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Josh Hoberman. Maryland

Las presentaciones eran, más que superfluas, absurdas.

Hoberman reconoció a la mujer nada más entrar en el salón del refugio. Aunque era la primera vez que la veía en carne y hueso, tenía una de las caras más conocidas del planeta. Con todo, Jack Ward le presentó a Elizabeth Yates, la presidenta de los Estados Unidos de América.

Era más alta de lo que esperaba y, al atravesar la estancia para darle la mano, proyectó esa presencia amplificada que los realmente poderosos parecen poseer. Tenía cincuenta y seis años y el pelo teñido de un color que pretendía a todas luces armonizar con el rubio cobrizo de su juventud. Saltaba a la vista que había sido una mujer de aspecto imponente, pero su belleza había madurado en una hermosura casi masculina. Lo más impresionante eran sus ojos, de un azul vivo y cristalino; ojos que hacían que hasta su mirada más desenfadada fuera de lo más penetrante y que añadían aún más poder a su presencia.

Vestía un traje azul oscuro, como tenía por costumbre. En una solapa de la chaqueta llevaba el pin presidencial y en la otra la bandera esmaltada. De la cadena del cuello colgaba el símbolo que tanta polémica había causado: la cruz que Hoberman supo entonces que la presidenta solo se ponía en la intimidad.

Por tercera vez en la misma noche le agradecieron haber acudido con tan poco tiempo de preaviso y a esas horas.

—Me temo que estoy llevando una agenda más apremiante aún que de costumbre —le explicó con una voz profunda y, pese a la instrucción preelectoral, todavía teñida de su Luisiana natal, al tiempo que se sentaba con mucho garbo y aplomo en el sofá—. Se imaginará que los recientes acontecimientos en Europa y Oriente Medio están siendo muy exigentes con mi tiempo.

—No lo dudo.

—¿Ha leído la información?

—Sí, excelencia, así es. —Hoberman se preguntó si «excelencia» era la forma de tratamiento correcta. No la había usado en su vida.

—Entonces, ¿cuál es su opinión profesional, profesor Hoberman? ¿Cree que estoy como una regadera?

—¿Una regadera? No, señora presidenta. Más bien delirante, si le soy sincero. Creo que es una posibilidad.

Hoberman miró a Ward a la espera de que le replicara. Pero no lo hizo, ni tampoco la presidenta.

—Si tengo delirios —preguntó Yates—, ¿significa eso, en su opinión, que soy inestable? ¿Puede ser el preludio de algo peor?

—Por el momento no puedo darle una respuesta pero hay que verlo con perspectiva. Todo el mundo tiene episodios delirantes o alucinaciones en una medida u otra y de un tipo u otro en algún momento de sus vidas. Usted misma ha dicho que ha estado llevando una agenda muy castigadora… El estrés es el principal detonante de episodios así. O puede que simplemente tenga algún tipo de virus.

—Como le he dicho en nuestra reunión informativa —intervino Ward—, la presidenta se encuentra en un estado de salud excelente y por supuesto no ha sufrido fiebre alguna. Creo que deberíamos ir más allá de lo evidente, profesor Hoberman. No nos habríamos molestado en traerlo aquí si no hubiésemos descartado a los sospechosos habituales.

—Sé que han desestimado que esté provocado por una bacteria, pero me limito a señalar que algo tan simple como una gripe puede provocar alucinaciones muy vivas y convincentes. —Hoberman hojeó el dosier—. El primer episodio, hace dos meses… ¿Podría recordarlo de nuevo ante mí? Sé que está aquí todo documentado pero me gustaría escucharlo de viva voz.

—Me quedé trabajando hasta tarde en el Despacho Oval. En realidad paso menos tiempo allí de lo que podría usted pensar, pero es donde mantengo todas mis reuniones importantes. Estuve discutiendo la situación de la Unión Europea con el ministro del Interior y, cuando se fue, me quedé unos minutos rezando.

