Capítulo II

¡Sola, sola, oh ja, jo, sola!

Shakespeare.

Mientras una de estas encantadoras bellezas que hemos presentado se encontraba sumida en sus pensamientos, la otra se recuperó rápidamente del susto que la había inducido a gritar y, riéndose de su propia debilidad, le preguntó al joven que cabalgaba a su lado:

—¿Es frecuente encontrarse con tales espectros en el bosque, Heyward; o acaso se trata de un espectáculo especial preparado en nuestro nombre? Si se trata de lo segundo, la gratitud nos hace callar; pero si es lo primero, tanto Cora como yo tendremos que echar mano de ese valor del que tanto presumimos como herencia familiar, incluso antes de tener que vérnoslas con el temible Montcalm.

—Ese indio es un correo del ejército y, al modo de sus gentes, puede ser considerado un héroe —contestó el oficial—. Se ha prestado como voluntario para guiarnos hasta el lago, a través de un camino poco conocido, y así permitimos llegar en menos tiempo que si fuéramos al paso lento de la columna, y, por consiguiente, de un modo más satisfactorio.

—No es de mi agrado —dijo la dama estremeciéndose, en parte, por un miedo ya asumido, aunque en mayor medida por otros temores más inquietantes—. Le conoces bien, Duncan, de otro modo no confiarías en él tan ciegamente, ¿verdad?

—Di mejor, Alice, que no confiaría en ti. Sí que le conozco, de lo contrario no gozaría de mi confianza, y menos en este momento. Se dice que es canadiense, además; y que incluso ha prestado servicios con nuestros amigos los mohawks, quienes, como tú bien sabes, constituyen una de las seis naciones aliadas[3]. Nos fue traído, según he oído, a raíz de un extraño incidente en el que intervino tu padre, y en el cual se vio implicado el salvaje —pero no recuerdo toda la historia; es suficiente con que ahora sea nuestro amigo.

—¡Si ha sido enemigo de mi padre, me gusta aún menos! —exclamó la chica en un estado de auténtica ansiedad—. ¿Quiere usted hablar con él, comandante Heyward, para que pueda oír el tono de su voz? ¡Aunque le parezca absurdo, me ha oído usted expresar mi fe en el modo en que suena la voz humana!

—Sería obrar en vano, pues, en todo caso, la respuesta sería un exabrupto. Aunque pueda entenderlo, gusta de simular, como la mayoría de su gente, que ignora el inglés; y menos aun se rebajará a hablarlo, ahora que la guerra le exige la máxima dignidad a su espíritu. Pero, atención, se ha detenido; el camino particular por el que hemos de viajar está, sin duda, próximo.

Las conjeturas del comandante Heyward eran ciertas. Cuando alcanzaron el lugar donde se había parado el indio, se hizo visible un pasadizo estrecho y oscuro, que se adentraba en la maleza que bordeaba el camino militar, y que apenas podía admitir, con cierta dificultad, el paso de una persona.

Aquí, pues, está nuestro camino —dijo el joven en voz baja—. No muestres miedo alguno, o podrías incitar a que aparezca el peligro que pareces temer.

—Cora, ¿qué piensas tú? —preguntó la reacia mujer rubia—. Si viajamos con la tropa, aunque el viaje nos resulte fastidioso, ¿no nos sentiremos más seguras y protegidas?

—Al estar poco acostumbrada a las prácticas de los salvajes, Alice, no te das cuenta de cuándo existe peligro y cuándo no —dijo Heyward—. Si los enemigos hubiesen alcanzado el porteo, cosa bastante improbable dado que nuestros exploradores están muy adelantados en ese territorio, estarían seguramente rodeando la columna, en busca de un mayor número de cabelleras. La ruta del destacamento es bien conocida, mientras que la nuestra, habiendo sido planeada en menos de una hora, aún permanece secreta.

