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El miedo a volar y a otras cosas

Al hacer la reserva de los vuelos para New Hampshire, Natalie se había asegurado de que ninguno de los aviones fuera propiedad de Daedalus Aeronautics. Pese a dichas precauciones, se pasó gran parte del viaje recostada en tensión contra el asiento, respirando ansiosamente, presa nuevamente de su antiguo miedo a volar. Hasta el más mínimo vaivén en el fuselaje la hacía pensar en el posible desplome de la cabina, y, al cerrar los ojos, percibió otra vez el pánico del capitán Newcomb luchando por estabilizar el avión, que viraba fuera de control entre la masa de nubes que surcaban a toda velocidad el cielo.

Callie, que nunca se había visto obligada a participar en la investigación de un accidente aéreo, no compartía la fobia de su madre y se había empeñado en dejar subida la cortinilla para ver el paisaje.

—¡Oh! ¡Mira, mamá, el Cañón del Colorado! —exclamó ilusionada, señalando la sima abierta a veinte mil pies por debajo de ellas.

Natalie se atrevió a mirar de refilón por la ventanilla, pero enseguida empezó a hiperventilar.

—Sí, cielo. Una maravilla.

Inmediatamente se volvió a la derecha, olvidando que Arabella Madison iba sentada al otro lado del pasillo. La agente levantó la cabeza de su ejemplar de la revista Vogue y le dirigió una miradita socarrona y perpleja, como insinuando que ya iba siendo hora de superar sus miedos. Siempre que Natalie salía de viaje, el Cuerpo enviaba a alguno de los agentes que tenía asignados para que la vigilara durante el trayecto, hasta que otro par de agentes regionales cubrieran los demás turnos al llegar a su destino. La suerte había querido que esa vez le tocara a Bella pisarle los talones, recordándole continuamente la última conversación que había mantenido con ella sobre su egoísmo y su incapacidad para poder cuidar a la familia.

Solo el entusiasmo de Callie hizo que el vuelo resultara soportable. Después de visitar a su padre en New Hampshire, la intención era regresar a California, y dejar a Callie en Lakeport, donde vivían los padres de Dan, que se habían ofrecido generosamente a cuidar de la pequeña mientras Natalie estuviera en Sudamérica. La ilusión de ver a tantos abuelos en tan breve espacio de tiempo había conseguido que Callie se olvidara de Vincent Thresher y Horace Rendell por primera vez en muchos meses. Por el momento, al menos, volvía a ser la de siempre: una niñita afable y feliz, como su padre.

• • •

El buen humor se esfumó en cuanto llegaron al Nashua Memorial Hospital y entraron en el apartado número 5 de la Unidad de Cuidados Intensivos, donde se encontraron al abuelo Wade tendido como un salmón sobre un lecho de hielo, con un tubo que iba desde el brazo a la bolsa del gotero que colgaba junto a su cama, y un par de cables que le salían del corazón conectados a un electrocardiógrafo al otro lado.

—Hola… nena —farfulló Wade Lindstrom al verlas entrar, sin poder levantar la cabeza de la almohada.

Tenía la mirada perdida, y Natalie no supo si se dirigía a ella o a Callie.

—Hola, papá. —Natalie depositó el ramillete de flores en el estante junto al gotero—. ¿Cómo estás?

—Mejor.

La palabra salió babeante por su boca, como un pedazo de comida a medio masticar. Si ese era su estado actual, pensó Natalie, mejor no haberlo visto antes de la intervención. Sus cabellos, antes veteados con hilillos de plata, habían adquirido una brumosa tonalidad gris amarillenta, y caían apelmazados y grasientos. Aunque había perdido peso, la piel descolgada sepultaba la definición de sus pómulos y confería a su rostro la consistencia de pura masilla.

Wade, no obstante, amagó una débil sonrisa y, al mirar hacia Callie, levantó una mano trémula.

—¿Cómo está mi… nieta favorita?

Callie se mantenía a distancia de la cama, como si temiera contagiarse de la enfermedad de su abuelo. Al llamarla Wade a su lado, miró hacia su madre indecisa.

—No pasa nada, cariño. —Natalie le hizo ademán de que se acercara—. Ven a decirle hola al abuelo.

La niña se acercó de mala gana hasta la barra de la cama y se asomó a mirar a Wade.

—Siento que estés malito, abuelo.

Wade palpó a tientas la barra, como si manipulara la garra de una máquina expendedora de regalos, y dejó caer la mano sobre la coronilla de Callie. Alborotó cariñosamente el pelo de la pequeña y el tubo del gotero dio un tirón.