—¿Forma parte de su rutina?

—Rezo cuatro veces al día, profesor Hoberman. Recae en mí una gran responsabilidad, el cargo más importante del mundo, para el que necesito una buena dosis de orientación.

—¿Y experimentó el delirio poco después de completar sus oraciones?

—Salí del despacho e informé al personal de que iba a subir a la residencia ejecutiva. Cuando lo vi estaba en el pasillo principal.

—Al presidente Hoover.

—Sí.

—¿Y ha visto a más presidentes?

—No… Bueno, no estoy segura. —Yates frunció el ceño—. Puede ser… Un día estaba mirando por la ventana que da al césped y vi a un hombre corpulento con un bigote muy poblado. Iba en mangas de camisa y paseaba un perrillo. Cuando le pregunté a los de seguridad cómo le habían permitido el acceso al césped no lo encontraron por ningún lado. Pero el hombre que vi iba vestido muy raro, como con ropa antigua: camisa sin cuello, tirantes con estampado de cachemira, esas cosas. Eso ya lo sabe… —Señaló con la cabeza la carpeta que tenía Hoberman en las manos.

—¿Y cree que ese hombre era Taft?

—Se le parecía. Sí, pensé que era él. —Elizabeth Yates suspiró—. Sé que no pinta bien… Pero, bueno, tampoco es que me ocurra todos los días. Aunque el caso es que creo que he visto a más gente… a personas menos importantes que no han podido estar aquí de ningún modo.

—¿Cómo sabe que no han podido estar aquí?

—No sé… por su ropa, su forma de andar… No sé explicarlo pero se nota que no son de esta época.

—El presidente Taft era famoso por tener una vaca en el césped de la Casa Blanca. ¿La vio?

—¿Pretende hacerse el gracioso, profesor Hoberman?

—Nada más lejos, excelencia. Es para poder determinar la naturaleza del delirio… Si ve lo que cabe esperar (la imagen estereotipada, por decirlo de algún modo), eso significaría que la genera por entero su mente, y no es una interpretación errónea de algo que está allí.

—No, profesor Hoberman, no vi vacas. Y tampoco he visto a Ben Franklin volando su cometa en medio de una tormenta.

Hoberman hizo una pausa breve, tamborileando con los dedos en el dosier que tenía en el regazo.

—¿Solo ve a republicanos?

—Espere un momento… —Ward se echó hacia delante en el asiento—. No es un tema con el que bromear.

—Una vez más, coronel Ward, no se trata en absoluto de una broma —le explicó desconcertado—. La presidenta ha expresado el deseo de recibir orientación en este cargo tan difícil. Si las figuras que ha visto son de la misma tendencia política, entonces podría tratarse simplemente de una transferencia de ese deseo de ser orientada. Imagino que nunca aceptaría usted un consejo de un demócrata, ¿no es así, señora presidenta?

—Imagina bien. —Se recostó en el sofá, con los hombros apoyados en el respaldo y sin dejar de sostenerle la mirada a Hoberman con sus firmes ojos azul zafiro. Había algo estudiado en su pose, en su confianza—. ¿Estoy loca, profesor Hoberman?

—No existe eso de loco. Ningún profesional de la psiquiatría trata con semejantes absolutos. La mente humana es un ente enormemente variado y variable. Necesito estudiar la información que me ha facilitado el coronel sobre los accidentes que se han documentado en otros lugares. La cuestión es si sufre usted un trastorno o si esos episodios están inducidos por alguna clase de agente alucinógeno. Si se trata de lo primero, necesitaremos establecer de qué trastorno estamos hablando, si es temporal o prolongado y cómo abordarlo. —Hoberman exprimió aún más su sonrisa más tranquilizadora—. Llegaremos al fondo del asunto, excelencia.

—Rezaré para que el Señor le dé la fuerza y la sabiduría necesarias. —Volvió a clavarle los ojos zafiro a Hoberman—. Rezaré por usted, profesor Hoberman.