—¿Debemos desconfiar de ese hombre sólo porque sus hábitos no sean los nuestros, y porque su piel sea oscura? —preguntó Cora con frialdad.

Alice ya no vacilaba, sino que le dio un pequeño golpe de fusta a su caballo narraganset[4], siendo la primera en pasar a través de las ramas de los arbustos para seguir al correo por el oscuro y enrevesado pasadizo. El joven oficial sintió una fuerte admiración hacia la que habló la última, incluso permitiendo que la otra, la más rubia, aunque ciertamente no la más bella, siguiera adelante sin recibir atención, mientras diligentemente se encargaba de despejarle el camino a la que se llamaba Cora. Al parecer, los sirvientes habían recibido órdenes previamente, ya que continuaron por la ruta de la columna; una medida considerada por Heyward como una sagaz sugerencia por parte del guía, con el fin de dejar menos rastro en el caso de que los salvajes canadienses estuvieran al acecho, adelantados al grueso de su ejército. Durante varios minutos, la complejidad de la ruta no permitió la práctica de la conversación, pero al cabo de un rato emergieron de esa espesa franja de madreselva que bordeaba la carretera, adentrándose en los altos, aunque oscuros, arcos arbolados del bosque. Aquí se detuvieron un instante, y en cuanto el guía se percató de que las féminas podían dominar sus caballos sin problemas continuó el paso, a un ritmo entre el paseo y el trote, y a una velocidad que les permitía a los prudentes y peculiares animales de las damas seguirle con facilidad. El joven se había dirigido a Cora, la de los ojos negros, cuando el lejano sonar de pezuñas equinas, golpeando las raíces del camino que habían dejado atrás, le hizo frenar su corcel y, tirando también sus compañeras de las riendas, todo el grupo hizo un alto, esperando conocer la razón de tan inesperado contratiempo.

En pocos segundos, se vio pasar a una potrilla a gran velocidad, como si de un gamo se tratara, entre los troncos de los pinos y, un segundo más tarde se dejó ver la figura del hombre desgarbado, ya descrito en el capítulo anterior, obligando a su diminuto animal a correr al máximo de sus fuerzas, casi hasta reventar. Hasta ahora, este personaje había pasado desapercibido para los viajeros. Si, andando a pie, tanto su actitud como su persona captaban fácilmente la atención de cualquiera que le viese, aún más lo podría hacer su manera de cabalgar.

Aparte del constante empleo de la única espuela contra el flanco de la yegua, lo más llamativo de sus movimientos era el galope al estilo Canterbury que mostraban las patas traseras, mientras que las delanteras daban más lugar a dudas, consiguiendo una especie de trote a paso largo. Quizá se creara una especie de ilusión óptica por la rapidez con la que cambiaba de un paso a otro, magnificando así los posibles poderes del animal, ya que Heyward, de un modo absoluto, y a pesar de sus indudables conocimientos de equitación, fue incapaz de determinar con seguridad el movimiento utilizado por su perseguidor para continuar con tan incansable perseverancia.

La docilidad de los movimientos del jinete no eran menos notables que los del equino. A cada cambio de paso realizado por el segundo, el primero elevaba su corpulenta figura sobre los estribos, provocando así unas variaciones en su estatura tan repentinas que podrían despistar a cualquiera que se dispusiera a hacer conjeturas sobre las dimensiones de su persona. Si a esto añadimos que, como consecuencia de la aplicación ex parte de la espuela, un lado de la yegua parecía avanzar más que el otro, además de que el flanco agredido venía señalado por los repetidos golpes de su tupida cola, ya tenemos la imagen completa, tanto del caballo como del hombre.

El gesto hostil que se había formado al fruncirse las anchas, apuestas y viriles cejas de Heyward se relajó gradualmente, y sus labios se tornaron en una leve sonrisa, al contemplar la figura del extraño personaje. Alice no hizo esfuerzos por contener su risa, y hasta la meditabunda mirada oscura de Cora se iluminó con ese buen humor que más bien parecía una costumbre, que no una característica natural, reprimida por la dama.

