17. UN DÍA EN RANGÚN

Nayland Smith regresó de hablar por teléfono. Habían transcurrido casi veinticuatro horas desde la espantosa muerte de Burke.

—No hay noticias, Petrie —dijo sucintamente—. Debe de haberse arrastrado hasta cualquier agujero inaccesible para morir allí.

Alcé la vista de mis notas. Smith se acomodó en la butaca blanca de mimbre y se envolvió en nubes de humo aromático. Yo cogí medio folio, repleto de la abigarrada escritura a lápiz de mi amigo, y para completar mi relato de la última atrocidad de Fu-Manchú, escribí lo siguiente:

«Los Amharun, tribu semítica relacionada con los Falashas que lleva muchas generaciones establecida en la provincia meridional de Soa (Abisinia), han sido considerados impuros y parias desde la época de Menelek —hijo de Suleyman y la reina de Saba—, de quien afirman ser descendientes. Aparte de su costumbre de comer carne cortada de animales vivos, se les considera malditos por su presunta asociación con el Cynocephalus hamadryas (el babuino sagrado). Yo mismo fui conducido a una choza situada a orillas del Hawash y pude ver una criatura… cuyo rasgo predominante era una irracional alevosía hacia… y una feroz ternura por sus peludos semejantes. Su capacidad para rastrear pistas es idéntica a la de un sabueso, mientras que sus brazos, de una longitud poco corriente, poseen una fuerza extraordinaria… un Cynocephalyte como ese contrae tisis incluso en las provincias más norteñas de Abisinia…»

—Aún no me ha explicado, Smith, cómo contactó con Fu-Manchú; cómo supo que no estaba muerto, tal como suponíamos, sino vivo, en activo —dije una vez completada la transcripción.

Nayland Smith se levantó y clavó sus acerados ojos grises en mí con una expresión ambigua. A continuación, dijo:

—No, no lo he hecho. ¿Quiere saberlo?

—Claro —respondí sorprendido—. ¿Hay algún motivo por el que no debería?

—En realidad, no —dijo Smith—; o, más bien —me observó fijamente—, espero que no lo haya.

—¿A qué se refiere?

—Bien… —cogió la pipa de la mesa y empezó a rellenarla con actitud enérgica—, me topé con la verdad un día en Rangún. Salí de la casa que habité por un tiempo y al doblar la esquina hacia la calle mayor, tropecé con… literalmente tropecé con…

Volvió a titubear de un modo extraño, después cerró la petaca y la lanzó a la butaca de mimbre. Encendió una cerilla.

—Tropecé con Karamaneh —prosiguió de repente, y se puso a aspirar la pipa, mientras el aire se iba llenando de nubes de humo.

Contuve el aliento. Por eso me había ocultado la historia tanto tiempo. Conocía mis desesperanzados e indestructibles sentimientos hacia la increíblemente bella —aunque malvada e hipócrita sin remedio— muchacha oriental, tal vez la más peligrosa de todos los sirvientes de Fu-Manchú; su encanto era mágico, como yo había comprobado a mi pesar.

—¿Qué hizo? —pregunté con suavidad mientras tamborileaba en la mesa con los dedos.

—Como es natural —continuó Smith—, proferí una exclamación y le tendí las manos alegremente. La saludé como si acabara de encontrarme a una vieja amiga. Pensé en lo mucho que se alegraría usted cuando supiese que había encontrado a la joven desaparecida; supuse que usted acudiría a Rangún en el barco más rápido que encontrase…

—¿Y?

—¡Karamaneh retrocedió y me miró con absoluta animadversión! No pareció reconocerme ni hizo ningún gesto amable… me contemplaba con una mezcla de ira y desdén.

Se encogió de hombros y empezó a recorrer el cuarto de un lado a otro.

—No sé qué habría hecho usted en aquellas circunstancias, Petrie, pero yo…

—¿Sí?

—Creo que reaccioné con cierta precipitación. Me limité a agarrarla sin decir nada, allí mismo, en una vía pública, y la arrastré a casa sin perder tiempo. Ella pataleaba y se debatía como un diablillo. No gritó ni hizo nada parecido, pero luchó en silencio como un animal rabioso. ¡Oh!, me dejó unas cuantas marcas, se lo aseguro. Sea como fuere, la llevé a mi despacho que, por suerte, estaba vacío en aquel momento; la arrojé a una silla y me la quedé mirando.

—Continúe —dije en tono cavernoso—. ¿Qué más?

—Me fulminó con sus maravillosos ojos. ¡Tenía una expresión de odio implacable! Al recordar todo lo que habíamos hecho por ella, al rememorar nuestra antigua amistad y, sobre todo, al pensar en usted, aquella mirada casi me hizo estremecer. Iba vestida con mucha elegancia, al estilo europeo, y todo se había desarrollado tan rápido que, mientras la contemplaba, casi esperaba despertar en cualquier momento y descubrir que había soñado despierto. Sin embargo, era real, como real era su hostilidad. Sentí la necesidad de reflexionar y, tras esforzarme en vano por hacerla hablar sin obtener otra respuesta que su mirada de odio, la dejé allí, salí y cerré la puerta con llave.

—Una actitud un poco prepotente, ¿no?

