El Rolls de color beis y plateado de sir Bertram, conocido en muchas capitales europeas, fue conducido hasta la puerta del club, y el cortés financiero ayudó a subir a su hermosa acompañante.
—Le advierto, sir Bertram, de que está un poco lejos.
—¿Cómo cuánto?
—Unos veintitrés kilómetros, en dirección a Surrey.
—Con usted el tiempo pasará muy deprisa.
—Si le dice al chófer que vaya por el túnel de Sutton, le indicaré cuando lleguemos cómo encontrar Rowan House.
—¿Rowan House? ¿Es allí adónde vamos?
—Es una casa muy antigua, una especie de reliquia. Estuvo en venta hace algunos años. En una ocasión perteneció a sir Lionel Barton, el famoso explorador.
—¿Barton? —Sir Bertram entró y se sentó junto a Madame Ingomar tras darle unas rápidas instrucciones a su chófer—. En una ocasión conocí a Barton. Un loco brillante. Estuvo a punto de provocar una rebelión hace uno o dos años en Afganistán o un lugar así, por haber robado los objetos de adorno de la tumba de un profeta. ¿Se refiere a este hombre?
El coche arrancó con suavidad.
—Sí —contestó Madame Ingomar mientras se arrellanaba en los cojines y miraba a sir Bertram—. Se trata del mismo hombre. La casa era muy barata, pero adecuada en muchos sentidos.
Madame Ingomar volvió de nuevo la cabeza y miró hacia delante. Sir Bertram, mientras estudiaba su perfil de camafeo, intentó descubrir a qué le recordaba. Se inclinó hacia delante y corrió la cortina de separación.
—Las luces de los coches me deslumbran —dijo—. Así se está mejor.
—Gracias —murmuró ella.
El enorme Rolls, silenciosamente, devoró kilómetro tras kilómetro de la carretera de Londres. El coche de la brigada móvil, muy pegado a ellos, debía esforzarse al máximo para no perder la pista de su presa. El inspector jefe Gallaho se había quitado el bombín en dos ocasiones desde que habían abandonado Bond Street y, cada vez se lo había colocado en un ángulo diferente, cosa que denotaba un nerviosismo evidente. Sterling y Nayland Smith permanecían en silencio.
Madame Ingomar le tocó la mano a sir Bertram, que se llevó sus dedos a los labios y los besó con arrobo.
—Por favor, por favor —le rogó ella—. No permitiré que me corteje mientras dude tanto de mí. Si lo hiciera, me sentiría como una cortesana.
Sir Bertram se reclinó sin dejar de observarla. Ella dejó caer su estola y miró hacia atrás, por encima de su hombro.
—Usted es un hombre de honor —dijo ella, fijando de repente su magnética mirada en él—. Necesito su ayuda, pero jamás me comprenderá hasta que no conozca algunos de los peligros de mi vida.
La mujer dejó caer el vestido y mostró sus hombros desnudos. Sir Bertram ahogó una exclamación.
¡Aquella espalda marfileña estaba llena de marcas de azotes!
El hombre la miró fascinado, con los puños apretados. Con un movimiento lleno de gracia, casi indolente, de sus delgados brazos, Madame Ingomar se colocó bien el vestido, se envolvió con la estola de piel y se reclinó en la esquina mirándole con las pestañas bajas.
—¿Qué ser malvado le hizo eso? —masculló él—. ¿Qué canalla pudo dañar esta piel de marfil?
El hombre se había inclinado hacia ella, con una rodilla en el suelo del coche, como un suplicante, literalmente a sus pies. Pero ella miró hacia delante. Cuando sir Bertram la tomó de las manos, ella las dejó inmóviles entre las de él.
—¡Dígamelo! —La violencia de su propia voz le sorprendió—. Quiero saberlo. Debo saberlo.
—No serviría de nada —contestó ella en una voz tan débil que apenas la oyó—. En esto no puede ayudarme. Pero… —Le miró entrelazando sus dedos con los de él—. Quería que supiera que lo que le he dicho acerca de mi vida no es una mentira.
Sir Bertram le besó las manos, le besó los brazos y, casi embriagado por la belleza de aquella mujer enloquecedora e incomprensible, le habría besado los labios, pero una mano fina y enjoyada se interpuso entre los labios de él y los de ella.