—¿Busca usted algo? —inquirió Heyward, en cuanto el otro se acercó lo suficiente como para aminorar la marcha—; espero que no sea portador de malas noticias.

—Incluso así —respondió el desconocido, agitando enérgicamente el aire cálido del bosque con su sombrero triangular, dejando dudas sobre a cuál de las dos preguntas daba respuesta. No obstante, cuando acabó de refrescarse y hubo recuperado el aliento, continuó diciendo—. He oído que se dirigen al fuerte William Henry. Dado que yo también viajo en esa dirección, pensé que una buena compañía sería deseosa para ambas partes.

—Parece que usted se considera a sí mismo como un voto decisivo —le replicó Heyward—. Nosotros somos tres, mientras que usted sólo ha consultado a su propia persona.

—Incluso así, lo primero que ha de hacerse es tomar una decisión por cuenta de uno. Una vez que se haya hecho eso, y en lo que concierne a las mujeres no es cosa fácil, lo siguiente que ha de hacerse es llevar a cabo lo decidido. Yo me he esforzado en cumplir ambas acciones, y aquí estoy.

—Si viaja hacia el lago, se ha equivocado de ruta —dijo Heyward contundentemente—; la carretera hacia allí ha quedado media milla atrás.

—Incluso así —respondió el desconocido, sin dejarse amedrentar por la fría recepción que se le brindaba—; he pasado una semana en el fuerte Edward y hubiera sido estúpido por mi parte el no haber preguntado qué camino debía tomar; y si fuera así se acabarían aquí mis intenciones —tras suspirar levemente, como aquél cuya modestia le impedía una manifestación más abierta de admiración hacia una sabiduría que resultaba totalmente inalcanzable para sus interlocutores, continuó diciendo—. No es prudente que nadie de mi profesión sea demasiado familiar con aquellos a los que ha de instruir; razón por la cual no sigo al ejército, además de que pienso que un caballero de su talla es el más entendido en asuntos de guerra. Por tanto, he decidido hacerles compañía, para así hacer el viaje más placentero, y cultivar el arte de la sociabilidad.

—¡Una decisión sumamente arbitraria, además de precipitada! —exclamó Heyward, dudando acerca de si debiera dar rienda suelta a su creciente enojo o reírse en la cara del otro—. Pero habla usted de instrucción y de profesionalidad; ¿será usted ayudante de los cuerpos provinciales, en calidad de maestro del noble arte de la defensa y del ataque; o acaso es de aquéllos que dibujan rectas y ángulos, bajo el pretexto de explicar la matemática?

El desconocido, con gesto de sorpresa, se quedó mirando a su interlocutor durante un momento y, acto seguido, perdiendo toda señal de satisfacción personal, sumido en una actitud de humildad solemne, contestó:

—Del ataque, espero que no, al no haberse ofendido, creo, ninguna de las dos partes; en cuanto a la defensa, no ejerzo ninguna, por el amor de Dios, no habiendo cometido pecado alguno desde la última vez que me fue dada su gracia y perdón. No entiendo sus alusiones sobre rectas y ángulos, y dejo las explicaciones para aquéllos que han sido escogidos y llamados para tan sagrado oficio. No me considero dotado de ninguna virtud mayor que la de saber algo del glorioso arte de la petición y el agradecimiento, tal y como se reza en los salmos.

—El hombre es, sin duda, un discípulo de Apolo —clamó Alice, entusiasmada—, y le pongo bajo mi propia protección particular. Vamos, deja de poner cara agria, Heyward, y para bien de mis ansiosos oídos, permítale que viaje en nuestro grupo. Además —añadió en voz baja y apresurada, mirando a la distante Cora, quien seguía lentamente los pasos del callado, aunque taciturno, guía indio—, podría ser un amigo más a nuestro favor, en caso de que necesitemos ayuda.