—Los comisionados gozamos de ciertas prerrogativas, Petrie, e hiciera lo que hiciese nadie iba a pedirme explicaciones. Sólo había una ventana en el despacho y estaba a más de seis metros del suelo; daba a una estrecha calle perpendicular a la vía principal (creo que ya le he dicho que la casa estaba en una esquina), de modo que no podía escapar. En el momento del encuentro me dirigía a una cita importante así que, tras dejar encargado a mi criado nativo (que por casualidad estaba en el piso de abajo), salí a toda prisa.

La pipa de Smith, como de costumbre, se había apagado, y se dispuso a encenderla mientras yo, con la vista baja, seguía tamborileando en la mesa.

—El chico le llevó té por la tarde —prosiguió—, y al parecer la encontró más tranquila. Regresé poco tiempo después del anochecer y me informó de que la última vez que le había echado un vistazo, una media hora antes, estaba sentada en un sillón leyendo el periódico (debo decir que todos los objetos de valor que había en la oficina estaban bajo llave). A esas alturas, ya se me había ocurrido un plan. Subí las escaleras despacio, abrí la puerta y entré en la oficina, que estaba a oscuras. Encendí la luz… ¡El cuarto estaba vacío!

—¡Vacío!

—La ventana estaba abierta y el pájaro había alzado el vuelo. ¡Oh! No era muy sencillo salir volando; se daría cuenta enseguida si viera la casa. Un muro liso, de treinta o cuarenta metros de largo, flanqueaba el lado opuesto de la calle; además, como había llovido mucho, el suelo estaba cubierto de lodo. Y, por si fuera poco, el chico que había dejado encargado de la muchacha había estado sentado en el umbral desde la última visita de inspección, justo debajo de la ventana del despacho, aguardando mi regreso…

—Lo sobornaría —dije con amargura—, o lo corrompería con sus diabólicos arrumacos.

—Juraría que no —afirmó Smith—. Conozco al muchacho y juraría que no. En el barro de la calle no se veían las marcas de una escalera de mano. Lo que es más, es imposible que nadie intentase sacarla por esos medios mientras el muchacho estaba sentado en el umbral. En resumen, no bajó a la calle y no salió por la puerta…

—¿Había alguna cornisa al otro lado de la ventana?

—No; era imposible saltar a derecha o a izquierda de la ventana y también subir al tejado. Lo comprobé.

—¡Pero, mi querido amigo…, está usted eliminando todos los medios de escape posibles! —exclamé—. Según eso, tuvo que salir volando.

—Lo sé, Petrie, según eso tuvo que salir volando; en otras palabras, hasta el momento, no he logrado comprender cómo salió de la habitación. Sólo sé que lo hizo.

—¿Y después?

—Comprendí de inmediato que el astuto doctor tenía algo que ver con aquella increíble fuga. La paz había terminado. Sin perder un instante, empecé a barajar unas cuantas hipótesis. Fue así cómo conseguí dar con la pista y me enteré de que, sin ninguna sombra de duda, el doctor chino estaba vivo. Y no sólo eso: ¡en aquellos momentos se dirigía de nuevo a Europa!

Hubo un breve silencio. Después, Smith concluyó:

—Supongo que el misterio se aclarará algún día, pero de momento el enigma sigue ahí. —Echó un vistazo al reloj—. Tengo una cita con Weymouth, será mejor que vaya tirando. Le dejo con el problema que hasta el día de hoy se me ha resistido.

En mi mirada pudo leerse una clara interrogación.

—¡Oh, no tardaré! —añadió—. Creo que puedo arriesgarme a salir solo por esta vez; no creo que corra peligro.

Nayland Smith bajó a vestirse y me dejó sentado a la mesa del despacho, sumido en mis reflexiones. Las notas acerca de la renovada actividad del doctor Fu-Manchú estaban amontonadas a mi izquierda. Abrí un nuevo cuaderno y me dispuse a añadir al relato los pormenores de aquel sorprendente encuentro en Rangún, que, sin duda, marcaban el principio de la segunda campaña del chino. Smith se asomó a la habitación antes de salir pero al ver que estaba ocupado no me molestó.

Creo haber dejado bastante claro que no tenía demasiada clientela y la hora de visita transcurría sin que más de dos pacientes acudieran a la consulta.

Concluida la tarea, eché un vistazo al reloj y decidí dedicar el resto de la tarde a investigar por mi cuenta. Le había ocultado el incidente a Nayland Smith, sobre todo porque temía sus pullas, pero no había olvidado, ni mucho menos, que había visto, o estaba casi seguro de haber visto, en la tienda de un anticuario, a menos de cien metros del Museo Británico, a Karamaneh, aquella hermosa chiflada que, en el Londres moderno, afirmaba ser una esclava.

Se me había ocurrido una teoría y ardía en deseos de comprobarla. Recordaba que, hacía dos años, había conocido a Karamaneh cerca de aquel lugar, y el inspector Weymouth había afirmado con la mayor convicción que el cuartel general de Fu-Manchú ya no estaba en el East End, como antaño. Pensé que había muchas probabilidades de que hubiesen escogido aquel lugar como cuartel general. Era más discreto y no despertaría las sospechas de la policía. Quizás estaba concediendo demasiada importancia a lo que pudiera ser una alucinación; tal vez mi teoría se asentaba en una base muy endeble: nada tan simple como que me parecía haber visto a Karamaneh en la tienda de un tratante de antigüedades. Si se demostraba que habían sido alucinaciones, mi teoría se derrumbaría al instante. Aquella noche comprobaría esas premisas y, según los resultados de la investigación, decidiría el camino a seguir en un futuro.