El escribano del palacio padeció espantosos temores cuando se descubrió el complot de Dixmer. Sabía que podía aparecer como cómplice de su falso colega y ser condenado a muerte. Fouquier-Tinville le llamó, y el hombre sólo pudo demostrar su inocencia gracias a la declaración de Geneviève, la huida de Dixmer y el interés del propio Fouquier por conservar a su administración limpia de cualquier mancha.
—Ciudadano —había dicho el escribano—, me he dejado engañar como un animal.
—Un empleado de la nación que se deja engañar en estos tiempos, merece ser guillotinado —había contestado Fouquier—. Animal o no, nadie se debe adormecer en su amor por la República. Te perdono porque no quiero que ningún empleado mío sea sospechoso. Pero acuérdate que la mínima palabra que oiga sobre este asunto, será tu condena de muerte.
El escribano buscó a Dixmer por todas partes para recomendarle silencio; pero Dixmer había cambiado de domicilio y no le pudo encontrar.
El día en que juzgaban a Geneviève, Dixmer apareció en la oficina del palacio. El escribano se quedó petrificado como si viera a un espectro.
—¿No me reconoces? —preguntó Dixmer.
—Sí; eres el ciudadano Durand, o mejor dicho, el ciudadano Dixmer. Pero ¿estás muerto?
—Todavía no, como puedes ver.
—Quiero decir que se te va a detener.
—¿Quién quieres que me detenga? No me conoce nadie.
—Yo te conozco; y sólo tengo que decir una palabra para que te guillotinen.
—Y yo sólo tengo que decir dos para que te guillotinen conmigo. Escucha: mi mujer va a ser condenada y deseo verla por última vez para decirle adiós.
—¿Dónde?
—En la sala de los Muertos.
—¿Te atreverás a entrar allí?
—¿Por qué no? Debe haber un medio de hacerlo.
—Sí que lo hay: consiguiendo un salvoconducto.
—¿Dónde se consigue? —el escribano vacilaba—. Contesta.
—Se consiguen… aquí.
—¿Y quién los firma habitualmente?
—Yo.
—¡Mira qué bien! —dijo Dixmer—. Tú me vas a firmar un salvoconducto.
El escribano se sobresaltó, dijo que se jugaba la cabeza y aseguró que iba a hacer que le detuvieran.
—Hazlo —dijo Dixmer—; yo te denunciaré como mi cómplice y me acompañarás a la famosa sala en vez de dejarme ir solo.
El escribano quería buscar una manera de arreglar el asunto que fuera menos comprometedora para él, y le propuso:
—Entras por la puerta de los condenados, para lo que no hace falta salvoconducto. Y luego, cuando hayas hablado con tu mujer, me llamas y yo te hago salir.
—No está mal —dijo Dixmer—. Pero, desgraciadamente, hay una historia que se cuenta en la ciudad: un pobre jorobado se ha equivocado de puerta y, creyendo entrar en los archivos, entra en la sala de los Muertos por la puerta de los condenados, y como no lleva salvoconducto, no se le deja salir, diciéndole que, como ha entrado por la misma puerta que los demás condenados, él también lo es. De nada le ha servido protestar y jurar, nadie le ha creído, nadie ha ido en su ayuda, nadie le ha ayudado a salir. De manera que, pese a sus protestas, juramentos y gritos, el verdugo le ha cortado los cabellos y luego el cuello. Tú debes saber si la anécdota es cierta.
—Sí, es cierta —dijo el escribano.
—Entonces, yo estaría loco si entrara en un sitio tan peligroso con semejantes antecedentes.
El escribano le aseguró que él le esperaría junto a la puerta.
—Eso te comprometería —dijo Dixmer—: Te verían hablar conmigo; y además, no me conviene. Prefiero el salvoconducto.
—Imposible.
—Entonces, querido amigo, hablaré, y daremos una vuelta juntos por la plaza de la Revolución.
El escribano, aturdido y medio muerto, firmó un salvoconducto para un «ciudadano». Dixmer lo cogió y se fue.
A partir de ese momento, el escribano, para evitar toda acusación de connivencia, fue a sentarse junto a Fouquier-Tinville, dejando la dirección de su oficina a su primer oficial.
A las tres y diez, Maurice, provisto de salvoconducto, atravesó una auténtica valla de carceleros y guardias, y llegó sin obstáculo hasta la puerta fatal.
La habitación estaba dividida en dos compartimentos; en uno permanecían los empleados encargados de registrar los nombres de los que llegaban; en el otro, amueblado con unos bancos de madera, esperaban los que acababan de ser detenidos y los que acababan de ser condenados, que era casi lo mismo.
La sala era sombría. Una mujer vestida de blanco y medio desvanecida yacía en una esquina. Ante ella, un hombre guardaba silencio. Alrededor de estos dos personajes se movían confusamente los condenados, que sollozaban o cantaban himnos patrióticos. Otros se paseaban a grandes zancadas, como para huir del pensamiento que les devoraba.
