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Jueves, 18 de abril de 1918

MICHEL CORDAY ESCUCHA A UNOS JUGADORES DE CARTAS EN PARÍS

Otro día nublado. Ha ganado cierta calma, pero solo un poquito. La gran ofensiva de primavera de los alemanes dura desde hace ya casi un mes. Es verdad que el avance hacia el sur, hacia París, parece haberse detenido, pero en su lugar se han iniciado una serie de nuevos ataques por el norte, en Flandes, al tiempo que los alemanes también están atacando por Oise y Mosa.

En París el gran tema de conversación es, sin duda, el supercañón. Desde el 23 de marzo la capital francesa se ve expuesta casi a diario al bombardeo de una pieza especial de artillería que, desde un punto bien camuflado tras las líneas alemanas, lanza sus proyectiles a una distancia de 130 kilómetros; tan sensacional es su alcance que en un comienzo los expertos dudaron de su verosimilitud[260]. La noticia del rápido avance alemán aunada a los aleatorios impactos de estas granadas (ora aquí, ora allá, con una cadencia máxima de dos granadas por hora) en un primer momento, sin duda, casi hizo cundir el pánico en la capital francesa.

Al principio, el angustioso clima recordaba los días de agosto de 1914, escribe Corday en su diario. Cada conversación comenzaba con la misma pregunta: «¿Has oído algo?». Las estaciones estaban atestadas de gente que intentaba encontrar plaza en algún tren. Las colas llegaban hasta la calle y se prolongaban un buen trecho. Simultáneamente, los bancos estaban atestados de gente que quería sacar su dinero por temor a perderlo todo cuando los alemanes marcharan sobre la ciudad. A estas alturas, aproximadamente un millón de personas han abandonado París trasladándose a ciudades como Orleans, que de golpe ha visto triplicada la cifra de sus habitantes. El comercio ha disminuido de forma notable. Las firmas que negocian con artículos de lujo son las más afectadas y han tenido que despedir a gente.

Corday ha observado que la mayoría de los que abandonan la ciudad no quieren ser tomados por cobardes sino que dan muchos otros motivos para disculpar su huida. Un chiste que va de boca en boca: «No, nosotros no nos vamos por las mismas razones que todos los demás. Nosotros nos vamos porque tenemos miedo». A Corday le parece ver una gran doblez no solo en los pretextos aducidos para justificar por qué se huye sino también en quiénes son los que huyen. Muchos de los que ahora abandonan París son, según él, personas que anteriormente se han destacado por ser vociferantes partidarios de la guerra y que solían proclamar: «¡Hay que combatir hasta el amargo final!». Hasta ahora no se habían visto personalmente expuestas a un verdadero peligro, momento en que enseguida ponen los pies en polvorosa. (Corday también tiene la impresión de que son sobre todo miembros de la alta burguesía y la clase media los que huyen. Porque poseen los recursos necesarios para ello y los contactos que facilitan la huida).

Por otro lado, la misma inseguridad atiza el miedo. Porque ¿qué es lo que está pasando, en realidad? La férrea censura —que también comprende cartas y postales— incrementa la sensación de suspensión en una zona intermedia entre lo sólido y lo líquido, una zona de claroscuros donde ya no es posible fiarse de lo que afirma la prensa ni de lo que sostienen los comunicados oficiales. Además estos dos factores, en muchos aspectos, se han fundido en uno solo. Actualmente está prohibido imprimir cualquier aseveración que contradiga lo expresado en una notificación militar, y también lo que se dice en privado puede ser penado por la ley. De modo que si en una conversación alguien sostiene que los alemanes están más cerca de lo que afirman las autoridades, o si dice que los recursos del enemigo son mayores de lo que se declara oficialmente, a ese alguien se le puede condenar por «alarmismo». Verbigracia, está prohibido revelar los lugares donde impactan las granadas del supercañón, así como los daños que causan; la pena puede ascender a 14 días de cárcel[261].

La mayor parte de los casos que llegan a los tribunales se deben a puras y simples delaciones. Se ha formado un somatén de voluntarios que escuchan a escondidas las conversaciones de la calle y que alertan a la policía cuando se ha expresado algo inadecuado. También los teléfonos están intervenidos. Este día Corday toma nota de algunas advertencias que acaban de hacerse en su Ministerio:

Tal y tal día, a tal y tal hora, alguien de la oficina de Usted llamó al prefecto de Amiens, quien respondió que la situación era grave y que los británicos, como siempre, se estaban dando a la fuga. Una conversación verdaderamente reprochable.

O:

La extensión tal y cual de la oficina de Usted llamó a cierta señora, con número tal y cual, y le preguntó cómo andaba la situación. En la conversación se emplearon expresiones inadecuadas que no deberán volver a utilizarse.

Desde que comenzó el bombardeo de París, Corday, una vez más, ha podido constatar dos cosas: la fuerza con que el hombre aspira a la normalidad y lo ambivalente que es el talento humano para crear realidades cotidianas en las circunstancias más extremas. Cuando empiezan a caer granadas, agentes de policía dan la alarma por todo París a golpes de silbato y de un pequeño tambor. Su aparición despierta, no obstante, más hilaridad que inquietud (eso de soplar un silbato y darle al tambor al mismo tiempo es más difícil de lo que se cree), y los niños callejeros, las amas de casa y los soldados que pasan de largo se ríen con ganas de ellos. Posteriormente llega el lejano rumor de los estampidos. Corday, que nunca antes ha oído la explosión de las granadas, lo describe en su diario como un ruido «hueco, duro y reverberante». Cuenta que una mañana, tras caer un proyectil, la gente continuó sacudiendo sus alfombras y que el sonido de las sacudidas ahogó el eco del estampido. Uno de sus amigos ni siquiera oyó los impactos, ya que los argelinos que desde hace poco se hacen cargo de la limpieza de la capital metían demasiado ruido al vaciar los cubos de la basura.

Como de costumbre, Corday se horroriza ante esa reacción: «A 50 metros de la catástrofe la gente se dedica a comprar y a vender, a comer a beber, a trabajar y hacer el amor». El Viernes Santo, en medio de la misa, una granada dio de pleno en la iglesia de la Place Saint-Gervais, rebosante de feligreses que rezaban por los numerosos caídos en los duros combates de las semanas anteriores. 65 personas perdieron la vida al desplomarse la cubierta. (Generalmente, los aleatorios impactos de las granadas cosechan muchas menos víctimas. Bastantes explotan sin que resulte herida persona alguna.)[262] En el momento del suceso Corday se hallaba en el metro, y cuando salió por la estación de La Madeleine una mujer desconocida le explicó lo que acababa de ocurrir. «Varios jóvenes, que estaban sentados en la balaustrada de las escaleras de acceso a la estación, bromeaban a grandes voces».

Este día Corday se encuentra en un café. Cuatro hombres están sentados a una mesa echando una partida de naipes, mientras juegan comentan los bombardeos de los últimos días:

Yo tiro tréboles… 14 muertos dice que fueron. Yo echo un triunfo… Y 40 heridos. ¡Corazones!… Incluidas mujeres… ¡Un triunfo, otro triunfo y una de picas!