—Pronto me pondré bien, cariño. Sea como sea, tengo… que estar en forma para el cumpleaños de cierta personita, y faltan ya pocas semanas…

Wade sonrió de nuevo, pero los párpados se le entornaron. Callie le cogió la mano, que ya flojeaba sin fuerzas, y la sostuvo entre las suyas.

—Abuelo…

Al ver que no respondía, Natalie le tocó suavemente en el hombro.

—Papá…

—¿Eh?

Wade parpadeó, y sus ojos tardaron un momento en encontrarla.

—La operación. ¿Ha ido bien según la doctora?

—Ah… sí, sí. Todo bien.

—Entonces ¿no cree que haya peligro de que te dé otro infarto?

—Bueno… me han hecho un doble bypass, y dice que quiere vigilarme a ver cómo evoluciona. Es posible que me metan en quirófano otra vez y me hagan un cuádruple. —Movió la mano izquierda sobre un punto indefinido del pecho—. Ya le dije que más le habría valido ponerme una cremallera.

Wade rio con socarronería, pero Natalie no parecía encontrarle la gracia. Una nueva intervención añadiría fácilmente unos cien mil dólares más a sus gastos médicos.

—¿Dónde te quedarás cuando te den el alta? —le preguntó—. ¿Necesitas ayuda?

Wade negó con la cabeza.

—No, qué va. Tengo una habitación reservada en una clínica de reposo. No os preocupéis por mí.

—¿Te lo cubre el seguro?

Natalie pensó en el dinero que Abe, es decir, el doctor Wilcox, le había prometido.

—Si no lo cubre, pediré una segunda hipoteca. Que se quede el banco con la dichosa casa.

La risa lo dejó exhausto y pareció quedarse traspuesto.

—Papá —Natalie se acercó a su oído—, Callie y yo tenemos que irnos de viaje unos días, pero volveremos lo más pronto posible. Tú descansa y recupérate pronto, ¿de acuerdo?

Wade no se inmutó.

Con un aprensivo sobresalto, Natalie echó un vistazo al monitor del electrocardiógrafo, pero comprobó que este seguía registrando latidos lentos y regulares.

—Mejor que dejemos descansar al abuelo —le dijo a Callie.

La pequeña se puso de puntillas y dejó la mano inerte de Wade reposando sobre la cama.

—Te queremos, abuelo.

El durmiente no reaccionó, pero Callie salió de la habitación reculando, como si temiera perderse la sonrisa de su abuelo si le daba la espalda. Natalie sintió una punzada de culpa ante aquella muestra espontánea de cariño incondicional por parte de su hija, a la par que cierta envidia. Aunque la devoción y generosidad de Wade para con su nieta habían conseguido que Natalie se reconciliara con él, no le había vuelto a decir que lo quería desde el día en que su padre la dejara en la Academia de Médiums Iris Semple, más conocida como la Escuela, un lúgubre internado victoriano donde los futuros agentes del CCUN estaban obligados a recibir su formación profesional. Le había reprochado a su padre con tanta inquina y durante tanto tiempo que la sometiera a aquella servidumbre, que el sentimiento de ternura que ahora le inspiraba suscitaba en ella cierto recelo. Habían cambiado tanto los dos en los últimos años que Natalie se sentía como una completa extraña ante aquel hombre con el corazón malherido tumbado en aquella cama de hospital.

—Nos vemos pronto, nena.

El sonido de la voz de Wade, con la alegre vitalidad de siempre, detuvo en seco a Natalie cuando ya salía por la puerta, y volvió inmediatamente la cabeza hacia la cama. Su padre seguía allí inmóvil, con una calma tan beatífica en el rostro que parecía como retocado por un embalsamador. Callie, que salía de la mano de su madre, miró hacia ella con semblante perplejo, al parecer ajena al motivo por el que Natalie la detenía con tal brusquedad.

«Nos vemos pronto, nena»: esa era la frase con la que siempre solía despedirse su padre, en las raras ocasiones en que iba a visitarla a la Escuela. Una frase que siempre significaba que no volvería a verlo hasta al cabo de mucho, mucho tiempo.

Natalie salió de la habitación tirando de su hija.

—¿Se pondrá bien? —le preguntó Callie, procurando seguir el paso a su madre por el pasillo del hospital.

—Claro que se pondrá bien, cariño —respondió Natalie, aunque no estaba nada convencida.