Le disuadió con delicadeza, aunque sus ojos, entornados, no parecían molestos.
—Por favor… todavía no —dijo—. Ya le he dicho que me hace sentir usted como una libertina.
Sir Bertram se recuperó. Sentado, mirando hacia delante, con los dientes fuertemente apretados, intentó analizar sus sentimientos.
¿Acaso se encontraba en las redes de la aventurera de mayor talento que jamás se hubiera cruzado en su camino? ¿Acaso estas oleadas de loca pasión que en ocasiones le invadían significaban que en lo que a Madame Ingomar se refería era incapaz de controlarse? Si ella era lo que decía ser, ¿cuáles eran sus propias intenciones respecto a ella?
Se interrogó a sí mismo. ¿Estaba preparado para casarse con ella?
Ella permaneció en silencio junto a él. Sir Bertram conocía sus más extraños impulsos. Desde sus días en Oxford no había experimentado nada parecido. De no ser por aquel gentil desaire, habría querido abrazar a Madame Ingomar y acallar sus protestas con besos. Quería exigirle, como si tuviera el derecho de un amante, la verdadera explicación de aquellas cicatrices de su espalda. Quería matar al hombre que se las había hecho, y fue el reconocimiento de aquel deseo homicida lo que detuvo, de algún modo, el torbellino de sus pensamientos.
¿Era posible que él, a su edad, con el lugar que ocupaba en la sociedad, pudiera enloquecer de aquel modo por una mujer? Ladeó la cabeza y la miró.
Ella permanecía reclinada en los cojines. Pese a tener los ojos entreabiertos, miraba hacia delante abstraídamente, y sir Bertram capturó aquel recuerdo que le rehuía: era el perfil de la reina Nefertiti, aquel exquisito misterio cuyo retrato, de un artista desconocido, había sido objeto de tanta disputa.
Las calles desiertas no ofrecieron ningún obstáculo para el chófer. Llegaron a las afueras de Londres y el coche de policía que les seguía tuvo mayor dificultad en no perder al Rolls de sir Bertram.
—No entiendo nada —se lamentó Gallaho—. ¿Adónde demonios va?
—Hacía tiempo que no pasaba por esta zona —dijo Nayland Smith—. Pero me trae recuerdos muy curiosos. Conocí a sir Lionel Barton en una antigua casa, un agradable lugar cerca de Sutton.
—¿El explorador?
—Sí. Heredó una casa antigua por estos barrios. Fue el escenario de unos acontecimientos muy extraños al principio del caso Fu-Manchú. Y… ¡Por todos los santos! ¡Vamos en esa dirección!
En el coche que iba delante, cuya cortina de separación habían vuelto a descorrer, Madame Ingomar le daba instrucciones al chófer, y el Rolls dobló hacia una oscura avenida arbolada que en verano debía de ser un auténtico túnel. Al final de este túnel, en la ocasional claridad de la noche, apareció Rowan House, un largo y bajo edificio rodeado de árboles y arbustos.
Cuando finalmente sir Bertram se encontró en el vestíbulo, reconoció la mano del brillante aunque excéntrico explorador y arqueólogo que había sido antiguo propietario de Rowan House. El lugar era un vestíbulo asirio en miniatura y el actual propietario no había cambiado la decoración. En el pulido suelo se extendían pieles de animales y una o dos alfombras exóticas, y de las ventanas colgaban cortinas de un peculiar tejido estampado que recordaba el diseño de antiguas pinturas murales.
Sir Bertram se fijó en que el exterior de la casa presentaba un aspecto desagradablemente húmedo y frío. Y ahora, mientras miraba a su alrededor, escrutando de vez en cuando al sirviente oriental que les había abierto la puerta, percibió un curioso aroma, parecido al del incienso pero más penetrante, que le provocó la sensación de que Rowan House no era precisamente una morada saludable.
Madame Ingomar hablaba a toda prisa con el mayordomo que les había recibido, un birmano achaparrado vestido de blanco y con una envergadura de hombros impresionante. Hablaban en un idioma que sir Bertram no comprendió.