¡Cortadme los dedos!

Intento escuchar algo de lo que habla en el baño, pero no entiendo mucho, puesto que la listilla abre el grifo a toda pastilla. Incluso cojo un vaso de la cocina intentando corroborar eso de que se oye mejor a través de la puerta, pero nada, no consigo oír nada.

Estoy decidida a boicotear su plan, aunque sea una buena idea. Ella sabe que las sorpresas no me gustan, aunque me tachen de caprichosa.

Bueno, a ver, las sorpresas sí me gustan cuando son un regalo, algo material que puedo tocar, y claro, si es para usar y está de moda mucho mejor, pero las sorpresas en plan «vamos a ir un sitio, pero no puedo decírtelo porque es una sorpresa» me ponen los pelos de punta.

¡Cómo tarda Irene! ¿Le estará contando su vida a la persona del otro lado del teléfono? Si supiera que la poca motivación que tengo para enfrentarme a la calle la acabo de perder en mi segundo cigarrillo en el balcón, observando cómo una pareja de enamorados se da el lote en el banco de una plaza… ¿Cómo pueden ser tan extremadamente ingenuos? Estoy tentada de gritarles:

«¡El amor no existe!».

«¡Es un engaño para emparejar a las personas de dos en dos!».

«¡Es una mentira!».

«¡Con una mujer no os alcanza!».

Pero me quedo callada y apago mi cigarrillo en la maceta gigante que en alguna época de su efímera vida albergó unas petunias blancas espléndidas.

Al entrar en el piso me doy cuenta de que Irene sigue en el aseo. Llamo a la puerta y me dice que se está duchando.

¡Bingo! Más aburrida no puedo estar, pese a que debería doblar el montonazo de ropa limpia que hay en la silla y que me mira suplicando clemencia. Pero no, de eso nada; estoy lo bastante deprimida como para convertirme en un ama de casa eficaz, así que decido encender el ordenador y seguir los consejos de la psicóloga: «Escribe, Katia, escribe».

—Katiaaaaaaaaa, ¿tienes alguna mascarilla para cabellos débiles? —se oye mediante un grito desaforado desde el aseo.

—Sí, cariño. ¿Para cabellos dañados por tinte, querrás decir? Que yo también soy rubia, pero rubia con ayuda —contesto, levantándome contenta por la misión que me han encomendado.

La verdad es que no tengo ganas de nada, y mucho menos de escribir, pero me haré la dura y me pondré a ello.

—Tía, Irene, podrías preparar las cosas antes de entrar a la ducha. ¿También me pedirás la toalla? —le grito a Irene en tono burlón.

—No te hagas la mala que no te sale. Seguro que te estás comiendo las uñas deseando saber dónde te llevaré esta noche —agrega Irenuchi, acercando su carita mojada por un huequito abierto entre la cortina del baño y la pared.

—¡Ah, eso! Ya ni me acordaba. Intentaba escribir, ¿sabes? Me ha dicho la psicóloga que es mi clave.

—¿Tu clave de acceso?

—Mira que eres tonta. Toma, he encontrado éste con filtro UV y rooibos. Huele a canela.

—Me da igual. ¿De canela? ¡Uy, me encanta, Katia! Ya casi termino.

—Tú con calma, Irene. Veo que te lo estás tomando con serenidad, pero te recuerdo que a la que le han roto el corazón es a mí. Eso de que te tires una hora en el baño va tener consecuencias —protesto, simulando ser una desdichada.

—Katia, no me digas eso que al final me lo voy a creer. En quince minutos, lo que tarda en hacer efecto la mascarilla, salgo y te cuento bien lo de esta noche. ¡Venga, tesoro, que todo lo hago por ti! ¡Eres la amiga más guapa del mundo mundial!

—Cuando lo exageras todo, es imposible creerte, pero, vale, yo también te supermegaarchiquiero, Irenuchi, porque tú sí que eres guapa. ¿Qué digo guapa? ¡Eres lo más grande!

—¡Merluza! ¡Vete del baño ya! —me interrumpe Irene, partiéndose de la risa.

Y vuelvo al ordenador, pero como mis ganas de escribir son las mismas —cero patatero—, me decido por abrir el Facebook. ¡Cortadme los dedos! ¡Enviadme a estirar! ¡Obligadme a contar mis tacones!

Pero no, soy una cabezota. No debería hacerlo, lo sé, pero escribo MAT en «buscar amigos».

En seguida, sale Mat Molina y veo que sigue solo en la foto de perfil. Bien, eso aún me hace tener esperanzas ¡Qué tonta soy, pero qué guapo es!

Esto de que se puede saber de la vida de los demás anónimamente es lo más para las desesperadas como yo, o para las novias celosas.

Antes de entrar en su perfil invoco a un ángel y le rezo: «Ángel subversivo, si mi ex sigue con su novia deseo que estén los dos bajo un puente, gordos, sucios y sufriendo», aunque una foto así en Facebook es imposible de encontrar porque uno siempre cuelga las mejores fotos, las cosas divinas de la muerte.

¡Ostras!, lo sabía, lo sabía. En el fondo sabía perfectamente lo que iba a encontrarme.