—¿Piensas, Alice, que permitiría pasar por este pasadizo secreto a personas por mí queridas si hubiese posibilidades de tal índole?

—No, no lo pienso así ahora; pero este extraño hombre me entretiene, y si «tiene música en el alma», no rechacemos su compañía tan burdamente —dijo ella, mientras con su fusta señalaba con intención persuasiva el camino, a la vez que las miradas de ambos se cruzaron de un modo que el joven hubiera querido prolongar por un instante, para ceder finalmente éste ante tan gentil insistencia, y, tras clavarle las espuelas al corcel, volvió de un par de brincos al lado de Cora.

—Me alegro de haberle encontrado, amigo —continuó la joven, indicándole al desconocido que siguiera adelante, a la vez que fustigaba a su narraganset—. Algunos parientes lejanos me han dicho que no soy mala pareja para cantar salmos a dúo; podemos animar el viaje entreteniéndonos en nuestra común afición. Puede ser beneficioso para un profano, como es mi caso, escuchar las opiniones y las experiencias de un maestro en el arte.

—Es refrescante tanto para el espíritu como para el cuerpo la práctica de los salmos, en las temporadas más adecuadas —contestó el maestro cantor, sin vacilar en aceptar la invitación de la jo-ven—; y nada aliviaría más al alma que el consuelo de un canto compartido. Pero son necesarias cuatro voces para conseguir una perfección melódica. Tú pareces poseer la gracia de una voz de tiple, suave y esplendorosa; yo, con algo de ayuda, puedo elevar la nota más alta a un tenor pleno; ¡pero necesitamos uno ligero, además de un barítono! Ese oficial del rey que no quiso aceptar mi compañía podría cumplir la función del último, por lo que se desprende de su entonación cuando habla.

—No se precipite en juzgar a las personas por una engañosa primera impresión —dijo la dama, sonriente—; a pesar de que el comandante Heyward pueda adoptar notas tan graves en alguna ocasión, créame, su entonación natural se adecua más a la de un suave tenor que a la del barítono que le ha parecido oír.

—Entonces, ¿ha practicado mucho el arte del canto de salmos? —se apresuró a preguntar el ingenuo acompañante.

Alice sintió ganas de reír, aunque logró reprimirlas, y contestó:

—Más bien creo que es un adicto a la canción profana. Las circunstancias de la vida de soldado dejan poco lugar para inclinaciones de índole más sobria.

—La voz, al igual que cualquier otro talento, le fue dada al hombre para que se hiciera buen uso de ella, y no un abuso. ¡Nadie puede decirme que he desperdiciado mi talento! A pesar de que mi época de juventud podría no considerarse muy ortodoxa, al igual que la del rey David, en lo que a la música se refiere, ni una sola sílaba de versos vulgares jamás ha profanado mis labios.

—Entonces, ¿sus esfuerzos se han concentrado en la canción religiosa?

—Incluso así. Del mismo modo que los salmos de David superan cualquier otro lenguaje, así también la salmodia que se les ha dado por parte de los santos y los sabios del lugar sobrepasa toda vana poesía. Con alegría puedo asegurar que no expreso más que los pensamientos y deseos del mismísimo rey de Israel; la versión que utilizamos en las colonias de Nueva Inglaterra supera a todas las demás de tal manera que, por su riqueza, su precisión y su sencillez espiritual, se acerca todo lo que se puede a la gran obra del inspirado autor. Nunca se me encontrará, ni dormido ni despierto, desprovisto de un ejemplar de esta gran obra. Se trata de la vigésimosexta edición, promulgada en Boston, Anno Domini 1744, titulada Los salmos, himnos y canciones espirituales del viejo y nuevo testamento, fielmente traducidos al metro inglés, para la utilización, formación y consuelo de santos, en lugares públicos y privados, sobre todo en Nueva Inglaterra.