Era la antesala de la muerte, y su mobiliario hacia honor su nombre: las camas, tumbas provisionales, eran ataúdes llenos de paja. En una pared se alzaba un gran armario; un prisionero lo abrió por curiosidad y retrocedió con horror: el armario encerraba las ropas sangrientas de los ajusticiados la víspera, y largas trenzas de cabellos colgaban acá y allá; eran las propinas del verdugo, que se las vendía a los parientes cuando la autoridad no le ordenaba quemar esas queridas reliquias.
Maurice contempló el cuadro, avanzó tres pasos y cayó a los pies de Geneviève. La pobre mujer lanzó un grito que Maurice ahogó en sus labios. Lorin abrazó a su amigo llorando; eran las primeras lágrimas que derramaba.
Los condenados apenas se observaban unos a otros. Cada uno estaba demasiado ocupado con sus propias emociones para preocuparse de las de los demás.
Los tres amigos permanecieron unidos por un momento en un abrazo mudo, ardiente y casi alegre.
Maurice tomó las manos de Geneviève y dijo a Lorin.
—Has sido detenido por mí y condenado por ella, sin haber hecho nada por tu parte contra las leyes; si Geneviève y yo pagamos nuestra deuda, no conviene que se te haga pagar a ti.
—No te entiendo.
—Lorin, eres libre.
—¿Libre? ¡Estás loco! —dijo Lorin.
—No estoy loco; te repito que estás libre; aquí tienes un salvoconducto. Cuando te pregunten, di que eres un empleado de la oficina de los Carmelitas, que has venido a hablar con el escribano del palacio, has sentido curiosidad, y has pedido un salvoconducto para ver a los condenados.
—Si se puede salir de aquí, ¿por qué no haces que se salve ella? —preguntó Lorin.
—Imposible. En el salvoconducto pone un ciudadano, y no una ciudadana; además, Geneviève no querría salir dejándome aquí.
—Y si ella no quiere, ¿por qué iba a querer yo?, ¿crees que tengo menos valor que una mujer?
—No, amigo mío: todo lo contrario; yo sé que eres el hombre más valiente; pero nadie podría disculpar tu cabezonería en este caso. Vamos, Lorin, aprovecha la ocasión, y danos esta alegría suprema de saberte libre y feliz.
—¿Feliz sin vosotros? No. Si estando yo preso, existiera la posibilidad de encontraros, derribaría murallas; pero, para salvarme solo, para pasar ante las casas donde os he visto y no ver más que vuestras sombras, para llegar a execrar este París al que he querido tanto; para eso, no. Me quedo aquí.
—Pobre amigo —dijo Maurice.
Geneviève no decía nada, pero le miraba con los ojos empañados de lágrimas.
—Echas de menos la vida —dijo Lorin.
—Sí; por ella.
—Yo no la echo de menos por nada; ni siquiera por la diosa Razón, que me ha hecho últimamente las más graves injusticias, por lo que ni siquiera tendrá el trabajo de consolarse como la otra Artemisa[28], la antigua. Me iré tranquilo y chistoso; divertiré a todos los miserables que corren junto a la carreta; recitaré un bonito cuarteto a Sansón, diré buenas noches a todos… es decir… espera. Sí, tengo que salir. Sabía que no quería a nadie, pero olvidaba que odiaba a uno. Tu reloj, Maurice, tu reloj.
—Las tres y media.
—Tengo tiempo, diablo, tengo tiempo.
—Quedan nueve acusados aún —dijo Maurice—. Tenemos casi dos horas por delante.
—Es todo lo que necesito. Dame tu salvoconducto y préstame veinte sueldos.
Geneviève le preguntó qué iba a hacer, pero Lorin eludió la respuesta. Maurice sacó su bolsa y la puso en manos de su amigo junto con el salvoconducto. Lorin besó la mano de Geneviève y, aprovechando la llegada de una hornada de condenados, pasó por encima de los bancos y se plantó en la puerta. Se le acercó un guardia y le mostró el salvoconducto. El guardia reconoció la firma del escribano, pero desconfiaba, y al ver al escribano, que llegaba en ese momento del tribunal, le mostró el papel, preguntándole si era auténtico.
El escribano tembló de miedo y, convencido de que vería a Dixmer si levantaba la vista, se apresuró a responder, apoderándose del salvoconducto:
—Sí, sí, es mi firma —y rompió el papel en mil trozos—. Pero este tipo de salvoconductos sólo valen para una vez.
Lorin se quedó un momento irresoluto, y luego salió de la oficina. Maurice le siguió con la mirada, y cuando desapareció, dijo a Geneviève.
—Está salvado. Han roto su salvoconducto y no podrá volver a entrar. Además, ya va a terminar la sesión del tribunal: él volverá a las cinco, y nosotros ya habremos muerto.
Geneviève suspiró, estremeciéndose.
—Abrázame —dijo—, y no nos separemos. ¡Por qué no será posible que nos mate un mismo golpe para exhalar juntos nuestro último suspiro!
Los dos jóvenes se retiraron a lo más profundo de la sala. Geneviève se sentó junto a Maurice y le pasó los brazos alrededor del cuello; así enlazados, respirando los dos el mismo aire, se adormecieron.
Una media hora pasó.