volvía a componer mentalmente ciertos ademanes, ciertas miradas, ciertos requiebros que no tenían ninguna explicación como no fuera ésta: que ella lo amaba, y mucho. Él no era viejo; estaba por cumplir cuarenta años; y, rigurosamente mirado, aparentaba menos. Un gesto acompañó esta última observación: se pasó la mano por la barbilla que ahora afeitaba todos los días, cosa que antes no había hecho por ahorro o falta de necesidad. ¡Un simple profesor! Entonces solía llevar patillas (más tarde se había dejado crecer toda la barba), tan suaves que daba gusto tocarlas… Y de ese modo recordaba el primer encuentro, en la estación de Vassouras, donde Sofía y su marido habían subido al mismo vagón de tren en que él volvía de Minas; allí había encontrado aquel par de ojos viciosos que parecían repetir la exhortación del profeta: Vosotros que estáis sedientos, bebed de estas aguas. Él, la verdad sea dicha, no estaba muy preparado para el convite. Iba con la herencia en la cabeza, el testamento, el inventario, cosas que primero hay que aclarar si se quiere entender el presente y el futuro. Dejemos a Rubião en la sala de Botafogo, golpeándose las rodillas con las borlas de la bata, y pensando en la bella Sofía. Ven conmigo, lector; vamos a verlo unos meses antes en la cabecera de Quincas Borba.