Durante este elogio a la escasa producción de sus poetas nativos, el desconocido extrajo el libro de su bolsillo y, tras fijar un par de lentes oculares al puente de su nariz, abrió el manual con una delicadeza y una veneración dignas de su sagrado propósito. Acto seguido, sin apología ni circunloquio, pronunciando la palabra «Standish» en primer lugar y llevando a su boca el desconocido artilugio ya descrito anteriormente, hizo sonar una nota estridente y aguda, seguida de una baja octava de su propia voz, y comenzó a cantar las siguientes palabras en tonos enérgicos, dulces y melódicos que marcaron el paso para la música, la poesía y hasta el movimiento inquieto de su animal:

Qué bueno es, mirad,
Y cómo bien agrada,
Juntos, en unión,
Que los hermanos así convivan.
Es como el ungüento selecto,
Que va de la cabeza a la barba:
Por la barba de Arón, hasta allí bajó,
Que a los bajos de sus vestiduras llegó.

La ejecución de estas rimas tan ingeniosas se hizo acompañar, en la persona del desconocido, por un movimiento regular de alzada y bajada de su mano derecha, la cual terminaba en su descenso con la acción momentánea de sus dedos sobre las hojas del pequeño manual; mientras que, en su ascenso, se abría con un estilo que tan sólo los muy doctos podían imitar. Daba la sensación de que este acompañamiento manual era el fruto de muchas horas de práctica, ya que continuó sin cesar hasta que el verbo escogido por el poeta para cerrar su verso se pronunció con dos contundentes sílabas.

Sería imposible que semejante perturbación del silencio y la quietud del bosque pudiera pasar desapercibida por parte de otros oídos que estuvieran a poca distancia. El indio le indicó algo, en un inglés agramatical, a Heyward, tras lo cual éste se dirigió al desconocido, interrumpiéndole y poniendo fin a sus hazañas musicales por el momento.

—Aunque no estemos en peligro, el sentido común nos ha de dictar que viajemos por estos parajes con el mayor sigilo posible. Por lo tanto, me perdonarás, Alice, si atento contra tus diversiones al pedirle a este caballero que posponga sus cánticos para una ocasión más oportuna.

—Pues sí que atentas contra ellas —replicó la chica, indignada—, ya que jamás había oído una conjunción de música y lenguaje menos meritoria; y en mi curiosidad estaba preguntándome cómo podría ser que no encajase el sonido con el sentido, ¡cuando tú interrumpiste el encanto de mis pensamientos con esa voz de barítono que tienes, Duncan!

—No sé lo que llamas voz de barítono —dijo Heyward, ofendido por su crítica—, pero sé que tu seguridad y la de Cora significan mucho más para mí que toda una orquesta tocando música de Handel —se detuvo y miró rápidamente hacia unos arbustos, y luego observó con suspicacia al guía, quien continuó su paso con invariable regularidad y firmeza. El joven se rió para sus adentros, ya que había confundido algún finto brillante con los destellantes ojos de un salvaje al acecho, y retomó su camino, reanudando la conversación que había interrumpido el momentáneo sobresalto.

Sin embargo, el comandante Heyward tan sólo se confundió al dejarse llevar más por su juvenil exceso de confianza que por su capacidad de observación. Nada más pasar la comitiva, las ramas de los mencionados arbustos se movieron ligeramente, y un rostro humano, tan fieramente salvaje como daba a entender la pintura que lo cubría, se asomó para vigilar la marcha de los viajeros. Una expresión de júbilo se formó sobre los oscuros rasgos pintados del habitante del bosque, a medida que estudiaba la ruta de sus potenciales víctimas, quienes confiadamente siguieron adelante; las formas ligeras y esbeltas de las féminas mezclándose con la de los árboles entre las sinuosas curvaturas del camino, seguidas por la viril figura de Heyward y, finalmente, la figura indefinida del maestro de canto, hasta que todos quedaron cubiertos por los innumerables troncos que, como oscuras bandas, se elevaban en medio de aquel lugar.