25

Ahmad Ibrahim Sháwkat estaba sentado en la sala de lectura en la biblioteca de la Universidad, absorto en el libro que tenía delante. Sólo quedaba para los exámenes una semana, y el esfuerzo llegaba al límite. Sintió que alguien entraba en la sala y se sentaba detrás de él. Se volvió con curiosidad y vio a Alawiyya Sabri. ¡Sí, era ella! Quizás se había sentado a la espera de algún libro que habría pedido. En el momento de volverse, sus ojos se encontraron con los negros ojos de ella; luego volvió la cabeza, con el corazón y los sentidos en tensión. No cabía la menor duda de que debía conocerlo de vista, como que sabía que estaba enamorado de ella. Tales cosas no se ocultan. Tanto más cuanto que cada vez que se volvía hacia acá o hacia allá —lo mismo en las aulas que en el jardín de el-Ormán— se lo encontraba mirándola a hurtadillas. Su presencia se interpuso entre él y lo que estaba leyendo, pero su alegría superaba toda medida. Desde que se enteró de que ella iba a especializarse en Sociología como él, abrigó la esperanza de que acabarían por conocerse mutuamente a lo largo del siguiente año, ocasión que nunca se le brindó este, por el número tan grande de alumnos que había en la clase de Preparatoria. En todo caso, jamás le había sucedido encontrársela así tan cerca de él sin que nadie los mirara. Se le ocurrió acercarse a las estanterías de consultas como para mirar un libro y, de paso, saludarla. Echó una ojeada a su alrededor y vio un número de estudiantes que podía contarse con los dedos de la mano, diseminados aquí y allá. Se levantó sin dudarlo más, y caminó por entre la fila de asientos. Cuando pasó por delante de ella, sus ojos se encontraron; él inclinó la cabeza saludando cortésmente. Las facciones de la muchacha reflejaron sorpresa, pero a pesar de todo le devolvió el saludo con un movimiento de cabeza y volvió a lo que tenía delante. Ahmad se preguntó: «¡Vaya! ¿Habré cometido algún error?». No, era compañera suya desde hacía un año largo, y estaba obligado a saludarla al encontrarse cara a cara en un lugar casi vacío. Dirigió sus pasos hacia los anaqueles que contenían las enciclopedias. Escogió luego un volumen y se puso a pasar las hojas sin leer una sola palabra. Su felicidad por haberle devuelto ella el saludo era inmensa. Se le borró el cansancio y su ánimo cobró vitalidad. ¡Qué bonita era! Ella había llenado los entresijos de su alma de deslumbramiento y magnetismo, convirtiéndose en su única obsesión. Todo en ella revelaba que pertenecía a «una familia», como se dice normalmente, y lo que más le asustaba era que su exquisita cortesía no ocultaba en parte su orgullo de clase. Cierto que él podía confesarle, si hacía el caso, y sin faltar a la verdad, que él también pertenecía a una «familia». ¿No lo eran los Sháwkat? Desde luego… y con una fortuna que en su día sería suya incluidos rentas e intereses. Su boca esbozó una sonrisa irónica. ¡Rentas… intereses… familia! ¿Dónde estaban sus principios entonces? Sintió un cierto embarazo. El corazón con pasiones no conocía principios. La gente ama y se casa fuera del campo de sus principios, y sin preocuparse de ellos. Tiene que crear con su parte buena un nuevo ser, como quien penetra en un país extranjero tiene que hablar su lengua para conseguir lo que quiere. Por otra parte es cierto que la clase social y la fortuna son dos realidades manifiestas que no se las inventa uno, ni su padre, ni su abuelo. Él no era responsable de ellas. Sólo la ciencia y la lucha eran capaces de borrar estas frivolidades que dividen al ser humano. Quizás pudiera él cambiar el sistema social, pero ¿cómo lograría cambiar el pasado, perteneciendo de hecho a una familia adinerada? Estaba fuera de toda cuestión que los ideales populares fueran barreras para un amor aristocrático. El mismo Karl Marx se casó con Jenny von Westphalen, nieta del duque Brunswick, llamada «la princesa mágica» y «la reina de la danza». Ella era otra reina mágica, y si bailara, sería la reina de la danza. Devolvió el volumen a su sitio y regresó, contemplando lo que se podía ver de su figura: la parte superior de su espalda, la superficie delicada del cuello, y la nuca adornada con el cabello trenzado. ¡Qué maravilloso espectáculo! Pasó ágilmente por delante de ella hacia su sitio, y tomó asiento. Apenas habían transcurrido unos minutos cuando oyó sus ligeros pasos. Miró hacia atrás entristecido, pensando que ella se marchaba, pero la vio acercarse. Cuando llegó a su altura se paró tímidamente, mientras él no daba crédito a sus ojos.

—Perdona —dijo ella—, ¿me podrías dejar los apuntes de historia?

Se levantó como un soldado y respondió:

—Desde luego…

—No he podido seguir al profesor de inglés como es debido —dijo ella excusándose—, y se me han pasado muchos puntos importantes. Yo sólo consulto lo que se refiere a las asignaturas en las que me especializaré después, pues no me da tiempo a hacerlo con las otras…

—Comprendo… comprendo…

—He sabido que tus apuntes son muy completos y que se los has prestado a muchos compañeros para que se pongan al día.

—Sí, los tendrás a tu disposición mañana.

—Muchísimas gracias. No pienses —dijo luego sonriendo— que soy perezosa; es que mi inglés es muy mediocre…

No te preocupes; yo a mi vez soy muy malo en francés, y puede que eso nos ofrezca la ocasión de ayudarnos mutuamente. Pero, perdón, ¿quieres sentarte? Quizá te interese echar una ojeada a este libro, Introducción a la sociología de Hopkins…

—Gracias —repuso ella—. Lo he consultado varias veces. Has dicho que no eres muy bueno en francés. ¿Necesitas los apuntes de Psicología?

—Te lo agradecería, si me haces el favor… —contestó Ahmad sin dudarlo.

—Mañana haremos el intercambio…

—Encantado, pero, perdona; sabrás que la mayoría de las clases de Sociología son en inglés…

—¿Entonces, sabes que he escogido Sociología? —preguntó ella disimulando una sonrisa que pugnaba por salir.

Él, a su vez, sonrió para ocultar su apuro. No se trataba tanto de apuro como de sentir que había «caído», así que dijo simplemente:

—¡Si!

—¿Cómo?

—He preguntado y me he enterado contestó audazmente.

Ella apretó los labios carmesí, y luego dijo como si no hubiese oído la respuesta:

—Mañana intercambiaremos los apuntes…

—Mañana por la mañana… Estoy muy contento de haberte conocido —se apresuró a decirle—. ¡Hasta mañana!

Permaneció de pie hasta que la puerta se cerró tras ella; luego se sentó. Observó que algunos lo miraban con curiosidad, pero él estaba ebrio de felicidad. ¿Su conversación era una respuesta de ella a su admiración, o por el contrario, se trataba de la necesidad perentoria de conseguir sus apuntes? No había habido ocasión de conocerse. La encontraba siempre con el grupo de compañeras. ¡Esta había sido la primera oportunidad! Había obtenido lo que tanto había esperado, como si fuera un milagro. Una palabra de la boca que amamos puede hacer un todo de la nada…